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,r*, 



EL CUARTO PODER 



OBRAS DEL MISMO AUTOR 



CRÍTICA 

PESETAS 



Los Oradores del Ateneo, un tomo 2 

Los Novelistas Españoles, un tomo 2 

Nuevo Viaje al Parnaso, un tomo 2 

La Literatura en 1881 (en colaboración), un tomo. 2 

NOVELAS 

El Señorito Octavio, un tomo 3 

Marta y María, (ilustrada por Pellicer), un tomo. ... 4 

El Idilio de un Enfermo, un tomo 4 

Aguas Fuertes (novelas y cuadros), un tomo 3 

José, un tomo 3,50 

Ri veri ta, dos tomos 6 

Maximina, dos tomos 6 



EL 



CUARTO PODER 

NOVELA DE COSTUMBRES 

POR 

ARMANDO PALACIO VALDÉS 



TOMO II 



MADRID 




TIPOGRAFÍA DE MANUEL GINÉS HERNÁNDEZ 
Libertad, 16 duplicado, bajo 
1888 



ES PROPIEDAD 




CAP. XI 



Que Gonzalo se casó. Graves revueltas entre 
los socios del Saloncillo. 



la quietud de su casa, aquella atención preferente 
que en otra sazón le hubiese dedicado. Sin em- 
bargo, al tener noticia de la traición de Gonzalo 
y del extravío de su hija menor, sintióse fuerte- 
mente alterado y tuvo con su esposa largas y vi- 
vas pláticas acerca del asunto. Prueba irrecusa- 
ble de que los grandes hombres, aunque solicita- 
dos por tantos y tan elevados pensamientos, no 
desdeñan por eso las cosas que tocan á la vida 
* i 




os altos y graves negocios que em- 
bargaban á D. Rosendo, no consintie- 
ron que dedicase al desagradable su- 
ceso que en el mismo tiempo turbaba 



2 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

íntima, como vulgarmente se asegura. Su primer 
impulso fué despedir á Gonzalo y encerrar á su 
hija en un convento; pero las súplicas de Doña 
Paula y la reflexión, que ejercía sobre su claro es- 
píritu imperio absoluto, le hicieron volver sobre 
tal acuerdo. Al cabo de algunos días de dudas 
(pocos, porque otros cuidados le reclamaban), 
vino en permitir que se casasen los descarriados 
jóvenes, no sin celebrar antes una conferencia con 
Cecilia y escuchar de sus labios que perdonaba 
de buena voluntad á su hermana, y deseaba que 
cuanto más pronto se celebrase el matrimonio. 

Obtenido el consentimiento, una tarde se pre- 
sentó Gonzalo en casa de Belinchón. Hacía quin- 
ce días que no había estado en ella. Sentía el co- 
razón singularmente agitado, aunque sus deseos 
tan cumplida y brevemente hubieran sido satisfe- 
chos. Temía la primera entrevista, y no le falta- 
ba razón. Doña Paula le recibió con marcada 
frialdad, y hasta en los criados halló una sombra 
de hostilidad que le hirió. Por otra parte, la idea 
de encontrarse con Cecilia le hacía temblar. Mas 
cuando se presentó Venturita en la sala, todos 
los temores y tristezas se desvanecieron; su char- 
la animada, el suave centelleo de sus ojos, aque- 
llos ademanes graciosos y desenvueltos ilumina- 
ron su alma repentinamente y tocaron en ella á 
gloria. Olvidado de todo y enajena lo por ú tim- 
bre adorable de su voz se hallaba, cuando entró 



EL CUARTO PODER 



3 



en la sala Cecilia. La vista de su víctima le pro- 
dujo una extraña y violenta impresión: levantóse 
del asiento automáticamente, y su fisonomía cam- 
bió de color. Cecilia se acercó á él con paso fir- 
me y le alargó la mano con la misma plácida son- 
risa de siempre. 

— ¿Cómo te va, Gonzalo? 

Parecía que le había visto el día anterior, y 
que nada de particular había sucedido. Sólo su 
tez estaba un poco más pálida. 

Tal confusión se apoderó del joven, que no pu- 
do contestar á esta sencilla pregunta sin balbu- 
cir. La mirada clara y tranquila de Cecilia le hi- 
zo el mismo efecto que una corriente eléctrica: 
volvióse á Doña Paula, y el rostro de ésta se ha- 
llaba fuertemente fruncido con una expresión se- 
vera y dolorosa; Venturita miraba hacia los bal- 
cones con afectada indiferencia. Al fin se sentó 
todo convulso, y Cecilia, que venía á pedir á su 
madre las llaves de los armarios, salió de la es- 
tancia dirigiéndole una tranquila sonrisa de des- 
pedida. 

Comenzaron los preparativos de matrimonio. 
Doña Paula tuvo la delicadeza, rara en una mu- 
jer nacida en el pueblo, de no consentir que pieza 
alguna de ropa destinada á Cecilia, sirviese para 
su hermana. Hízose, pues, un nuevo equipo apre- 
suradamente. Cecilia trabajó en él, con sorpresa 
profunda de las costureras: unas lo achacaban á 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



bondad, otras á indiferencia. Lo cierto es que su 
fisonomía, aunque un poco marchita, expresaba 
la misma serena alegría de siempre, sus manos 
se movían formando las iniciales de su hermana 
con la misma ligereza que cuando bordaba las 
suyas. Pero las tijeras al cortar, chis, chis, y las 
agujas al coser, cruj, cruj, no le decían ya aque- 
llas cosas tan lindas que la hacían temblar de go- 
zó, sino otras muy horribles, ¡ay! muy horribles. 
Quedaban sepultadas en su corazón, y el mejor 
lector no leería en sus ojos grandes, hermosos y 
suaves más que el capítulo risueño de siempre. 

— ¿No te lo decía yo, mujer? — murmuraba Te- 
resa al oído de Valentina mirando á nuestra jo- 
ven. — Si la señorita Cecilia no puede querer á 
nadie. 

Gonzalo huía de entrar en la sala de costura. 
Cuando alguna vez lo hacía, se mostraba tan al- 
terado y confuso, que las bordadoras se guiñaban 
el ojo sonriendo. Al verle de aquel modo y á Ce- 
cilia tan sosegada é indiferente, cualquiera tro- 
cara los papeles que ambos habían hecho en 
aquel triste episodio de amor. 

Las lenguas, en tanto, allá afuera, en las calles, 
en las tiendas, en las casas y en los paseos, no se 
daban punto de parada. El acontecimiento había 
causado profunda sensación en la villa. Mien- 
tras se preparaba el matrimonio con Cecilia, la 
opinión general era que Gonzalo daba pruebas de 



EL CUARTO PODER 



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tener un gusto deplorable; se despellejaba á la po- 
bre muchacha, y se la ponía poco menos que 
como un monstruo de fealdad; todos se maravi- 
llaban de que no hubiese elegido á su hermana, 
tan linda, tan graciosa. En cuanto aprendieron 
el cambio, las opiniones viraron asimismo repen- 
tinamente. ¡Qué escándalo! ¡Qué acción tan villa- 
na! ¡Qué padres los que consienten tal ultraje! 
¿Dónde está la vergüenza de los hombres? ¡Po- 
bre niña, tan buena, tan esbelta, con unos ojos 
tan hermosos! — Yo la encuentro más bonita que 
su hermana. — Yo lo mismo... 

No dejemos escapar la ocasión de decir que 
esta constante censura, este eterno descontento 
de los hombres respecto de las acciones de sus 
semejantes, que tanto nos desespera, no supone 
la ruindad de intención, maldad ó envidia en ellos 
como nos complacemos en creer siempre que so- 
mos objeto de crítica; no es otra cosa que un tes- 
timonio claro de la imperfección de nuestra exis- 
tencia planetaria y del amor al ideal que todo 
hombre lleva dentro de sí sin verlo jamás reali- 
zado. Después de habernos así mostrado filóso- 
fos y optimistas, prosigamos nuestra narración. 

Llegó el día del matrimonio: efectuóse de ma- 
drugada dentro de la misma casa de Belinchón, 
con asistencia de algunos parientes y amigos: 
después de tomar chocolate, partieron los novios 
para Tejada. 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Era ésta una posesión situada á una legua próxi- 
mamente de la villa, donde el genio de D. Ro- 
sendo, secundado por el dinero, había tenido oca- 
sión también de desenvolverse libremente y dar 
prodigiosos frutos. Cuando la comprara, hacía 
más de veinte años, constituíanla unos cuantos 
prados y un bosque donde pastaban las vacas y 
cantaban los malvises, jilgueros y mirlos. D. Ro- 
sendo principió por desterrar esta colonia indíge- 
na y sustituirla por otra extranjera; el ganado del 
país fué proscrito trayendo en su lugar otro de 
Suiza; con igual severidad fueron arrojados, á ti- 
ros, de los árboles, los pajaritos antiguos, para 
colgar un sin número de jaulas con aves raras y 
exóticas, que graznaban miserablemente todo el 
año á la salida del sol. El espíritu emprendedor 
y reformista de D. Rosendo, no se detuvo tampo- 
co en el reino animal; con la misma audacia pasó 
al vegetal, é hizo cambiar por entero la faz de 
aquellos campos. Poco á poco, á impulsos del 
hacha y de la sierra, fueron desapareciendo los 
copudos y grandes castaños de hojas anchas y 
frescas con sus torsos retorcidos de piel rugosa, 
los gigantescos robles que habían renovado sus 
hojas picadas más de trescientas veces, los no- 
gales que parecen enormes plantas de albahaca, los 
jugosos pomares, cuyas ramas se doblan hasta 
dejar delicadamente el fruto en el suelo, y otros 
árboles de arraigo y respetabilidad en el país. En 



EL CUARTO PODER 



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su lugar se plantaron washintonias, wellingtonias, 
araucarias excelsas, y otros muchos árboles de 
casta extranjera, perteneciendo en su mayor par- 
te á la familia de las coniferas. Esto hacía que 
la posesión, en concepto del vulgo, guardase 
cierto parecido con un cementerio. Respondía 
D. Rosendo á tal observación, que las coniferas 
tenían la ventaja de conservar la hoja por el in- 
vierno, á lo cual replicaba el vulgo que de este 
modo parecía un cementerio por el invierno y por 
el verano. D. Rosendo no se dignaba contestar á 
esta sandez, y tenía razón. 

Como lo que mucho vale mucho cuesta, aque- 
llos extranjeros de ambos reinos, se llevaban una 
buena parte de la renta de Belinchón. Los paja- 
ritos del país se buscaban el alimento y aliñaban 
sus plumas sin necesidad de ayuda de cámara; 
pero los de fuera, encerrados en jaulas y enormes 
pajareras construidas al efecto, exigían algunos 
servidores para procurarles la adecuada alimen- 
tación y hacerles la limpieza: después, la nostal- 
gia causaba en ellos grandes claros, que se llena- 
ban encargando á París y Londres nuevas y cos- 
tosas remesas. Lo mismo pasaba con los vegeta- 
les: para que uno se lograse á fuerza de cuidados 
y desvelos, perecían treinta ó cuarenta: la vigi- 
lancia constante de los jardineros no bastaba á 
impedir esta considerable mortandad. 

La casa, tampoco era de estilo nacional, ni si- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



quiera europeo: estaba construida según los pre- 
ceptos de la arquitectura chinesca, llena de torre- 
cillas festonadas por todos lados. Qué conexión 
tenían estas diminutas torres de ladrillo con la 
famosa de Babel, donde los idiomas se confundie- 
ron, nosotros no lo sabemos; pero debemos decir 
que á esta fábrica así guarnecida, la llamaban en 
el país la Babilonia de D. Rosendo. Estaba sun- 
tuosamente amueblada y no faltaba dentro de 
ella ninguna de las comodidades y refinamientos 
que la moderna civilización proporciona á los ri- 
cos. Tenía una famosa habitación decorada al es- 
tilo persa, cuarto de baño, un espacioso comedor 
medianamente pintado y algunos lindos gabine- 
tes pequeños y tibios, donde la luz entraba cerni- 
da por cristales de colores. 

A este nido vinieron á parar Gonzalo y Ventu- 
ra dos horas después de hallarse unidos para 
siempre. En el camino se habían hablado con 
desembarazo de cosas indiferentes. El joven ha- 
bía aplicado algunos besos en las mejillas de la 
niña, lo mismo que cuando novios. Más al lle- 
gar á la babilonia, y encontrarse solos en la cá- 
mara persa, sintióse extrañamente confuso y 
acortado: buscaba asuntos de conversación, y en 
todos se perdía. Venturita apenas le contestaba 
mirándole de reojo, con una expresión entre bur- 
lona y apasionada. 

— Mira, ¡calla, calla! Estás diciendo muchas 



EL CUARTO PODER 



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tonterías... Calla, y dame un beso —concluyó por 
decirle riendo y tapándole la boca con sú primo- 
rosa mano. 

Gonzalo se puso colorado, y la abrazó con fre- 
nesí. 

Su embriaguez en los primeros días rayó en 
locura. Venturita era, por su belleza singular, 
por la expresión lánguida y voluptuosa de sus 
ojos, por la tendencia invencible al descanso, 
una verdadera odalisca; pero no como éstas so- 
lamente un animal hermoso, sino animada por 
ingenio chispeante, que desbordaba á cada mo- 
mento en graciosos equívocos y felices ocurren- 
cias. Gonzalo se desternillaba de risa, sin com- 
prender que es peligroso que los maridos rían de- 
masiado los chistes de sus mujeres. 

La vida que hacían era harto sedentaria. A 
Ventura no le gustaba salir de casa: el sol le daba 
dolor de cabeza; el fresco de la tarde le irritaba 
la garganta. Cuidaba del aliño de su persona, y 
variaba de trajes lo mismo que si se hallase en 
Madrid: en su tocador pasaba una gran parte del 
día. Esto no disgustaba á Gonzalo; al contrario, 
cuando la veía salir tan linda y gallarda, exha- 
lando, como las flores tropicales, un perfume pe- 
netrante, sentíase poseído de entusiasmo, un es- 
tremecimiento voluptuoso agitaba todo su sér, 
pensando que aquella obra exquisita de la natu- 
raleza era suya, enteramente suya. 



10 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Sin embargo, no lo era tanto como él se figu- 
raba. Algunas veces la joven esposa, medio en 
serio, medio en broma, se encerraba en su cuar- 
to, y allí pasaba tres ó cuatro horas sin consentir 
que entrase, á pesar de los ruegos cariñosos que 
le dirigía por el agujero de la llave. 

— Te privo de mi vista por algún tiempo — 
decía después riendo, — para que desees más el 
tenerme junto á tí. 

Y, en efecto; por medio de estas coqueterías, 
el apetito del joven crecía extremadamente, y se 
convertía en delirio. 

A las horas que bien le placía á la hermosa, 
salían á pasear por los jardines, sin alejarse mu- 
cho. Al llegar á algún sitio umbrío y fresco, de 
los pocos que la mano reformista de D. Rosendo 
había dejado, la niña quería sentarse; pero no 
sobre la yerba ni sobre un banco rústico: era me- 
nester que Gonzalo corriese á casa y trajese una 
butaca. 

— Ahora, siéntate aquí á mis piés. 

El mancebo se postraba y besaba con entusias- 
mo las manos que la gentil esposa le tendía. 

— ¡Sansón y Dalila!— exclamaba ella riendo 
y hundiendo sus manos como copos de nieve en 
la rubia y rizada barba de su marido. 

— Tienes razón — respondía él dando un suspi- 
ro. — Un Sansón sin cabellos. 

— ¡Qué no tienes cabellos!... ¿Y esto qué es? 



EL CUARTO PODER 



II 



— replicaba levantando su pelo, y poniéndolo 
erizado como una escoba. 
— Hablo de mis fuerzas. 

— ¿No tienes fuerzas, eh? A ver: saque V. esos 
brazos. 

El, riendo, se despojaba de la americana, y 
remangándose la camisa mostraba sus brazos 
enormes de gladiador, donde la musculatura to- 
maba brioso relieve como un espeso tejido de 
cuerdas. 

— ¡Qué barbaridad! — exclamaba la niña co- 
giendo uno con ambas manos, sin lograr ni con 
mucho abarcarlo. Y poseída de repentino entu- 
siasmo y admiración, añadía: 

— ¡Qué fuerte, qué hermoso eres, Gonzalo! 
Déjame morderte esos brazos. 

Y se inclinaba para hincar sus dientes menudí- 
simos en ellos; pero el mancebo tendía sus férreos 
músculos, y los dientes resbalaban por la piel sin 
penetrarla. 

Entonces ella se enfadaba, insistía, quería á 
todo trance coger carne. Al cabo, él aflojaba los 
músculos diciendo: 

— Te dejo morder; pero á condición de que 
me hagas sangre. 

— No, eso no — respondía ella, expresando en 
la sonrisa anhelante el deseo de hacerlo. 

— Sí, quiero que me hagas sangre; si no, no 
te dejo. 



12 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



La niña empezaba apretando poco á poco la 
carne de su marido. 
— ¡Más! — decía éste. 

Y apretaba más. 

— ¡Más! — volvía á decir. 
Continuaba apretando mientras en sus ojos 
chispeaba una sonrisa maliciosa. 
— ¡Más! ¡más! 

— Basta — decía ella levantándose. — ¿Lo ves? 
¡ya te hice sangre! ¡Qué atrocidad, ni que fuese 
un perro! 

E inclinándose de nuevo, chupaba con afán vo- 
luptuoso la gotita de sangre que saltaba en el 
brazo. Ambos sonreían con pasión reprimida, y 
después miraban al pequeño círculo cárdeno que 
los dientes de la niña habían dejado impreso. 

— ¿Lo ves? — volvía á decir ella avergonzada. 
— ¡Vaya unos caprichos extraños los que tienes! 

— Gracias. Quisiera que esta marca quedase 
ahí eternamente. Pero no; ¡bien pronto se bo- 
rrará, por desgracia! 

— Puedo renovarla á diario— replicó malicio- 
samente. 

— Me alegraría mucho. 

— Vamos, tú quieres convertir á tu mujer en 
perrita. Dilo francamente. 

Y abrazándole repentinamente, y besándole 
con frenesí en los ojos, en las mejillas, en la boca, 
en la barba, le repetía sin cesar: 



EL CUARTO PODER 



13 



— ¡Dilo francamente! ¡Dilo francamente, pe- 
dazo de oso!... Esta boca es mía, y la beso. Esta 
barba es mía, y también la beso. Este cuello es 
mío, y lo beso. Estos brazos son míos, ¡míos! y 
los beso. 

— Tómame todo; mi vida es tuya — decía él 
ébrio de dicha. 

— Te quiero, te quiero, Gonzalo, por lo her- 
moso, por lo fuerte... A ver, déjame poner una 
mano sobre la tuya... Qué disparate, ¡parece una 
hormiga! 

— Una hormiga blanca — replicaba él ahogan- 
do aquella diminuta mano entre las suyas gran- 
des y fibrosas. 

— Te quiero, te quiero, Gonzalo. Cógeme en 
brazos. ¿Serás capaz de pasear conmigo así! 

— ¡Oh! ¿no he de ser? 

La levantó como una pluma, y poniéndola 
sobre un brazo como á los niños, comenzó á dar 
brincos por el jardín. 

— ¡No tanto! Llévame suavemente. Vamos de 
paseo. 

La paseó sin cansarse por todo el parque. Y 
desde aquel día aquella forma de paseo le agra- 
dó tanto á la niña, que en cuanto salían de casa 
se colgaba al cuello de su marido para que la su- 
biese. Los criados al verlos movían la cabeza 
sonriendo. 

Pero muy pronto descubrió otro medio de pa- 



14 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— 1. 

sarlo aún mejor. Había cerca de casa un colum- 
pio que el tiempo, más que el uso, había dete- 
riorado. Hizo que se arreglase, y en cuanto lo 
tuvo presto se pasaba las horas mecida por Gon- 
zalo. 

— Si vieras cómo gozo. Da un poco más 
fuerte. 

Y al empuje vigoroso del joven, el columpio 
volaba, y la niña cerraba los ojos dilatando la 
nariz con un sentimiento de intenso placer. 

Gonzalo gozaba en verla así arrobada. 

Transcurieron veinte días de esta suerte. Du- 
rante ellos recibieron dos visitas de Pablito y 
Piscis, una vez en tilbury y otra á caballo: en 
esta última su principal objeto era dar picadero 
á una jaca que Pablo había cambiado por otra 
más vieja. Y ¡cosa extraña! á pesar del enajena- 
miento amoroso en que nuestro mancebo se ha- 
llaba, recibió las visitas de los équites con inex- 
plicable alegría, les ayudó afanosamente en su 
tarea, y al marcharse sintió una impresión de 
vacío en su vida. Porque era ésta tan reposada 
y pacífica, que su sangre y sus músculos pade- 
cían. Un día le habló á su esposa de ir de caza, 
pues era famoso é incansable cazador. Venturita 
no se opuso, con tal que la llevase consigo: así 
se convino. Salieron una mañana en busca de un 
bando de perdices, de cuya existencia sabía Gon- 
zalo desde el día en que había llegado á Tejada. 



EL CUARTO PODER 



15 



Pero antes de alejarse dos kilómetros de la casa, 
Venturita se manifestó enteramente rendida; le 
era imposible dar un paso más. Se vio precisado 
á traerla en brazos y á renunciar á su favorito 
recreo. 

Doña Paula, que babía mirado con hostilidad 
aquel matrimonio, no habló de ir á ver á los no- 
vios hasta después de pasados muchos días. Qui- 
so que Pabiito la acompañase, porque temía que 
á Cecilia le causase algún dolor el hacerlo; mas 
enterada ésta, expresó su decisión de ir también 
á Tejada. Y una tarde madre é hija emprendie- 
ron en carretela descubierta el camino que llevaba 
á la posesión; mas al acercarse á ella y columbrar 
las famosas torrecillas de ladrillo, Cecilia comen- 
zó á empalidecer, sintió el pecho oprimido y la 
vista turbada. Doña Paula, que advirtió su indis- 
posición, hizo al cochero dar la vuelta. 

— ¡Pobre hija! — la dijo besándola. — ¿Ves có- 
mo no puedes venir? 

— Ya podré, mamá, ya podré — contestó ta- 
pándose los ojos con una mano. 

Al día siguiente, fué Doña Paula acompañada 
de Pablo, y halló á los esposos muy propicios á 
dejar aquel nido escondido y trasladarse á la 
villa; como se efectuó en la misma semana. 

Cecilia salió á recibirlos á la puerta de la calle 
y abrazó y besó á su hermana con efusión: á 
Gonzalo, le tendió la mano, que por un esfuerzo 



l6 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



soberano de la voluntad, no tembló: el joven la 
estrechó con fraternal afecto, creyéndose perdo- 
nado. 

Los novios ocuparon las habitaciones que Do- 
ña Paula había destinado á su hija primogénita. 
La vida comenzó á deslizarse serena en aparien- 
cia. Gonzalo advertía, no obstante, con pesar, 
que no les envolvía esa atmósfera tibia y afectuo- 
sa que hace tan grato d hogar doméstico. Desde 
D. Rosendo hasta el último criado, se mostraban 
con ellos atentos, deferentes, no cariñosos. Ven- 
tura no lo advertía, y si lo advertía le importaba 
poco. 

Volvamos ahora la vista á los asuntos más in- 
teresantes de la vida pública de Sarrio. 

Ganada aquella noble victoria de los clérigos, 
las cosas del Faro de Sarrio, procedían bien y 
prósperamente. El brioso y denodado ayudante 
de marina, pudo continuar su campaña civiliza- 
dora sin peligro de nuevas celadas. Sinforoso no 
se retiraba, sin embargo, á su casa sin ir acom- 
pañado de él ó de otro amigo, perfectamente ar- 
mados ambos. 

Pero Gabino Maza, el eterno disidente, supo 
aprovechar maliciosamente aquella ruptura con 
la Iglesia, para sobresaltar las conciencias de al- 
gunos vecinos. No que él fuese católico ferviente, 
ni le diese una higa por que se pusiera á los curas 
como hoja de perejil; al contrario, toda la vida 



EL CUARTO PODER 



17 



había profesado ideas bastante heterodoxas y ha- 
bía maldecido de los beatos. Mas ahora se mos- 
traba escandalizado: «Al fin y al cabo, habíamos 
sido educados en el respeto de la religión, la cual 
es el único freno para el pueblo: no se pueden 
ofender tan descaradamente las sagradas creen- 
cias de nuestras esposas, etc., etc.» Algunos con 
estas pérfidas insinuaciones, dejaron la suscrip- 
ción del periódico. 

Los redactores y su director, que adivinaban 
de dónde venía el golpe, estaban grandemente 
indignados. Gabino Maza, secundado por el no 
menos díscolo Delaunay, no cejaba en su campa- 
ña de murmuración. Mientras alguno de los del 
Faro estaba delante, nada; pero en cuanto se iba, 
esgrimían las lenguas con singular encarniza- 
miento. Unas veces hablando en serio, otras ape- 
lando á la burla, se trituraba á todos los que in- 
tervenían en el periódico, y muy particularmente, 
como es lógico, al que mejor y más altamente lo 
personificaba, al eximio D. Rosendo. Decían ¡oh, 
mengua! que sólo el afán «de verse en letras de 
molde», había impulsado á aquellos beneméritos 
ciudadanos, á encender la antorcha del progreso 
en Sarrio; que D. Rufo, el médico, era un farsan- 
te; Sinforoso, un pobrete á quien arrojaban un 
mendrugo; Alvaro Peña (aquí bajaban la voz y 
miraban á todos lados), un botarate sin pizca de 
juicio; D. Feliciano Gómez, un pobre diablo á 



l8 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

quien más importaba ocuparse en sus negocios 
no muy florecientes; D. Rudesindo, un gran ca- 
zurro, que trataba de alquilar su almacén y anun- 
ciar su sidra. En cuanto al fundador y promove- 
dor de aquella empresa, D. Rosendo, decían que 
toda la vida había sido un badulaque, un necio 
que se creía escritor, sin entender de otra cosa 
que del alza y baja del bacalao... 

Sólo el deber imperioso de aparecer como ero 
nistas fieles é imparciales, nos obliga á dar cuen 
ta de tales habladurías. Bien sabe Dios que ha 
sido con harto trabajo y disgusto: porque la mis- 
ma pluma se estremece en nuestras manos y se 
niega á estampar semejantes abominaciones. 

De D. Pedro Miranda, absteníanse de murmu- 
rar los murmuradores, no por otra razón sino por 
tenerle solicitado para que dejase la participación 
en el periódico, á lo cual le veían inclinarse des- 
de la refriega de los clérigos; pues era D. Pedro 
cristiano viejo y muy grande amigo del capellán 
de las Agustinas. Con sus malévolos discursos, 
habían logrado desatar contra el periódico á al- 
gunas damas influyentes de la villa, entre ellas 
Doña Brígida, con lo que tuvieron por suyo den- 
tro del Saloncillo al sandio y degradado Marín. 
También atrajeron á su bando, poco después, al 
borracho del alcalde: por una parte el espíritu 
de compañerismo con los tertulios de la tienda 
de la Morana, y por otra la molestia que sentía 



EL CUARTO PODER 



19 



con las constantes excitaciones de la prensa, á las 
que no estaba acostumbrado, le hicieron renegar 
pronto de aquel gran adelanto. Lo que acabó de 
ponerle mal con El Faro y sus redactores, fué 
cierta gacetilla en que se censuraba al ayunta- 
miento y al alcalde con alguna dureza, por el la- 
mentable abandono en que tenían los servicios 
de policía urbana, y lo poco que trabajan, por 
hacer agradable la temporada de verano «á los 
distinguidos escrofulosos que acudían á la playa 
de Sarrio en busca de salud.» 

Aunque aparentemente se trataban como ami- 
gos, existía, pues, entre los socios principales del 
Saloncillo, sorda y disimulada enemiga, la cual 
iba aumentando de día en día merced á los co- 
rreveidiles que, en ocasiones análogas, no cesan 
de sembrar envidias y rencores. Desde que esto 
pasaba, temíanse las disputas y se rehuían, por- 
que los desaforados gritos y los baldones que an- 
tes se lanzaban sin resultado alguno, gracias á 
la cordial avenencia que existía entre todos, eran, 
al presente, de mucho peligro. Reinaba, por tan- 
to, en aquel recinto, más silencio, más cortesía, 
pero muchísima menos franqueza y cordialidad. 

Aquella tirantez no podía durar mucho tiempo. 
Entre personas que todos los días se ven y se ha- 
blan, y no se quieren bien, es imposible que en 
breve plazo no deje de estallar la discordia. La 
ocasión fué ésta. Llegó al Saloncillo (¡noramala 



20 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



fué!), sin saber quién lo trajera, un ejemplar de 
cierta Ilustración catalana, donde, entre otros 
grabados, se veía uno representando las orillas 
de un río americano, y en ellas solazándose has- 
ta una docena de cocodrilos de diversos tamaños. 
Tenía el ejemplar en la mano Maza, cuando acer- 
cándose D. Rufo por detrás, exclamó en tono jo- 
coso: 

— ¡Vaya unos cocodrilos escuálidos! 

— No son cocodrilos — manifestó Maza en tono 
seco y desdeñoso, sin levantar la cabeza. 

— ¿Y porqué no han de ser? — preguntó el mé- 
dico herido por aquel tono. 

— Porque no. 

— ¡Valiente razón! 

— Si no te convence, estudia, que yo no estoy 
aquí para hacer obras de misericordia. 

— ¡Uf! ¡El sabio de la Grecia! ¡Apartarse á un 
lado, señores! 

— No soy un sabio, pero no digo que estos ani- 
males son cocodrilos, cuando en el río Marañón 
no se crían cocodrilos. 

— ¿Qué son entonces? 

— Caimanes. 

— ¡Llámalo hache! Caimanes y cocodrilos vie- 
nen á ser lo mismo. 

— ¡Otra barbaridad! ¿Dónde has aprendido eso? 

— Hombre, es de clavo pasado. El caimán y 
el cocodrilo no se diferencian más que en el nom- 



EL CUARTO PODER 



t 

21 



bre. Aquí está D. Lorenzo que ha viajado, y pue- 
de decir si no es verdad. 

— El caimán es algo más pequeño — expresó 
D. Lorenzo con sonrisa conciliadora. 

— El tamaño es de poca importancia. La cues- 
tión es saber si tiene ó no la misma figura. 

D. Lorenzo se inclinó en señal de asentimien- 
to. Maza saltó, hecho una furia: 

— Pero señores. ¡Pero señores! ¿Estamos entre 
personas ilustradas ó entre aldeanos? ¿De dónde 
sacan ustedes que caimán es lo mismo que coco- 
drilo? El cocodrilo es un animal del Mundo Viejo 
y el caimán es del Nuevo Mundo. 

— Dispénseme V. amigo Maza; yo he visto 
cocodrilos en Filipinas — manifestó D. Rude- 
sindo. 

— ¿Y qué quiere V. decir con eso? 

— Como V. decía que los cocodrilos no se 
crían en el Nuevo Mundo... 

— ¡Otra que tal! ¿Las Filipinas son del Nuevo 
Mundo? Señores, ¡señores! hay que abrir los pa- 
raguas. Hoy llueven aquí burradas. 

— Pues qué, ¿Filipinas querrá V. decirme que 
no es Ultramar? — preguntó D. Rudesindo con la 
faz descompuesta. 

— ¡Nada, nada, siga el chaparrón! 

— La diferencia principal, señores, que existe 
entre el cocodrilo y el caimán — dijo á esta sazón 
con autoridad D. Lorenzo, — es que el cocodrilo 



22 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tiene tres carreras de dientes y el caimán sólo 
tiene dos. 

— ¡No es eso, hombre, no es eso! Los coco- 
drilos tienen las mismas carreras de dientes que 
los caimanes. 

D. Lorenzo sostuvo con brío su aserto: le ayu- 
dó en la defensa D. Rudesindo. Maza le atacó 
con no menos fuego, apoyado por Delaunay. 
Pronto entraron en liza otros cuantos socios ge- 
neralizándose el combate, que fué' haciéndose 
cada vez más vivo. Las voces eran horrendas. Si 
hubieran poseído tres carreras de dientes como 
los cocodrilos, ó aunque fuesen dos, no dudo que 
se devorarían, dada la rabia y el coraje con que 
se enseñaban la única con que la naturaleza les 
había dotado. Maza estuvo tan procaz, tan in- 
solente, que al fin D. Rudesindo, sin ser dueño 
de sí, le descargó un paraguazo en la cabeza. 
Siguióse á este una granizada de ellos entre los 
contendientes, con un pavoroso estruendo de ba- 
llenas y barillas de alambre que daba escalo- 
fríos al varón más arriscado. Muchos, que no se 
habían acordado siquiera de emitir su opinión 
sobre la dentadura de los reptiles citados, reci- 
bieron su parte alícuota de paraguazos, lo mismo 
que los que más habían esclarecido la cuestión 
con sus discursos. Subieron del café el amo con 
algunas otras personas, suspendieron los indianos 
del billar su juego, terció D. Melchor de las Cue- 



EL CUARTO PODER 



23 



vas, de quien así en guerra como en paz se hacía 
mucho caso, y al cabo se logró apaciguar el al- 
boroto ya que no concertar las voluntades, hacía 
algunos meses resfriadas. 

El resultado fué que desde aquel día Gabino 
Maza, Delaunay, D. Roque, Marín y otros tres ó 
cuatro socios más, se retiraron del Saloncillo. 
D. Pedro Miranda siguió asistiendo con largos 
intervalos de ausencia, lo cual hacía presumir á 
los tertulios restantes y á los redactores del Faro 
que no podía contarse con él, y que no tardaría 
mucho en caer del lado contrario; como sucedió en 
efecto. Los disidentes empezaron á reunirse en el 
café de Londres situado en la calle de Caborana; 
pero no muchos meses después corrió por la villa 
la noticia de que alquilaban un almacén en la 
calle de San Florencio para establecer sus re- 
uniones; y así fué. Lo entarimaron, lo alfombra- 
ron, después pintaron sus paredes y su techo, 
amuebláronlo con algunas sillas y butacas, pu- 
sieron mesas de tresillo y comenzaron á asistir 
tarde y noche á aquel sitio tan asiduamente como 
antes al Saloncillo. Por ser bajo de techo y tener 
embutida en la pared una litera que sirvió para 
dormir la siesta Marín, empezó á llamarse á 
aquel sitio en la población el Camarote, y este 
nombre le quedó. Los del Faro, que habían des- 
deñado á los desertores mientras no tenían techo 
donde guarecerse, entraron en cuidado, y el pri- 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



mer síntoma de temor fué una gacetilla ó novela 
á la mano en verso-prosa describiendo aquella 
nueva tertulia y pintando á cada uno de sus so- 
cios con nombres de animales; Maza la vívora, 
Delaunay un gallo belga, Marín el jumento, don 
Roque el cerdo, etc., etc. Esta gacetilla exaspe- 
ró á los del Camarote de un modo indecible. 

D. Rosendo continuaba cada vez más pujante 
y empeñado en su campaña periodística, procu- 
rando introducir en el Faro todas aquellas for- 
mas y maneras que observaba en la prensa na- 
cional y extranjera, particularmente en la fran- 
cesa. Había comisionado á un escritor de Madrid 
para que los miércoles le remitiese un telegrama 
de veinte palabras, y le escribiese además cartas 
políticas y literarias; traducía él todas las noti- 
cias curiosas que hallaba en los periódicos; hacía 
revistas de modas, de tribunales, de teatros 
(cuando había compañía); pero donde más se 
distinguía era en las de mercados. No es fácil 
representarse la destreza con que manejaba, traía 
y llevaba los cereales, los aceites, los caldos y 
los arroces. Para que se vea con qué amenidad 
y galanura sabía tratar un asunto tan prosáico, 
diremos que en una ocasión escribía: « — Las 
mieles, sensibles á estas alteraciones, se pronun- 
ciaron en baja y no alcanzaron estabilidad y fir- 
meza en sus precios hasta que los cafés, los ca- 
caos y demás géneros ultramarinos, lograron re- 



EL CUARTO PODER 



25 



primir sus vivas oscilaciones.» Era, en suma, el 
alma del periódico. 

No bastaba, sin embargo, lo que había hecho 
para ponerlo á la altura de su ideal. Belinchón 
siempre había seguido con vivísimo interés en 
los periódicos de París aquellas polémicas perso- 
nales que rara vez dejaban de terminar con un 
duelo. Y las peripecias de éste, contadas minu- 
ciosamente por algún testigo, le placían tan ex- 
tremadamente, que ninguna comida había para él 
tan sabrosa, ni más grato recreo. Cuando pasa- 
ban muchos días sin desafío, D. Rosendo lan- 
guidecía. Las descripciones de los asaltos de ar- 
mas entre los célebres tiradores de la capital de 
Francia, excitaban también grandemente su cu- 
riosidad, y aunque un poco se le enredaban en el 
magín aquellas frases técnicas engagement de six- 
te, battement en quarte, contre-riposte , feinte, etcé- 
tera, allá las traducía á su modo y se daba por 
enterado. Decía él que en ningún signo se cono- 
cía mejor el grado de cultura de un país que en 
la afición á las armas. El manejo de ellas desper- 
taba ó avivaba la idea del honor y la dignidad 
humana, y su abandono arrastraba consigo la co- 
bardía y la degradación. Conocía mejor que sus 
parientes la biografía de los grandes duelistas y 
gens des armes de París, y podía describir con pe- 
los y señales los desafíos que habían tenido y la 
gravedad de las heridas. En cuanto se anunciaba 



26 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



un asalto entre dos maestros, por ejemplo Jacob 
y Grisier, ya estaba nuestro caballero excitado: 
abría con precipitación todos los días el Fígaro y 
apostaba en su interior por uno ó por otro. 

Un día s« le ocurrió en la cama (donde le asal- 
taban siempre las grandes ideas) que ser perio- 
dista sin conocer las armas ó manejarlas, era lo 
mismo que ser bailarín y no tocar las castañue- 
las. El día menos pensado se suscitaba un lance, 
había que acudir al terreno, y él no sabía siquie- 
ra ponerse en guardia. Verdad que en todo Sa- 
rrio no había quien supiese más; pero nadie tenía 
tanta obligación de conocer la esgrima como él. 
Además, el altercado podía ser con un periodista 
de Lancia ó de Madrid, y entonces era preciso de- 
jarse asesinar. Estas imaginaciones le llevaron á 
adoptar una resolución; la de aprender á toda 
costa á tirar el florete. ¿Cómo? Haciendo venir 
un maestro á Sarrio, ya que él no podía separar- 
se de este punto. Sin comunicar el pensamiento 
con nadie, escribió á un amigo de París, el cual 
buscó en las salas de armas de esta ciudad algún 
auxiliar ó prevot que quisiera expatriarse. Al cabo 
de algún tiempo se halló uno que, mediante la can- 
tidad de dos mil francos anuales, y dejándole li- 
bertad para dar lecciones, consintió en venir á es- 
tablecerse en la villa del Cantábrico. 

Un día, con verdadera estupefacción del vecin- 
dario, se dijo que acababa de llegar en la goleta 



EL CUARTO PODER 



27 



Julia un profesor de esgrima, M. Lemaire, con 
el exclusivo objeto de enseñar el manejo de las 
armas á D. Rosendo. Y, en efecto, pronto se vio 
á éste acompañado de un joven delgadito y rubio, 
de traza extranjera. La impresión fué honda; en 
los pueblos pequeños, donde la gente se pega de 
palos y bofetadas, la frialdad, la corrección y la 
gravedad de los duelos produce asombro y terror. 
Lo primero que se les ocurrió es que D. Rosendo 
deseaba matar á alguno: sólo después de mucho 
tiempo comprendieron la razón de aquel apren- 
dizaje. 

D. Rosendo lo tomó con el ardor y seriedad 
que merecía. Todos los días dedicaba un par de 
horas por la mañana, y otro par por la tarde, á 
tirarse á fondo, que fué lo único que le permitió 
hacer el profesor en los dos primeros meses. 
El resultado notabilísimo de este ejercicio fué 
que al cabo de algún tiempo no sabía si sus pier- 
nas eran verdaderamente suyas ó de otro bípe- 
do racional como él. Tan agudas y vivas fue- 
ron las agujetas que le acometieron, que hasta 
cuando se hallaba durmiendo creía estar tirándo- 
se á fondo, y despertaba sobresaltado con terribles 
dolores en las articulaciones. ¡Luego aquel M. Le- 
maire era tan cruel! Nunca se daba por satisfe- 
cho del trabajo de las extremidades del buen ca- 
ballero: — «¡Plus! ¡plus! ¡Ancor plus sapristi!» — Y 
el mísero D. Rosendo se abría, se abría de un 



28 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



modo bárbaro, inconcebible, percibiendo la grata 
sensación de si le aserraran el redaño. Terminado 
tan noble ejercicio, el Sr. Belinchón se veía ne- 
cesitado á ir cogido á las paredes para trasladar- 
se de un sitio á otro, formando un ángulo de 
ochenta grados con el suelo. Desde allí, hasta el 
fin de sus días, el glorioso fundador de El Faro 
de Sarrio siempre anduvo más ó menos esparran- 
cado. 

Pero este tormento, aunque nada tenía que en- 
vidiar á los de los mártires del Japón, padecíalo, si 
no con gusto, con varonil entereza, pensando que 
siempre ha costado enormes sacrificios civilizar- 
se y civilizar un país. Al cabo de los dos meses 
comenzó el eterno tic tac de los floretes. «Dega- 
gez; coup droít. — Degagez; une deux. — Degagez; 
doublez. » Pero sin abandonar por eso el tormento 
de las piernas. D. Rudesindo, Alvaro Peña, Sin- 
foroso, Pablito, el impresor Folgueras y algunos 
otros, tomaban lección al mismo tiempo. En la 
sala, las impresiones bélicas subyugaban de tal 
modo á los tiradores, que guardaban solemne si- 
lencio. No se oía más que la voz áspera de M. Le- 
maire repitiendo sin cesar y de un modo distraí- 
do: — En garde vivement. — Contre de quarte. — Ri- 
postez... ¡Ah bien! — En garde vivement. — Contre de 
sixte. Ripostez... ¡Ahbien! — Parez seconde. — Ripos- 
ter... ¡Ah bien! D. Rosendo se creía trasladado 
á París, y veía en D. Rudesindo, Folgueras y 



EL CUARTO PODER 



2 9 



Sinforoso, á Grisier, Anatole de la Forge y 
el barón de Basancour; El Faro no era El Faro, 
sino Le Gaulois ó Le Journal des Debats. 

Al cabo de cinco meses, se mantenía bastante 
bien en guardia, paraba los golpes rectos, ataca- 
ba con el brazo encogido y saltaba hacia atrás con 
maestría. Creyó llegado el caso de dar un escán- 
dalo. Era necesario que la población se persua- 
diese de que los dos mil francos asignados al pro- 
fesor no eran enteramente perdidos. Además con- 
venía ir introduciendo en ella el gusto por estos 
refinamientos de las grandes capitales. ¿Pero con 
quién tener affaire en Sarrio? Aunque buenas ga- 
nas se le pasaban de desafiar á alguno de los del 
Camarote, comprendía que el único capaz de ba- 
tirse era Gabino Maza y á éste le tenía una mi- 
gajita de respeto, sobre todo desde que había 
oido decir al profesor que en los duelos era pre- 
ciso tener mucho cuidado con los hombres vio- 
lentos, aunque no supiesen esgrima. Después de 
largas y profundas meditaciones imaginó que lo 
mejor era provocar un lance con algún periodis- 
ta de Lancia aprovechando la polémica que el 
Faro venía sosteniendo con el Porvenir, acerca 
de cierto ramal de carretera. Y como lo pensó 
lo hizo. En el primer número se mostró tan 
agresivo, tan insolente con el periódico de la ca- 
pital, que éste, sorprendido é indignado, contestó 
que ciertas frases del Faro, no merecían sino el 



30 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



desprecio. En su consecuencia, D. Rosendo co- 
misionó á sus amigos Alvaro Peña y Sinforoso 
Suárez «para que fueran á entenderse» con el 
director del Porvenir. Se trasladaron á Lancia 
y regresaron el mismo día. El señor Belinchón 
al verles llegar deseaba ya ardientemente que el 
asunto se hubiese arreglado sin necesidad de ba- 
tirse, á pesar de ser él quien provocaba el duelo; 
lo cual es un nuevo testimonio de su grandeza 
singular de alma y de la exquisita sensibilidad de 
que estaba dotado. Por desgracia el director del 
Porvenir se había mantenido firme, y los testigos 
convinieron un duelo á sable que debía realizarse 
al día siguiente, en una posesión de las cercanías 
de Lancia. 

Nuestro héroe al saberlo, sintió que las pier- 
nas le flaqueaban, no de temor, que esto ninguno 
osará siquiera imaginarlo, sino por la emoción 
de verse tan próximo á ser objeto de la curiosi- 
dad y expectación públicas, no sólo en la provin- 
cia, sino en España entera. Cuando caminaban 
hacia casa, Peña le dijo con ruda franqueza. 

Los padrinos de Villar querían que se cortasen 
las puntas á los sables; pero yo me opuse. «No, 
no, dije, conozco bien áD. Rosendo, y es hom- 
bre que aborrece las niñerías: no se puede jugar 
con él: cuando se mete en un lance de estos, es 
menester que vaya todo muy serio. Estoy seguro 
de que si cortásemos las puntas, tendría con él 



EL CUARTO PODER 



31 



un disgusto»... ¿No he interpretado bien su de- 
seo? 

— Perfectamente. Muchas gracias, Alvaro — res- 
pondió el señor de Belinchón alargándole una 
mano que Peña halló demasiadamente fría; y 
añadió con voz débil: — aunque se limasen un po- 
quito las puntas ¿sabe V.? no tendría inconve- 
niente en aceptarlo... El asunto, después de todo, 
no exige precisamente que sea á muerte. 

— No me atreví siquiera á aceptar eso. Como 
no conocía la opinión de V., tenía miedo que le 
disgustase... 

— Nada, nada, pues por mí no hay inconve- 
niente en que se limen. 

— Ahora ya no puede ser. Están concertadas 
las condiciones, y á menos que ellos lo propon- 
gan de nuevo, las puntas irán afiladas. A V. le 
conviene mucho porque tira el florete... 

— Precisamente por eso. Yo no quisiera llevar 
ventaja alguna á mi adversario. 

Peña guiñó el ojo con malicia. 

— No sea V. tan escrupuloso, D. Rosendo. Si 
usted puede ensartarlo ¡fiiit! como un pajarito, 
no deje de hacerlo. 

Estas últimas palabras las acompañó el ayu- 
dante con un gesto expresivo, traspasando el 
aire con los dedos de punta, lo mismo que si los 
estuviese introduciendo por un cuerpo humano. 

D. Rosendo hizo un gesto de repugnancia, y 



32 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



guardó prolongado silencio. Al cabo, manifestó 
sordamente: 

— Lo que sentiré es que estas malditas aguje- 
tas no me permitan tirarme á fondo. 

— ¡Ca, hombre, ca! Pierda V. cuidado. Mien- 
tras dure el lance, no sentirá V. dolor alguno en 
las piernas. ¿No le ha sucedido dejar de sentir el 
dolor de una muela en el momento de llamar á 
la puerta del dentista para sacarla? 

Este símil consolador produjo inmediatamente 
en el ayudante un acceso de risa, que duró un 
buen rato. Belinchón se mantuvo grave y som- 
brío, como deben estarlo los héroes la víspera 
del combate. 

La noticia corrió como una chispa eléctrica 
por la población. El pasmo de los vecinos era 
indescriptible. A ninguno le cabía en la cabeza 
que una persona, entrada ya en años, con hijos 
casados, fuese á darse de sablazos con otra por 
cuestión de un ramal de carretera. Sin embargo, 
el partido que Belinchón acaudillaba admiraba la 
decisión y el valor de su jefe. Este, por la noche, 
tuvo una espantosa pesadilla. Soñó que el sable 
del director del Porvenir le abría por el medio; 
una mitad se la llevaba el vencedor como trofeo; 
á Sarrio sólo volvió la otra mitad. Sus mismos 
gritos le despertaron; á Doña Paula, que dormía 
á su lado, la aterraron de tal modo, que fué ne- 
cesario acudir al antiespasmódico. Belinchón, con 



EL CUARTO PODER 



33 



la fortaleza de los temperamentos heroicos, no 
dijo nada á su consorte; lo que hizo fué beber un 
trago del antiespamódico. 

Al día siguiente salió en coche para Lancia, 
acompañado de Peña, Sinforoso, D. Rufo y dos 
sables de tiro. A la salida de la villa, en la ca- 
rretera, más de cien personas le despidieron. Ante 
aquella manifestación de cariño, D. Rosendo se 
sintió enternecido. 

— ¡Buena suerte! — Pongan VV. telegrama, 
¿eh? — No se diga que Sarrio queda por debajo de 
Lancia. 

D. Rosendo fué estrechando con emoción las 
manos de sus partidarios. Todos se le ofrecían 
para acompañarle, y le prometían venganza para 
el caso de perecer en la lucha. 

Al fin llegaron á la quinta designada, y se avis- 
taron con el enemigo. Los testigos platicaron, 
midieron los sables, y los pusieron en manos de 
los contendientes. La fisonomía de éstos tenía 
el color adecuado á semejantes solemnidades; 
esto es, un verde botella, que á intervalos breves 
tomaba visos anaranjados. 

Una vez en guardia, y dada la voz de atacar, 
comenzaron ambos á tentarse los sables meto • 
dicamente, primero de un lado, después de otro, 
con un lúgubre sonido que ponía espanto. Al cabo 
de largo rato, Villar se arrojó á levantarlo para 
herir en la cabeza á su adversario... Pero ¡ca! 

3 



34 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



D. Rosendo dio un salto tan prodigioso hacia 
atrás, que ios testigos se miraron unos á otros 
llenos de asombro. Villar, pasmado también, es- 
peró á que su contrario se acercase de nuevo. 
Volvieron al lúgubre tic tac. D. Rosendo, al cabo 
de otro rato, alzó el sable... Villar, instantánea- 
mente dió otro brinco verdaderamente sobrena- 
tural, que subrepujó en mucho al primero. Cre- 
yeron que salía de la quinta. Los testigos se mi- 
raron todavía con mayor asombro. 

La pelea duró, en esta forma, más de media 
hora. Durante ella, D. Rosendo gritó una vez: 

—¡Alto! 

— ¿Qué hay? — preguntaron los testigos acer- 
cándose. 

— Que me parece que el sable del señor ha per- 
dido la punta. 

Se reconoció el sable de Villar, y se vió que 
no era verdad. Este rasgo de caballerosidad, 
más propio de la Edad Media que de nuestros 
tiempos, elevó á D. Rosendo, en el concepto pú- 
blico cuando se supo, á la altura de los héroes 
legendarios, Roldán, Bayardo y Bernardo del 
Carpió. 

El combate terminó cuando el sable de Villar, 
sin intención ninguna, tropezó con la frente de 
Belinchón. Fué un simple rasguño; pero los pa- 
drinos dieron por terminado el lance. D. Rufo 
colocó un gran pedazo de tafetán inglés sobre la 



EL CUARTO PODER 



35 



herida. El herido dio la mano noblemente á su 
contrario; se mandó un telegrama á Lancia, para 
que lo pusiesen á Sarrio; almorzaron todos jun- 
tos alegremente, y, durante el almuerzo, los 
campeones se comunicaron con gran expansión 
los golpes que se tenían destinados, y que por 
falta de oportunidad no habían podido ejecutar. 

— Hombre, si no llega V. á romper á tiempo, 
le parto la cabeza en dos. Finta de una dos á la 
cara, estocada al pecho y cuchillada á la cabeza 
— decía D. Rosendo, engullendo un soberano tro- 
zc/de merluza. 

— Pues no lo hubiera V. pasado mejor si llego 
á hacer una combinación que tenía meditada — 
contesta Villar. — Amago la faja ¡pin!; ataco en 
falso á la cabeza ¡pin!; V. me contesta al brazo 
¡pin!; yo hago una dos á la cara ¡pin!; V. contes- 
ta á la cabeza ¡pin!; yo paro y contesto al brazo 
¡pin!... 

Aquí el director del Porvenir de Lancia que 
mientras describía su famoso y complicado gol- 
pe no dejaba de engullir, trazando á la vez círcu- 
los en el aire con el tenedor, se atragantó con 
una espina, poniéndose súbito más rojo que una 
guinda. Hubo que sacarle al fresco. D. Rosendo 
fué quien le dió los puñetazos consabidos en la 
espalda para que arrojase la espina. ¡Espectácu- 
lo hermoso y ejemplo de hidalgía que no podrá 
olvidarse jamás! 



36 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Terminado el almuerzo, D. Rosendo y sus 
compañeros montaron en el carruaje y se restitu- 
yeron á Sarrio. Más de media población, preve- 
nida ya por el telegrama, les esperaba en las 
afueras. Un grito de júbilo y entusiasmo, se es- 
capó de todos los pechos al aproximarse el ca- 
rruaje. D. Rosendo, conmovido, sacó la cabeza 
por la ventanilla y se quitó el sombrero osten- 
tando el pedazo de tafetán inglés. A su vista, el 
público lanzó un ¡hurra! formidable. El vehículo 
fué escoltado por la muchedumbre. El fundador 
del Faro, aclamado al entrar en su casa, se vió 
precisado después á asomarse al balcón, donde 
fué nueva y calurosamente victoreado. Por la no- 
che, sus amigos le obsequiaron con una serenata. 



CAP. XII 



Cómo se divertía Pablito. 




'onvendría ponerle una barbada suave 
— dijo Pablito. 

— O un filete — respondió Piscis gra- 
vemente. 

Ambos guardaron silencio unos momentos. Pa- 
blito exclamó: 

— ¡Maldita yegua!: no he visto en mi vida boca 
más dulce. 

— Una seda — replicó su amigo con acento de 
inquebrantable convicción. 
Otro rato de silencio. 

— ¿Crees que debemos darle más picadero? 
— El picadero no sobra á ningún animal — gru- 
ñó Piscis con el mismo convencimiento. 



3» 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Conviene trabajarla en el trote. 
— Conviene mucho. 

Mientras así platicaban, dirigíanse los insepa- 
rables équites á paso lento desde las cocheras de 
D. Rosendo, sitas en un extremo de la villa, al 
otro extremo de ella, atravesándola por el medio. 
Eran las diez de la noche; la temperatura suave, 
de primavera. Los pocos transeúntes que por las 
calles quedaban, dirigíanse á paso rápido hacia 
su domicilio. Unicamente permanecían abiertas 
las tiendas donde se hacía tertulia, la de Graells, 
la de la Morana, y tal cual estanquillo. En el Ca- 
marote había mucha luz y gran animación. Pa- 
blito, en quien germinaban los rencores de su pa- 
dre, le dijo á su amigo al pasar frente á la abo- 
rrecida tertulia: 

— Piscis, tira una pedrada á esa puerta, y róm- 
peles los cristales. 

Piscis, siempre terrible, agarró un guijarro de 
la calle, esperó á que su amigo doblase la esqui- 
na, y ¡zás! lo encajó dentro del Camarote, hacien- 
do polvo los cristales. Luego se dió á correr, 
y para que no le conociesen los que salieran 
en su persecución, se dejó caer sobre las ma- 
nos, corriendo en cuatro piés con habilidad pas- 
mosa. 

En el café de la Marina había también alguna 
gente. Entraron en él y bebieron en silencio sen- 
das copas de chartreuse, sin que por eso los cere- 



EL CUARTO PODER 



39 



bros dejasen de trabajar activamente. Al levan- 
tarse Pablito, dijo: 

— Lo mejor será engancharla con el Romero. 

— Eso mismo estaba pensando yo— profirió con 
fuego Piscis. 

Después que hubieron salido, éste preguntó, 
no con palabras, sino con una horrible mueca, á 
dónde iban. 

—Allá. 

— Bueno; entonces al pasar por delante de ca- 
sa recogeré el roten. 

Dejaron atrás las calles principales, no sin que 
Piscis se detuviese en su domicilio un instante, 
para dar cumplimiento á lo que acababa de ma- 
nifestar, y muy pronto alcanzaron las extremida- 
des de la villa, donde habitaban, por regla gene- 
ral, los menestrales. Detuviéronse en cierta calle, 
tan solitaria como sucia, frente á una casa de po- 
bre apariencia con tosco corredor de madera. 
Pablito miró á todos lados por precaución, y dejó 
escapar un silbido suave y prolongado con la 
maestría que le caracterizaba en este ramo del 
saber humano. Después dijo mirando con inquie- 
tud al farol de petróleo, que ardía unos cincuenta 
pasos más allá: 

— ¡Si pudiéramos apagar ese farol! 

El terrible Piscis se destacó acto continuo, trepó 
por la esquina de la pared y con su bastón lo apa- 
gó al instante, rompiendo, por supuesto, el tubo. 



4 o 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Un bulto de mujer apareció en el corredor. 
Pablito se cogió de un salto á las rejas: luego es- 
caló por ellas y montándose en la baranda, se 
introdujo sin hacer ruido en él. Piscis comenzó á 
hacer la guardia desde la esquina, armado de su 
formidable garrote. 

¿Quién era la mujer que en aquel momento ob- 
tenía los favores del sultán de Sarrio? La blonda 
Nieves, contestarán á una voz cuantos hayan se- 
guido el curso de esta verídica historia. Aunque 
sintamos ofender la perspicacia de nuestros lec- 
tores, la verdad nos obliga á declarar que la da- 
misela del corredor no era la blonda Nieves, 
sino la blonda Valentina. 

¿Cómo? ¿aquella arisca costurera tan enemiga 
de los señoritos y que además tenía un novio lla- 
mado Cosme? 

La misma en cuerpo y alma, con sus rizos do- 
rados sobre la frente, su entrecejo saladísimo y 
nariz un poquito remangada. Pablito era hombre 
para hacer estos y otros mayores milagros. Mien- 
tras seguía ó aparentaba seguir sus amoríos con 
Nieves, ya «le estaba poniendo los puntos» á Va- 
lentina. Pero ésta se resistió mucho más que 
aquélla. Al primer beso que le robó sobre la nu- 
ca estando bebiendo agua en la cocina, la arris- 
cada costurera «le armó un escándalo» se puso 
roja como una cereza, chispearon sus ojos expre- 
sivos con ira, y le gritó: 



EL CUARTO PODER 



41 



— ¡Cuidadito, que yo no sufro esas cosas!... 
Vaya V. á hacerlas con las que se lo aguanten. 

Esto iba sin, duda con Nieves. Pablito obró 
con más cautela en adelante, aunque no con me- 
nor osadía. Donde quiera que la encontraba re- 
quebrábala á su manera, bromeaba, sufría con pa- 
ciencia sus «patas de gallo:» porque era Valenti- 
na el tipo de la artesana de Sarrio, en quien la 
falta de educación es una gracia más que aña- 
dir á las muchas que poseen. Concluido el equipo 
de Ventura, y no teniendo ocasión de verla, Pa- 
blito aprovechaba los bailes de las Escuelas para 
seguir festejándola. 

Mas no por eso abandonaba á Nieves. El ga- 
llardo mancebo adivinaba que el amor propio ex- 
citado por la competencia, haría más en su favor 
que las mismas ventajas personales de que estaba 
dotado. Esta perspicacia era innata en él: se ha- 
bía manifestado claramente desde que había ena- 
morado á la primera mujer. Lo cual es un argu- 
mento más para los que creen en la preexistencia 
del sér humano; porque sólo habiendo seducido 
muchas costureras en vidas anteriores, pudo 
nuestro mancebo poseer una noción tan exacta del 
procedimiento adecuado á este fin. 

Al fin se había rendido. Principió por abando- 
nar á su novio; concluyó por dar citas de noche 
como la presente al gallardo Pablito. 

— ¿Duerme tu padre? — fué la primer pregunta 



42 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que éste hizo en cuanto se vió en el corredor. 

— ¿Qué te importa? — respondió la resuelta cos- 
turera. 

— Es que si no duerme... ya ves... ¡cáspita, la 
cosa es grave! 

— Calla, cobarde; ¡vergüenza había de darte! 
Voy á hacer ruido por el gusto de verte correr. 

Pablito la estrechó entre sus brazos y le dió 
una razonable cantidad de besos. La joven son- 
reía dichosa. Mas de pronto su frente se arrugó 
y su fisonomía expresó una gran severidad. 

— ¡Quita, quita! — dijo rechazándole. — Tengo 
que hacerte una pregunta. ¿Dónde has estado es- 
ta mañana? 

— ¿Esta mañana?... En muchas partes; en ca- 
sa, en el Saloncillo, en la cochera... en la punta 
del Peón... 

— ¿No has estado en la calle de San Florencio? 

— Sí; he pasado por allí dos ó tres veces. 

— ¿Y á quién has encontrado? 

— ¡Chica, qué sé yo!... A mucha gente. 

— ¿No has encontrado á Nieves? — preguntó 
con reprimida cólera la gentil costurera. 

— Hombre, sí, la he encontrado — respondió él 
con acento indiferente. 

— ¿Y no te has parado con ella? 

— No; la he dicho simplemente adiós. 

— ¡Embustero! ¡hipocritón! ¡tío silbante!— ex- 
clamó con furia Valentina. — ¡Toma, por zorro! 



EL CUARTO PODER 



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(arrimándole un terrible pellizco en el brazo). 
¿Conque le has dicho adiós solamente y te has 
estado más de una hora con ella? ¡Toma, tra- 
pacero! ¡toma! 

Y le descargó sobre los brazos una granizada 
de pellizcos: el buen Pablo se retorcía de dolor, 
pero sin gritar, porque respetaba mucho el sueño 
del papá de la feroz muchacha. 

— Por Dios, Valentina, si estás equivocada... 
No fué más que un instante para preguntarle si 
había concluido de bordar mis pañuelos... 

— ¡No está mal instante! ¡Una hora por el 
reloj plantado con ella, riendo como locos!... Me 
están dando ganas de ahogarte entre mis manos 
¡zorro! ¡zorro! ¡más que zorro! 

La enojada chica, cada vez más poseída de la 
ira, echó las manos al cuello á su galán, y estuvo 
á punto de extrangularle. 

Daba compasión ver á un tan apuesto y gentil 
mancebo con la lengua fuera y los ojos llenos de 
espanto. Valentina tuvo, en efecto, lástima de él, 
y le dejó; pero todavía le retorció el pellejo de 
los brazos unas cuantas veces. 

— A mí no se me engaña, ¿lo sabes? ¡A mí no 
se me engaña! Si vuelvo á saber que has estado 
con ella, excusas de venir más por aquí. 

— Bueno, te prometo no hablarla más; pero 
no vayas á hacer caso del primer cuento que te 
traigan. 



44 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— ¿Cumplirás la palabra? — preguntó la cruel 
costurera mirándole airadamente. 
— Pierde cuidado. 

— Cuenta conmigo si no la cumples. ¡Alza! 

De este modo apacible y tierno, trataba Va- 
lentina al tenorio de Sarrio . Él, cuando daba 
cuenta de tales tratos á Piscis ó á algún otro ami- 
go, sonreía como hombre de mundo y afirmaba 
que estas mujeres irascibles y altivas, son las que 
más deleites proporcionaban á los hombres, so- 
bre todo á los que como él estaban ya un poco 
gastados. 

Después que hicieron las paces, ó por mejor 
decir, después que Valentina otorgó la paz, hubo 
un cuchicheo que duró no sabemos cuánto. Des- 
pués no se oyó nada, y hasta sería fácil que tam- 
poco se viese gran cosa. El corredor estaba como 
si no hubiese nadie en él. Si no fuese porque es 
muy feo mancillar la honra de una muchacha, 
podríamos sospechar que la amartelada pareja se 
había metido en lo interior de la casa. 

Piscis, en tanto, hacía la centinela paseando á 
lo largo de la calle. Y el caso es, que no era sólo 
él quien la hacía. Un hombre estaba apostado, 
desde que ellos habían llegado, en el hueco de una 
puerta donde las sombras se espesaban. Inmóvil 
y protegido por la oscuridad, no pudo ser visto de 
Piscis. Aprovechando un momento en que éste 
paseaba de espalda á la casa, el hombre salió de 



EL CUARTO PODER 



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su escondite y se acercó sigilosamente á ella. 
Miró hacia el corredor y vaciló unos segundos. 
Esto fué lo que le perdió. Cuando dió el salto 
para cogerse á las rejas, el terrible Piscis se ha- 
bía vuelto ya y le vió. De dos brincos se plantó de- 
bajo del corredor, antes que el intruso pudiera 
montar sobre la barandilla, y con su famoso ro- 
ten, le descargó en las espaldas tal garrotazo, 
que el pobre hombre soltó las manos y se dejó 
caer al suelo. Quiso repetir el feroz centáuro, 
pero el hombre se levantó con agilidad y se dió 
á correr de tan prodigiosa manera, que el segun- 
do garrotazo lo pegó en el suelo, y en cuanto al 
tercero ni lo intentó siquiera. 

— ¡Mal rayo! — rugió Piscis. 

Este rugido debió de llegar á oídos de su feliz 
amigo, porque algunos segundos después monta- 
ba sobre la barandilla y se apeaba bonitamente 
en la calle. 

— ¿Qué hay? -- preguntó , acercándose á su 
Orestes. 

— Un hombre. 

— ¿Dónde? — volvió á preguntar el seductor an- 
siosamente, girando dos veces en redondo. 

— Ya escapó. Le atrapé en el momento de su- 
bir al corredor, y le tiré al suelo de un palo... 
Luego echó á correr... ¡Mal rayo! Ni el Romero 
á todo escape le alcanzaba. 

— Ese hombre — profirió Pablito sordamente, 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— debe de ser un novio que tenía Valentina hace 
algún tiempo... ¿Qué trataría de hacer? 

— Pues si era el novio, como no fuese para 
darte una puñalada, no sé á qué había de subir. 

Pablito echó el brazo por encima del hombro 
á su amigo, no para sostenerse, aunque las cor- 
vas un poco se le doblaban, sino para decirle con 
voz apagada: 

— ¿Crees eso? 

— Una... ó dos, ó tres... 

El bello mancebo guardó silencio. Al cabo de 
un momento le preguntó: 
— ¿Tú le conoces? 
— Yo no, ¿y tú? 

— No le he visto nunca; sólo sé que se llama 
Cosme, y que es barbero. 

Alejáronse en silencio de la calle y en silencio 
llegaron hasta casa de Belinchón. Allí, al despe- 
dirse, Pablito dijo á su amigo: 

— Si vuelvo por allá (que lo dudo), me harás 
el favor de no perder de vista el corredor, ¿ver- 
dad? 

— A perro puesto— se limitó á contestar el in- 
domable Piscis. 

Al día siguiente era domingo y se celebraba en 
las Escuelas el baile acostumbrado de todas las 
semanas. Se bailaba por la tarde, de tres á siete. 
El salón era espacioso, construido hacía pocos 
años para escuela de niños: los bancos de éstos se 



EL CUARTO PODER 



47 



amontonaban en la plataforma destinada al maes- 
tro; las paredes estaban tapizadas de carteles, y 
los adoradores de Terpsícore, mientras bailaban 
la habanera lángida, podían distraerse leyendo 
en ellos una porción de inestimables consejos en- 
caminados á demostrar que la virtud y el trabajo 
son los verdaderos tesoros del niño: El niño estu- 
dioso recibirá el premio de su aplicación. La fe y la 
constancia, suplen al talento. Y allá en el fondo, 
sobre la mesa del maestro, la imagen de Cristo 
crucificado, ¡oh vilipendio! tapada con una corti- 
na de seda, presidía aquellas danzas voluptuosas 
y furibundas polkas. 

Era el sitio donde sin temor al agua ni al sol, 
los extranjeros podían ver y admirar en seductor 
ramillete á las yeung girls de Sarrio. Y en efecto, 
allí acudían todos los capitanes y pilotos que ha- 
cían escala en la villa. Su admiración á veces, re- 
basando un poco los límites de la gravedad britá- 
nica, les impulsaba á aproximar demasiado las 
luengas barbas rubias al rostro de alguna bella. 

— ¿Usted es bobo, cristiano? — preguntaba ella 
poniéndole la mano en el pecho y rechazándole 
con fuerza. 

— ¡Crijstiano!... ¡crijstiano! — repetía con asom- 
bro el inglés. — ¿Qué ser crijstiano? 

— Hombre de Cristo. ¿No sabe la dotrina? ¡Pus 
depréndala! 

Cuando estaban de ver aquellas preciosas da- 



4» 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



mas, era de cinco á seis de la tarde, hora en que 
ya llevaban bailados cuatro ó cinco vals y otras 
tantas polkas. La sangre bien batida, teñía de 
vivo carmín sus mejillas frescas; los rubios ó ne- 
gros cabellos en grato desorden, se desparrama- 
ban por el espacio ó bien caían en adorables bu- 
cles por la espalda; los ojos brillaban como luce- 
ros en aquellos rostros celestiales; ios labios ro- 
jos y húmedos, se entreabían para dejar ver el 
aljófar inmaculado de sus dientes. Y basta, por- 
que no concluiríamos nunca. En esto de admirar 
á las artesanas de Sarrio, no hay inglés que nos 
ponga el pie delante. 

En el elemento femenino de los bailes había 
siempre perfecta homogeneidad: todo él se com- 
ponía de jóvenes situadas en el mismo peldaño 
de la escala social. Pero en lo que toca al mas- 
culino, existía peligrosa variedad: acudían á aquel 
sitio los jóvenes artesanos y los señoritos de Sa- 
rrio. Los primeros creían vulnerados sus derechos 
por la competencia de los señoritos; tanto más, 
cuanto que ésta era para ellos desastrosa, por 
los repetidos ejemplos de uniones desiguales que 
se efectuaban en la villa. Ya hemos dicho, y si 
no, lo decimos ahora, que los indianos se queda- 
ban con el contingente de señoritas más ó menos 
amojamadas, más ó menos pobres que existían 
en la población. Los jóvenes de la clase media, 
vencidos en esta competencia se refugiaban en 



EL CUARTO PODER 



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las artesanas, y no lo pasaban mal. Pero los po- 
bres obreros ó marineros, vencidos por los seño- 
ritos, ¿dónde se refugiaban? No les quedaba más 
recurso que la taberna y los palos. De estos ha- 
bía en cada baile una cantidad verdaderamente 
fantástica. Raro era el domingo en que no salían 
de las Escuelas dos ó tres señoritos con la cabe- 
za rota. 

Pablito había librado, hasta entonces, bastan- 
te bien, gracias á su fidelísimo Piscis, que se en- 
cargaba de llevar por él los garrotazos que le 
destinaban. El único contratiempo que padecía 
en la mayor parte de las reyertas, era la pérdida 
del sombrero; y esto fué tan repetidas veces, que 
vino á averiguarse que le buscaban quimera para 
que lo perdiese. Cuando un artesano necesitaba 
sombrero, ya sabía dónde buscarlo. 

Pero Piscis no pudo librarle de ciertas bofeta- 
das que recibió la tarde de aquel domingo; no 
por falta de voluntad en el centáuro, sino porque 
hay cosas que no pueden ser... vamos, que no 
pueden ser. ¡Cuán ajeno estaba el gallardo mozo 
al retorcerse las guías del bigote frente al espejo 
y aliñarse las mejillas con un jaboncillo que se 
hacía traer de Madrid, que una hora después ha- 
bían de ser tan fiera y cruelmente machacadas! 

Paseábase por el medio del salón tan apues- 
to, tan bizarro, que daba gloria verlo; miraba 
cuándo á un lado, cuándo á otro, como hacen to- 



5o 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dos los hombres de verdadero ingenio en estos 
casos. De vez en cuando, al cruzar al lado de 
una damisela, la decía: — «¿Usted tan bonita, Ju- 
lia?» Ó bien: «Me están matando esos ojos» ó 
«Como Torcuata no la hay en Sarrio», ú otra 
frase feliz por el estilo que encendía en puro go- 
zo á la doncella. Pero al dejarla escapar, no per- 
día un punto de su gravedad; porque sabía que 
ésta era una de sus cualidades sobresalientes y 
que le hacían más apetecible al bello sexo. 

Esperaba hacía rato á Valentina. Pero ya es- 
taba el salón poblado de damas, y la fementida 
orquesta de metal había tocado dos bailables, sin 
que la costurera gentil hubiera hecho su aparición 
en el baile. Volvieron á sonarlos acordes de una 
mazurka; la juventud dorada tornó á estrechar los 
talles esbeltos de las hijas del pueblo; pero nues- 
tro Pablito, fiel á la suya, permanecía inactivo 
mirando cruzar por delante de él las parejas ve- 
loces. 

Terminada la mazurka le asaltó la idea de 
que Valentina ya no vendría: la tirantez de rela- 
ciones que mediaban entre ella y el autor de sus 
días, sobre todo cuando éste tenía algunos vasos 
de vino en el cuerpo, lo hacían muy verosímil. 
Pocos minutos después, Pablito estaba plena- 
mente convencido de ello. 

Esta su disposición de espíritu coincidió con la 
entrada de la blonda Nieves en el salón. Sus mi- 



EL CUARTO PODER 



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radas se encontraron, y la pobre muchacha, vi- 
llanamente abandonada no hacía siquiera dos 
meses, le sonrió con dulzura. Esta dulzura había 
sido precisamente la causa de su desgracia: el 
apuesto Pablito se cansaba pronto de las mujeres 
dulces. Sin embargo, devolvió la sonrisa, y al 
pasar á su lado, le dijo áticamente: 

— Te van á embestir los toros, Nieves. 

La bordadora traía un pañuelo rojo atado á la 
cintura: esta frase de su ex-galán le causó un 
efecto tan vivo, que no supo qué contestar; son- 
rió de nuevo, y dijo: ¡ah!... ¡sí!... ¡no! y algunas 
otras partículas que no recordamos, y quiso des- 
mayarse de emoción. A la vuelta siguiente le pre- 
guntó si quería bailar con él la primera polka. La 
primera, la segunda, la tercera, y todas las polkas 
que se toquen en el universo, respondió Nieves 
con el sí tembloroso que salió de sus labios. Des- 
pués que comprometió la polka, Pablo sintió un 
gran arrepentimiento: — «¡Qué tonto, qué bruto 
soy! ¿Y si ahora llega Valentina?» 

Pero no llegó. La orquesta comenzó á prelu- 
diar los primeros compases, y el joven, sin qui- 
tar los ojos de la puerta, abrazó el talle de la 
bordadora, lanzándose con ella en raudo vuelo 
por la sala. Otros jóvenes, no menos raudos, ve- 
nían del lado opuesto, y ¡claro! un choque pri- 
mero, después otro y después otro. Tales encuen- 
tros eran un atractivo más en aquellos bailes; las 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



jóvenes, á quienes apabullaban el peinado ú obli- 
gaban á tambalearse, en vez de sentir enojo, 
reían á carcajadas con un placer vivísimo. Pablo 
y Nieves, que no podían dar cuatro pasos sin 
tropezar con otra pareja, estaban verdaderamen- 
te hechizados. Sin embargo, el joven, siempre 
que pasaba por delante de la puerta, sentía un 
leve estremecimiento en las piernas, y se apre- 
suraba á alejarse de ella. Cuando la orquesta se 
calló, llevó á su pareja hacia un ángulo de lasa- 
la, y allí departieron un momento de pie. Pablito 
sintió arder entre las cenizas de su amor una 
chispa de simpatía por aquella muchacha tan 
alegre, tan apacible, tan cariñosa. 

— Ya tenía deseos de bailar contigo, Nieves — 
le dijo mientras se limpiaba el sudor con el pa- 
ñuelo. 

— Y yo con V., Pablo. 

—¿Usted? 

La joven se ruborizó. 
— ¿Has olvidadlo el tú ya? 
— ¡Tanto tiempo se pasó! 
— Tienes razón... Pero mira cómo yo no lo he 
olvidado. 

— El miércoles le vi... te vi en la carretera de 
Nieva... ibas en un caballo blanco... 
— Era una yegua. 
— Creí que te tiraba. 

— ¡Tirarme! — exclamó Pablito frunciendo el 



EL CUARTO PODER 



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entrecejo. — ¡Afloja un poco, chica! A mí no me 
tira tan fácilmente una jaca. 

— ¡Es que daba unos brincos tan grandes!... 
Se ponía así para arriba... ¡Jesús! Yo estaba 
asustada. 

— Es que la estaba enseñando á levantarse de 
manos — repuso el joven sonriendo con superiori- 
dad. — Como no la han trabajado hasta ahora, 
se resiste un poquito; alguna vez da sus botes de 
carnero; pero total nada... en el fondo es muy 
noble la Linda... Mira, tú, cuando la compré, ó, 
por mejor decir, cuando la cambié por el Negri- 
llo, dando mil quinientos reales encima, allá 
en el mes de Octubre, bien te acordarás, tenía 
una porción de zunas: se me plantaba á lo mejor 
en medio de la carretera, se espantaba con los 
carros... en fin, un animal perdido. Yo me dije: 
¿qué hay que hacer con esta jaca?... 

Pablito, en cuyo pecho la joven había hecho 
vibrar la cuerda más sensible, disertó larga y 
luminosamente acerca de aquellos asuntos ecues- 
tres. Nieves le escuchaba embelesada, enterne- 
cida, figurándose acaso que detrás de aquella 
descripción minuciosa de las zunas de la Linda 
iba á encontrar su amor perdido. 

De pronto, el orador ¡paf! recibe un golpe en 
medio de la cara; el auditorio ¡paf! recibe otro: 
antes que se hubieran repuesto de la sorpresa, 
reciben otros dos ¡paf, paf! 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Era la colérica Valentina el autor de aquel 
daño: en menos de un minuto los llenó á »ambos 
de bofetadas. Pablito no encontró mejor recurso 
que escabullirse bonitamente, y plantarse en la 
calle. Quedó Nieves como inocente paloma en 
las garras del gavilán; pero éste, viendo que no 
podía saciarse, porque le sujetaron los brazos, se 
desprendió bravamente, dejó el salón, donde se 
había armado el consiguiente jollín, y salió á la 
calle. 

Pablito caminaba á paso lento, harto sofocado 
aún, cuando sintió un terrible dolor en el brazo. 
Conocía tan bien aquel género de tormento, que 
sin volver la cara exclamó: 

— ¡Valentina! 

— ¡Yo soy! ¿Creíais que os ibáis á reir de mí? 

— Lo que acabas de hacer es muy feo — profi- 
rió el joven con acento irritado, mirando á su 
querida cara á cara. — Has dado un escándalo, y 
me has puesto en ridículo. Yo no tolero eso, ¿lo 
oyes? 

— ¿Qué no lo toleras? Pues, mira; como vuelva 
á verte otra vez con ella, no me contento con lo 
que hoy hice... ¡Os clavo á los dos con una na- 
vaja! 

' — Ya te librarás de hacer nada de eso, ni pre- 
sentarte siquiera delante de mí cuando esté ha- 
blando con otra mujer — gritó el joven cada vez 
más enfurecido. 



EL CUARTO PODER 



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— ¡En cuanto te vea con esa pendanga! ¡Alza! 
¡ya verás! ¡ya verás! 

Entonces el hermoso mancebo, justamente in- 
dignado, pero olvidando por el estado de ofusca- 
ción en que se hallaba todos ios artículos del có- 
digo de la galantería, descargó una bofetada en 
el rostro de su querida, y después otra, y después 
otra... en fin, una sopimpa más que regular. La 
graciosa artesana se dejó solfear por su galán pa- 
cientemente, sin hacer la más leve señal de re- 
sistencia, ni siquiera de esquivar los golpes. Cuan- 
do Pablito cesó, le preguntó con deliciosa natu- 
ralidad: 

— ¿Has concluido ya? 

— Por ahora... ¡pero me entran ganas de em- 
pezar otra vez! — rugió el mancebo ciego de có- 
lera. 

— Pues empieza cuando gustes: yo las he de 
llevar todas sin moverme. Pero te advierto que 
me pegues ó no me pegues, yo he de hacer lo 
que te dije en cuanto te vea hablando con esa... 
Ahora llévame otra vez al baile. 

— No quiero. 

— Bueno; pues llévame á cualquier parte don- 
de pueda arreglar el pelo, porque me has des- 
peinado. 

El joven hubo de transigir llevándola al café de 
la Estrella, no sin ir pensando por el camino que 
sus conquistas le estaban saliendo un poco caras. 



56 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

Pocos días después tuvo aún mejor motivo pa- 
ra hacerse esta reflexión. Fué en la Peluquería 
Madrileña, donde acostumbraba á afeitarse y 
arreglarse el pelo á menudo. Acompañado de su 
primer caballerizo, entró en ella y se sentó en un 
diván esperando la vez. 

— Cuando V. guste, caballero — le dijo al cabo 
un muchacho pálido, con ligero bigote negro, vol- 
viendo el asiento de gutapercha y mirándole de 
través. 

Pablito avanzó distraídamente y se dejó caer 
en la butaca con esa languidez elegante que 
adoptan en las peluquerías aquellos á quienes la 
Providencia señaló con un destello de superiori- 
dad. El chico le embadurnó la cara con jabón. 
El joven Belinchón, con la preciosa cabeza in- 
clinada hacia atrás, esperó radiante de majestad 
que se le despojase de la sombra negra que man- 
chaba sus mejillas: tenía los ojos cerrados blan- 
damente para mejor percibir los vagos y poéti- 
cos pensamientos que cruzaban por su cerebro. 
Siempre que volvía de la cuadra traía la cabeza 
atestada de ideas. Sus piernas se extendían cru- 
zadas debajo de la mesa, y sus manos enguanta- 
das pendían de los brazos del sillón con la misma 
elegancia que las piernas. 

— Fernando — dijo en voz alta el artista que le 
iba á afeitar llamando á uno de sus compañeros. 

— ¿Qué quieres, Cosme? 



EL CUARTO PODER 



57 



Este nombre hizo estremecer sin saber por 
qué á Pablito; abrió los ojos y dirigió una larga 
y ávida mirada al peluquero. No le conocía: de- 
bía de ser nuevo en el establecimiento. Esto, en 
vez de tranquilizarle, le obligó á cambiar de pos- 
tura varias veces, abandonando por el momento 
su habitual majestad y languidez. 

— ¿Puedes darme la navaja que han vaciado 
hoy? 

—Allá va. 

Fernando alargó el brazo y Cosme recogió la 
navaja. Un vago deseo de levantarse nació en el 
espíritu de Pablito. Mas antes de que pudiera ad- 
quirir forma, el peluquero le había cogido por la 
nariz y comenzaba á rasparle. 

Al cabo de unos instantes en que nuestro joven 
por debajo de sus largas pestañas seguía con mi- 
rada inquieta los movimientos de la mano del 
artista, éste le dijo en voz baja, plegados los la- 
bios por una sonrisa afectada que extendía des- 
mesuradamente su boca: 

— Usted es el señorito de Belinchón, ¿verdad? 

— Sí — articuló. 

— Yo le conozco á V. hace mucho tiempo — 
manifestó el peluquero con la misma voz apaga- 
da y sin dejar de sonreír. — ¡Oh, sí, hace mucho 
tiempo! Usted no me conocerá... ¡claro! los se- 
ñoritos no acostumbran á fijarse en nosotros. Le 
tengo visto muchas veces por ahí á caballo y en 



58 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

coche... y también á pie. En los bailes de las Es- 
cuelas le veo á menudo. Baila V. muy bien, se- 
ñorito, ¡muy bien!... 

— ¡Phs! — profirió Pablito, en quien el deseo de 
levantarse se había transformado ya en verdade- 
ro anhelo. 

— Sí, muy bien... y además tiene gusto para 
escoger pareja. ¡Caramba qué muchachas tan 
guapas se lleva V. siempre, señorito! Hace algu- 
nos meses le veía bailar siempre con una rubia... 
¡hasta allí! Es hermana de un amigo mío... Pero 
hace ya tiempo que le veo bailar con otra muy 
salada que se llama Valentina, ¿verdad? Es una 
chica muy graciosa... ¡Caramba qué buen ojo tie- 
ne V., señorito!... A esta Valentina la conozco 
un poquito... hemos sido algo amigos en otro 
tiempo... ¿No le ha hablado alguna vez de mí... 
de un tal Cosme? 

— No — articuló el joven, en quien comenza- 
ban los síntomas de una abundante transpira- 
ción. 

— Pues es extraño, porque éramos bastante 
amigos... ¡como que hace tres meses estábamos 
para casarnos!... Pero amigo, vino V., señorito, 
y todo fué rodando. 

Cosme había pronunciado estas últimas pala- 
bras con voz temblorosa. Pablito sudaba gotas 
como avellanas sin sentir calor alguno. Tenía el 
mismo temperamento de su glorioso padre, ene- 



EL CUARTO PODER 



59 



migo irreconciliable de las traiciones y embos- 
cadas. 

— Naturalmente, ¿que había de pasar? — prosi- 
guió el artista en un tono de voz indefinible, pues 
no se sabía si quería llorar ó reir; al mismo tiem- 
po pasaba la navaja con suavidad por la gargan- 
ta del bizarro mancebo para despojarle de algu- 
nos pelos importunos.— ¡Naturalmente! Un se- 
ñorito tan principal como V. ¿cómo no había de 
derrotar á un pelafustán como yo? Las chicas, 
en cuanto uno de VV. les canta al oído cualquier 
cosita, se vuelven locas, aunque la mayor parte 
de las veces VV. lo hacen por divertirse, cuando 
no para otra cosa peor. Demasiado se sabe que 
V. no se ha de casar con Valentina... V. la quie- 
re para pasar el rato por las noches con ella en 
el corredor y hacer sus escapaditas á dentro, ¿ver- 
dad? Y después ¡ahí queda eso!... La verdad, yo 
quería mucho á esa chica... 

La voz del barbero volvió á temblar y la mano 
también. Pablito no pudo siquiera hacer otro tan- 
to: estaba petrificado. 

— Pero ahora — prosiguió Cosme — ahora ¿quién 
es el que se casaría con ella á no estar loco?... 
Los pobres estamos debajo, y tenemos que sufrir 
estas vergüenzas. Si V. hubiera sido un igual 
mío nos hubiéramos visto las caras... Pero si yo 
me hubiera metido con V., no faltaría quien me 
rompiese la cabeza, y sobre eso iría á la cárcel... 



6o 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Y sin embargo — prosiguió después de un momen- 
to de silencio con acento más ronco, — si yo aho- 
ra me volviese de repente loco, señorito... ¡adiós 
caballos y coches! ¡adiós bailes! ¡adiós Valenti- 
na!... con sólo empujar un poco la navaja ¡pif! 
todo había concluido para siempre... 

Pablito, cuyo rostro ya sin jabón estaba tan 
blanco como cuando lo tenía, dejó escapar aquí 
un gipido tan extraño y doloroso, que Piscis que 
venía observando con ojos recelosos al barbero, 
saltó repentinamente sobre éste y le sujetó los 
brazos. Pablo se levantó entonces de un salto. El 
dueño y los mancebos y todos los parroquianos 
gritaron á un tiempo: 

— ¿Qué es eso? 

— ¡Pillo, asesino! — exclamó Pablito lanzándo- 
se sobre Cosme, que estaba bien sujeto por atrás 
y tan pálido como un muerto. 

En un instante el gallardo mancebo, que aún 
sudaba copiosamente, les enteró de lo que había 
pasado. El pobre Cosme fué arrojado de la tien- 
da á puntapiés por el patrón, que no quería per- 
der el mejor parroquiano de la villa. 




CAP. XIII 



En que se descubren algunos secretos de la 
vida de Gonzalo. 



cho boca arriba, mirando los arabescos del techo: 
la estancia bien esclarecida por los dos balcones 
que tenía. No se hallaba en su alcoba, sino en el 
despacho, donde le habían puesto una cama el día 
primero que se sintió mal. Ventura había mostra- 
do pesar de dejar la alcoba, y prefirió salir él, ya 
que juntos no podían dormir. El ataque había sido 
tan fuerte como repentino: una erisipela que le 
inflamó el rostro, las manos y las piernas, y es- 




onzalo recordó que aún no le habían cu- 
rado el vejigatorio puesto el día ante- 
rior, y tiró violentamente del cordón de 
la campanilla. Estaba tendido en el le- 



62 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tuvo á punto de causarle la muerte. Conjurado el 
ataque cerebral por medio de violentos rebulsi- 
vos á las piernas, el médico le fué aplicando ve- 
jigatorios en diversas regiones del cuerpo. 

— ¿Qué se le ofrecía, señorito? — dijo la donce- 
lla entreabriendo la puerta. 

— Haga V. el favor de llamar á la señorita. 

Al cabo de un momento, la criada entreabrió 
de nuevo. 

— Que viene al instante. 

El joven esperó. Al cabo de diez minutos lar- 
gos, la linda cabeza rubia de su esposa asomó por 
la puerta. 

— ¿Qué me querías, pichón mío? — preguntó, sin 
entrar, en un tono distraído, que no encajaba 
bien con lo meloso de la pregunta. 

— Entra... Son las once, y aún no me han cu- 
rado el vejigatorio. 

— Yo pensaba que esperarías á que el médico 
lo hiciese— dijo avanzando con vacilación por la 
estancia. Vestía una magnífica bata de seda azul 
que no podía velar la curva pronunciada de su 
vientre. 

— No ha dicho que vendría él á curármelo... 
Además me molesta mucho ya. 

La joven se acercó á la cama, y después de 
unos momentos de silencio, poniendo la mano 
sobre la cabeza de su marido, le preguntó: 

— ¿No sería mejor que el médico te curase? 



EL CUARTO PODER 



63 



— No, no — respondió él, mal humorado. — Me 
está molestando mucho... Busca las hilas y la po- 
mada, y trae unas tijeras que corten bien. 

Ventura salió sin decir nada, y poco después 
volvió con aquellos enseres en las manos. Se ha- 
bía puesto seria y parecía distraída. El tenía im- 
preso en el rostro el hastío y el malestar que cau- 
sa la cama. 

. Después que hubo colocado los efectos sobre 
la mesa de noche y esparcido la pomada sobre 
las hilas con un cuchillo, la joven esposa dijo 
suavemente: 
— Vamos. 

Gonzalo se incorporó en la cama y desabro- 
chando la camisa expuso al aire su pecho de 
hércules de circo, á cuyo costado derecho estaba 
adherida una cantárida. La joven se inclinó pa- 
ra levantar el parche, y Gonzalo aprovechó la 
ocasión para besarla en la frente. 

No se dijeron nada. La vejiga era grande y ro- 
deada por un círculo rojo de carne inflamada. 
Ventura se alzó de nuevo y dijo con su habitual 
desenfado: 

— Bah, bah, mejor esperamos que venga el 
médico: no puede tardar... Si quieres le pasare- 
mos recado. 

— Ya he dicho que no — manifestó el joven 
frunciendo el entrecejo. — Coge las tijeras y corta 
la vejiga alrededor: después pones las hilas enci- 



64 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

ma de la llaga y se concluyó... ¡Ya ves que es 
bien fácil! 

Ventura no respondió. Tomó las tijeras, se in- 
clinó de nuevo y se puso á cortar la piel. 
—¿Te duele? 
— Nada: sigue adelante. 

Pero al quedar la llaga al descubierto la joven 
no pudo reprimir un gesto de repugnancia. Los 
ojos de su marido , que la espiaban, se turbaron: 
su frente se arrugó fuertemente. 

— Mira, déjalo, déjalo... Esperaremos que ven- 
ga el médico — dijo cogiéndola por la muñeca y 
apartándola suave, pero firmemente. 

Ventura le miró sorprendida. 

— ¿Por qué? 

— Por nada. Déjalo, déjalo — replicó abro- 
chándose de nuevo la camisa y tapándose con la 
ropa. 

Venturita se quedó con las tijeras en la mano 
mirándole fijamente, en actitud confusa. El tenía 
la misma profunda arruga en la frente y miraba 
al techo. 

— ¿Pero por qué?... ¿Qué te ha dado, chico?... 

— Nada, nada: déjame que voy á descansar. 

La joven se quedó todavía unos instantes mi- 
rándole. Inflamándose de pronto, tiró con rabia 
las tijeras al suelo y dijo con el acento altivo y 
desdeñoso que tan bien sabía dar á sus palabras 
cuando quería: 



EL CUARTO PODER 



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— Me alegro. El espectáculo no era muy agra- 
dable; sobre todo poco antes de comer. 

Al mismo tiempo se volvió dirigiendo sus pa- 
sos hacia la puerta. Gonzalo exclamó con sonrisa 
sarcástica: 

— Y yo me alegro de haberte dado esa alegría. 

Luego, al quedar solo,' sus ojos chispearon de 
furor y sus labios temblaron: apretó la sábana 
con las manos convulsas, y lanzó una serie de in- 
terjecciones brutales, entregándose á una de esas 
cóleras breves y terribles de los hombres sanguí- 
neos. 

Antes que se hubiese apagado por completo, 
oyó tocar en la puerta suavemente: figurándose 
que era su mujer, gritó con furia: 

— ¿Quién va? 

La persona que había llamado, estremecida 
sin duda por aquella voz, tardó un instante en 
contestar. 

— Soy yo, Gonzalo — dijo al cabo con voz débil. 

— jAh! dispensa, Cecilia. Entra — replicó el jo- 
ven dulcificándose de pronto. 

Su cuñada abrió la puerta, entró, y la cerró 
después con cuidado. 

— Venía á saber cómo estabas, y al mismo 
tiempo á decirte que si quieres la limonada ya 
la tienes hecha. 

— Estoy mejor, gracias. Si sigo así, me pare- 
ce que mañana ó pasado á todo tirar me levanto. 



66 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿Te han curado la cantárida? 

— Ventura se puso á ello ahora; pero no ha 
concluido — respondió, volviendo á fruncir la 
frente. 

— Sí; acabo de encontrármela en el pasillo, y 
me ha dicho que te has incomodado porque te 
figurabas que lo hacía con repugnancia — dijo Ce- 
cilia sonriendo con bondad. 

— ¡No es eso! ¡No es eso! — repuso el joven en 
tono de impaciencia y no poco avergonzado. 

— Debes perdonarla, porque no está acostum- 
brada á estas cosas. Es una chiquilla... Además, 
el estado en que se encuentra, tal vez influya en 
su estómago. 

— ¡No es eso, Cecilia! — volvió á exclamar el 
joven con más impaciencia, levantando un poco 
la cabeza de las almohadas. — Sería muy necio y 
muy egoísta si fuese á incomodarme por una cosa 
que después de todo no está en su mano el evi- 
tar. Es cuestión de temperamento, y yo acostum- 
bro á respetarlo; mucho más tratándose de mi 
esposa, que se encuentra en un estado excepcio- 
nal... Pero hay algo más. Lo que me acaba de 
pasar llueve sobre mojado. Hace diez días que 
estoy en lacama, y no ha entrado en esta habita- 
ción más de dos ó tres veces cada día y casi 
siempre llamada por mí... ¿Te parece que es eso 
lo que debe hacer una mujer por un marido?... 
Si no hubiera sido por tí y por mamá... sobre to- 



EL CUARTO PODER 



67 



do por tí... estaría abandonado en poder de cria- 
dos como en una fonda. 
— ¡Oh, no, Gonzalo! 

— Sí, sí, Cecilia — replicó con energía y exal- 
tándose. — Abandonado. Mi mujer no aparece 
por aquí sino cuando hay visita... Entonces, sí, 
viene hecha un brazo de mar, oliendo á esencias 
y demonios colorados... Pero traerme las tisa- 
nas, apuntar las prescripciones del médico, ha- 
cerme un poco de compañía hablando ó leyén- 
dome algo... ¡De eso, nada!... Ahora la ruego 
que me cure el vejigatorio, y, en cuanto se lo 
digo, cambia del todo su fisonomía... Comienza 
á buscar salidas para zafarse, y sólo cuando yo 
insisto con empeño, se decide... ¡pero de tan 
mala gana! con una cara tan estirada, que estu- 
ve tentado á tirarle á ella todos los chirimbolos. 
No tendría ni pizca de dignidad, ni vergüenza 
siquiera, si la hubiese consentido seguir... 

Se había ido exaltando cada vez más, hasta el 
punto de incorporarse del todo en el lecho. Ce- 
cilia, en pie, en medio de la habitación, le escu- 
chaba inquieta y confusa, sin saber qué replicar. 
Quería defender á su hermana; pero no encontra- 
ba argumentos bastante poderosos para contra- 
rrestar los de su cuñado. 

— Gonzalo — le dijo al fin, con voz firme y 
semblante sereno, acercándose al lecho, — el dis- 
gusto que acabas de tener te ha exaltado un poco, 



68 ARMANDO PALACIO VALDÉS 




y no ves las cosas como en realidad son... Es 
posible que Ventura se haya descuidado un poco 
en el cumplimiento de sus deberes; pero estáte 
seguro de que no ha sido por falta de voluntad. La 
conozco bien, y sé que su carácter no se presta 
á ocuparse en estos pormenores y cuidados que 
un enfermo necesita. No sirve para enfermera. 
Además, considera que ahora se encuentra en 
un estado en que hay que dispensarle muchas 
cosas... 

— ¡Pero si es así en todo, Cecilia! ¡si es así en 
todo! — replicó el joven con tanta viveza como 
mal humor. — ¡Si es una chiquilla que no tiene 
atadero! Los asuntos de la casa la tienen sin cui- 
dado. Para ella, lo único importante en el mundo 
es ella misma, su hermosura, sus trajes, sus jo- 
yas... Todo lo demás, padres, hermanos, marido, 
no significan nada... Estoy seguro de que le ha 
preocupado más el sombrero que ha encargado 
á París que mi enfermedad... 

— ¡Oh, no digas eso, por Dios! Estás loco. 

— No estoy loco. Digo la pura verdad... 

Y con palabra rápida, vibrante, tropezando 
muchas veces por la irritación de que estaba po- 
seído, expuso prolijamente sus quejas, compla- 
ciéndose en hacer sangrar de nuevo los pincha- 
zos que había recibido en su vida matrimonial. 
Ventura tenía un carácter diametralmente opues- 
to al suyo; no era posible estar bien con ella más 



EL CUARTO PODER 



6 9 



de una hora; porque si duraba mucho la avenen- 
cia, y no se presentaba motivo de riña, se encar- 
gaba ella de buscarlo, hastiada, sin duda, de ha- 
llarse en paz con su marido. Si hacía una cosa 
por proporcionarle un goce cualquiera, en vez 
de agradecérselo, le pagaba generalmente con 
alguna burla ó sarcasmo. Todo le parecía poco; 
los mayores sacrificios los encontraba pequeños. 
No había posibilidad de hacerla pensar más que 
en sus vestidos, en sus perfumes, en sus cintajos. 
¡Qué vida la que le había hecho llevar en Madrid 
los tres meses que allí habían estado! No salían 
de los comercios de sedas, de las joyerías, de 
casa de la modista. Por las noches, infaliblemen- 
te al teatro; y aunque estuviese cansado ó se le 
partiese la cabeza de dolor, nada, era preciso 
exhibirse en algún palco del Real, del Príncipe 
ó la Zarzuela. El dinero que allí habían gastado, 
sumaba una cantidad imponente. Creía haber 
llevado bastante, y por tres veces tuvo que pedir 
más á su casa. Luego, comprendiendo que dado 
aquel tren con sus rentas no tendrían bastante, 
sobre. todo si Dios les daba muchos hijos, había 
tratado de montar una fábrica de cerveza, para 
aprovechar siquiera los estudios que había he- 
cho. Ventura se había opuesto resueltamente á 
ello, diciendo que no quería ser «la señora de un 
cervecero...» Estaba convencido deque la sangre 
que se había quemado en Madrid, y la que seguía 



7o 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



quemándose en Sarrio, era lo que había causado 
aquel ataque repentino de erisipela. ¡Claro! Él 
necesitaba una vida de actividad y de trabajo, 
salir mucho al campo, cazar, montar á caballo; 
su naturaleza pletórica exigía el ejercicio. Aque- 
lla vida sedentaria que le gustaba á Ventura, 
aquel eterno teatro, aquellas visitas, aquel tras- 
nochar sin sustancia, le mataban; la sangre se le 
ponía espesa como el aceite... ¡Pero qué le im- 
portaba á ella todo eso! Lo principal era satisfa- 
cer su gusto en todo y por todo... En Madrid 
había aprendido á pintarse; ¡una gran barbari- 
dad, porque era blanca como la leche!... Pues 
aunque él le había manifestado repetidas veces 
que le repugnaba aquella asquerosa manía, no 
había sido posible que le hiciera caso. 

Mientras se desahogaba de este modo en un 
flujo intermitente de palabras, el rostro de Gon- 
zalo iba expresando sucesivamente la indigna- 
ción, la tristeza, la cólera, el desprecio, todas 
las emociones que agitaban su alma al recuerdo 
de sus padecimientos. Su gran torso de atleta, se 
movía convulsivamente sobre el lecho, incorpo- 
rándose unas veces, otras dejándose caer, mien- 
tras las manos temblorosas y crispadas se ocu- 
paban instintivamente en tirar de ia ropa, que 
á impulso de sus bruscas sacudidas se le mar- 
chaba. 

Cecilia, con la cabeza baja y las manos caídas 



EL CUARTO PODER 



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y cruzadas, le escuchaba esperando que después 
de soltar el fardo de sus disgustos, la cólera del 
joven se aplacase. 

Y así fué. Después que ya no tuvo más pala- 
bras en el cuerpo, cubriéndose con la sábana has- 
ta los ojos dejó escapar una serie interminable 
de resoplidos entremezclados de frases incohe- 
rentes. Cecilia comenzó á decirle con voz muy 
suave: 

— Yo no sé qué decirte á todo eso, Gonzalo. 
Meterse en las desavenencias que pueda haber en 
un matrimonio es muy peligroso, y si á alguien 
corresponde intervenir en vuestras cosas no es 
á mí, sino á mamá... Pero siempre he oído decir 
que en todos los matrimonios hay riñas y disgus- 
tillos, sobre todo al principio, mientras los carac- 
teres no se amolden... Todo eso pasa; son nubes 
de verano. Mientras no afecte al fondo, mientras 
los corazones no se desunan, las reyertas matri- 
moniales tienen bien poca importancia... Y aquí 
no hay miedo á eso, por fortuna... Tú quieres á 
Ventura... 

— ¡Oh, cada día más! — exclamó él,, con rabia 
de sí mismo. — Estoy enamorado como un burro. . . 
sí, sí, ¡como un burro! 

Una sombra de mortal dolor, veloz como un 
relámpago, pasó por los claros ojos de Cecilia; 
pero al instante volvieron á lucir serenos y bri- 
llantes como siempre. 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Ella también te quiere á tí; no lo dudes. Su 
genio es vivo, acaso un poco caprichoso, por lo 
mismo que ha sido siempre el mimo de la casa; 
pero es incapaz de guardar rencor por una ofen- 
sa, ni obra jamás con premeditación, sino em- 
pujada por las impresiones del momento... Ade- 
más, Gonzalo — añadió sonriendo — considera que 
ahora le debes muchas más atenciones, muchísi- 
mo más cariño, si es posible... 

La joven, con frases delicadas empapadas de 
ternura, le habló de su futuro hijo; un clavito que 
remacharía de modo inquebrantable la unión 
de sus almas. Aquel niño para el cual todo el 
mundo estaba ya trabajando en la casa, disipa- 
ría con su sonrisa inocente las nubecillas que 
sombrearan por un instante el amor de sus pa- 
pás. Después que estuviese en el mundo ¡bien 
se acordaría Ventura de coloretes! ¡Anda, anda! 
pues no tendría poco que hacer para tenerle lim- 
pio, darle el pecho y entretenerle cuando llorase. 
Y él estaría tan embobado contemplándole, que 
no tendría tiempo á ocuparse en si su mujer traía 
tal ó cual vestido, ni siquiera si estaba de bueno 
ó de mal humor. 

La voz de Cecilia, suave, persuasiva, un poco 
empañada siempre, lo cual daba á su acento sin- 
gular ternura y humildad que llegaba al corazón, 
logró conmover muy pronto el de su cuñado. 

Apaciguóse súbito, y dilatado su rostro por 



EL CUARTO PODER 



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una sonrisa, exclamó antes de que concluyese: 

— ¡Chica, qué gran abogado harías! 

— Es que tengo razón — replicó ella riendo. 

— Y si no la tuvieses ya te arreglarías para 
aparecer con ella... ¡Ea, ya pasó!... A mí las 
rabietas me duran poco... Y, sobre todo, en 
cuanto tú empiezas á hablar, pierdo la fuerza. No 
hay orador que se te iguale en eso de acumular 
los razonamientos en el punto que te convenga; 
y hasta sabes sacar el Cristo... digo, el niño... 

Cecilia soltó la carcajada. 

— Reconocerás que ha sido con oportunidad. 

— No lo niego. 

Y ambos rieron con alegría, embromándose 
cariñosamente, mecidos en dulce fraternidad que 
los hacía felices. 

Cecilia se retiró al fin. Antes de llegar á la 
puerta se volvió, preguntando con timidez, don- 
de apuntaba un vivo y mal disimulado deseo: 

— ¿Quieres que te haga yo la cura?... Debes es- 
tar molesto... 

El joven vaciló un instante. Temía ofender el 
pudor de su hermana política. 

—Si tú quieres... No hay necesidad... Acaso 
te cause repugnancia... 

Pero Cecilia ya se había acercado á la cama y 
recogía las hilas, la pomada y las tijeras, ponién- 
dolo todo en orden. Hizo una nueva tableta, y 
extendió con esmero el ungüento sobre ella. Gon- 



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ARMANDO PALACIO VALDÉS 



zalo la miraba, un poco inquieto. Ella guardaba 
silencio, haciendo esfuerzos heroicos por vencer 
la confusión que se iba apoderando de su . alma. 
Ya estaba arrepentida de su proposición: dejaba 
trascurrir el tiempo pasando infinitas veces el 
cuchillo sobre las hilas, con los ojos bajos, fin- 
giendo gran atención á la tarea que tenía entre 
manos. Al fin, haciendo un supremo esfuerzo, 
tomó la tableta, y levantando la cabeza hacia su 
cuñado, le dijo con afectada indiferencia: 
— Cuando quieras. 

Gonzalo, con mano vacilante, bajó la ropa, se 
incorporó en el lecho, y con lentitud embarazo- 
sa principió á desabotonarse la camisa. Al fin 
descubrió su enorme pecho musculoso. 

— ¡Buen cuadro para antes de comer! — excla- 
mó avergonzado, repitiendo la idea expresada 
por su esposa. 

Cecilia no contestó. Se puso á examinar la 
llaga, cubierta á medias por la piel que Ventura 
no había acabado de cortar; tomó las tijeras, y 
con mano firme cortó lo que faltaba. 

— ¿Te hago daño?— preguntó. 

— Ninguno. 

Descubierta enteramente la llaga, grande co- 
mo la palma de la mano, aplicó con suavidad so- 
bre ella la tableta de hilas, pasó repetidas veces 
la mano por encima para ajustaría, colocó un 
trapo sobre las hilas, y sin dejar de oprimirlo 



EL CUARTO PODER 



75 



con la mano izquierda, tomó con la derecha una 
venda que había sobre la mesilla, y la aplicó por 
el medio encima del trapo. 

— Ahora es necesario que te pases la venda 
por detrás de la espalda, para atarla después aquí 
encima. 

— ¿No te atreves tú? — dijo él con una sonrisa 
entre burlona y avergonzada. 

Ella no contestó. Quería á fuerza de seriedad 
dominar la confusión que la embargaba. Única- 
mente se podía advertir su emoción en el tem- 
blor ligerísimo de sus labios. Los ojos medio ce- 
rrados, lucían por detrás de sus largas pestañas 
con un fuego de íntimo y vivo goce, que la ex- 
presión indiferente y grave de su fisonomía no 
podía ocultar. 

Gonzalo trató de cruzar la venda por detrás; 
pero le fué imposible. Cecilia acudió en su auxilio 
metiendo la mano con decisión por debajo de la 
camisa: al sentir el tibio contacto de la carne del 
joven, aquella mano tembló levemente; mas no 
dejó de seguir con firmeza su tarea. 

— ¿Buen pecho, eh? — dijo él con afectado des- 
enfado, para ocultar el embarazo que á ambos 
dominaba. 

Tampoco contestó Cecilia. 

— No creas que es todo natural. Estos brazos 
y este pecho me los hice remando en el Támesis. 

— ¿Remando? 



76 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— Sí, remando. Allí los jóvenes más ricos no 
se desdeñan de vestir la blusa del marinero ó la 
camiseta. Al contrario, es de lo más fashionable, 
como ellos dicen. ¡Cuántos viajes habremos he- 
cho río arriba! Luego cada poco tiempo hay re- 
gatas; acude la gente como en Madrid á los to- 
ros, se cruzan grandes apuestas... ¡es un recreo 
delicioso! ¡Qué entusiasmo entre nosotros desde 
muchos días antes!... 

Se conmovía al recuerdo de aquellas horas fe- 
lices de salud y de fuerza, cuando ni el amor 
ni cuidado alguno doméstico turbaban aún su 
vida de estudiante rico y desaplicado. Y vien- 
do la atención que Cecilia le prestaba, se exten- 
día en menudencias pueriles, trayendo al recuer- 
do los ínfimos pormenores de aquella existencia 
consagrada á la gimnasia; refería las regatas que 
había ganado, las que había perdido y todos los 
incidentes que en ellas habían surgido; contaba 
sus impresiones antes y después del suceso, la 
clase de alimentación que usaba para adquirir 
vigor y perder la grasa; describía los trajes que 
usaban, la forma de los botes, los gritos de la mu- 
chedumbre que los alentaba desde la orilla... 

— No habría allí quien tuviese más fuerza que 
tú — le dijo ella comiéndolo con los ojos. 

— ¡Oh, sí! No era de los más flojos; pero toda- 
vía había algunos de más fuerza — respondió él 
con modestia. 



EL CUARTO PODER 



77 



Había desaparecido la cortedad de ambos, y 
tornaba aquella dulce fraternidad de antes. Gon- 
zalo descansaba sobre el lecho con los brazos 
fuera. En cuanto se viera fuera de él, y con áni- 
mos, se iba á Tejada. Era necesario cambiar de 
vida, para evitar nuevos ataques; pensaba dedi- 
carse á la caza con ahinco; montaría además un 
gimnasio en el sitio más adecuado de la casa; en 
fin, se prometía ser otro hombre así que curase 
del todo. 

Cecilia aplaudía aquella decisión; prometía ir 
con él algunas veces. Gozaba mucho más en Te- 
jada que en Sarrio; había nacido para aldeana. 
El se reía de aquellos propósitos. 

— No sabes lo que es ir de caza en este país. 
A ver si me veo precisado á traerte en brazos 
como á Ventura. 

— No tengas cuidado; soy más fuerte de lo que 
parezco. 

Al fin la joven trató de marcharse. Gonzalo le 
preguntó con timidez: 

— ¿No me lees hoy un poco? 

Cecilia no había pensado en otra cosa desde 
hacía rato; pero como había oído al joven que- 
jarse con amargura de que su mujer no lo hicie- 
se, temía dejarla en peor lugar, ofreciéndose á 
desempeñar esta tarea. 

— ¿Qué quieres que te lea? 

— Con tal que no sea una de esas novelas te- 



7 8 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



rroríficas que le encantan á mi mujer, cualquier 
cosa. 

— Bueno; te leeré el Año Cristiano. 

— ¡No tanto! — exclamó él riendo. 

Cecilia tomó de la librería un volumen de ver- 
sos, y se puso á leer sentada cerca de los piés de 
la cama. Al cuarto de hora Gonzalo dormía de- 
liciosamente, con la tranquilidad de un niño. La 
joven suspendió la lectura al observarlo, y le con- 
templó atentamente, mejor dicho, le acarició con 
los ojos larguísimo rato. Al cabo creyó sentir 
ruido de pasos en el corredor, y poniéndose en- 
carnada á la idea de que pudieran sorprenderla 
en aquella actitud, se alzó vivamente de la silla, 
y salió de la estancia sobre la punta de los piés. 

Gonzalo, en cuanto estuvo convaleciente, qui- 
so trasladarse á Tejada. Le acompañó toda la 
familia, excepto D. Rosendo. Corría el mes de 
Octubre, y en medio del ropaje amarillo de los 
campos comarcanos, la posesión de D. Rosendo, 
poblada de coniferas, resaltaba como mancha 
negra, nada grata á los ojos. El joven puso en 
práctica inmediatamente su programa de vida 
higiénica. Levantábase de madrugada, tomaba 
la carabina, llamaba á los perros y lanzábase a 
través de los campos, llegando la mayor parte 
de los días á la noche, rendido, con algunas per- 
dices en el morral y un hambre de caníbal. 
Cuando las excursiones eran más cortas, Cecilia 



EL CUARTO PODER 



79 



le acompañaba, según le había prometido. Aun- 
que en esta ocasión se mataban pocas perdices, 
Gonzalo apetecía su compañía como la de un 
agradable y simpático camarada. La joven nun- 
ca se confesaba fatigada; pero él, adivinándolo 
en su marcha vacilante, daba el alto, la obligaba 
á sentarse, y se hacía el distraído charlando, á 
fin de que durase más el descanso. 

Mas ella luchaba entre el placer de estas co- 
rrerías, y el compromiso que había contraído con 
su hermana de hacerle el canastillo para el niño. 
Cuando llegó la ocasión de pensar en él, al quin- 
to ó sexto mes de hallarse encinta, Ventura de- 
cidió encargarlo á Madrid; pero Cecilia le había 
dicho: 

— Si me traes los modelos, yo respondo de ha- 
cértelo igual. 

Venturita se había resistido un poco; mas al ver 
el empeño que su hermana ponía, consintió en 
ello. Cecilia emprendió con tanto afán la obra, 
que le faltaba tiempo para comer y dormir. Al- 
gunas veces, cuando su cuñado le instaba á salir, 
le respondía: 

— Mira, hoy déjame trabajar; hace tres días 
que apenas coso nada. 

Y como él insistía haciendo burla de aquellos 
trabajos, ella se resignaba diciendo: 

— Bien, lo peor es para tí. A ver con qué vas á 
vestir á tu hijo cuando nazca. 



80 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Descuida, chica — replicaba él riendo. — Ten- 
go bastantes camisas para él y para mí... ¡Sobre 
todo, si le gustan de cuello bajo!... 

Al cabo de un mes, la acción del aire y del 
sol había puesto á Cecilia mucho más morena: 
parecía un muchacho, un marinerito del muelle, 
según la expresión de Gonzalo. Mientras tanto, 
Ventura hacía su vida de sultana caprichosa, que 
ahora tenía más razón de ser. Apenas salía de 
la casa: el cuidado exquisito de su persona, le 
ocupaba mucho tiempo; el resto, solía emplearlo 
en leer novelas de folletín. Cada día estaba más 
hermosa: aquel culto fervoroso de su cuerpo, con- 
tribuía no poco á realzar y aumentar sus gracias. 
Como un artista toca y retoca incesantemente su 
obra, sin que le parezca jamás bastante acabada, 
así la joven esposa cuidaba de sus cabellos, de 
su cutis, de sus dientes, de sus manos, sin can- 
sarse jamás. El matrimonio la había embellecido 
dándole la plenitud amable de la forma femeni- 
na, convirtiendo su hermosa primavera en dorado 
y espléndido estío: la misma maternidad, sin 
quitarle frescura ni desfigurar su cuerpo, le pres- 
taba una majestad suave y protectora. Luego el 
soberano gusto, el arte, mejor dicho, con que sa- 
bía adaptar el color y la forma del vestido al tono 
de sus carnes y á los cambios que en su naturale- 
za se operaban, daba primor y relieve á aquella 
adorable figura. 



EL CUARTO PODER 



8l 



Eso sí, toda la casa giraba en torno de ella 
Como una diosa adorada y temida, movía á su 
talante todas las figuras humanas que cobijaban 
las torres chinescas. Hasta Doña Paula, que la 
había hecho r,ostro en los primeros meses de ma- 
trimonio, había vuelto á caer en su esclavitud. 
Ella no abusaba de aquel dominio; dejaba que 
todos cumpliesen su gusto, menos cuando directa 
ó indirectamente iba contra el suyo. Así, por 
ejemplo, nadie sabía cuándo tornarían á Sarrio, 
sino ella; la cocinera no arreglaba la comida sin 
consultarla; el cochero subía á preguntarla todos 
los días si quería salir de paseo; el jardinero no 
movía un tiesto sin pedirle la venia. En cambio 
no le preocupaba poco ni mucho que su marido 
saliese. Una sola vez, viéndole preparado á salir 
con Cecilia, le dijo sonriendo en presencia de ésta 
y de otras personas: 

— Muy amigos os vais haciendo tú y Cecilia. 
Mira que voy á celarme. 

Y al tiempo de decirlo, clavaba en él una de 
esas miradas soberanas que expresaba conven- 
cimiento profundo de su dominio. Gonzalo, por 
mucho que se alejase, no podría romper la cade- 
na, y volvería blando y sumiso á sus piés, como 
el cometa que en vertiginosa carrera surca los es- 
pacios y á una distancia inconmensurable siente 
el freno del sol y vuelve dócil hacia él su frente. 

Gonzalo pagó aquella mirada con otra de ren 
• 6 



82 ARMANDO PALACIO VALDÉS 




dimiento absoluto. Cecilia se había puesto leve- 
mente pálida y sonreía para disimular su turba- 
ción. 

— Vamos, ¡idos, idos! no os quiero ver delan- 
te — añadió. — Si me la estáis pegando, peor para 
vosotros, porque tomaré una venganza sonada. 

La broma no era delicada, teniendo presente 
lo que había mediado entre Cecilia y Gonzalo; 
pero no era Venturita mujer que reparase mucho 
para soltarlas. 

En los primeros días de Diciembre se traslada- 
ron á Sarrio, y un mes después Ventura daba á 
luz una hermosa niña, blanca y rubia como ella. 
Gonzalo estaba tan enamorado de su mujer, que 
la recibió con alegría, sí, mas no con aquel gozo 
y anhelo con que los hombres suelen acoger á 
su primer hijo: lo que le interesaba principal- 
mente era la salud de su esposa, que no sobrevi- 
niese ningún incidente: todo se volvía entrar y 
salir del cuarto, tomarla el pulso y moler á pre- 
guntas á D. Rufo. En opinión de éste, Ventura 
podía criar sin inconveniente á su hija; era una 
muchacha robusta, bien conformada; tan sólo 
cuando los niños salen muy tragones, la frescura 
y la belleza de la madre suele marchitarse un 
poco. Ante esta eventualidad, la joven se llenó 
de miedo y se opuso, primero embozadamente, 
después en términos categóricos, á dar el pecho 
á la niña. Gonzalo se convenció en seguida, y 



EL CUARTO PODER 



83 



hasta halló razonable aquella oposición. En cam- 
bio Doña Paula se indignó grandemente, aunque 
sólo expresaba su desagrado á espaldas de Ven- 
tura. 

Cecilia se mostró tan solícita, tan vigilante en 
el cuidado de la criatura, que en poco tiempo se 
apoderó por completo de ella. Colocó en su cuarto 
una cama para la nodriza y la cuna de la niña, 
con pretexto de que Venturita se ponía enferma 
cuando pasaba una mala noche, mientras ella re- 
sistía dos y tres en vela sin alteración alguna. Y 
en efecto, en cuanto la chiquilla lloraba, era la 
primera que saltaba del lecho para entregársela 
á la nodriza, y si ésta no conseguía acallarla, to- 
mábala en brazos, y se paseaba con ella horas y 
horas, hasta dormirla. 

Con esto, los jóvenes esposos, pudieron dormir 
juntos de nuevo con la misma libertad y descuido 
que en los primeros días de novios. Cuando por 
la mañana presentaban la criatura á su madre, 
ya Cecilia la había bañado en agua tibia y la traía 
envuelta en limpios pañales. Jugaba con ella un 
rato, y cuando llegaba la hora de entrar en el 
tocador se la entregaba de nuevo á su hermana. 

Del mismo modo, aunque con cierta timidez, 
nacida del deseo de no ofender á su hermana y 
formar contraste con ella, Cecilia intervino en el 
cuidado de la ropa de Gonzalo, y en el arreglo 
de su despacho; tanto, que éste concluyó por dar- 



«4 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



le las llaves de los armarios. — «Cecilia, voy á 
vestirme.» La joven corría al cuarto y á los po- 
cos momentos volvía diciendo: — «Ya lo tienes 
todo.» Gonzalo, encontraba, en efecto, la ropa 
plegada sobre la cama, la camisa con los boto- 
nes puestos, las botas relucientes, al lado de la 
mesa de noche. — «Cecilia, se me ha descosido un 
poco el forro del gabán.» Cuando tornaba á po- 
nérselo ya estaba cosido. Y ella, que era asaz 
descuidada en renovar sus vestidos, gustaba ex- 
tremadamente de que su cuñado vistiese á la úl- 
tima moda, y no consentía por ningún concepto, 
que anduviese un día siquiera con una bota pica- 
da ó con la corbata sucia. Gozaba en verle salir 
con un nuevo traje elegante; desde el balcón, le- 
vantando una migajita la cortina, seguíale con la 
vista cuando iba al café con el cigarro en la bo- 
ca; y después que daba la vuelta á la esquina, to- 
davía contemplaba, hasta que se disipaba en el 
aire, la última bocanada de humo que había sol- 
tado. 

Un día, Gonzalo, enojado consigo mismo por 
lo que gastaba sin sustancia, le dió la llave del 
dinero. — «Mira, guarda tú esa llave; ni Ventura 
ni yo tenemos arte para manejar los cuartos. 
Cuando te pidamos dinero, lo apuntas en este 
cuadernito y nos avisas de lo que llevamos gas- 
tado en el mes. Tal vez de este modo nos ire- 
mos moderando un poco.» Convertida en inten- 



EL CUARTO PODER 



85 



dente general, pronto observaron los esposos cier- 
ta mejoría en sus negocios. Gonzalo cuando lle- 
gaba alguna cuenta, decía al criado sonriendo: 
— «Pásela V. al administrador.» El criado son- 
reía también y se la llevaba á Cecilia. 

Aquella intimidad, aquella compenetración sin- 
gular de los cuñados en casi todos los actos de la 
vida, había engendrado una ilimitada confian- 
za entre ellos, sobre todo por parte de Gon- 
zalo. Nada le pasaba á éste en la calle, en el 
café, que no viniese á contar á Cecilia, que le 
prestaba incansable atención: su esposa en cam- 
bio ni entendía ni quería oir hablar siquiera de 
sus cacerías, de sus disputas, de las ocurrencias 
de sus amigos: todo lo que no fuese modas, bai- 
les, descripciones de las soir/es madrileñas, bo- 
das de los grandes de España, le interesaba 
muy poco. Lo que más excitaba su curiosidad 
era cuanto se refería á los reyes y á la real 
familia. Leía con avidez el relato de las re- 
cepciones palaciegas, conocía la etiqueta tan 
bien como un gentil-hombre de cámara, cómo se 
saludaba á los reyes, cómo se les besaba la mano, 
cuándo se había de hablar en su presencia, cómo 
había que retirarse; sabía los nombres y la bio- 
grafía de cada uno de los miembros de la real 
familia y también los de los nobles más caracte- 
rizados de la corte. Las novelas, y una señora 
azafata de la reina que había estado á tomar ba- 



86 



ARMANDO 'PALACIO VALDÉS 



ños en Sarrio, le habían sugerido aspiracio- 
nes fantásticas, un anhelo de vivir en aquella 
atmósfera brillante. La majestad de los prínci- 
pes la conmovía, la embargaba de sumisión 
¡ella que era incapaz de humillarse á nadie! 
y aquella vida galante de la corte, le produ- 
cía cierto deslumbramiento como los fulgores 
de un sueño feliz. Cuando había estado en Ma- 
drid su cualidad de provinciana rica, no le ha- 
bía consentido gozar más que de los teatros, 
de los paseos en coche por la Castellana, de las 
tiendas y las calles: de la corte, de sus saraos y 
regocijos, había permanecido tan distante como 
en Sarrio. Y sin embargo, ella estaba bien con- 
vencida, y no le faltaba razón, de que podía bri- 
llar en cualquier parte: su hermosura y la viva y 
graciosa imaginación de que estaba dotada, la 
hubieran hecho notar inmediatamente en la so- 
ciedad más distinguida. Algunas veces paseando 
en tandean con su marido, había visto fijarse en 
ella con atención y codicia las miradas del du- 
que de S... del marqués de C... de encumbrados 
personajes políticos. En una ocasión había oído 
á la duquesa de Medinaceli al cruzarse los ca- 
rruajes, decir á su compañera: — «¿Estará casada 
esta niña tan linda?» De aquellos tres meses en 
Madrid, le había quedado una visión poética, un 
recuerdo confuso de sus placeres, y cierto prurito 
de imitar con los pobres medios de que disponía 



EL CUARTO PODER 



87 



en la villa á las damas encopetadas de la corte, 
cuyas costumbres sólo conocía de oídas. Así, por 
ejemplo, cuando salía de casa, que era pocas ve- 
ces, solía hacerlo en carruaje, sobre todo si iba 
al teatro: la costumbre de que el coche viniera á 
esperarles al concluirse la función, había causado 
en Sarrio alguna sorpresa y no pocas murmura- 
ciones. Los trajes con que se presentaba en pú- 
blico eran siempre de fantasía, distintos entera- 
mente de los que vestían las otras damas de la 
población. Estas, por regla general, solían andar 
en sus casas con la ropa usada «en cualquier fa- 
cha» como ellas decían. Ventura operó una revo- 
lución, vistiéndose desde por la mañana con tra- 
jes nuevos y adecuados á aquella hora. No se la 
sorprendía jamás, ni aunen el retiro de su gabi- 
nete, sin todos los adminículos y adornos propios 
de la ocasión. Sus batas de seda de color siempre 
caído, sus cofias de encaje nunca vistas hasta en- 
tonces, sus babuchas de terciopelo, eran el pasmo 
de la población. Había muchas señoras que iban 
á visitarla, sólo por enterarse de su tocado ca- 
sero. 

Gonzalo, al verla enfrascada en la lectura de 
las revistas de salones, al oir describir, como si 
lo hubiera visto, un baile en Palacio, exclamaba 
riendo: « — ¿Sabes cómo se llama en medicina 
esa manía tuya?... Delirio de grandezas.» Ella 
se enojaba; porque como todos los caracteres 



88 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



burlones, le hería profundamente el ridículo. Con 
su cuñada el joven se reía unas veces, otras se 
mostraba irritado de aquellas extravagancias de 
su esposa, que calificaba de estúpidas y cursis. 
Cecilia procuraba calmarle, achacándolo á los 
pocos años, al carácter tornadizo de Ventura: 
« — Ya verás — le decía; — dentro de algunos me- 
ses no se acordará de semejantes tonterías.» 

Cecilia era su paño de lágrimas, su confiden- 
te en todos los disgustos matrimoniales: nunca 
dejaba de recibir de su boca algún útil consejo, 
algunas palabras consoladoras que calmaban sus 
fuertes y repentinos enojos. Se había acostum- 
brado de tal modo á aquellas confidencias, que 
cuando después de alguna reyerta con Ventura 
no hallaba á su cuñada en casa, se ponía el som- 
brero y corría á buscarla al paseo, á la iglesia ó 
donde estuviese. El mucho tiempo que pasaban 
juntos convidaba también á estos desahogos. Ven- 
tura no quería salir de casa, y como D. Rufo 
exigía que la niña tomase el aire libre, Cecilia se 
encargaba de acompañar á la nodriza, y Gonza- 
lo las acompañaba á ambas, la nodriza con la 
niña delante, él con Cecilia detrás. En aque- 
llos largos paseos le confiaba todos sus secretos, 
le explicaba prolijamente sus temores, sus ale- 
grías, sus esperanzas. A veces, oyéndola discu- 
rrir con tanta perspicacia en aquellos asuntos 
morales, solía exclamar con poca -galantería: 



EL CUARTO PODER 



8 9 



« — ¡Qué lástima que Ventura no posea tu carác- 
ter juicioso y sensato!» 

Ella, en cambio, permanecía impenetrable pa- 
ra él, como para todo el mundo. Bien porque no 
tuviese secretos que contar, ó por su tempera- 
mento excesivamente reservado, lo cierto es que 
la primogénita de Belinchón huía de hablar de sí 
misma con un cuidado extraordinario . Ni sus 
alegrías, ni sus pesares, eran conocidos de nadie; 
sólo un observador muy fino podría, á fuerza de 
costumbre, averiguar vagamente las emociones 
que la agitaban. Gonzalo no lo era, y en su egoís- 
mo infantil de hombre sano y musculoso, había 
llegado á considerar á su cuñada como un sér 
pasivo, razonable y frío, admirable para aconse- 
jar y dirigir á los demás, un sér superior, si se 
quiere, pero incapaz de sentir aquellas cóleras, 
aquellas alegrías, aquellas pasiones insensatas 
que alteraban á los caracteres débiles como el 
suyo. Sin embargo, alguna vez, en son de bro- 
ma, había tratado de. sacarle del cuerpo sus se- 
cretillos. Sabía que tres ó cuatro mancebos de la 
población aspiraban á su mano: á alguno de ellos 
le había sorprendido más de una vez paseando 
la calle: en el teatro la flechaban con los geme- 
los. Y aunque Gonzalo advertía con cierto dis- 
gusto que debía de haber en aquella adoración 
más deseo de la dote que verdadero amor, pro- 
curaba lisonjearla hablándola de sus pretendien- 



90 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tes. Ella rehuía la conversación con un silencio 
obstinado, sonriendo vagamente para no dejar 
traslucir su pensamiento, hasta que al cabo se 
veía precisado á hablarle de otra cosa. 

En cierta ocasión, sin embargo, Gonzalo tomó 
el asunto con más seriedad y persistencia. Un 
amigo de la infancia, ingeniero de caminos, le 
habló de Cecilia, y le pidió su protección para 
interesarla en su favor. La franqueza y sinceri- 
dad de su lenguaje agradó mucho al joven. 

— Gonzalo — le dijo, — me encuentro ya en edad 
y en disposición de casarme. No he querido ha- 
cerlo en Madrid ó en Sevilla, donde estuve desti- 
nado, porque desconfío de las mujeres que no co- 
nozco de muy atrás. Los hombres deben casarse 
en su patria con las muchachas que han visto 
crecer á su lado. Decidido á casarme con una 
chica de la población, mé he fijado en tu cuñada, 
y voy á decirte con toda sinceridad mis pensa- 
mientos. Cecilia no es bonita ni es fea; es una 
mujer pasable. Siempre he creído que estas son 
las más á propósito para esposas. En las cuatro ó 
cinco veces que he hablado con ella en casa de 
las de Saldaña, la he encontrado muy simpática 
y muy razonable, franca y modesta. Sus amigas 
hablan todas bien de ella, lo cual es un dato im- 
portantísimo que los hombres no tienen en cuen- 
ta bastante al casarse; porque las amigas suelen 
ser implacables las unas para las otras, y se bus- 



EL CUARTO PODER 



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can las cosquillas que es una bendición... Ade- 
más, tu cuñada tendrá una buena fortuna el día 
de mañana, y esto, ¿por qué no he de decírtelo? 
también es otro dato que debe tenerse presente. 
No sé por qué se han de casar los hombres por 
sistema con las mujeres pobres. Las necesidades 
que el hombre se crea al contraer matrimonio, 
son muchas; los hijos pueden aumentar demasia- 
do, y todo debe mirarse. Yo no necesito casarme 
por interés; tengo una carrera bastante lucrativa, 
y mis padres me han de dejar también alguna ha- 
cienda... ¿Quieres preguntarle si le he sido anti- 
pático en las pocas veces que he hablado con 
ella, y si consiente que me presenten en su casa? 

Gonzalo le prometió interponer su influencia; 
le dejó entrever con reticencias más ó menos 
claras, un éxito lisonjero, jactándose del poder 
que sobre ella ejercía. Hasta entonces todas las 
indicaciones que la hiciera, habían sido aten- 
didas. — «Creo que si yo no consigo llevar á rema- 
te la empresa, ninguna otra persona podrá inten- 
tarla»— concluyó por decir en un rapto de expan- 
sión y de orgullo. 

Aquella misma noche aprovechó el momento 
en que Cecilia vino á encenderle el quinqué al 
despacho, para decirla risueño: 

— ¿Tienes algo que hacer ahora, Cecilia?... 
¿No?... Pues siéntate un momento, que voy á 
confesarte. 



9 2 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



La joven le miró con sus grandes ojos claros y 
suaves, donde se pintaba la sorpresa. Gonzalo la 
obligó á sentarse. 

— ¿Tienes novio? — la preguntó bruscamente. 

— ¡Qué pregunta! — exclamó ella con semblan- 
te risueño, sin avergonzarse. 

— No hablo de novio formal. Si lo tuvieras ya 
estaría yo enterado. Quiero sólo saber si entre los 
jóvenes que te obsequian hay alguno que hubiese 
conseguido interesarte más ó menos. 

— ¿Para qué quieres saber eso? 

— Contesta. 

Cecilia hizo un gesto negativo. 

— Pues entonces voy á tomarme la libertad de 
hablarte de uno, que me lo ha suplicado... Se 
trata de mi amigo Paco Flores, á quien ya cono- 
ces. Me ha pedido que le recomendase á tí, pre- 
guntándote al mismo tiempo si en las pocas ve- 
ces que contigo ha hablado te había sido anti- 
pático. 

— ¿Antipático? — preguntó con sorpresa. — ¿Por 
qué? A mí no me es nadie antipático mientras no 
cometa alguna grosería. 

— Después me ha rogado te preguntase si con- 
sentías en que sea presentado en esta casa. 

— Eso es otra cosa — respondió poniéndose 
repentinamente seria. — Yo no puedo impedir 
que sea presentado aquí; pero como mi consen- 
timiento podría implicar que tengo gusto en 



EL CUARTO PODER 



93 



que nos visite, no estoy dispuesta á dárselo. 

— No se trata de que le aceptes por novio— -se 
apresuró á decir Gonzalo. — Únicamente desea 
que le permitas tratarte algún tiempo, y si al 
cabo le consideras merecedor de tu mano, se la 
otorgues, y si no, se la niegues. 

— Pues negada desde luego, y sin necesidad de 
trato — replicó con firmeza la joven. 

— Es muy pronto eso — dijo Gonzalo sonriendo 
para disimular la irritación que aquella brusca 
respuesta le había producido. 

— Me parece que en estos asuntos cuanto más 
sinceros seamos, mejor para todos. ¿Por qué ha 
de molestarse ese muchacho en visitarme una 
larga temporada para recibir la respuesta que 
desde ahora mismo le puedo dar? 

— Bien, bien; procedamos con calma. Si Paco 
no te es antipático, como confiesas, no puedes 
asegurar que al cabo de seis ú ocho meses ó un 
año, no te enamores de él. 

— Soy incapaz de enamorarme — dijo ella con 
una sonrisa amarga que su cuñado no entendió. 

— El amor viene cuando menos se piensa — 
afirmó éste sentenciosamente. — Estamos años y 
años sin sentirlo, y un día, ¡paf! da un vuelco el 
corazón. Es que hemos hallado nuestra media 
naranja. 

Estas palabras tan Cándidas como crueles, re- 
movieron las escasas gotas de hiél que Cecilia 



94 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

guardaba en su pecho. Con rápida frase y miran- 
do duramente á uno de los brazos del sillón don- 
de se hallaba sentada, repuso: 

—Pues yo estoy segura de que mi corazón no 
hará ¡paf! ningún día. 

— ¿Por qué aseguras eso, Cecilia? Las mujeres, 
más que los hombres, están hechas para el amor, 
para los goces que éste proporciona, parala vida 
de familia. Se puede decir que el único destino 
de la mujer sobre la tierra, es el matrimonio, 
porque es la encargada de sostener sobre ella la 
vida. Su disposición física, todos los órganos de 
su cuerpo están construidos para la producción 
de esta vida... 

Gonzalo abogaba por su amigo Paco apelando, 
como se ve, hasta á la fisiología. Cecilia le escu- 
chaba en silencio, el semblante severo, la mirada 
fija en el vacío. Las palabras de su cuñado sona- 
ban en su alma como un acento de desolación. 
Sí; aquello era verdad, ¡por desgracia era todo 
verdad! Cuando terminó de hacer la apología del 
amor, hizo la de su amigo Paco Flores, un mu- 
chacho tan despejado, tan formal, hijo de una 
buena familia, con brillante carrera, etc., etc. 

Cecilia se obstinó secamente en rehusar su con- 
sentimiento para que viniese á casa. Entonces 
Gonzalo, un poco irritado por la disputa, y heri- 
do en su amor propio por haberse jactado sin 
razón delante de Paco de su influjo sobre la jo- 



EL CUARTO PODER 



95 



ven, dejó escapar algunas frases duras: «¿Por 
ventura le parecía poco para ella? Paco no era 
rico; pero podía aspirar á su mano. En Sarrio 
no encontraría un muchacho mejor que él; nadie 
tacharía, seguramente, el matrimonio de despro- 
porcionado. ¿O es que esperaba un príncipe de la 
sangre?... Pues que no se descuidara mucho, por- 
que la juventud de las mujeres pasa pronto, y se 
han llevado en estos asuntos bastantes chascos.. » 

La joven escuchó la filípica de su cuñado has- 
ta el fin, sin mover un dedo siquiera. Cuando 
terminó, levantóse vivamente del asiento, el ros- 
tro pálido, las manos convulsas, y salió con pre- 
cipitación de la estancia. Al cruzar el pasillo 
para dirigirse á su cuarto, dos gruesas lágrimas 
rodaban por sus mejillas. 




CAP. XIV 



De los galicismos que cometía "El Faro de 
Sarrio,, y otros asuntos no menos interesan- 
tes. — Primeras bajas de la batalla del pensa- 
miento 

fESPUÉs de su ruidoso desafío, el esfor- 
zado Belinchón supo, aunque otra co- 
sa afirmen algunos cronistas, gozar 
con modestia de la merecida fama y 
aureola que inmediatamente le circundaron. Qui- 
zá se fijen aquéllos para sustentar la opinión con- 
traria, en haberse descubierto algunas provoca- 
ciones del insigne caballero á ciertos sujetos de 
la villa, no bastante justificadas; pero al hacerlo, 
no tenían en cuenta que tales provocaciones vi- 
nieron, no á raíz del señalado acontecimiento que 
hemos narrado, sino algún tiempo adelante. En 
* 7 



98 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



la historia, la cronología es siempre de importan- 
cia capital, y en este particular de que tratamos, 
explica satisfactoriamente los actos de nuestro 
héroe. 

Mientras duró en la villa la impresión del su- 
ceso, se le tributaron aquellas muestras de admi- 
ración á que era sin disputa acreedor; sus mis- 
mos enemigos al verle pasar, le miraban con res- 
peto, ya que no con simpatía. Entonces D. Ro- 
sendo, en vez de abusar de su reconocida supe- 
rioridad, como hubiera hecho otro hombre de 
menos esfuerzo y modestia, aparecía con un con- 
tinente grave, sí, pero apacible, recorriendo las 
calles con el mismo sosiego y mesura que antes. 
Ejemplo notable de prudencia, que en vez de 
agradecérsele, sirvió para que se intentasen y 
perpetrasen contra él algunos desacatos. Por lo 
pronto, en el Camarote comenzó á hacerse cha- 
cota del tal desafío, ponderando con intención ma- 
lévola y exagerándolos, los saltos que el fundador 
de Sarrio había dado hacia atrás en el combate. 
Estas burlas, de las cuales, como puede suponer- 
se, era el iniciador Gabino Maza, no permanecie- 
ron mucho tiempo en el recinto de la tertulia, si- 
no que se extendieron por toda la población, de 
tal modo, que al cabo de algunos días una gran 
parte de sus habitantes sonreía irónicamente al 
oir hablar del famoso lance de honor. D. Rosen- 
do traslució algo de esta befa, no sólo por los 



EL CUARTO PODER 



99 



oídos, sino también por los ojos, advirtiendo que 
en vez de las miradas respetuosas y de la corte- 
sía que con él se usaba, comenzaban sus vecinos 
á adoptar una actitud grosera, haciéndose los dis- 
traídos ó volviendo la cabeza cuando él pasaba; 
al cruzar por delante de algún corrillo, creyó per- 
cibir risas comprimidas. 

¿Qué le tocaba hacer en este caso? Indudable- 
mente dejar la modestia á un lado y obligar á 
sentir á aquellos bellacos el peso de sus conoci- 
mientos en la esgrima. La primera señal que dio 
de su indignación y del soberano desprecio que 
sus enemigos le inspiraban, fué el escupir al sue- 
lo, con ruido, cuando alguno de éstos cruzaba á 
su lado, como indicando que le daba asco. En 
cuanto comprendieron el motivo de aquella extra- 
ordinaria secreción, los más tímidos comenzaron 
á pensar que el rayo podía muy bien acompañar 
á la lluvia, y evitaron con cuidado el tropezarle; 
los más bravos pasaban á su lado sin hacer caso 
de aquella tos despreciativa; pero sin osar mirar- 
le á la cara. Al cabo de algún tiempo unos y otros 
lo tomaron con calma y se decían riendo: « — Aca- 
bo de encontrarme con D. Rosendo. — Qué tal, 
¿te ha tosido? — Ya lo creo; ¡parecía que reventa- 
ba!» Y en el Camarote corrían las bromas y se 
celebraban las burlas más groseras contra nues- 
tro gran patricio. Una de ellas fué el desfilar uno 
en pos de otro á cierta distancia, todos los socios 



100 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de la tertulia por delante de él. D. Rosendo que- 
dó de aquella vez sin saliva y con la garganta 
destrozada. Tan sólo Gabino Maza lo tomaba en 
serio y aseguraba que ya se libraría aquel buey 
(la palabra es dura, pero textual) de escupir cuan- 
do él pasase. Y en efecto, D. Rosendo se había 
abstenido hasta entonces de hacerlo, porque creía 
que debía guardar ciertas consideraciones al jefe 
del bando contrario. Mas una noche en que traía 
la cabeza un poco exaltada por la lectura de cier- 
to desafío de dos yankees, al topar junto al café 
de la Marina con Maza, se le ocurrido escupir 
en la forma provocativa que usaba. Aquél se vol- 
vió repentinamente hecho una furia, y sujetándo- 
le con fuerza por la muñeca, le dijo al oído con 
acento rabioso: 

— Oiga V., señor majaderano: ámí no me to- 
se V. ¡ni en cuarto grado de tisis! ¿lo oye V.? 

D. Rosendo, como hombre correcto y muy 
práctico en estos asuntos de honor, no dijo nada 
en aquel momento; pero al día siguiente no salió 
de casa esperando los padrinos de Maza, los cua- 
les, felizmente para éste, no parecieron. 

El desafío y la actitud de D. Rosendo, tuvieron, 
sin embargo, consecuencias provechosas para la 
población. Gracias á nuestro héroe nació en ella 
la afición á las armas: muchos de sus habitantes 
más distinguidos comenzaron con ahinco á culti- 
var la esgrima. Ya no fueron solamente los re- 



EL CUARTO PODER 



10 



dactores del Faro y los tertulios del Saloncillo 
quienes se entregaban á este noble ejercicio amaes- 
trados por M. Lemaire. También los socios del 
Camarote, comprendiendo á la postre la impor- 
tancia de este arte, establecieron, en un almacén 
contiguo, sala de armas, poniendo al frente de 
ella, á un oficial de reemplazo perteneciente al 
arma de caballería, que había tirado el florete en 
Madrid. El resultado inmediato de este adelanto, 
fué que las reyertas, que ácada paso se suscitaban 
entre los del Saloncillo y los del Camarote, eran 
conducidas con arreglo á todas las fórmulas y ce- 
remonias prescritas en el código del honor. No 
transcurría semana tal vez, sin que la villa no se 
estremeciese con las idas y venidas de los padri- 
nos, los rumores de las conferencias celebradas 
en los ángulos de los cafés, las actas que inme- 
diatamente se publicaban en el Faro y en los pe- 
riódicos de Lancia. Porque de veinte pendencias 
las diez y nueve se terminaban con un acta para 
ambas partes honrosa, suscrita y firmada por los 
padrinos. De modo que de aquellos lances de ho- 
nor, lo único positivo eran los bastonazos ó pu- 
ñadas que los contendientes se daban previamen- 
te, sin perjuicio de que las cosas siguiesen sus 
trámites ordinarios. 

Alguna que otra rara vez, cuando los ánimos 
se enconaban demasiado, se iba «al terreno.» 
Delaunay, se había dado de sablazos con D. Ru- 



102 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



fo, por un comunicado inserto en el Porvenir de 
Lancia en que se decía que los médicos no gira- 
ban la visita en el hospital á la hora reglamen- 
taria. El impresor Folgueras se había batido tam- 
bién con un cuñado de Marín, por haber negado 
.el saludo uno de ellos al otro. Afortunadamente, 
en ninguno de los dos encuentros había habido 
más que planazos y verdugones. El desafío más 
notable, fué el de D. Rudesindo con D. Pedro 
Miranda, que después de vacilar algún tiempo se 
había decidido por los del Camarote. El motivo 
fué «el problema del matadero:» la ocasión, la 
siguiente. D. Pedro había manifestado en una ca- 
sa que D. Rudesindo apoyaba el partido de Be- 
linchón, sólo porque no se emplazase el matade- 
ro en la playa de las Meanas, donde sus casas sa- 
lían perjudicadas. El fabricante de sidra tuvo co- 
nocimiento de este dicho, habló pestes en el Sa- 
loncillo de D. Pedro, y se mostró vivamente 
ofendido de tal suposición; mucho más ofendido 
de loque en realidad estaba. Alvaro Peña, que 
no estaba contento sino cuando tenía un desafío 
entre manos, se apresuró á decirle en voz alta 
con la arrogancia que le caracterizaba: 

— Piejda V. cuidado, D. Judesindo. Miranda 
le dará á V. una jeparación. ¿Quiere V. dejajlo 
de mi cuenta? 

El bueno del fabricante hubiera deseado co • 
merse las palabras que había soltado. ¡Aquel 



m 

EL CUARTO PODER IO3 

Peña era un hombre tan expeditivo! ¿Por qué dia- 
blos había dicho que tenía ganas de tropezar á 
D. Pedro para darle dos puntapiés, cuando en 
realidad acababa de verle al salir de casa, y ha- 
bía cruzado á su lado sin decirle una palabra? 
Pero estaban allí más de veinte personas, y se 
vio en la dolorosa necesidad de contestar al ayu- 
dante, aunque en el tono menos agresivo po- 
sible: 

— Bueno... Si V, cree que merece la pena... 

— ¡Pues no ha de merecej! Suponej que V. no 
está á nuestro lado sino por móviles mezquinos 
y bastajdos, es insultajle... A vej, D. Feliciano, 
¿Quiere V. escuchaj una palabra? 

D. Feliciano y él conferenciaron en un rincón 
breves momentos, y acto continuo salieron á la 
calle. D. Rudesindo quedó en la apariencia tran- 
quilo, en realidad fuertemente alterado y bra- 
mando en su interior contra Peña, contra el Sa- 
loncillo, contra sí mismo y contra la madre que 
le parió. ¿Qué necesidad tenía él de meterse en 
líos? Un hombre casado, con hijos, que en toda 
su vida no había hecho más que trabajar como 
un esclavo para labrarse un capitalito... Y ahora 
que lo tenía... por una quijotada de ese farfan- 
tón... ¡acaso!.. El fabricante apenas podía pasar 
los sorbos de cognac que de vez en cuando intro- 
ducía en la boca. 

La cosa se arregló muy pronto. D. Pedro Mi- 



104 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



randa quedó viendo visiones con la visita de 
Peña y D. Feliciano. Dijo que no recordaba... 
que él no tenía agravio alguno de D . Rudesin- 
do... al contrario. Pero Peña le había atajado, 
diciéndole: 

— Bueno, D. Pedro. No podemos escuchaj eso. 
Nombre V. dos pejsonas que se entiendan con 
nosotros. 

El atribulado propietario nombró á Gabino Ma- 
za y Delaunay por representantes, y como de 
éstos el uno era hombre acalorado y fiero, y el 
otro mal intencionado, no fué posible avenencia. 
Se negaron en absoluto á dar explicaciones. El 
lance quedó concertado á sable en el cementerio 
antiguo, en las primeras horas de la mañana. 

D. Rudesindo al saberlo, maldijo de la hora 
en que viera la luz del día. Su contrario D. Pe- 
dro, se limitó sencillamente á dejarse caer en un 
sofá y pedir una taza de tila. Mas no hubo otro 
remedio que acudir á donde el honor les llamaba. 
Si fueron por un acto libre de la voluntad ó de- 
terminada ésta por móviles extraños, es lo que 
no osaremos decidir. A las seis de la mañana, Pe- 
ña y D. Feliciano por una parte, y Maza y De 
launay por la otra, los sacaron de sus domicilios 
para conducirlos al cementerio viejo. ¡Dios mío, 
al cementerio viejo! ¡Qué ideas tan lúgubres re- 
volotearon por el cerebro de D. Pedro Miranda 
mientras caminaba hacia allá! No es posible com- 



EL CUARTO PODER IO5 

pararlas sino con las que asaltaron á D. Rudesin- 
do en el mismo trayecto. Peña le dijo antes de 
llegar: 

— Es evidente, D. Judesindo que V. le esca- 
becha. Me lo da el corazón... V. le escabecha. 
No tira V. mucho, pero tiene un juego muy difí- 
cil, ¡muy difícil!... 

El fabricante hubiera dado en aquel momento 
toda su hacienda por tenerlo no difícil, sino im- 
posible. 

— D. Pedro no tiene piejna; es además, cojto 
de brazo... Pero como ya sabe V. que en las aj- 
mas no hay nada seguro y á veces el que menos 
se piensa, lleva el gato al agua, si V. tiene algo 
que encargarme, hágalo antes que lleguemos. 

D. Rudesindo se estremeció: siguió caminando 
un rato en silencio, y por fin, sacando unos pa- 
peles del bolsillo, se los entregó diciendo con voz 
sorda: 

— Si perezco, dele V. esto al señor Benito. 
Dos lágrimas asomaron á sus ojos al mismo 
tiempo. 

— ¿El señor Benito el Rato? — preguntó Peña. 

D. Rudesindo no le oyó. Se había escapado ya 
por la carretera adelante para ocultar su emo- 
ción. 

Por qué el nombre de su escribiente le producía 
en aquel instante tal enternecimiento, no pode- 
mos explicarlo. Acaso en las grandes crisis de la 



106 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

vida, se despierten vivas y súbitas simpatías en 
el fondo de nuestro sér, de las que no teníamos 
la menor sospecha. 

El cementerio viejo, próximo ya á dedicarse al 
cultivo, era un pequeño cercado donde crecía la 
yerba y la maleza. Las cruces de madera, se ha- 
bían podrido, y no había más testimonio de que 
tal recinto era mansión de los muertos, que dos 
calaveras incrustadas en la pared á entrambos 
lados de la puerta. Por cierto que estas calave- 
ras, no produjeron una impresión grata en D. Ru- 
desindo. En D. Pedro no sabemos; pero puede 
sospecharse que no sería más favorable. Tarda- 
ron algún tiempo en buscar sitio, porque las or- 
tigas y zarzales, impedían marchar y romper con- 
venientemente á los combatientes. Mientras Peña 
en compañía de los testigos contrarios, se ocupa- 
ba en esta tarea gravísima, el bueno de D. Feli- 
ciano Gómez, cometió la incorrección (¡Dios le 
bendiga por ella!) de acercarse á D. Pedro Mi- 
randa, que descolorido, con la mirada atónita, el 
estómago encharcado por la cantidad fabulosa de 
tazas de tila que había tomado aquella noche, es- 
peraba arrimado á la tapia, que aquellos señores 
concluyesen, en la actitud de un reo de muerte. 

— Hola, D. Pedro; frío, ¿eh? ¡Caramba qué 
mañana!.. ¡Mire V. que levantarse un hombre 
de la cama para esto! ¡Válgate Dios! (Silencio, in- 
terrumpido por algunos ernptos del infortunado Mi- 



EL CUARTO PODER 



107 



randa). Hubiera dado el dedo meñique ¡el dedo 
meñique, sí! por no tener que asistir á una atro- 
cidad semejante. Pero dicen que es un favor que 
no se puede negar. Bueno: que no se niegue cuan- 
do se trata de una ofensa grave... ¿Dónde está 
aquí la ofensa grave? Vamos á ver, que me lo 
digan, ¿dónde está? ¡Válgate Dios! ¡Válgate 
Dios! (Nuevo silencio y nuevos eniptos de D. Pedro, 
que concluye por doblar la cabeza sobre el pecho, con 
la misma resignación que si la pusiera sobre el tajo.) 
¡Cuánto mejor sería estar metido entre las sába- 
nas tomando el chocolate! ¿verdad, mi queridín? 
— profirió D. Feliciano, poniéndole la mano so- 
bre el hombro con gran familiaridad. Miranda 
dejó escapar un imperceptible sonido gutural. 

— ¡Ya lo creo! — siguió el comerciante. — Por 
más que me diga, D. Pedro, yo no puedo creer 
que V. tenga gana de matar á D. Rudesindo; un 
vecino; que ha sido su amigo hasta hace poco; 
con quien se ha criado y ha ido á la escuela... 

— No... yo gana... ninguna — murmuró D. Pe 
dro, siempre con la cabeza sobre el tajo. 

— ¡Velo V. ahí! — exclamó D. Feliciano, dan- 
do una gran palmada. — ¡Lo que yo decía! Pues 
lo mismo le pasa á D. Rudesindo, mi queridín. Y 
entonces, vamos á ver, ¿quién tiene ganas de ma- 
tarse aquí? ¡A ver, que me lo digan! . 

Y paseó la mirada en torno, buscando contes- 
tación. Peña, Maza y Delaunay estaban lejos y 



108 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ocultos por algunos cipreses. D. Rudesindo yacía 
arrimado también á la tapia, á unos cincuenta pa- 
sos de distancia. Entonces el comerciante, por 
una súbita y celestial inspiración, le hizo seña de 
que se acercase. 

D. Rudesindo avanzó hacia ellos lentamente, 
con paso tímido y vacilante. 

— ¿Dice V., mi queridín, que no tiene ninguna 
gana de matar á D. Rudesindo? —preguntó el co- 
merciante á Miranda. 

— Ninguna — murmuró éste. 

— ¿Tendría V., por casualidad, deseos de he- 
rirle? 

— Tampoco; yo siempre he estimado á Rude- 
sindo — balbució el propietario. 

— ¿Eh? ¿Cómo? ¿Qué decía V.?— gritó D. Feli- 
ciano con triunfal exaltación. — Que V. siempre 
ha estimado mucho á D. Rudesindo, ¿verdad, mi 
queridín? ¿Ha dicho V. eso? 

— Sí señor. 

— Dime, Rudesindo (andando unos cuantos pa- 
sos al encuentro del fabricante de sidra). ¿Tienes 
deseos de matar aquí al Sr. D. Pedro... un veci- 
no... que ha sido tu amigo hasta hace poco... con 
quien te has criado y has ido á la escuela de don 
Matías el Churro? 

— Yo, ¿por qué? — dijo el fabricante abriendo 
ansiosamente los ojos. 

— ¿Tendrías por casualidad deseos de herirle? 



EL CUARTO PODER 



IO9 



— Ni de hacerle el menor daño. Siempre le he 
tenido por verdadero amigo. 

— ¿Cómo es eso? ¿Eh? Por un verdadero ami- 
go, ¿verdad?... Entonces, lo que corresponde 
aquí, en mi humilde opinión, es que os déis un 
abrazo. 

Apenas había pronunciado D. Feliciano estas 
palabras, cuando Miranda y D. Rudesindo, por 
un movimiento simultáneo, avanzaron con ímpe- 
tu feroz el uno sobre el otro, alzaron briosamente 
los brazos y se abrazaron con tal furia, que por 
poco se descoyuntan todos los huesos de la cavi- 
dad torácica. D. Feliciano en el mismo punto se 
despojó con violencia del sombrero, dejando a* 
descubierto su enorme calva en declive, lo agitó 
con frenesí algunos segundos, y gritó: «¡Hurra!» 
no se sabe á quién; tal vez al dios astuto que le 
había suministrado tan famosa idea. 

En aquel momento se acercaban los testigos, 
que al ver la escena se pararon sorprendidos. 
Mostráronse alegres de tal solución en aparien- 
cia, pero cada cual se separó por su lado, y aque- 
lla tarde en el Saloncillo, Peña reprendió áspera- 
mente á D. Feliciano por su conducta, llegando 
á afirmar que le había puesto en ridículo y que si 
no fuese porque se trataba de un amigo antiguo y 
persona de más edad que él, «le exigiría una je- 
paración.» 

— ¡Una reparación! — exclamó el óptimo don 



110 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Feliciano. — ¡Qué más da que la exigieras, rapaz! 

— ¿Se negaría V. á batijse conmigo? — pregun- 
tó el ayudante con su voz campanuda. 

— ¿A qué habíamos de batirnos? 

— Á lo que V. quiera. 

— Yo, á bailar un tango ó una guaracha, mi 
queridín — respondió, y diciendo y haciendo co- 
menzó á saltar por la sala dando las castañetas 
hasta que se le cayó el sombrero y quedó al aire 
la piedra de lavar que tenía por cabeza. Los so- 
cios se tiraban por los divanes, de risa. Peña dejó 
escapar algunas frases de desprecio, y se retiró 
amoscado y desabrido. 

Los tertulios del Camarote, hostigados cons- 
tantemente por las gacetillas del Faro, se habían 
decidido al cabo á fundar otro periódico en el 
que pudieran tomar venganza de las sinrazones 
que se les hacía. 

Enormes sacrificios costaba esto, porque muy 
pocos, de entre ellos, eran ricos. El único que 
pudiera llamarse así, era D. Pedro Miranda, y 
ese prefería que le sacasen una muela á desco- 
rrer los cordones de la bolsa. A fuerza de cabil- 
deos, de ruegos, allegando recursos de aquí y de 
allá, haciendo sumas y restas en el Camarote, se 
concluyó por obtener la cantidad indispensable 
para montar una imprenta; pues en la de Fol- 
gueras, ni éste quería tirar el periódico, ni ellos 
se humillarían á demandárselo. Cuando estuvo la 



EL CUARTO PODER 



III 



imprenta, modestísima por cierto, en disposición 
de funcionar, celebraron el indispensable banque- 
te, y en él se convino denominar al nuevo órgano 
El Joven Sarriense: á los postres se brindó con 
entusiasmo por su prosperidad y por la destruc- 
ción de sus viles enemigos. 

La aparición del primer número, que traía la 
consabida viñeta representando un adolescente 
peinado con la raya por el medio, y rodeado de 
una porción de latas de conservas á modo de li- 
bros, en actitud de leer, más bien de merendar, 
una de ellas, causó viva sensación en la villa. Lo 
merecía. Los del Camarote, como hombres que 
habían tenido que devorar durante muchos meses 
los insultos del Faro, se desahogaban con verda- 
dera fruición. ¡Santo Cristo de Rodillero, qué 
cúmulo de insolencias y procacidades! Desde el 
principio hasta el fin estaba consagrado á escar- 
necer, á herir y ridiculizar á los socios del Sa- 
loncillo. Parecía que les faltaba tiempo para lla- 
mar al uno feo, al otro hambrón, al de más allá 
envidioso, á éste bruto, á aquél farfantón; por 
supuesto, bajo nombres supuestos, aunque tan 
transparentes, que nadie en la población dejaba de 
conocerlos. Llamábase Belinchón Don Quijote y 
D. Rudesindo Sancho, Sinforoso Marqués del Ti- 
rapié, Peña El Capitán Cólera, etc., etc. Y escu- 
dados con esto los traían y los llevaban, los ba- 
rajaban que era una bendición. No les dejaban 



112 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



hueso sano. Por la noche hubo palos (¿cómo no?) 
en la Rúa Nueva. Folgueras, á quien también in- 
sultaban en El Joven Sarriense, se había encon- 
trado con Gabino Maza, y le descargó un basto- 
nazo sobre la cabeza. Maza lo devolvió con cre- 
ces: repitió Folgueras; vino en ayuda de éste un 
cajista que por allí cruzaba, y de aquél su cuña- 
do. En un instante se armó una de garrotazos 
que tocaba Dios á juicio. 

El Joven Sarriense se publicaba los domingos. 
Periquito Miranda, que á causa de la desavenen- 
cia de su padre con los del Saloncillo, padecía 
una peligrosa retención de lirismo, se alivió no- 
tablemente insertando en él, un sin número de 
sonetos, sáficos, acrósticos y otras diversas com- 
binaciones métricas, destinadas á testimoniar su 
adoración platónica á la señora del gerente de la 
fábrica de aceros, unafrancesona grande y pesada 
como un elefante, que le hubiera metido fácil- 
mente en el bolsillo. Ya sabemos que Periquito 
amaba las obras sólidas de la naturaleza. Para 
expresar los deseos que atormentaban su espíritu, 
valíase ingeniosamente de la forma de sueños. El 
joven platónico soñaba en verso que se hallaba 
en fresca gruta deleitosa donde de pronto apare- 
cía una ninfa de torneados brazos y turgente se- 
no (la señora del gerente) que le instaba á dormir 
sobre un lecho de rosas y verdes pámpanos. 
Otras veces, se veía sobre la cúspide de una altí- 



ÉL CUARTO PODER 



113 



sima montaña; en las nubes amontonadas, en los 
confines del horizonte, comenzaban á dibujarse 
los contornos de una mujer (la señora del geren- 
te); las nubes se acercaban; la mujer era blanca 
como el ampo de la nieve, mórbida y espléndida 
como la flor de la magnolia; la hermosa apari- 
ción llegaba hasta él por fin, y le arrebataba en- 
tre sus brazos por los espacios azules. Otras, na- 
vegaba en frágil barquilla por la superficie del 
océano: la barca se hundía y él iba á parar al 
fondo del mar donde una blonda y hermosísima 
náyade (siempre la señora del gerente) le llevaba 
de la mano á un prodigioso palacio de cristal, le 
sentaba á su lado en un trono de marfil, y le in- 
vitaba á contraer con ella justas nupcias, efec- 
tuadas las cuales, se retiraban al són de dul- 
ce música á un gabinete reservado, maravillosa- 
mente decorado, donde la náyade enamorada le 
hacía poseedor de sus gracias. Estos ensueños de 
dicha, versificados con facilidad y adornados de 
cierto naturalismo poético, causaban alguna in- 
quietud á los padres de familia. Periquito comía 
cada día más, y estaba cada vez más flaco. El 
Faro, en el número del jueves, después de insul- 
tar con rabia á los jefes del Camarote «se metía» 
también con él, llamándole maliciosa y torpe- 
mente Pericles. 

Colocados así, uno enfrente del otro, en feroz 
y perpetua rivalidad, El Faro y El Joven Sarrien* 
* 8 



114 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

se emplearon útilmente sus columnas en inju- 
riarse con más ó menos descaro, según arrecia- 
ba ó aflojaba la lucha. Raro era el número de 
cada uno de ellos que no daba lugar á algunos 
bastonazos ó puñadas, cuando no á un desafío 
formal. Sin embargo, en estos eran más parcos 
todos: padrinos sí se nombraban por un quítame 
allá esas pajas; pero darse de sablazos ó de tiros, 
ya era otra cosa. La contienda había enardecido 
los ánimos en la villa: muchas de las personas que 
habían permanecido indiferentes á las desave- 
nencias de los del Saloncillo y los del Camarote, 
habían concluido por tomar puesto en uno ú otro 
bando, unas veces porque tenían metidos en la 
refriega á sus parientes, otras por algún antiguo 
resentimiento, otras, en fin, sin más motivo que 
el calor y el entusiasmo que el combate despier- 
ta en los temperamentos belicosos. Al poco tiem- 
po la población estaba verdaderamente partida 
en dos. El bando del cual era dignísimo jefe don 
Rosendo Belinchón, era el más numeroso y con- 
taba con casi todos los comerciantes rieos de Sa- 
rrio. El de los del Camarote, más exiguo, contaba 
con los terratenientes y las personas timoratas y 
religiosas á quienes El Faro había escandalizado. 
La lucha se fué acentuando de tal modo, que al 
poco tiempo los que pertenecían á un partido ya 
no saludaban á los del contrario, aunque hubieran 
sido hasta entonces buenos amigos. 



EL CUARTO PODER 



El Faro y El Joven Sarriense comenzaron á 
criticarse respectivamente el estilo y la gramáti- 
ca. Buscáronse con encarnizamiento por una y 
otra parte las faltas de sintaxis, fijándose lo mis- 
mo en los vocablos que en el régimen. « — Esa pa- 
labra no es castellana» — decía El Joven. — «La 
palabra desilusionar, que los peleles del Joven Sa- 
rriense afirman que no es castellana — contestaba 
El Faro, — la nemos visto empleada por los más 
eminentes escritores de Madrid, Pérez, Gonzá- 
lez, Martínez y otros. Esta vez, como siempre, 
al órgano del Camarote le ha salido el tiro por 
la culata.» Replicaba El Joven, contrarreplicaba 
El Faro, citábanse párrafos de la gramática, del 
diccionario, de los escritores distinguidos, y al 
cabo nadie sabía á qué atenerse. « — El Joven Sa- 
rriense ha dicho en su último número que debía 
de repararse el empedrado de la calle de Atrás. 
Sobra un de, caro colega.» « — Cuando el verbo 
deber se emplea como condicional — respondía 
El Joven, — rige la preposición de. ¿Han ido, ó no, 
á la escuela los redactores del Faro?)) — «Hemos 
ido á la escuela con más aprovechamiento, al pa- 
recer, que los tontorolos del Camarote, cuando sa- 
bemos que en el caso presente el verbo deber no 
está empleado como condicional.» « — Sí está.» 
« — No está.» Y las cosas quedaban como antes, 
aunque se hablaba á veces de remitir las cuestio- 
nes á la resolución de la Academia de la Lengua- 



Il6 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Se citaba mucho por los dos lados el Don Juan 
Tenorio de Zorrilla y los artículos del Curioso 
parlante. Esta competencia gramatical traía con- 
sigo al menos una ventaja, la de hacer que algu- 
nas personas que no la habían saludado se dedi- 
casen con ahinco á aprenderla. Lo mismo en el 
Saloncillo que en el Camarote había dos ó tres 
ejemplares de la última gramática lata de la Aca- 
demia, que no reposaban nunca. 

Contra quien se dispararon los tiros lingüísticos 
más envenenados, fué contra el inspirado D. Ro- 
sendo, como quiera que era la cabeza y el nervio 
de su partido y convenía, más que á nadie, ani- 
quilar. Belinchón no había estudiado la gramáti- 
ca, sino por un diminuto epítome allá en la infan- 
cia; pero como todos los ingenios superiores, si 
no la sabía, la adivinaba. Los contrarios le saca- 
ban á relucir á cada instante mil disparates de 
sus artículos. Mas es tal la confianza que nos ins- 
pira su genio poderoso, que nunca hemos dado 
crédito á estas afirmaciones, considerándolas co- 
mo puras calumnias. Si no hubiera gramática, 
Belinchón, con sólo sus luces naturales, sería ca- 
paz de inventarla. Nadie manejó jamás como él 
ese lenguaje periodístico, ligero sí, pero brillante, 
lleno de frases consagradas por el uso de cien 
mil escritores, donde hasta los lugares más co- 
munes, expresados con adecuado énfasis, resplan- 
decen como profundas y misteriosas sentencias. 



EL CUARTO PODER 



117 



Merced á su estilo prodigioso, D. Rosendo escri- 
bía con la misma facilidad un artículo sobre la 
libertad de cultos, que redactaba un informe acer- 
ca de la industria pecuaria. Sus enemigos decían 
que cometía muchos galicismos. ¿Y qué? En el 
mero hecho de prohijarlos un escritor de tal va- 
lía, dejaban de serlo, y. se convertían en puras y 
castizas locuciones castellanas. Este prurito de 
ajustarle los galicismos al Faro, fué una de las 
manías que tuvo El Joven Sarriense ó sea el colé- 
ga local, como le llamaba siempre aquél, á fin de 
evitar el nombrarlo, por no dañar al profundo 
desprecio que ansiaba testimoniarle. Aprovechan- 
do cierto diccionario curioso que uno de los so- 
cios del Camarote poseía, trituraban sin piedad 
lo mismo los artículos, que las «novelas á la ma- 
no», del Faro. Si D. Rosendo decía en él verbi- 
gracia, que dejaba de tocar ciertos asuntos «por 
no faltar á las conveniencias», al instante se le 
echaba encima El Joven, interpelándole en forma 
sarcástica. ¿Dónde había aprendido el ingenioso 
hidalgo (así llamaba . casi siempre á Belinchón) 
esta acepción de la palabra conveniencia? No se- 
ría ciertamente en su famosa historia, contada 
por Cervantes. Si empleaba la palabra «guberna- 
mental», ó «banal», ó la frase «tener lugar,» 
¡qué carcajadas las del Joven Sarriense! ¡qué cha- 
cota! ¡qué desprecio! Esto duró hasta que los del 
Saloncillo adquirieron otro diccionario de galicis- 



Il8 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

mos: entonces ambos periódicos, comenzaron á 
hilar tan delgado en esta materia, que al fin con- 
cluyeron por olvidar el purismo y volver á su es- 
tilo libre, feliz é independiente. 

Además, la disputa se había ido exacerbando 
de tal suerte, que las ligaduras clásicas les emba- 
razaban para insultarse. Jugaban ya en todas las 
gacetillas las frases de «reptil venenoso» «entes 
despreciables» «cerebros obtusos» «revolcándose 
en el fango» «seres ignobles y degradados» y 
otras no menos afectuosas para los del bando 
contrario. Cansados de injuriarse unos á otros, 
comenzaron pronto á atacarse en sus familias: no 
perdonaron ni á sus modestas esposas ni á sus 
ancianos padres. El Joven S arríense, fué el prime- 
ro que dio la señal, publicando un cuento árabe 
titulado La esclava Dar aja en que bajo este nom- 
bre, se relataba ce por be la historia de Doña 
Paula y su matrimonio con Mahomad Zegrí (don 
Rosendo) salpicado de chufletas de poco gusto y 
de insinuaciones pérfidas. Belinchón, estuvo ten- 
tado de mandar los padrinos á la redacción; pero 
considerando que esto sería dar su brazo á torcer 
y aceptar lo que el artículo contenía de envenena- 
do, prefirió no mostrarse aludido y vengarse tam- 
bién en la prensa. Sinforoso, por encargo suyo, 
escribió un cuento indio, donde se narraba la vida 
y milagros del padre de Maza, que había sido ca- 
pitán negrero y en el tráfico de carne humana hi- 



EL CUARTO PODER 



II 9 



ciera su fortuna. Desde entonces, los cuentos 
orientales como medio para decirse toda laya de 
picardías, fueron usados por ambos partidos. 

El campo más adecuado para la lucha que los 
del Saloncillo y los del Camarote habían empren- 
dido y el de resultados más positivos lo mismo 
para el vencedor que para el vencido, era la po- 
lítica. A él volvieron, pues, desde los primeros 
momentos los ojos unos y otros contendientes, y 
no perdonaron medio alguno para derribarse y 
triunfar. Hasta la división del vecindario ya sa- 
bemos que la política jugaba muy poco papel en 
Sarrio. Desde esta fecha, fué la comida ordina- 
ria, el elemento indispensable que se mezclaba en 
todas las conversaciones masculinas. Ni unos ni 
otros, habían pensado en despojar de su repre- 
sentación en el Congreso á Rojas Salcedo porque 
era amigo de todos y había representado al dis- 
trito por espacio de diez y ocho años. Sin embar- 
go, cuando llegaron las elecciones municipales, 
escribiéronle cartas los dos bandos, pidiéndole 
protección. Se sabía que los del Saloncillo que- 
rían átodo trance separar á D. Roque de la al- 
caldía, porque ya más de una vez, en uso de sus 
funciones, se había puesto de parte de los disi- 
dentes en perjuicio de sus antiguos amigos. El 
Faro , le había zarandeado de lo lindo con este 
motivo: creció la enemistad; vengóse D. Roque, 
abusando de su autoridad, para mandar á la cár- 



120 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



cel áFolgueras: repitiéronse los ataques del Faro 
con más furia. D. Roque, juzgándose por ellos 
un tirano de la Edad Media, comenzó á temer 
por su vida y se hizo acompañar de noche y de 
día por el veterano Marcones. Se dijo que en 
una reunión misteriosa de los del Saloncillo, se 
había decretado su muerte: al alcalde no le llega- 
ba la camisa al cuerpo: cuando en un paraje re- 
tirado alcanzaba á ver á alguno del Faro, ordena- 
ba prontamente la vuelta. 

Rojas Salcedo contestó á los del Camarote, 
que si D. Roque salía elegido concejal, sería 
nombrado otra vez alcalde. Pero al mismo tiem- 
po escribía con misterio á los del Saloncillo, en- 
cargándoles que trabajasen todo lo posible para 
que no saliese; de este modo se libraba de un 
compromiso. En efecto, los partidarios de Belin- 
chón, por su número, por su riqueza y por la bue- 
na maña que se dieron, lograron triunfar en toda 
la línea. La lucha, últimamente, se había con- 
centrado en el punto por donde se presentaba don 
Roque. Los del Camarote sabían que si éste era 
elegido, la batalla estaba ganada, porque sería 
alcalde y las facultades de éste contrarrestaban 
muy bien las del ayuntamiento. Los del Salonci- 
llo lo presentían también. Ambos partidos lucha- 
ban con empeño feroz. Por fin, el anciano alcal- 
de, perdió la elección por un corto número de vo- 
tos. Confuso y abatido, con los ojos terriblemente 



EL CUARTO PODER 121 

inyectados y la faz amoratada, que daba miedo, 
se retiró al fin á su casa, después de pasar todo 
el día en la del municipio. Ni un rey á quien des- 
pojasen de la corona, sentiría un golpe tan tre- 
mendo. Llegó á su domicilio sin escolta, como el 
más ínfimo particular. Bien había visto á Marco- 
nes paseando por los corredores, y estaba seguro 
de que aquel le vio también á él. No se atrevió á 
pedirle que le acompañase: el viejo alguacil, es- 
taba hablando con agasajo á D. Rufo, á un ene- 
migo suyo, y fingió no advertir que su jefe pasa- 
ba. No era que se volviese al sol que más calen- 
taba; era simplemente que Marcones, imbuido en 
las doctrinas de los modernos estadistas, com- 
prendía que la fuerza pública debe estar siempre 
al servicio del poder constituido. 

Y, sin embargo, nunca D. Roque tuvo más ne- 
cesidad de ser acompañado que entonces. Ade- 
más de un frío moral que le helaba el corazón, 
sentíase físicamente indispuesto. Aquellas horas 
mortales de agonía recibiendo noticias contradic- 
torias á cada instante, sin tomar alimento, con 
sólo algunas copas de ginebra en el cuerpo des- 
de la mañana, le habían alterado hasta un punto 
indecible. Las piernas le flaqueaban y la vista se 
le oscurecía. Para llegar á su casa tuvo necesi- 
dad varias veces de apoyarse en las paredes. 
Cuando entró, la vieja criada que salió á abrirle, 
retrocedió asustada: la cara de su amo aparecía 



122 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

como si unas manos invisibles le estuviesen apr 
tando sin piedad la garganta. Á pesar de hallar 
se bien avezada á descifrar los caóticos, inextri- 
cables sonidos, que salían de su boca en todas 
ocasiones, por esta vez no comprendió la orden 
que le daba. Vió que se retiraba derechamente á 
su cuarto, y procediendo por inducción, le llevó 
luz y un vaso de agua. Pero D. Roque se enfure- 
ció, tiró el vaso al suelo, gritó como un energú- 
meno: imposible, no obstante, averiguar qué que- 
rían decir aquellos rumores huecos, temerosos, 
infernales, que nacían en su garganta, y antes de 
salir se reflejaban con terrible resonancia cuatro 
ó cinco veces en las paredes de su enorme cavi- 
dad bocal. Temblorosa, azorada, fué á buscar una 
botella de vino. Aunque un poco menos indigna- 
do, tampoco quiso recibirla, y repitió con mayor 
énfasis, pero no más claridad, la orden que había 
dado. Al cabo, á fuerza de aguzar el oído, la sir- 
viente vino á entender que su amo pedía un pon- 
che de ron. D. Roque, observando que le habían 
comprendido, se serenó, despojóse del enorme 
gabán en que yacía prisionero, de la levita, del 
chaleco: al tratar de sacarse las botas, su noble 
faz municipal tomó el color del vino de Valdepe- 
ñas después de encabezado, y no pudo llevar la 
empresa á feliz término: cuando vino la criada 
con el ponche, concluyó de sacárselas. Después, 
manifestó que se iba á meter en la cama, que ce- 



EL CUARTO PODER 



123 



rrasen bien las puertas y no se le turbase bajo 
ningún pretexto. La criada no entendió una pa- 
labra de su discurso, pero adivinó bien esta vez 
la sustancia, y se retiró. 

D. Roque se dejó caer, en efecto, sobre el le- 
cho, se cubrió con la ropa hasta la cintura, y re- 
clinando la espalda contra las almohadas, tomó 
el vaso de ponche y lo acercó á los labios. Al ins- 
tante echó de ver que existía deficiencia en una 
de las bases; hizo un gesto avinagrado, dejó es- 
capar un sonido gutural inadmisible, y levantán- 
dose en calzoncillos , sacó de su armario la bote- 
lla del ron, que colocó sobre la mesa de noche. 
Tornó á acostarse; después, grave y solemne- 
mente, con el vaso en una mano y la botella en 
la otra, fué reparando el yerro de la criada. Be- 
bía un sorbo de ponche, y en seguida se apresu- 
raba á llenar el vacío con el líquido de la bote- 
lla: así modificada la composición, resultaba mu- 
cho más adecuada al estado de agitación en que 
su espíritu se hallaba. Porque, bajo aquel aparen- 
te sosiego, el cerebro de D. Roque desplegaba 
una actividad prodigiosa. Todas las horas de 
aquel día se le presentaban una á una tristes y 
sombrías; las decepciones que había sufrido, las 
esperanzas fallidas, las disputas acaloradas, has- 
ta el abandono de Marcones. Y luego, lo porve- 
nir. Esto era io más negro: dejar el bastón de 
alcalde que tantos años había empuñado con glo- 



124 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ria, convertirse en un simple particular, en un 
quídam: no tener derecho á entrar en el ayunta- 
miento; pasar cerca de un guardia municipal, y 
no poder decirle: — «Juan, ve á la fuente de la 
Rabila y no consientas que las criadas frieguen 
allí las herradas.» Ver un picapedrero trabajan- 
do en la calle y no tener facultades para orde- 
narle que calque más ó menos las piedras, que* 
suba ó baje la rasante. 

Sentía frío intenso á los piés: se levantó dos 
ó tres veces para echar ropa encima, sin lograr 
calentarlos. La botella pasó al fin toda al vaso, y 
del vaso al estómago. Esto produjo allá dentro 
un suave calor, que se fué esparciendo gratamen- 
te por todos los miembros. D. Roque sintió que 
la lengua se le desligaba, y comenzó á hablar 
solo con extremada claridad en su opinión: en 
realidad, si algún dios ó mortal pudiese escuchar 
aquellos bárbaros sonidos, retrocedería horrori- 
zado. Sobre todos flotaba sin cesar uno por demás 
extraño, algo así como all, cali, malí. Un filólogo 
perspicaz, después de estudiar bien aquel sonido, 
teniendo en cuenta la persistencia de la vocal a y 
de la consonante acaso deduciría que la pala- 
bra expresada por el alcalde era canalla. Sin em- 
bargo, esto no sería otra cosa que una inducción 
más ó menos legítima. 

Al cabo calló. Sintió un fuerte calor en la gar- 
ganta, que le invadió instantáneamente el rostro 



EL CUARTO PODER 



125 



y la cabeza. La lengua no quiso trabajar. Expe- 
rimentaba una impresión de engrandecimiento 
físico de todo su sér: sobre todo, la cabeza cre- 
cía., crecía de un modo tan desmesurado, que 
apenas podía con ella. Al mismo tiempo los ob- 
jetos que le rodeaban, el armario, la cama, el 
lavabo, los bastones arrimados á la esquina, le 
aparecían de un tamaño diminuto. Creyó sentir 
dentro del cerebro el ruido de una maquinaria de 
reloj en movimiento, un volante que giraba con 
velocidad y un martillo que caía á compás con 
ruido metálico. El martillo cesó, y siguió el vo- 
lante girando. Allá afuera, en la calle, percibió 
fuerte rumor de gente, y luego extraños sonidos 
que le dejaron yerto. El pobre D. Roque no sa- 
bía que le estaban dando á aquella hora sus ene- 
migos una regular cencerrada. Estuvo por llamar 
á la criada, pero temió que tales sonidos fuesen co- 
mo otras veces imaginarios. Y, en efecto, se confir- 
mó en la idea al escuchar una descarga de campa- 
nas que le ensordecieron: era un repique horríso- 
no, donde tomaban parte desde la mayor de To- 
ledo, hasta la campanilla de su escribanía. ¡Qué 
vértigo! ¡Qué fatiga! Afortunadamente cesó de 
golpe el campaneo. Pero fué al instante sustituí- 
do por un silbido prolongado y tan agudo, que le 
desgarraba el tímpano de los oidos: instintiva- 
mente se llevó las manos á ellos. Al terminar el 
silbido, se le figuró que la cama se levantaba por 



126 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

la parte de los piés; la cabeza se le iba hundien- 
do; veía sus piés allá arriba: esto le produjo fuer- 
te congoja: dio un gran suspiro, y los piés vol- 
vieron á su nivel. Mas en seguida tornaban poco 
á poco á levantarse y la cabeza á hundirse: era 
necesario dar grandes suspiros para restablecer- 
los en su sitio. 

Ni con aquel fantástico manejo se calentaban 
los malditos. Eran dos pedazos de hielo. En cam- 
bio lo restante de D. Roque ardía, se abrasaba. 
Sobre todo la cabeza alcanzaba una temperatura 
pasmosa, que iba cada vez en aumento; cuando 
se llevó la mano á la frente creyó advertir que 
brotaba una llama azulada. Y oyó una voz, la 
voz de su mujer muerta hacía veinte años, que le 
llamaba á gritos: «¡Roque! ¡Roque! ¡Roqueee!» 
Los dientes del alcalde chocaron de terror. Dejó 
de ver el armario, las paredes de la alcoba, los 
objetos que tenía en torno, y en su lugar perci- 
bió un millón de luces de todos colores que al 
principio estaban inmóviles, después comenzaron 
á bailar con extremada violencia. A fuerza de 
cruzarse las unas con las otras llegaron pronto 
á formar círculos concéntricos, uno azul, otro ro- 
jo, otro violeta, etc., que giraban sobre sí consti- 
tuyendo un espectro mucho más rico que el de la 
luz solar. Al fin aquellos círculos también des- 
aparecieron, quedando un solo punto luminoso 
apenas perceptible. Mas aquel punto fué crecien- 



EL CUARTO PODER 



127 



do lentamente; primero era una estrella, después 
una luna, después un sol enorme que se iba ex- 
tendiendo y adquiría al mismo tiempo un vivo 
color rojo. Aquel sol crecía, crecía constante- 
mente; su disco inmenso de color de sangre ta- 
paba la mitad de la bóveda; después cubrió las 
dos terceras partes; por último la llenó toda. Don 
Roque quedó un instante deslumbrado. De repen- 
te no vió nada. 

Jamás volvió á ver nada el buen alcalde. Por 
la mañana le hallaron muerto, sentado en la ca- 
ma, con la cabeza doblada hacia atrás. Un caso 
de apoplegía fulminante. 



\ 



CAP. XV 



De la entrada famosa que hizo en Sarrio el 
duque de Tornos, conde de Buenavista 



subvención de la orquesta, si aquella tarde iban 
á la romería de San Antonio. 

— ¿Cómo es eso? — preguntó D. Mateo incorpo- 
rándose en el lecho en que aún yacía, y echando 
mano á las gafas que tenía sobre la mesa de no- 
che. — ¿Suprimir? ¿Por qué la han de suprimir? 

— No lo sé. Así me lo ha mandado á decir por 
Próspero. 

— ¿Pero á él qué le importa que la música va- 




l señor Anselmo, jefe de la banda de 
música de Sarrio, vino á participar al 
presidente de la Academia que el alcal- 
de le había amenazado con suprimir la 



9 



I3O ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ya á San Antonio? — profirió con acento irritado. 

— Creo que es porque hoy llega un señor á 
casa de D. Rosendo... y como la carretera atra- 
viesa la romería... 

— Ah, sí, el duque de Tornos... ¿Pero qué tie- 
ne que ver?... ¡Vamos, están locos!... Mira, dé- 
jame un momento; voy á vestirme, y veré á Ma- 
za. Creo que lo arreglaremos. Déjame. 

Despejó el señor Anselmo la estancia, y, con 
más premura de lo que pudiera esperarse de sus 
años y achaques, aderezóse D. Mateo para salir. 
Su esposa y su hija estaban, como de costumbre, 
enlaiglesia. Pidió el desayuno. 

— No puedo dárselo, señor. La señora se ha 
llevado las llaves, y no hay chocolate fuera. 

— ¡Siempre lo mismo! — murmuró el anciano, 
no tan enojado como debiera. — Yo no sé por qué 
esa mujer no deja fuera al marcharse lo que hace 
falta... Es verdad que, por regla general, me le- 
vanto tarde; pero puede haber un negocio urgen- 
te como ahora... 

— ¿Quiere que vaya á pedir una onza de cho- 
colate á la vecina? 

— No, no hace falta. Estoy seguro de que Ma- 
tilde se enfadaría. ¿No hay por ahí nada qué co- 
mer? 

La criada tardó unos segundos en contestar. 
— «-No señor, me parece que no hay nada. Ya 
sabe que la señora... 



EL CUARTO PODER 



— Sí, sí, ya sé. 

D. Mateo fué al comedor, y comenzó á escu- 
driñar los tiradores. Nada; no había más que los 
utensilios de la mesa, cuchillos, tenedores, el 
saca-corchos. Al través de los cristales del arma- 
rio, vió algunas pastillas de chocolate y una ban- 
deja de bizcochos. 

— ¡Caramba, si diera alguna llave! 

Y sacando las suyas comenzó á introducirlas 
en la cerradura. Las pruebas no tuvieron buen 
éxito. 

Desesperanzado, al fin, se arregló las gafas 
con impaciencia, se puso el sombrero, cogió su 
cayado, y dijo emprendiendo la marcha: 

— Vaya, vaya; nos aguantaremos por hoy. 

Pero antes de llegar á la puerta se volvió, y 
algo acortado preguntó á la doméstica: 

— ¿Hay pan por ahí? 

— No ha venido aún la panadera. Si quiere de 
lo mío... — respondió la muchacha sonriendo. 

— Bueno; á ver ese pan tuyo. 

Se fué á la cocina. La criada levantó la tapa 
de la masera, y D. Mateo sacó un medio pan de 
centeno, bastante negro. 

. — Este pan moreno en otro tiempo no me 
disgustaba — dijo cortando un pedazo. — ¡Viva la 
gente morena! — añadió, paseando por la boca 
un bocado de migaja, pues con la corteza hacía 
años que no se atrevía. 



132 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



La criada se reía, sorprendida de aquel buen 
humor. 

— Es más sabroso que el nuestro. Si no fuera 
que ya está un poco duro... 

Se sacudió las migajas con la mano, volvió á 
arreglarse las gafas y después de beber un trago 
de agua porque también el vino estaba cerrado, 
se partió en dirección al ayuntamiento. El reloj 
del edificio señalaba las diez. Atravesó el sopor- 
tal de arcos, subió la vasta escalera de piedra y 
al llegar á los corredores donde había más de un 
dedo de polvo sobre el entarimado, preguntó á 
Marcones, que le salió al encuentro, por D. Ga- 
bino. 

— El señor alcalde está en sesión. 

— ¿En sesión? ¡Diablo, á qué hora tan rara! 

En efecto, por lo rara se había señalado. 

Dos años habían transcurrido desde el falleci- 
miento de D. Roque, y los del Saloncillo, que ha- 
bían entrado en el ayuntamiento como triunfa- 
dores y tuvieron por alcalde á D. Rufo más de 
año y medio, á la hora presente, padecían las 
amarguras de la derrota. Aún tenían mayoría en 
la corporación municipal, aunque escasa; pero los 
del Camarote se habían arreglado en Madrid de 
tal manera, que lograron hacer nombrar alcalde 
á Gabino Maza. Decíase, que esto se debía al pas- 
teleo repugnante de Rojas Salcedo, 'quien advir- 
tiendo en las últimas elecciones municipales, bas- 



EL CUARTO PODER 



133 



tante progreso en las fuerzas de los del Camaro- 
te, se había inclinado de su lado. No hay para 
que decir la tempestad de odios y amenazas que 
contra él se levantó por tal motivo entre los par- 
tidarios de D. Rosendo. 

Se había entablado una lucha feroz. Cada se- 
sión del ayuntamiento era un escándalo. Los de 
Maza habían hecho procesar á la corporación 
saliente, por dilapidación de fondos: tenían al 
juez de primera instancia por suyo. Los de Be- 
linchón, contaban con que en la Audiencia les ha- 
rían justicia; pero por aquello que dicen que dijo 
Dios: ayúdate y ayudarete, se ponían en juego po- 
derosas influencias para conseguirlo: cartas iban 
y venían de Madrid. Los del Camarote no se 
descuidaban tampoco para estorbarlo. Maza des- 
lomaba á sus contrarios con la vara de la justi- 
cia. Como la mayoría deD. Rosendo era sólo 
de dos votos, urdía tramas admirables para arran- 
cárselos: unas veces, convocaba á sesión extraor- 
dinaria á horas en que á alguno de ellos le fuera 
imposible asistir; otras, mandaba recados fingi- 
dos á ciertos concejales, anunciándoles que se 
había suspendido; otras, en el momento de poner- 
se á votación cualquier asunto, lo hacía con pa- 
labras ambiguas de acuerdo con sus amigos, pa- 
ra que los de D. Rosendo se confundiesen y vo- 
tasen contra sí mismos, como sucedió en más de 
una ocasión. En más de una también, dejó ce- 



134 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



rrados en la secretaría á algunos concejales, lle- 
vándose la llave: después que los padres del mu- 
nicipio se hartaban de gritar y dar golpes á la 
puerta, venía un alguacil á abrirles; pero ya se ha- 
bía efectuado la votación. Gracias á estas y otras 
tretas, á las arbitrariedades sin cuento que come- 
tía, vengábase el bilioso exmarino de sus enemi- 
gos, que era un primor. Su táctica consistía en 
atacarles donde más les dolía; esto es, en sus 
bienes inmuebles. Cuando en alguna calle había 
una ó más casas de cualquier socio del Saloncillo 
y ninguna de sus amigos, hacía que el arquitecto 
municipal variase la rasante dejándola más baja: 
de esta suerte se descubrían los cimientos de las 
casas y corrían riesgo de venir al suelo, además 
de la molestia consiguiente de poner escaleras, 
para subir al portal. A los pocos meses de ser 
alcalde, había más de veinte casas en Sarrio 
con los cimientos al aire. Otras veces, hacía su- 
bir la rasante para que cuando lloviese fuerte, se 
inundasen. Como es natural, tales picardías, des- 
pertaban fuerte clamoreo en los partidarios de 
Belinchón, rabiosas diatribas por parte del Faro, 
y tumultos sin cuento en las sesiones municipa- 
les. Pero á Maza se le daba por todo una higa: 
seguía impasible sus inauditas reformas urbanas, 
escuchando con sonrisa cruel las quejas de sus 
víctimas, contestando con sarcarmos feroces á 
los discursos de los oradores del bando contrario. 



EL CUARTO PODER 



135 



Marcones introdujo á D. Mateo en una sala 
contigua al salón de sesiones; la tribuna destina- 
da al público, era demasiado asquerosa para en- 
trar en ella una persona decente: además, le in- 
teresaban muy poco las peleas de aquellos gallos 
ingleses. En la misma sala estaban sentados de- 
partiendo amigablemente los dos notarios de la 
población, D. Víctor Várela y Sanjurjo: el uno 
era un viejo, pequeño, de ojos saltones, con enor- 
me peluca, tan groseramente fabricada, que pa- 
recía de esparto; el otro, un hombre de media 
edad, pálido, con bigote entrecano y cojo de 
nacimiento. Saludóles nuestro anciano como an- 
tiguos amigos, á quienes se ve todos los días. A 
nadie en el radio de la villa dejaba de saludar 
D. Mateo. 

— ¿Esperando que termine la sesión, eh? 

— Sí señor — contestó uno con sequedad y re- 
serva que quitó al anciano el deseo de entrar en 
más averiguaciones. 

Buscó otra conversación, la que más podía 
complacer á los depositarios de la fe pública; la 
caza. Los dos eran crueles perseguidores de las 
codornices, peguetas y chochas; pero mucho más 
terribles y empedernidos aún de las liebres. Ape- 
nas venían algunos días despejados, estos veloces 
é inocentes animales tenían que sufrir una vio- 
lenta persecución por parte del gremio notarial, 
activamente secundado por media docena de gal- 



I36 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



gos que, para que mejor corriesen, se les dejaba 
morir de hambre. 

Hablar de las liebres, era para D. Víctor y 
Sanjurjo la antesala del cielo; levantarlas con las 
varas, metidos en la maleza hasta la cintura, el 
cielo mismo. 

— ¡Qué lástima de día! — exclamó D. Víctor 
dando un suspiro y mirando al cielo por los cris- 
tales del balcón, llenos de polvo. 

— Verdad — contestó Sanjurjo, dando otro sus- 
piro. — Sin embargo, la tierra de Maribona, pue- 
de que esté un poco blanda; llovió bastante estos 
días. 

— ¡Qué ha de estar! — profirió D. Mateo. — 
Ahora en el verano en seguida seca. Además, to- 
da aquella región es caliza y absorbe el agua fá- 
cilmente. 

Los notarios le miraron con enternecimiento. 

— Me ha dicho Pepe la Esguila — prosiguió — 
que los paisanos han visto saltar las liebres estos 
días en Ladreda. 

— Ya lo sabemos — dijo Sanjurjo. — Hoy, si no 
fuera por un quehacer que nos ha salido, hubiéra- 
mos ido á allá. 

Al mismo tiempo, hacía un signo de inteligen- 
cia á D. Víctor. 

— Pues Pepe debió irse esta mañana con Fer- 
mo. Eso me dijeron al menos ayer noche. 

Los notarios se miraron consternados. 



EL CUARTO PODER 



137 



— ¡Qué le decía yo á V., Sanjurjo! — exclamó 
D. Víctor. 

— Francamente, me engañó ese tuno... Bueno; 
alguna dejarán... Mañana iremos V. y yo, don 
Víctor. 

Pero la noticia les había puesto tristes. Guar- 
daron silencio obstinado. Dentro del salón se oían 
voces descompasadas, fuertes rumores; alguna 
vez sonaba el agudo repique de la campanilla 
presidencial, llamando al orden. 

D. Mateo, pesaroso de no haber acertado 
aquella vez á animar la conversación, la estable- 
ció de nuevo, encarándose con Sanjurjo. 

— Hombre, parece metira que V. con su de- 
fecto en la pierna, pueda dedicarse á la caza. 

— ¿Quién? ¿éste? Ahí donde V. le ve, corre co- 
mo un galgo — exclamó D. Víctor con cariñoso 
entusiasmo. — En cuanto se pone sobre la pista 
de la liebre, deja de ser cojo. Yo le digo que eso 
de la cojera lo ha inventado él para llamar la 
atención. Tan cojo es, como V. y como yo. 

— ¡Si V. me lo hiciera bueno! — profirió San- 
jurjo, sonriendo con resignación. 

Aquel toque de broma, les puso alegres. Don 
Víctor contaba las proezas de su compañero en 
diversas ocasiones. Un día, para correr mejor, se 
había puesto en cuatro patas: era una exhalación. 
— ¿Cómo? — preguntaba D. Mateo asombrado, — 
¿en cuatro patas? — Lo que V. oye. Sanjurjo se 



I38 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



reía á carcajadas, afirmando que había aprendi- 
do á correr así, de niño, cuando su cojera era 
más pronunciada y no podía competir con los 
compañeros. A su vez, ponderaba la poltronería 
de D. Víctor, un tumbón que registraba hasta la 
más pequeña yerba por no ir adelante y cansar- 
se. D. Víctor reía también, sosteniendo que no se 
levantaban liebres con las piernas, sino con los 
ojos. ¡Cuántas veces aquella obstinación suya ha- 
bía dado al fin resultado! — «¿Te acuerdas de 
aquel día de San Pedro, hace tres años, cuando 
me dejaste solo cerca de Arceanes? ¿Quién levan- 
tó la liebre, tú que te fuiste con viento fresco, ó 
yo que me quedé hurga que hurga por las matas? 

La conversación se iba calentando con gran 
satisfacción de D. Mateo que no podía ver á na- 
die triste á su lado. Cuando más embebidos se 
hallaban en ella, sin hacer caso bendito de los 
gritos y campanillazos que sonaban detrás de la 
puerta, ábrese ésta con estrépito, y aparece la 
majestuosa figura de D. Rosendo Belinchón, en 
un estado de trastorno difícil de pintar, los cabe- 
llos revueltos, algunos de ellos pegados á la fren- 
te por el sudor, las mejillas inflamadas, los ojos 
vidriosos, el nudo de la corbata en el cogote. 

— ¡Sanjurjo... Sanjurjo, venga V.! — dijo con 
voz alterada, sin saludar, sin ver siquiera á don 
Mateo. 

El notario se levantó tranquilamente y entró 



EL CUARTO PODER 



139 



en el salón con él. D. Víctor no hizo alusión nin- 
guna á aquella repentina marcha; quedó depar- 
tiendo amigablemente sobre lo mismo que esta- 
ban hablando con D. Mateo, el cual, aunque un 
poco sorprendido, no se atrevía á preguntar nada. 
Al cabo de un rato, apareció Sanjurjo, que cerró 
la puerta tras sí, y vino á sentarse con el mismo 
sosiego al lado de ellos, continuando su interrum- 
pida conversación. Pero no se pasaron muchos 
minutos sin que de nuevo se abriese la puerta 
con ruido, apareciendo esta vez la persona re- 
choncha de D. Pedro Miranda en estado igual- 
mente de descomposición. 

— ¡D. Víctor, D. Víctor, entre V.! 
Tampoco saludó, ni vio siquiera á D. Mateo. 

El notario se levantó gravemente y le siguió. 

— ¿Qué diablo significa esto?— preguntó D. Ma- 
teo á Sanjurjo, después que se hubo cerrado la 
puerta. 

Este hizo un vago ademán de desprecio levan- 
tando los hombros. 

— ¡Qué tonterías! — gruñó D. Mateo. — ¿Belin- 
chón y Miranda, que en su vida se metieron en 
estos asuntos del ayuntamiento ni quisieron ser 
alcalde, tomarlo ahora con tanto apuro! 

Las cosas habían cambiado mucho, en efecto. 
La lucha enconadísima que uno y otro bando 
sostenían en todos los terrenos donde podían, 
era más empeñada ahora en la corporación mu- 



140 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



nicipal que en ningún sitio. La tiranía de Maza 
irritaba de tal modo los ánimos de los amigos de 
D. Rosendo, que apelaban á todos los medios 
imaginables para contrarrestarla. A todo trance 
querían procesarle por abuso de facultades. Para 
ello Belinchón había tomado á su servicio al no- 
tario Sanjurjo, que constantemente le acompaña- 
ba á las sesiones y levantaba actas y más actas 
de las arbitrariedades del alcalde, que pasaban 
al juzgado y allí se estancaban gracias á la mala 
voluntad del juez. Los del Camarote oponían no- 
tario á notario, actas á actas, quejándose de la 
insubordinación de la mayoría, de sus votaciones, 
en asuntos que no eran de su competencia. 

Cuando terminó la sesión, D. Mateo fué intro- 
ducido en el despacho del alcalde. Estaba toman- 
do una limonada purgante. Cada pocos días ne- 
cesitaba uno de estos brebajes para desalojar la 
bilis que se le acumulaba en el estómago. Aquella 
lucha diaria desde hacía tres años le había echa- 
do á perder el estómago. Estaba aún agitado, 
convulso, porque su risita sardónica de las se- 
siones, la calma despreciativa con que afectaba 
escuchar los discursos de sus contrarios, era pura 
comedia. Allá, por dentro, la cólera le carcomía 
las entrañas, se le mezclaba á la sangre. ¡Cuánto 
trabajo le costaba reprimir los ciegos ímpetus de 
ira que á cada paso le acometían! 

Dos de sus amigos comentaban la sesión, mien- 



EL CUARTO PODER 



141 



tras él, silencioso, lívido, con sus eternas ojeras 
más pronunciadas, aún, revolvía el líquido con 
una cucharilla. D. Mateo, como una de las po- 
quísimas personas que permanecían neutrales en 
Sarrio, fué recibido con franqueza y agasajo. 

— Siéntese V., D. Mateo. ¿Qué trae de bueno 
por aquí? 

El anciano manifestó que venía á saber si era 
cierta la amenaza de suprimir la subvención de la 
banda en el caso de que fuese aquella tarde á la 
romería de San Antonio. El rostro de Maza se 
nubló. Era muy cierto; que no contasen con so- 
corro alguno del ayuntamiento si aquella tarde 
sacaban los instrumentos de la Academia... Don 
Mateo preguntó: ¿qué motivo?..: Maza, después 
de rechinar los dientes como introducción, ma- 
nifestó que no quería contribuir á solemnizar la 
entrada del personaje que iba á llegar por la tar- 
de y se alojaba en casa de Belinchón. 

— Sería capaz D. Quijote de darse tono ha- 
ciendo pensar á su huésped que la había llevado 
él para obsequiarle. 

— Pero Gabino, si todos los años ha ido. Na- 
die puede creer ni pensar semejante cosa. Consi- 
dera que es la romería más importante del pue- 
blo, y que sería muy triste que las chicas no bai- 
lasen y se divirtiesen por una pequeñez como 
esa. 

— Pues nada, por hoy se suprime el baile. Lo 



142 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



siento mucho. Si quieren ir que vayan; pero ya 
saben á qué han de atenerse. 

Fué imposible hacerle variar de resolución. 
D. Mateo rogó primero, se enfureció después, y 
con el derecho que le daban sus años y las nobles 
intenciones que siempre le animaban, y de las 
cuales nadie dudaba en la villa, dijo cuatro fres- 
cas á Maza y á los dos concejales que allí estaban 
presentes. Ni el bilioso alcalde ni éstos se enoja- 
ron. Uno llegó á decirle: 

— Acaso tenga V. razón, D. Mateo; pero ¿qué 
quiere V.? La lucha es lucha: está interesado 
nuestro amor propio, y hay que aplastar á esos 
canallas, ó que ellos nos aplasten. 

El anciano salió de las consistoriales más tris- 
te que enojado. En los tres años últimos eran in- 
calculables los desaires y desabrimientos de este 
género que había padecido. A nadie encontraba 
ya propicio para secundar sus proyectos de jolgo- 
rio. En vano redoblaba su actividad para traer 
al teatro compañías de verso ó zarzuela: todas 
tronaban al poco tiempo; porque predominando 
en las funciones el elemento del Saloncillo, ya se 
sabía que los del Camarote se retiraban, y vice- 
versa. Y como para que el teatro se sostuviese 
era preciso el concurso de todos, el resultado era 
que los cómicos se escapaban siempre muertos 
de hambre. Lo primero que le preguntaban á don 
Mateo en las casas cuando iba á suplicar que se 



EL CUARTO PODER 



143 



abonasen, era: — ¿Se han abonado Fulano, Men- 
gano y Zutano? — Si contestaba afirmativamen- 
te, ya se sabía lo que le decían: — Pues no cuente 
V. con nosotros. — Nuestro buen señor apelaba 
últimamente al engaño para comprometerlos; 
mas los enconados vecinos olían en seguida el 
torrezno, y aplazaban su contestación para des- 
pués que se enterasen de «qué gente había.» Y 
si esto pasaba en el teatro, ¿qué no sucedería con 
las notabilidades que en aquel lapso de tiempo 
habían posado su vuelo en la villa? Un famoso 
violinista, otro que tocaba un instrumento de 
madera y paja admirablemente, cuatro hermanos 
campanólogos, un moro que mostraba dos vacas 
sabias, un doctor inglés que traía un microsco- 
pio, el célebre gigante chino, una foca marina 
que decía papá y mamá, etc. A todos había pro- 
tegido D. Mateo: pero su activa campaña de pro- 
paganda no les valió gran cosa. Todos los mons- 
truos tanto españoles como extranjeros, conocían 
de oidas á nuestro retirado coronel, y en cuanto 
ponían el pie en Sarrio, á su casa iban á llamar. 
El los acompañaba á ver al alcalde, los presen- 
taba en el Saloncillo, los recomendaba al propie- 
tario del almacén donde pensaban exhibirse, y 
casi siempre encabezaba la suscripción para pa- 
garles el viaje. En otro tiempo no se marcha- 
ba uno de la villa que no fuese contento y gor- 
do. ¡Pero ahora! ahora no estaba la Magdalena 



■ 



144 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

para tafetanes, según le respondían algunos. 

El lugarteniente de D. Mateo en todos los fes- 
tejos era Severino, el de la tienda de quincalla. 
No había en la provincia quien le aventajase en 
fabricar globos elegantes, vistosos y bien propor- 
cionados para que subieran sin dar tumbos; tam- 
poco en el arte difícil de levantar arcos de ra- 
maje con transparentes para la noche, ni en dis- 
parar cohetes velozmente y á plomo. Pues bien; 
este ingeniosísimo varón, que tanto había rego- 
cijado á la villa con sus peregrinas invenciones, 
hacía ya mucho tiempo que permanecía inactivo. 
Cuando alguna vez le decía D. Mateo, que pasa- 
ba siempre en su tienda algunas horas: 

— Severino, ¿vamos á preparar algo para la 
víspera de San Antonio? 

— ¡Para qué, D. Mateo, para qué! — respondía 
el tendero con desaliento. 

— Una iluminacioncita de doscientos faroles 
nada más, un globo y algunos cohetes. 

— ¿Quiere V. que nos cueste á nosotros los 
cuartos como la fiesta de Santa Engracia? 

— Acaso los indianos suelten esta vez algo — 
murmuraba D. Mateo. 

— Vaya, no sea inocente. ¡Parece mentira que 
no los conozca! ¡Soltar! ¿Qué han de soltar esos 
guanajos si no...? 

Unos y otros eran injustos con los indianos. 
Estos se mantenían en una neutralidad absoluta, 



EL CUARTO PODER 



145 



asombrados de que, hombres acaudalados como 
Belinchón, Miranda y otros, se apurasen tanto 
por cosas que no atañían á sus negocios particu- 
lares. Aquel puñado de personas sosegadas, en 
medio de la lucha feroz con que se agitaba la 
villa, semejaría el coro de las tragedias griegas, 
si no fuese porque éste sentíase conmovido por 
las desgracias ó prosperidades de los héroes, se 
alegraba y se entristecía. Los indianos de Sa- 
rrio permanecían por entero indiferentes, ador- 
mecidos por aquella vida holgazana y metódica 
en que el recuerdo de sus trabajos y penalidades 
de América les llenaba algunas veces de horror, 
y hacía más amable todavía su situación actual. 
¡Qué les importaban á ellos las votaciones del 
ayuntamiento, las perrerías que el Faro y El 
Joven Sarriense se lanzaban, ni los chismes que 
sin cesar traían conmovida á la villa! Mientras 
les dejasen dar vueltas por la mañana en la pun- 
ta del Peón (y no había peligro de que nadie se 
lo estorbase), jugar al billar ó al tresillo después 
de comer, y dar sus famosos paseos en pandilla 
á la tarde por los pintorescos contornos, lo de- 
más no significaba nada. Tan sin cuidado les te- 
nía, que sólo por rara casualidad, cuando esta- 
ban juntos, hablaban de los episodios de la lu- 
cha. Lo único que conseguía turbarles eran los 
telegramas, noticiando el alza y baja de los fon- 
dos públicos, donde tenían invertido su capital. 
* 10 



I46 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Por lo demás, eran ciudadanos modelo; no ofen- 
dían á nadie; comían lo que era suyo y habían 
trabajado con sus manos. Que no daban dinero 
para las funciones y jolgorios. Esto no puede 
considerarse como un cargo grave; ellos no veían 
la necesidad de tales fiestas. ¡Qué más se podía 
apetecer en el mundo que vivir en un clima be- 
nigno, comer, pasear, dormir tranquilamente las 
horas que á uno se le antojaran! Además, ha- 
bían hecho un beneficio al pueblo, conducien- 
do al altar á una porción de señoritas de veinti. 
cinco á treinta, que, sin este inesperado socorro, 
se hubieran ido desecando tristemente. Ahora 
eran casi todas esposas obesas y tranquilas, ma- 
dres de familia felices, rigiendo una casa bien 
abastecida. 

Aunque antipáticos á los dos bandos, los india- 
nos eran los únicos que salvaban en aquel tiroteo 
incesante de los periódicos. Se contentaban con 
murmurar de ellos, llamarlos asnos cargados de 
plata; pero no se atrevían á aludirlos públicamen- 
te, porque no había razón para ello. Y eso que 
en Sarrio en el transcurso de tres años, se había 
alcanzado aquel grado de perfección con que don 
Rosendo soñaba; esto es, no existía la vida pri- 
vada. Los actos de los vecinos, aun los de índole 
más íntima y secreta, salían á luz en la prensa, se 
comentaban, se censuraban, se ponían en ridícu- 
lo. Nadie estaba seguro en el tabernáculo de su 



EL CUARTO PODER 



147 



hogar. Si cruzaba con su mujer algunas palabras 
mal sonantes, si castigaba con más ó menos se- 
veridad á sus hijos, si andaba apurado de dinero, 
si salía por la noche á picos pardos, si se le atra- 
gantaban las ees en medio de dicción, diciendo 
reto y pato, en vez de recto y pacto, si comía con 
los dedos ó se sonaba con ruido; de todos estos 
interesantes pormenores, daban cuenta al público 
El Faro y El Joven S arríense, unas veces direc- 
tamente, otras por medio de los famosos cuen- 
tos orientales ya mencionados. 

Desde el ayuntamiento, D. Mateo se fué al lo - 
cal de la Academia, donde le aguardaba el señor 
Anselmo, y le ordenó prudentemente que no sa- 
liese con la banda aquella tarde. A fuerza de tran- 
sacciones y equilibrios, había conseguido hasta 
entonces sostenerla lo mismo que el Liceo, en el 
cual, por supuesto, ni había representaciones tea- 
trales ya, ni se bailaba sino en días señalados, 
como el de las Candelas, los de Carnaval y el de 
Santa Engracia; pero D. Mateo, á fuerza de ac- 
tividad y diplomacia había logrado que la mayo- 
ría de los socios siguiesen pagando las dos pese- 
tas mensuales de la suscripción. Todas las demás 
instituciones de recreo en que la villa era tan 
rica, habían desaparecido. 

Lo que traía preocupados á tirios y troyanos á 
la sazón era la venida del duque de Tornos. El 
vigilante y prudentísimo D. Rosendo había ave- 



148 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



riguado por medio de sus agentes de Madrid, que 
el duque de Tornos, conde de Buenavista, empa- 
rentado con la real familia, embajador que había 
sido en Francia, mayordomo mayor de palacio, 
etc., etc., un personaje de mucho bulto en la cor- 
te y en la política, estaba decidido á pasar el ve- 
rano en Sarrio para tomar los aires del mar, que 
le hacían mucha falta, con más sosiego que en 
San Sebastián ó Biárritz. Saberlo Belinchón y es- 
cribirle una carta ofreciéndole su casa, fué todo 
uno. El duque rehusó como era natural, dándole 
gracias muy expresivas; pero el buen D. Rosen- 
do que juzgaba un importantísimo triunfo la ve- 
nida de tal personaje á su morada, y contaba con 
la ayuda de él exterminar á sus contrarios, tanto 
insistió, valiéndose de toda clase de recomenda- 
ciones para conseguirlo, que el duque concluyó 
por aceptar el ofrecimiento. Los del Camarote, 
que habían olfateado el asunto y les tenía con 
gran cuidado, obligaron á D. Pedro Miranda á 
ofrecer también su casa, prometiendo abonar en- 
tre todos, los gastos que aquello le ocasionase. Pe- 
ro el duque ya estaba comprometido; no pudieron 
conseguir su propósito, aunque pusieron en juego 
bastantes influencias, lo que les llenó de ira y 
despecho, como acabamos de ver. Hay que ad- 
vertir que el duque de Tornos pertenecía al par- 
tido moderado y aunque en Sarrio ninguno de los 
dos bandos estaba bien definido en política, por- 



EL CUARTO PODER 



149 



que lo que les preocupaba era la lucha local, y se 
inclinaban siempre al partido vencedor, no cabía 
duda que en el Saloncillo predominaban los libe- 
rales, principiando por su eximio jefe; mientras 
en el Camarote, los más eran retrógados. La pre- 
ferencia otorgada á los primeros era, pues, do- 
blemente dolorosa. 

D. Rosendo el año anterior había levantado 
un piso más á su casa. Lo que le decidió á aque- 
lla obra fué el nacimiento de otra nieta. Si el 
matrimonio seguía tan aprovechado, no cabrían 
pronto en la casa. Gonzalo hablaba de tomar 
otra; le faltaba independencia: para que no se 
fuese, la aumentó su suegro de aquel modo. El 
piso entero fué destinado á la nueva familia; á fin 
de que estuviesen más independientes, la escalera 
no pasaba por el cuarto de los padres; pero al mis- 
mo tiempo había una interior de caracol que fa- 
cilitaba el servicio de un piso á otro. Gonzalo 
podía entrar y salir de su casa sin necesidad de 
cruzar por la de sus suegros. Comían todos jun- 
tos, sin embargo. 

Pues cuando se supo la aceptación del duque de 
Tornos se le destinó el cuarto entero del matri- 
monio joven, bajando éste de nuevo á ocupar sus 
antiguas habitaciones. Arreglóse aún mejor de lo 
que estaba, y eso que estaba bien, pues Venturita 
había exagerado el lujo de la decoración: de suer- 
te que pronto y con poco esfuerzo quedó conver- 



150 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tido en una mansión digna del personaje que iba 
á albergar. En el Salonciilo se esperaba con an- 
sia el telegrama del prohombre, anunciando su 
salida: el rostro de todos los tertulios expresaba 
gozo y triunfo, brillaba con la esperanza de que 
pronto podrían dar algunos golpes contundentes 
á sus adversarios. Estos andaban mohínos y re- 
celosos, disimulando, no obstante, lo mejor que 
podían su despecho; afectaban no conceder im- 
portancia á la venida del duque. No faltó quien 
viniese á avisar en seguida á Belinchón de la 
zurdada del alcalde respecto á la música: estaba 
empezando á comer cuando recibió la noticia: 
con una admirable serenidad, que debían envi- 
diar sus enemigos, concluyó el plato de sopa que 
tenía delante, se limpió los labios, bebió un trago 
de vino, volvió á limpiarse los labios, y levan- 
tándose acto continuo, salió sin decir palabra. 
Como todos los grandes caudillos de que nos ha- 
bla la historia, D. Rosendo no perdía jamás el 
aplomo: en los momentos críticos, como el pre- 
sente, era cuando á él le asaltaban las grandes 
ideas, las resoluciones salvadoras. Se fué al telé- 
grafo y puso un parte al director de la orquesta de 
Lancia pidiéndole que viniese con ella á Sarrio y 
que señalase precio. El director contestó que lle- 
garían á la noche. « — Perfectamente — se dijo, — 
si la música no va á recibirle, al menos no se que 
dará sin serenata. ¡Y que rabien esos miserables!» 



EL CUARTO PODER 



La llegada del duque de Tornos coincidía, co « 
mo hemos visto, con la romería de San Antonio. 
La tarde estuvo como la mañana serena y ale- 
gre, sin pizca de calor; porque la brisa del Nor- 
deste en Sarrio, como en todos los puertos del 
Cantábrico, refresca deleitosamente los ardores 
del sol en los meses de estío. Las romerías per- 
tenecían á todas las clases sociales, pero muy 
particularmente á los artesanos. Gracias á esto no 
habían perdido nada de su primitiva alegría y 
animación. Desde por la mañana, bien temprano, 
grupos numerosos de muchachas salían de los 
arrabales y cruzaban la villa para tomar la ca- 
rretera de Lancia, vestidas todas con la clásica 
saya de merino, negra ó de color, y el floreado 
mantón de Manila atado á la cintura, zapatos 
descotados, pendientes de perlas, y la hermosa 
cabeza, sencillamente peinada, al descubierto. 
Su charla bulliciosa, sus frescas carcajadas, des- 
pertaban á los vecinos que aún yacían entre las 
sábanas, les hacían sonreir beatamente trayén- 
doles al recuerdo otros días de San Antonio cuan- 
do la juventud chispeaba también en sus ojos y 
en la copa de la vida aún no había caído ninguna 
gota de hiél. ¡Quién no recordaría en Sarrio al- 
guno de aquellos viajes á la ermita en una ma- 
ñana límpida y suave, con las piernas ligeras y 
el corazón mecido dulcemente en la esperanza de 
ver pronto al dueño adorado y pasar el día cerca 



152 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

de él! El rumor de aquellas chicas era un soplo 
de alegría que desde la calle subía á las casas, 
entraba por los balcones invitando á soltar por 
algunas horas el fardo pesado de los quehaceres, 
de la ambición, de la envidia, de todas las ruines 
pasiones que consumen la mísera existencia hu- 
mana, y seguirlas, seguirlas á gozar del ambien- 
te puro de la mañana, del verdor de los campos, 
de la rica leche incomparable que se vende en 
torno de la ermita, del juego á las cuatro esqui- 
nas y la deleitosa gallina ciega, de las habaneras 
lánguidas, los dulces caramelos y crucetas de la 
Morana, y tal vez que otra, cuando no se tiene 
una figura despreciable y se dispone de largos bi- 
gotes retorcidos, de sus besos más dulces y rega- 
lados aún (habiendo hecho algo por merecerlos, 
se entiende). 

Pablito salió de madrugada acompañado de su 
fiel Piscis, montados en sendos caballos pujantes 
y amaestrados, trabajando unas veces del cos- 
tado derecho, otras del izquierdo como era lógi- 
co. Para ir de esta suerte, no solamente había la 
razón de sus arraigadas inclinaciones, sino otra 
también muy atendible. El joven Belinchón ha- 
cía ya más de un año que no iba á las romerías 
y evitaba todo lo posible caminar á pie: salía po- 
co de casa, sobre todo de noche, procurando 
atravesar por las calles más céntricas, sin que 
por casualidad se le viese jamás solo. Tenía ene- 



EL CUARTO PODER 



153 



jigos ocultos y encarnizados. Valentina, la blon- 
a y saladísima costurera, había jurado por to- 
os los santos del cielo,, clavarle un puñal en la 
espalda. La razón no necesitamos decirla. Des- 
pués de haber tenido un hijo con ella, la había 
abandonado y volaba otra vez, cual libre y pin- 
tada mariposa, posándose ahora en una, ahora en 
tra flor. ¡Buen trabajo le había costado, ó por 
mejor decir, buen miedo! Cuando supo el juramen- 
to de su amante, que no le cogió de sorpresa, 
pues conocía demasiado bien su temperamento, 
-ara evitar aquella dolorosa muerte prematura, 
mandó repetidos emisarios ofreciéndola grandes 
cantidades de dinero, recoger y educar á su hijo, 
y mantenerla á ella sin trabajar. La feroz costu- 
rera, había rechazado con indignación todas las 
ofertas, reiterando cada vez que un embajador 
iba á verla, su horrible y sanguinario juramento. 
Como es natural, al hermoso mancebo no le lle- 
gaba la camisa al cuerpo: que se ponga cada cual 
en su caso. Hubiera dado el coche y los caballos 
por poseer otros dos ojos en el cogote. Los que 
poseía, siempre que salía á la calle á pie, se en- 
tregaban, mira á un lado, mira á otro, á un tra- 
bajo abrumador superior á sus fuerzas. 

Pero con el tiempo, había ido adquiriendo al- 
una confianza. Valentina no salía apenas de 
casa: en romerías y bailes, después de su des- 
honra, no la había visto nadie. Pablito, que no la 



154 ARMANDO PALACIO VALDÉS 




había tropezado todavía en la calle, se animó 
con los consejos de Piscis á ir á San Antonio. 
Montaron, pues, á caballo temprano, y se lanzaron 
por la anchurosa y empolvada carretera de Lan- 
cia sombreada un buen trecho á la salida de la 
villa, por enormes y majestuosos olmos. La vía 
era ascendente, aunque sin gran declive: á un la- 
do y á otro, se extendía la risueña campiña de 
Sarrio, limitada por dos ó tres términos de sua- 
ves colinas; más lejos, descubríase la negra cres- 
tería de las montañas de Narcín, que se alza- 
ban sobre el valle de Lancia, cubierto aún por la 
niebla: volviendo la vista atrás, después de cami- 
nar un trecho, se señoreaba la hermosa villa que 
la luz matinal hería de soslayo, haciendo brillar 
aquí y allá alguna blanca fachada: detrás, la 
vasta llanura del mar, que con los rayos obli- 
cuos del sol naciente, ofrecía un color blanco 
lechoso. 

Los caballos de nuestros équites, orgullosos de 
su estampa elegante, de sus lomos relucientes y 
mórbidos, caracoleaban sin cesar levantando nu- 
bes de polvo, felices por ostentar su recia muscu- 
latura á la luz de la mañana. Las jóvenes artesa- 
nas, que ascendían lentamente hacia la ermita, se 
impacientaban, chillaban, más por la suciedad 
del polvo, que por temor á los corceles; dirigían 
chufletas de peor ó mejor gusto al inflexible Pis- 
cis, que éste no escuchaba siquiera, absorto en la 



EL CUARTO PODER 



155 



contemplación de las patas del caballo, cuya alta 
dirección le estaba confiada. 

— ¡Uf, la carretera es poco para él! — Oye tú, 
fenómeno, no levantes tanto polvo. — A caballo 
parece algo; y es un perro sentado. — ¡Si parece 
un duque! — No, mujer, vizcon...de! 

Con Pablito no se metían. El bizarro joven 
ejercía el mismo dominio sobre las artesanas 
que sobre las damiselas de la villa. No sólo las 
fascinaba por su delicada figura, por su gallardía, 
por su riqueza, sino también, y acaso principal- 
mente, por sus conquistas. La muchedumbre de 
enamoradas que había tenido en todas las clases 
sociales, formaban en torno de su cabeza una au- 
reola de gloria. Se murmuraba mucho de él en- 
tre las artesanas, con motivo del lance de Valen- 
tina, se le llamaba, falso, traidor, bribón; pero 
todas ellas, hasta las mismas amigas de la vícti- 
ma, le admiraban, le adoraban en secreto, y hu- 
bieran caído á pocos embates en sus brazos, por 
más que juraban y perjuraban que era bien tonta 
la que hacía caso de aquel miquitrefe. 

Pablito caminaba serio, atento también á re- 
gir el brioso cuadrúpedo. De vez en cuando, no 
obstante, se dignaba sonreír ligerísimamente, y 
este esbozo de sonrisa, animaba tanto á las mu- 
chachas, que arremetían con más brío y gracia 
contra su compañero fidelísimo, el invicto Piscis. 

A la media legua próximamente, había un 



I56 ARMANDO PALACIO VALDÉS 




gran prado llano y hermoso que la carretera 
partía por el medio. Allí se celebraba la romería 
por la tarde, con la gente que venía de la villa 
y la que regresaba de la ermita. Para ir á ésta, 
era necesario separarse en aquel punto de la ca- 
rretera y tomar por callejuelas estrechas y pen- 
dientes, limitadas por toscas paredillas de piedra, 
cubiertas de zarzales. Al cabo de un cuarto de 
legua, se desembocaba en la pequeña planicie de 
un montecillo, donde estaba situada. La vista 
desde allí, era espléndida y regocijada como po- 
cas. Descubríase una inmensa extensión de cos- 
ta, no llana, sino ondulante, plantada de maíz 
en unos sitios, en otros de trigo, en la mayor 
parte de yerba solamente, cortada por la gran 
vía empolvada de Lancia, con su faja oscura de 
olmos gigantescos, á cuyo extremo parecía como 
una mancha blanca y roja la villa. La inmensa 
sábana azul del océano, donde brillaban tres ó 
cuatro velas como blancas gaviotas, cerraba el 
panorama. 

Alrededor de la ermita, las mujerucas de los 
contornos, entre las cuales había más de una 
fresca y hermosa aldeana de rojos labios y blan- 
cas mejillas satinadas, vendían leche en pucheri- 
tos de barro negro. Había también algunas me- 
sas cubiertas con manteles, donde se exhibían 
bizcochos y otros confites de remota antigüedad. 
La gracia de aquella romería estribaba, en to- 



EL CUARTO PODER 



157 



mar la leche por la mañana en la ermita, jugar 
luego con los pucheros y romperlos al fin, ha- 
ciéndolos rodar por el monte abajo. Se comía á 
las doce el fiambre que se llevaba, y después se 
venía hacia el prado de los nogales ó Nozaleda, 
donde todos se reunían. Pablito no infringió un 
ápice el programa. Compró más de una docena 
de pucheros de leche y gran cantidad de bizco- 
chos, con que obsequió á sus conocidas: después, 
retozó con ellas largamente, haciendo rodar á 
varias por el prado y tirándose él mismo en me- 
dio del entusiasmo general. A la sazón, estaba 
«poniendo los puntos» á una morena muy agra- 
ciada, hija del sereno Maroto, que vendía pesca- 
do en la plaza y se llamaba Ramona, la misma á 
quien tal vez recuerde el lector que Periquito ha- 
bía dicho en la cazuela del teatro: — «Ramona, 
te amo» — con gran regocijo de Piscis y Pablo. 
Cuando llegó la hora de venir á la Nozaleda, se 
empeñó en llevarla á caballo delante de él. La 
moza se resistió un poco, pero al fin cedió, ¡no 
había de ceder! El joven entró con ella por me- 
dio de la romería entre los aplausos y ¡hurras! de 
sus amigos y las murmuraciones de las jóvenes, 
que se mostraban escandalizadas, sin perjuicio 
de dejarse arrebatar de aquella gentil manera el 
día que al bello sultán se le antojase. 

A las tres, la Nozaleda estaba poblada de ro- 
meros. El vasto prado parecía una alfombra de 



I58 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



fondo verde; los pañuelos de las mujeres, bl 
eos, rojos, amarillos, agitándose continuamente, 
llameando á la luz del sol, formaban sobre aquel 
fondo un dibujo movible de brillantes colores. La 
carretera mandaba de Sarrio á cada instante nue- 
vos pelotones de gente, que se diseminaban por 
el prado á entrambos lados. Escuchábase un ru- 
mor confuso como el de las olas del mar á cierta 
distancia, sobre el cual saltaba el agudo són de 
la gaita y el repiqueteo sordo y monótono del 
tambor. Algunas tiendas de campaña, donde, so- 
bre mesas portátiles de tabla, yacían los hincha- 
dos odres, como víctimas preparadas al sacrifi- 
cio, estaban rodeadas por numerosos grupos de 
hombres. En otro más numeroso, de ambos 
sexos, hacia el medio, se bailaba al uso del país, 
sonando las castañetas con las mudanzas peculia- 
res de aquella región: aquel baile duraba cinco ó 
seis horas sin reposo alguno: se sudaba copiosa- 
mente, ¡pero cansarse! los hombres alguna vez, 
las mujeres nunca. Los que así bailaban eran al- 
deanos, los habitantes de los contornos que, lle- 
gada la noche, se volvían á sus casas por los ata- 
jos sin pasar por la villa. Las artesanas de Sarrio 
formaban giraldillas, donde se cantaba á grito 
herido, abriéndose y cerrándose sucesivamente, 
dejando en el medio ora un grupo de hombres, 
ora de mujeres. Los señoritos, en relación con 
aquellas jóvenes por los bailes de las Escuelas, 



EL CUARTO PODER 



159 



acostumbrados ya al dulce, no querían perder su 
derecho de monopolio ni aun al aire libre, y en- 
traban también en ellas, bailando sin garbo, con 
los brazos muy abiertos y las piernas inmóviles. 
Entonces los artesanos se salían y marchaban un 
poco más lejos á bailar con aquellas que, desde- 
ñadas por los caballeros, ó de temperamento más 
bravio, los seguían, arrojando miradas torvas de 
desafío al coro principal. 

Ni se crea que faltaba tampoco aquella tarde 
el baile de sociedad. D. Mateo, buscando medio 
de sustituir á la orquesta, había dado con un ar- 
pista y un violín italianos, y los subvencionó, de 
su bolsillo particular, para que tocasen. Y allá, 
en un extremo del prado, bajo un inmenso no- 
gal de la cinta que lo circundaba, una docena de 
parejas estrechamente abrazadas, daban vueltas 
parsimoniosas al compás de dulzona habanera, 
rodeadas por un espeso círculo de mirones. Las 
señoritas solían presenciar con risita desprecia- 
tiva aquel baile que imitaba toscamente los su- 
yos, doliéndose en su interior de que jóvenes tan 
finos se abrazasen «á aquellas tarascas.» Sin em- 
bargo, cuando alguno las invitaba, después de re- 
sistirse un poco, reir á carcajadas, ruborizarse y 
hacer otra porción de monerías para atestiguar 
que sólo se rebajaban á aquello por pura condes- 
cendencia, solían agarrarse bien al brazo de su 
]bromista amigo y tardaban en soltarlo. 



l60 ARMANDO PALACIO VALDÉS 




Gonzalo había venido á pie á la romería con 
Cecilia, la niña mayor y la niñera. Y como el ca- 
mino era largo y pendiente, porque ésta no se 
cansase tanto, había traído á su hija en brazos 
casi todo el tiempo. Ventura odiaba las romerías; 
además, su padre había llevado el carruaje á es- 
perar al duque de Tornos, y pensar en que an- 
duviese á pie media legua, era una monstruosi- 
dad. Doña Paula tampoco podía venir; hacía 
tiempo que estaba delicada; los médicos creían 
que su malestar y decaimiento procedían de al- 
gún trastorno en la circulación, una afección car- 
diaca, que podía muy bien con el tiempo ofrecer 
caracteres graves, aunque por entonces no los 
presentase. Cecilia había querido durante el viaje 
ayudar á su cuñado á soportar el fardo. Este se 
había reído: 

— Calla Huesitos, calla — así la llamaba fami- 
liarmente. — ¡Ten cuidado no me obligues á lle- 
varte á tí también! 

Y así que llegaron, como marido y mujer co- 
menzaron á vagar por el gran prado, detenién- 
dose á cada instante para saludar á los amigos 
con quien tropezaban. Compraron dulces para la 
niña, estuvieron un rato viendo bailar al són de la 
gaita; después se pararon delante de la giraldilla; 
por último se fueron á donde sonaba el violín y 
el arpa, y tuvieron ocasión de ver entre las pa- 
rejas á su hermano Pablo estrechando la cintura 



EL CUARTO PODER 



161 



de la hermosa Ramona. Por cierto que al adver- 
tir su presencia, el bizarro joven se inmutó un 
tanto , y aprovechando una de las vueltas para 
pasar cerca de su hermana, le preguntó por lo bajo : 
— ¿Está ahí mamá? 

Cecilia hizo un signo negativo, y se tranquilizó. 

La niña se cansó pronto de aquel espectáculo: 
quiso ir de nuevo á ver el baile de los aldeanos. 
Desde allí, saltando otra vez á la carretera, en- 
traron en la romería que quedaba del otro lado, 
lo cual fué una gran ventura para ellos. Por- 
que á los pocos momentos acaeció en el sitio que 
habían dejado, una escena espeluznante, terrorí- 
fica, digna de una tragedia romántica. 

Hallábase Pablito bailando con su morena, 
sereno, feliz, procurando acortar distancias todo 
lo posible, y aún más. Sus mejillas, siempre son- 
rosadas, estaban ahora vivamente encendidas, no 
tanto por el movimiento como por el amor que 
poco á poco, á impulso de las cadencias lángui- 
das de la habanera se había ido apoderando de 
su sér. Ramona, encendida también como una 
amapola, apoyaba la barba adornada por los la- 
dos con dos hechiceros hoyuelos, sobre su hom- 
bro. Ramona vió de pronto con horror un rostro 
pálido donde brillaban dos ojos airados de loco; 
Pablito escuchó detrás una voz estrindente que 
gritaba: 

— ¡Toma, bribón! 



IÓ2 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

Y al mismo tiempo sintió un fuerte topetazo 
en la espalda. Volvióse rápidamente, y vió el 
semblante desencajado, fatídico, de Valentina, la 
cual blandía en la mano derecha un arma. 

El joven comprendió que estaba herido de 
muerte, y se dejó caer al suelo con señales cada- 
véricas en el rostro. Instantáneamente, un golpe 
de gente acudió á levantarle, mientras otro sujeta- 
ba, á la costurera. Al conducirle á la casita próxi- 
ma de un aldeano, Pablo creyó escuchar con- 
fusamente los gritos de Valentina, que intenta- 
ba desasirse de los que la tenían, para rematarle, 
sin duda. 

La noticia se extendió por la romería; mucha 
gente acudió corriendo al teatro del suceso. Ce- 
cilia y Gonzalo, que vieron el movimiento, qui- 
sieron enterarse. Un amigo, conocedor de la ver- 
dad, les dijo que se trataba de una reyerta entre 
aldeanos, y procuró llevarlos más lejos todavía. 

Mientras tanto, el médico de un concejo inme- 
diato, que allí estaba, fué avisado para que vinie- 
se á curar al herido. Era un joven recién salido 
de las aulas. Lo primero que hizo fué despojarle 
de la chaqueta, cortándosela por la espalda; des- 
pués hizo lo mismo con el chaleco y la camisa. 
Cuando la carne quedó al descubierto, no pudo 
retener una carcajada: 

— ¡Qué herida, ni qué calabazas! Aquí no hay 
nada. 



EL CUARTO PODER 



163 



En efecto, el pequeño cortaplumas, de que la 
costurera se había valido para asesinar á su pér- 
fido amante, atravesó la chaqueta, el chaleco, la 
camisa y la camiseta; en cuanto á la carne abo- 
rrecida del seductor, había quedado enteramente 
incólume. 

No poco se alegró éste de volver al gremio de 
los seres vivos. Después que el ama de la casa 
le cosió provisionalmente la camisa, y se cubrió 
con el gabán del médico, mientras Piscis iba á 
buscar los caballos, salió por los prados de atrás 
para no ser visto, tanto por la vergüenza que le 
daba ir vestido con aquel espantoso sayo, como 
porque creyó escuchar á Valentina, mientras iba 
con las ansias de la muerte, ciertas palabras .pe- 
sadas. Si mal no recordaba (y podía recordar 
mal, dado su desvanecimiento), la costurera decía 
á grito herido cuando le llevaban entre cuatro: 

— ¡Anda, cochino, que si yo no te he matado, 
no faltará quien te mate! 

Pablito hallaba tan feo el ser asesinado por un 
desconocido, que no quiso detenerse un minuto 
más en la romería: en cuanto salió á la carrete- 
ra, donde le esperaba Piscis, montó á caballo, y 
se trasladó en un credo á la villa. 

El sol se estaba poniendo. Alguna gente co- 
menzaba á dejar la romería, cuando ésta fué vio- 
lentamente conmovida por el escape de seis ú 
ocho coches que llegaban de Lancia á la carrera, 



164 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

Era el duque de Tornos con su séquito. En una 
carretela abierta venía él con su secretario y el 
gran patricio D. Rosendo. En el coche de éste 
venía D. Rufo, Alvaro Peña y dos señores de 
Lancia, y acomodados en los otros, D. Felicia- 
no, D. Rudesindo, Navarro, D. Jerónimo de la 
Fuente y algunos varones más de los que se- 
guían la bandera del glorioso Belinchón. Al lle- 
gar al medio de la Nozaleda, el duque mandó ha- 
cer alto sorprendido de ver aquella muchedum- 
bre abigarrada ocupando la extenta llanura del 
prado. 

Era hombre de unos cuarenta y seis años, con las 
mejillas flácidas, de color pálido terroso, el labio 
inferior un poco caído, expresando desdén y can- 
sancio, los ojos de indefinible matiz, fríos y vidrio- 
sos como los de un besugo muerto, con los pár- 
pados ordinariamente caídos, expresando igual- 
mente el hastío; en uno de ellos traía un cristal ó 
lorgnon hábilmente sujeto, que daba á su fisono- 
mía un aspecto excesivamente impertinente y re- 
pulsivo. No gastaba barba, sino largo bigote con 
las puntas engomadas. Vestía con elegancia que 
no se ve jamás en provincia, esto es, con cierta 
originalidad caprichosa de los que no siguen las 
modas, sino que las imponen; sombrero blanco de 
alas estrechísimas, americana que parecía he- 
cha de tela de jergón, camisa amarilla, guantes 
de color lila, y en vez de corbata un pañuelo 



EL CUARTO PODER 



165 



blanco en forma de chalina, con una gruesa per- 
la clavada. 

— ¡Precioso, precioso! — dijo al contemplar 
aquel pintoresco cuadro, levantando con trabajo 
los párpados: la voz era cascada y la pronuncia- 
ción lenta, fatigosa, como si estuviera aplaudien- 
do en su palco del teatro Real los trinos de una 
prima donna. 

D. Rosendo se apresuró á darle noticias de la 
romería; le mostró con la mano el cerro de la 
ermita, que se veía á lo lejos; después le fué se- 
ñalando, para que se fijase en ellos, los distintos 
grupos donde se bailaba: «Vea V., señor duque; 
allí se baila al son de la gaita y el tambor; es el 
baile característico del país, en el campo, se en- 
tiende. Aquellas son las giraldillas, donde bailan 
cantando las muchachas de la villa. Allí se bebe; 
aquellas son las mesas donde se venden confites. 
Debajo de aquel nogal se están bailando habane- 
ras... Mire V., mire V., señor duque, la clásica 
danza de nuestra tierra; los hombres á un lado, 
las mujeres á otro; con ese vaivén monótono es- 
tán horas y horas cantando las antiguas bala- 
das... Es un baile casto, no lo negará V... 

— ¡Precioso, precioso! — repetía el duque con 
su acento arrastrado, enfilando el lorgnon prin- 
cipalmente á las giraldillas. 

El duque de Tornos decía una gran verdad. 
Pocos espectáculos tan bellos y risueños podían 



l66 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ofrecerse en paraje alguno de la tierra. La rome- 
ría, antes de morir, se agitaba con un frenesí de 
alegría ruidosa. La gaita acentuaba sus notas 
agudas, chillonas, que hacían vibrar el aire á lar- 
ga distancia, acompañada fiel y sordamente por el 
tambor; las mozas exaltadas, sudorosas, con las 
mejillas encendidas y los cabellos revueltos, no 
cantaban ya, gritaban dando vueltas á la giraldi- 
11a, despidiéndose con rabia de aquel goce, que 
sólo de tarde en tarde se les ofrecía. Cantaban 
también los borrachos de dos en dos ó tres en 
tres con voces ásperas desafinadas, metiéndo- 
se el aliento por las narices, balanceándose gro- 
tescamente, esparrancados sobre el césped. Y 
los mozos y mozas de la danza-prima, se desga- 
ñitaban, queriendo aguzar cada vez más las no- 
tas largas, dormilonas, de sus baladas antiquísi- 
mas. Hasta el violín y arpista italianos, habían 
emprendido con furor una mazurca que las pare- 
jas bailaban levantando extremadamente los piés, 
dando furiosas patadas en la yerba. 

La luz se iba huyendo del cuadro; pero al huir- 
se suavizaba los tonos, esparcía sobre él un en- 
canto misterioso, poético, que traía al recuerdo 
los dichosos rincones de la Arcadia antigua. Pa- 
recía que aquella gente debía vivir y morir así, en 
perpetua alegría y juventud. ¿Por qué marcharse, 
por qué huir de aquel recinto feliz, para volver á 
sumergirse en las fatigas de la vida cotidiana, en 



EL CUARTO PODER 



167 



la podredumbre y miseria de los negocios huma- 
nos? ¡Gozar, gozar! gozar en la inocencia del co- 
razón y los sentidos, de la salud, de las sublimes 
armonías de la luz y del sonido; gozar de las dul- 
zuras del amor fecundo engendrador de todas las 
cosas; gozar de la fuerza, que mantiene la cohe- 
sión del universo; gozar del gorjeo de los pája- 
ros, del murmullo de las fuentes, del aroma de las 
flores, del rocío de los campos, de las espumas 
de los mares, del cielo eternamente azul: para 
esto debió ser creado el hombre, no para acom- 
pañarse en los breves días de su existencia del tra- 
bajo abrumador, de la airada venganza, de la 
pálida envidia, de la tristeza roedora. La tradi- 
ción del Paraíso, es la más lógica y venerable de 
las tradiciones humanas. 

El sol doraba ya solamente las cimas de los 
nogales que circundaban el prado, extendiendo 
desmesuradamente sus sombras. Un leve estre- 
mecimiento frío, melancólico, corrió por todos 
los ámbitos; en vano lucharon contra él aquellos 
á quienes el baile ó el vino había enardecido. Po- 
co tiempo después se había apoderado de todos. 
Escuchábanse las voces de las madres llamando 
á sus hijos, de los hermanos llamando á sus her- 
manas: formábanse grupos, que permanecían al- 
gún tiempo vacilantes, buscando con los ojos á 
alguno que les faltaba, para irse. Lo primero que 
se deshizo fueron las giraldillas: el baile y la danza 



l68 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



persistían; los aldeanos estaban más cerca de sus 
casas y no tenían tanto miedo á caminar de no- 
che. En torno de los coches situados en medio de 
la carretera, se había ido aglomerando la gente. 
El duque seguía enfilando su lorgnon á todos los 
rincones, presenciando los preparativos del des- 
file, con la curiosidad atenta de un inteligente en 
pintura. Al fin, reparando en el numeroso pelo- 
tón que por todas partes los estrechaba, dió or- 
den de marchar, pero lentamente, al paso de los 
romeros; quería ver todo aquello, no por hermoso 
sino por nuevo. 

Los coches comenzaron á caminar en medio 
de la muchedumbre, rodeados de amarteladas pa- 
rejas que marchaban de bracero en íntimo colo- 
quio, viejos que llevaban niños de la mano, suje- 
tando en la otra grandes pañuelos atestados de 
confites, grupos de muchachas cambiando sus im- 
presiones en voz alta, riendo con sonoras carca- 
jadas. En cuanto se alejaron un poco del sitio de 
la Nozaleda comenzaron los cánticos. Esto es lo 
que caracteriza la vuelta de las romerías en aque- 
lla región. Las artesanas de Sarrio se precian de 
tener buena voz, y hacen bien. Generalmente la 
emprenden con alguna canción romántica, una 
melodía tendida y quejumbrosa, buscando armó- 
nico acompañamiento por medio de la segunda 
voz en terceras. Otras veces, cuando el grupo es 
demasiado numeroso, se acogen á los pasacalles 



EL CUARTO PODER 



tradicionales de la villa, que son infinitos y delicio- 
sos. Fué lo que hicieron en esta ocasión. El du- 
que quedó sorprendido al escuchar aquel coro de 
frescas voces repitiendo sin cesar coplas inocen- 
tes como estas: 

En la torre más alta 
del amor me vi; 
falsearon los cimientos, 
pero no caí. 

Cómo quieres que un pobje 
llame á tu puerta, 
si no le das limosna 
rica, avarienta. 

Y los pueriles conceptos que guardaban, ad- 
quirían en sus bocas una importancia excesiva, 
parecían sentencias sagradas, fórmulas misterio- 
sas y amables que nadie podía tocar sin cometer 
un sacrilegio. El aire se poblaba de aquellas no- 
tas suaves, prolongadas: un enternecimiento de- 
licioso íbase apoderando de las cantantes á me- 
dida que las dejaban escapar de sus gargantas; 
cada vez las repetían con más cariño, con más 
unción, exhalando en ellas aquel fondo de roman- 
ticismo que palpitaba eternamente en sus cora- 
zones, trasmitiéndose de madres á hijas en la 
pintoresca villa del Cantábrico. Era la melanco- 
lía de quien presiente el mundo de la belleza, lo 



170 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ama, lo anhela, y por su condición está destina- 
do á vivir y morir lejos de él. Entre copla y co- 
pla, mediaba un rato de silencio: escuchábase 
el ruido acompasado de los piés. El coro parecía 
soñar despierto, atento á los vagos sentimientos 
de ternura que el cántico removía en los limbos 
de su espíritu. 

Se venía la noche precipitadamente. Los altos 
olmos recortaban aún con admirable pureza sus 
ramas en el fondo diáfano de la atmósfera; pero 
de sus copas caía sobre la carretera una sombra 
cada vez más espesa. La campiña había perdido 
el color, extendía en el horizonte sus lomos som- 
bríos donde apenas resaltaban los toques amari- 
llos de alguna heredad plantada de trigo. Allá 
lejos la gran mancha del océano se oscurecía; 
su azul brillante del medio día habíase trocado en 
un gris triste, verdoso, con reflejos metálicos. 

El coro sacudió de pronto su melancolía. Una 
moza inició cierto pasacalle vivo y alegre, y las 
demás la siguieron de buena voluntad como si 
despertasen de un sueño triste. 

No te compongas 
que ya no irás 
á San Antonio 
á pasear, 

que está lloviendo 
y te mojarás 
el vestidito 
y no tienes más. 



EL CUARTO PODER 



I 7 I 



La emprendieron con él á gritos, desaforada- 
mente, con la fe y el ahinco con que lo cantaban 
todo. Una de ellas, á los pocos momentos, im- 
provisó una copla alusiva á la situación: 

A San Antonio 
vente á pasear 
verás al duque 
que es muy galán. 
Todas las niñas 
que en Sarrio hay 
la bienvenida 
le van á dar. 

Y desde entonces, como si aquella fuese la se- 
ñal, no cesaron de requebrar en sus cánticos al 
magnate; el cual, dirigiendo el lorgnon una veces 
á la derecha, otras á la izquierda, y sacudiendo 
la cabeza con benévola sonrisa, repetía por lo 
bajo: 

— ¡Precioso, precioso! ¡Un tapiz de Teniers! 
¡Un paisaje de Lorena! 

Cuando llegaron á la villa, era noche cerrada. 

Subió el duque con su secretario á las habita- 
ciones que D. Rosendo le había destinado. El se- 
cretario era un joven de veinticuatro á veintiséis 
años, pálido, rubio, en cuyo cerebro abultado de 
feto no cabían más ideas que la de la importancia 
colosal del duque, y la necesidad imperiosa de 
llegar á ser un personaje, si no de tanta cuenta, 
lo bastante para tener también secretario. Fuera 



172 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de esto, el mundo no tenía explicación para Co- 
sió, que así se llamaba. Después que hubo des- 
cansado unos momentos el magnate, bajó á co- 
mer en traje de etiqueta. Cosió lo mismo. D. Ro- 
sendo había cambiado la hora española de comer 
por la francesa. Al verle entrar de aquel modo, 
la familia se turbó: sin duda Belinchón, su hijo 
y su yerno habían dado una pifia no poniéndose 
el frac. Venturita se lo hizo notar ásperamente á 
su marido en voz baja. Este se encogió de hom- 
bros con supremo desdén, moviendo los labios de 
un modo despreciativo. Estaba de mal humor. Al 
ver la mesa puesta sin el plato de la niña, había 
preguntado por él: su mujer le había contestado 
con malos modos: 

— ¡Pero hombre, no seas ridículo! ¿Quieres 
que la niña coma hoy con nosotros? 

— ¿Por qué no? 

Venturita se había escandalizado; después se 
rió preguntándole si había aprendido aquellos 
usos en el club de regatas. Esto le había irrita- 
do, le tenía propenso á no mostrarse con el du- 
que todo lo deferente y respetuoso que debía. En 
cambio ella hacía días que se preocupaba con 
los preparativos para recibir al ilustre huésped. 
Por su consejo y dirección se había aumentado 
la servidumbre, poniendo librea á los criados. 
Viendo á Pachín, uno muy antiguo en la casa, 
con aquel extraño uniforme, Gonzalo se había reí- 



EL CUARTO PODER 



173 



do á grandes carcajadas, lo que excitó la bilis de 
su esposa. Habíase encargado una nueva y fina 
vajilla con la cifra de Belinchón y todo el apara- 
to de las comidas modernas, cuchillos de hoja de 
plata para la fruta, tenedores de ostras, tarjetas 
litografiadas para el menú y otros utensilios inusi- 
tados hasta entonces en las comidas de la casa. 
El viento del extranjerismo soplaba también so- 
bre aquella mesa abundante, sana, patriarcal que 
hemos conocido al comenzar la presente historia. 

Ventura se presentó en el salón con traje azul 
marino de seda, descotado por el pecho, los bra- 
zos al aire. Había aprendido, no sabemos dónde, 
que en las comidas de ceremonia las señoras van 
descotadas. Doña Paula no cumplía con este pre- 
cepto; pero en cambio estaba esplendorosamente 
vestida con telas de vivos colores, que formaban 
triste contraste con su rostro marchito, minado 
por la enfermedad. Los únicos convidados eran 
Álvaro Peña y D. Rufo. 

Pachín, el buen Pachín, vestido de máscara 
abrió la puerta y dijo con voz sonora que Ventu- 
ra le había ensayado: 

— La señora está servida. 

El duque ofreció su brazo á Doña Paula y se 
trasladaron todos al comedor. Esta ocupó el sitio 
preferente por indicación previa de su hija. El 
duque se colocó á su derecha; D. Rufo á su iz- 
quiera; los demás se fueron sentando sin orden: 



174 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Venturita á la derecha del egregio huésped , des- 
pués Alvaro Peña, Cosió, Pablito, D. Rosendo; 
Gonzalo al lado de Cecilia. 

Y la comida dio principio, ceremoniosa, fría, 
con largos intervalos de silencio. Todos estaban 
cohibidos, aplastados por la grandeza del perso- 
naje que tenían delante. Este ostentaba una cal- 
va lustrosa que le tomaba casi toda la cabeza. Los 
pocos cabellos de la parte posterior y de los lados 
eran negros á pesar de sus cuarenta y seis años. 
Sus menores gestos eran observados con atención 
idolátrica; las palabras que dejaba escapar, aco- 
gidas con una sonrisa de afectada complacencia 
y admiración. Las primeras que salieron de sus 
labios, después de algunas de cortesía, fueron 
para seguir admirándose de los contornos de la 
villa. 

— Yo no conocía del Norte más que las Provin- 
cias — decía con su pronunciación lenta, arrastra- 
da. — Encuentro este país muy superior á ellas en 
lo que se refiere al paisaje: ofrece mayor varie- 
dad, más riqueza de color: hay sitios agrestes 
allá en el puerto que hemos atravesado, compa- 
rables á los más decantados paisajes de la Suiza. 
Y al llegar á la costa, se encuentra la misma sua- 
vidad en las líneas, la misma dulzura en el am- 
biente, que en el Mediodía de Italia. 

— ¡Oh, señor duque, V. nos favorece demasia- 
do! — Pura amabilidad, señor duque. — En el ve- 



EL CUARTO PODER 



175 



rano puede pasar este país; ¡pero en el in- 
vierno! 

D. Rosendo, Alvaro Peña y D. Rufo, inunda- 
dos de felicidad y gratitud, se ruborizaban, recha- 
zaban aquellos elogios, como si fuesen dirigidos 
á ellos. El duque siguió hablando como si no hu- 
biese escuchado siquiera sus exclamaciones. 

— Es más abrupto que el de las Provincias, los 
tonos más pronunciados: he visto desde la carre- 
tera de Lancia hacia el Oriente, un término de 
montañas con las cimas nevadas aún, que es ver- 
daderamente delicioso. Sólo le faltan al país al- 
gunos lagos, para ser digno de presentarse á los 
estranjeros. 

— rTenemos un lago en el occidente de la pro- 
vincia — dijo Peña. 

— ¿Un lago? — preguntó el duque, levantando los 
párpados para fijarse en su interruptor. 

— Si señoj: se llama el lago Nojdón. 

El duque dejó caer sobre el ayudante por al- 
gunos segundos su mirada vidriosa: Peña conclu- 
yó por turbarse. Después siguió, paseándola con 
esfuerzo por los circunstantes: 

— En mi galería de Bourges, tengo un paisaje 
de Backhuysen con un fondo muy semejante al 
de esas montañas. Solamente que en primer tér- 
mino, aparece un lago cercado de maleza; á la 
derecha, hay unos cisnes sumergiéndose en el 
agua; á la izquierda, una barca con dos jóvenes 



I76 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



campesinos. Lo he comprado por la delicadeza 
del colorido tan sólo... 

— Al señor duque le gustan por lo visto los 
buenos cuadros — dijo D. Rufo plegando la boca 
hasta las orejas para sonreír. 

— ¿Y á quién no le gustan? — respondió el mag- 
nate clavando en él sus ojos muertos de besugo. 

— ¡Oh, sí señor!... es verdad... tiene V. mu- 
cha razón! A todo el mundo le gustan... Pero es 
un vicio muy caro... Sólo los grandes potentados 
como el señor duque pueden permitirse... 

D. Rufo se confundía, creyendo haber dicho 
una necedad. 

— ¿El señor duque posee muchos cuadros de 
los mejores pintores, según tengo entendido? — di- 
jo á la sazón D. Rosendo para salvar á su com- 
pañero. 

— Tengo algunos — respondió el procer echan- 
do agua al mismo tiempo en el vaso de Ven- 
turita. 

Ésta se estremeció de gratitud. La sangre se 
le agolpó al rostro. 

— La suya es una de las primeras galerías de 
Europa — decía, en tanto, por lo bajo Cosió á 
Peña. 

— Me gusta la pintura porque es el arte nacio- 
nal — siguió diciendo el magnate. — Es el único 
en que hemos verdaderamente descollado, el úni- 
co en el cual aún hoy florecemos... Porque yo, 



EL CUARTO PODER 



177 



aunque he pasado la mayor parte de mi vida en el 
extranjero, amo mucho á mi patria — añadió con 
un amago de sonrisa, en tono protector. 

La patria, si pudiera escuchar aquellas benévo- 
las palabras, se estremecería infaliblemente de 
gozo, como Venturita. 

— La amo, confesando, no obstante, su degra- 
dación. La naturaleza nos ha dotado con mano 
próvida de los más ricos dones. Un país fértil 
(no tanto como vulgarmente se cree, pero, en 
fin, fértil), admirablemente situado á un extremo 
de la Europa, tendiendo la mano á América al 
través de los mares: un cielo, ¡oh, el cielo! no hay 
otro como él. El aire tiene aquí, sobre todo en 
el Mediodía, una transparencia... ¡Oh, una trans- 
parencia infinita! La desesperación de los pinto- 
res. En cambio esta transparencia da mayor pu- 
reza á la línea. En ninguna parte se destacan los 
objetos como aquí. En Castilla las torres se per- 
ciben á muchas leguas de distancia, con la misma 
dureza en los contornos que si estuviéramos á 
algunos pasos: esto depende, claro está, de la al- 
tura á que se encuentra sobre el nivel del mar... 

— Los países muy elevados sobre el nivel del 
mar, se ha demostrado que son los menos inte- 
ligentes—apuntó D. Rufo, respirando por su ma- 
nía fisiológica. 

El duque volvió la cabeza para mirarle y siguió 
como si no hubiese oído: 

• 12 



I78 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Luego el admirable brillo del sol que hace 
más crudo el contraste entre la luz y la sombra 
y añade la oposición de las masas á la decisión de 
las líneas. Sólo aquí, en el Norte, el vapor acuo- 
so que flota en la atmósfera, reblandece y borra 
un poco los contornos, los esfuma; pero en cam- 
bio la riqueza de los tonos es mayor; en el Me- 
diodía los tonos de la tierra se extinguen por el 
esplendor preponderante del cielo, por la ilumi- 
nación universal del aire: ¡pero aquí! ¡qué inmen- 
sa variedad de miances! ¡Oh, hermosa, infinita!... 
¡Luego, qué fuerza, qué movilidad! En el Medio- 
día un tono permanece fijo; la luz inmutable del 
cielo le mantiene durante muchas horas, y lo 
mismo un día que otro; mas en estos países en 
que la luz cambia á cada instante, varía también 
el color; el modelado es perfecto, las gradacio- 
nes del color fondue, transforman en espeso relie- 
ve su tono general... 

El duque, que había comenzado á enumerar 
las ventajas de que los españoles estábamos do- 
tados, no acababa de salir del contorno, de la luz, 
del color, se perdía en disquisiciones pictóricas 
que los comensales escuchaban con los ojos muy 
abiertos, sin comprender, moviendo con pereza 
las mandíbulas. Pero sin dejar de hablar atendía 
á Venturita, y prevenía sus deseos, echándole 
agua en el vaso, alargándole los entremeses, el 
pan, tcHo lo que pudiera serle agradable, hacien- 



EL CUARTO PODER 



179 



do seña al criado para que le sirviese vino cuan- 
do advertía que sus copas estaban vacías, con esa 
oportunidad desembarazada, elegante, del hom- 
bre educado en la cumbre de la sociedad. Ventu- 
rita acogía aquellas galanterías confusa, sonrien- 
te, con vivos temblores de gratitud, sin compren- 
der que en aquel momento no representaba para 
el magnate más que «la dama que estaba á su 
derecha.» 

Gonzalo, mal prevenido contra el egregio hués- 
ped, se había llegado á cansar de aquel monólo- 
go de pintura, y cambiaba frases por lo bajo con 
su cuñada, embromándola, como de costumbre, 
con lo poco que comía: 

— Vamos, Huesitos, otra chuleta, no te dé ver- 
güenza porque este señor esté delante. Ya le he- 
mos dicho que no se sorprendiera de verte comer 
tanto. Los temperamentos como el tuyo necesitan 
reponer la grasa. 

Cecilia contestaba sonriendo con medias pala- 
bras, dirigiendo vivas ojeadas de respeto al du- 
que. Este, que había advertido su plática, por dos 
veces levantó los párpados para mirarles de aquel 
modo frío, distraído, que por no expresar nada, 
ni desdén siquiera, era el colmo del orgullo. La 
segunda vez, sobre todo, en que Cecilia y Gonza- 
lo se rieron con gana llevándose la servilleta á la 
boca para apagar el ruido, la mirada del procer 
fué más larga, más fría y distraída aún. Ventu- 



l80 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

rita, indignada, los apuñalaba con los ojos. Pero 
Gonzalo, ó por vengarse de sus burlas anteriores, 
ó porque en realidad no sintiese ante el persona- 
je el embarazo y respeto que los demás, no amai- 
nó en la manía de platicar con su cuñada y ha- 
cerla reir. 

La fraternidad cariñosa de los dos cuñados, no 
decrecía. Gonzalo y sus hijas pertenecían á Ce- 
cilia: en todos los momentos de su vida, la in- 
fluencia de ésta se dejaba sentir suave y bien- 
hechora. De las dos niñas, la primera, Cecilita, 
tenía ya dos años y medio; la otra, Paulina, con- 
taba ocho meses: lo mismo una que otra, vivían 
al calor maternal de su tía; ella las lavaba, ella 
las vestía, las daba de comer, las sacaba á paseo, 
enseñaba á orar á la primera. La madre, sin de- 
jar de quererlas, se cansaba pronto, sus lloros la 
impacientaban, y cuando trataba de hacerlas ca- 
llar no sabía; concluía por aturdirse y sofocarse. 
De aquí que en sus necesidades, en sus anhelos 
infantiles no clamasen más que por Hita. Alguna 
vez, Ventura herida por esta preferencia, celo- 
sa, las forzaba á aceptar sus oficios, las retenía á 
su pesar al lado de ella. Esto sólo daba por re- 
sultado mayor despego en las criaturas mezclado 
de miedo. En cuanto á Gonzalo, tenía en Cecilia 
una hermana y una madre atenta siempre á evi- 
tarle disgustos, á separarle los abrojos del cami- 
no; en ella descansaba, á ella acudía como un 



EL CUARTO PODER 



niño grande y mimoso, impacientándose cuando 
no cumplía al instante sus deseos, molestándola 
más de la cuenta. Pero el lazo que le unía á su 
esposa, continuaba firme, inalterable: el vivo sen- 
timiento de adoración y deseo que le había he- 
cho cometer la primera vileza de su vida, no se 
apagaba: por mucho que se alejase, por excéntri- 
ca que fuese la órbita de su vida, Ventura le re- 
tenía con los rayos de su belleza, seguía fasci- 
nando como antes sus sentidos. Lo adivinaba 
muy bien Cecilia. Por eso cuando el joven, heri- 
do de algún desdén, de alguna palabra malévola 
de su mujer, se desataba en denuestos contra 
ella, sonreía con tristeza, procuraba calmarle, 
segura de que su cuñado no tardaría en humillar- 
se, en ir contrito y avergonzado á besarle los 
piés. 

Cuando el procer terminó al fin su monólogo, 
hubo unos instantes de silencio. Después, como 
si recordase una omisión cometida, principió á 
enterarse con benévola y afectada atención, de 
los asuntos de sus comensales. 

«El Sr. D. Rufo Pedrosa era médico, ¿verdad? 
El ejercicio de la medicina es penoso, sobre todo 
en provincias, donde no obtiene por regla gene- 
ral la merecida recompensa. — El Sr. Peña, ma- 
rino, ¿no es eso? Oh, el cuerpo de la armada, 
siempre ha sido brillante. Lástima que no co- 
rresponda nuestro material de guerra al valor y 



l82 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



á la pericia de los oficiales. ¿Corren mucho las 
escalas? ¿Da mucho que hacer la dirección de un 
puerto? Pensaba presentar en el Senado una mo- 
ción, pidiendo la construcción de dos acorazados. 
— ¿Y Pablito, se divertia mucho en Sarrio? ¿Qué 
recursos ofrecía aquella villa á los jóvenes? ¿Ha- 
bía estado en Madrid? Era aficionado á los caba- 
llos. Ah, la equitación, un gran ejercicio: el du- 
que comprendía muy bien aquella afición. ¿Los 
caballos que tenía, eran del país ó extranjeros?... 

Hacía todas aquellas preguntas de un modo 
distraído, con sonrisa de maniquí, apresurada- 
mente, como si estuviese recitando una lección. 
Era, en efecto, la página más penosa del libro 
de la buena educación, aquella en que se advierte 
que es preciso hacerse agradable á las personas 
con quienes se habla, interesándose por sus ne- 
gocios. A Gonzalo y Cecilia los miró un instante 
fríamente ; pero no les hizo pregunta alguna. 
Cumplida aquella ímproba tarea, el magnate vol- 
vió á caer en el eterno monólogo. Esta vez no 
fué sobre pintura, sino sobre arqueología. En 
Lancia había visto una capilla bizantina que le 
llamó mucho la atención por su pureza; no había 
en ella aún síntoma alguno de transformación. 
La catedral mediana; sólo la torre era notable 
por su esbeltez; la aguja debía de ser, no obstante, 
primitivamente más alta, más elancé; sin duda 
al restaurarla después de la destrucción causada 



EL CUARTO PODER 



183 



por un rayo, se habían acortado sus dimensiones. 
Tenía entendido que Sarrio poseía una iglesia 
muy bella, estilo plateresco... 

Mientras el duque arrastraba más que movía 
su lengua en una disertación doctísima, infinita 
(como él diría), D. Rosendo manifestaba en sus 
ademanes y en sus ojos, una inquietud extraña 
que procuraba con cuidado refrenar, aunque sin 
resultado. Por tres veces había dado recados en 
voz baja al criado, y otras tantas había recibido 
de éste respuestas, también en voz baja. 

Llegó el momento del café. El duque, termi- 
nado el monólogo arqueológico, había trabado 
conversación con Venturita, con ese admirable 
instinto que poseen los orgullosos para compren- 
der á quién fascinan y á quién no. Y su plática se 
fué animando poco á poco. Alguna vez se digna- 
ba sonreír el egregio huésped y hacía á su bella 
interlocutora el honor de levantar los caídos pár- 
pados para fijar en ella una mirada de curiosidad 
y simpatía. La joven, exaltada por aquella honra, 
con las mejillas encendidas y los ojos brillantes, 
departía con fácil ingenio y palabra, mostrando 
tanta gracia y finura, que el duque quedó de ella 
altamente complacido. Al parecer, hablaban de 
pintura. Cecilia y Gonzalo, que charlaban apar- 
te, la oyeron decir: 

— ¡Oh, Rubens! ¡Qué modo de pintar la carne! 
Rubens es el Cervantes de la pintura. 



184 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Gonzalo volvió la cabeza como si le hubieran 
pinchado. Y una viva sorpresa se pintó en su 
rostro. 

— Chica, ¿dónde ha aprendido mi mujer estas 
cosas? — dijo en seguida á su cuñada. 

Esta se encogió de hombros. Pero Venturita 
había observado el movimiento de Gonzalo, su 
sorpresa y las palabras que dirigió á Cecilia. Se 
puso colorada, y bajó la voz; luego, observando 
la mirada burlona de su marido, le clavó otra, re- 
lampagueante y colérica. 

Mientras tanto, Doña Paula explicaba á D. Ru- 
fo la marcha de su dolencia. Cosió describía con 
orgullo á Peña y Pablito las grandezas y como- 
didades del castillo de Bourges, donde el duque 
tenía su famosa galería de pinturas. 

Sólo D. Rosendo permanecía silencioso, cada 
vez más inquieto, haciendo con sus dedos nervio- 
sos bolitas de pan. De pronto, su noble faz se ex- 
tendió con una sonrisa bienaventurada. Todos 
levantaron al mismo tiempo la cabeza al escu- 
char, en la calle un trompeteo horrísono. Era la 
orquesta de Lancia que al fin había llegado. 



CAP. XVI 



De lo mucho y bueno que hizo el duque de 
Tornos en Sarrio 

fL Faro dedicó casi todo su número del 
jueves á cantar ditirambos al duque de 
Tornos; publicó su biografía en la pri- 
mera plana, describió en la segunda su 
entrada triunfal en la romería y el modo gallar- 
do con que fué acompañado por las jóvenes más 
hermosas de la villa en medio de cantos y víto- 
res; insertó cerca de esta descripción unos versos 
con el mismo asunto de uno de los chicos de don 
Rufo; por último, en la plana tercera, aún podían 
leerse dos ó tres gacetillas referentes al egregio 
huésped. El Joven S arríense se limitó á dar la no- 
ticia de su llegada en una gacetilla cortés y fría, 
titulada Bien venido. Pero á renglón seguido, y co- 



l86 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

giendo la ocasión por los pelos, la emprendió 
como siempre á tajos y mandobles con sus ene- 
migos. Figuraba el gacetillero que D. Rosendo 
llevaba al duque al Saloncillo y le iba presentan- 
do uno por uno los hombres más notables que 
allí se reunían. Con tal motivo se hacía ignoble 
chacota de D. Rudesindo, D. Feliciano Gómez, 
Alvaro Peña, D. Rufo, Navarro y otras respeta- 
bilísimas personas. Indignó la gacetilla en alto 
grado á todos los amigos de Belinchón, é hizo 
crecer en sus corazones el fuego de la venganza; 
por lo bien escrita y mal intencionada, achacá- 
base comúnmente á Sinforoso Suárez. 

¿Cómo? ¿Sinforoso no era el redactor principal 
de El Faro, el amigo fiel y edecán de D. Rosen- 
do? Ya no. Cerca de un año hacía que se aparta- 
ra de sus antiguos amigos para ir á formar en las 
filas de los contrarios. Estos, sospechando la fla- 
queza de su carácter y las pasiones que germina- 
ban en el fondo de su alma, le habían hecho la 
rosca, como vulgarmente se dice, le habían ido 
convenciendo, por medio de su padre y otras per- 
sonas, de que unido á los del Saloncillo, no ha- 
ría jamás carrera, que atacando las ideas religio- 
sas de la población no sería recibido en las casas 
respetables ni bien quisto de las damas. Al mis- 
mo tiempo procuraron engolosinarle con la pers- 
pectiva de un matrimonio para él muy brillante; 
la hija de un cuñado de Maza, era la joven que 



EL CUARTO PODER 



187 



se le prometía vagamente. Al fin, con sorpresa 
y estupefacción de la villa, traicionó á sus ami- 
gos y protectores: de la noche á la mañana dejó 
la redacción del Faro y pasó á escribir en El Jo- 
ven S arríense. No fué impunemente, sin embargo. 
La primera vez que tropezó con él Alvaro Peña 
en la Rúa Nueva, á las doce del día, le llenó de 
denuestos, y lo que es peor, le llenó la cara de 
dedos. La corrección fué tan vergonzosa, tan hu- 
millante, que Sinforoso, que no pecaba de bravo 
y altanero, concibió contra su verdugo odio feroz 
y un deseo punzante de venganza. Armándose 
de un palo de hierro que le facilitó su nuevo ami- 
go Delaunay, esperó al ayudante en la esquina 
de la calle de San Florencio, y por detrás le arri- 
mó un garrotazo en la cabeza que le hizo caer al 
suelo sin sentido. Transportaron á Peña á su casa 
y estuvo más de ocho días en la cama. Fueron 
inútiles los esfuerzos de sus amigos para obligar- 
le á que diese parte á la justicia: á todo trance, 
como hombre irascible y arrebatado, quería to- 
mársela por la mano, lo cual tenía sumamente 
medroso al agresor y bastante preocupada á la 
población. Contábase que el ayudante, mirando 
desde la cama por el balcón de su cuarto las ta- 
pias del cementerio, había dicho con acento de 
profunda convicción: — «El pobre Sinforoso no 
tajdará muchos días en dojmij allí para siempre.» 
Tales palabras produjeron gran sensación en la 



l88 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



villa, porque se le suponía con arrestos para lle- 
var á cabo el propósito. El efecto que hicieron en 
Sinforoso, no es para descrito. 

En cuanto el ayudante salió á la calle, resta- 
blecido ya de su herida, el hijo del Perinolo se 
eplipsó: nadie volvió á verle en un mes: se decía 
que sólo salía de noche y con grandes precaucio- 
nes. Pero como todo decae y pasa en este mun- 
do, su miedo mismo fué al cabo debilitándose, 
pensando tal vez que los sanguinarios pensamien- 
tos de Peña, se habían borrado igualmente con 
el tiempo. Poco á poco se fué familiarizando con 
el peligro: se aventuró á salir de día, huyendo, 
no obstante, de aquellos sitios en que pudiese 
tropezar con su cruel enemigo, informándose de 
todos si le habían visto pasar y hacia qué paraje se 
había dirigido. Con esto, la villa estaba anhelante, 
y preveía que la hora menos pensada iba á suce- 
der una catástrofe. 

Cierta tarde, con la seguridad que le dieron de 
que Peña había ido de paseo hacia la Escombrera 
con D. Rosendo, nuestro Sinforoso se arriesgó 
á entrar á beber una botella de cerveza en el ca- 
fé de la Marina. Sentóse en una de las primeras 
mesas y al instante observó que los rostros de los 
parroquianos, muchos de ellos conocidos y ami- 
gos, se volvían hacia él sonrientes unos, otros 
con expresión de susto: y no se pasaron muchos 
segundos sin que llegase á sus oídos la voz cam- 



EL CUARTO PODER 189 

panuda del ayudante, que discutía con sus ami- 
gos allá en el fondo del café, en lo más oscuro. 
Oiría nuestro periodista y dejarse caer al suelo 
en cuatro patas, fué todo uno: de esta suerte fué 
caminando sigilosamente hasta que alcanzó de 
nuevo la puerta, y se salió á toda velocidad. 
Cuando supuso que estaba ya muy lejos, uno de 
los parroquianos gritó: 

— Alvaro, ¿sabes quién acaba de estar aquí? 

— ¿Quién? 

— Sinforoso: ahora mismo se ha ido. 

— ¡Ah, mala centella que lo mate! — exclamó 
brincando más que corriendo al través de las me- 
sas, saliendo disparado como un cohete. 

Pero, ¿dónde estaba ya Sinforoso? Después de 
correr un buen trecho por la calle sin saber á 
dónde iba, el ayudante se vió precisado á dar la 
vuelta y entrar de nuevo en el café con el despe- 
cho y la ira pintados en el rostro. Tanto tiempo 
se pasó, no obstante, sin lograr tropezar con él, 
que al cabo concluyó por perdonarle. Satisfizo su 
agravio con alumbrarle un par de puntapiés en 
el trasero, cuando después de tres meses, le halló 
paseando en la punta del Peón. El hijo del Peri- 
nolo dio gracias al cielo de haber librado tan 
bien. 

El enojo que la indigna gacetilla les produjo, 
se fué templando con la esperanza de aplastar 
muy pronto á los reptiles que la habían inspirado, 



igO ARMANDO PALACIO VALDÉS 

ó por lo menos darles algunos golpes formida- 
bles con el ariete del duque. Los amigos de Be- 
linchón andaban, los días que siguieron á la lle- 
gada de aquél, satisfechos y rozagantes, mirando 
á sus enemigos con ojos provocativos. — «Tem- 
blad, petates, temblad» — parecían decirles con la 
mirada. — El mismo D. Rosendo, tan magnáni- 
mo, tan filósofo, tan humanitario, participaba de 
aquel rencor implacable, deseaba ardientemente 
el exterminio de sus contrarios. Poco á poco, á 
impulso de la lucha mortal en que estaba com- 
prometido, aquellos sentimientos románticos de 
progreso, aquel amor á los adelantos morales y 
materiales de su villa natal, que hemos tenido el 
placer de admirar en los primeros capítulos de 
esta historia, habían cedido el sitio á un triste 
deseo de destrucción. Sin embargo, esto era pu- 
ramente accidental: allá en el fondo, su alma 
quedaba tan pura, tan progresista como había sa- 
lido de las manos del Hacedor. 

El partido del Saloncillo formó en torno del 
duque una muralla impenetrable; «le secuestró,» 
según la expresión del Joven S arríense. No salía 
jamás á la calle sin ir acompañado de cuatro ó 
seis de sus miembros más notables. Para mos- 
trarle lo que guardaba la población digno de ver- 
se, le llevaban materialmente escoltado: después 
vinieron las giras á los caseríos y parroquias de 
las cercanías, á las casas de campo de los ami- 



EL CUARTO PODER 



gos de Belinchón, los banquetes opíparos, las ex- 
cursiones de pesca y las cacerías. Realmente la 
vida era grata en Sarrio por el verano. El duque, 
que había mandado delante un regular equipaje, 
tenía los enseres necesarios para pintar, y apro- 
vechaba los ratos en que se le dejaba libre para 
bosquejar horrendos paisajes dignos del fuego 
eterno. Sus relaciones con la familia de Belin- 
chón eran de estricta finura, una cortesía infati- 
gable que mantenía admirablemente las distan- 
cias: en sus palabras, en su gesto, se traslucía 
siempre un sentimiento afectuoso de protección 
que suavizaba un poco aquella expresión de can- 
sancio y hastío en que constantemente caía su 
rostro cuando le dejaban en libertad. 

Tan sólo con Venturita parecían animarse un 
poco aquellos ojos muertos: cuando se hallaba 
al lado de ella, el duque redoblaba su finura has- 
ta dar en viva y desenvuelta galantería. Cuando 
hablaba al corro de la familia, su mirada iba di- 
rigida á ella, como si entre los demás no hubiera 
ninguno capaz de comprenderle; las creaciones 
de su pincel nadie las veía primero que la esposa 
de Gonzalo, y si de alguien estimaba la admira- 
ción, era de ella: le había dado á leer algunas 
novelas francesas que traía, y sobre su argumen- 
to y el mérito de los autores departían largamen- 
te en la mesa escuchados por los otros, que ape- 
nas sabían de qué se trataba. Y al cabo de algu- 



192 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



nos días le propuso hacer su retrato: sus aficiones 
le dirigían al paisaje; no había pintado más re- 
tratos que el de la duquesa de Montmorency y el 
de una de las infantitas de España: pero ahora 
sentía un vivo deseo, un capricho más bierí, de 
retratar á Venturita tal cual la había visto por 
primera vez, con aquel traje azul marino desco- 
tado. La joven sintióse profundamente lisonjea- 
da; la primera una duquesa, la segunda una in- 
fanta, ¡la tercera ella! Luego aquel singular deseo 
de retratarla en el traje de la primera noche, ¿no 
hacía presumir con fundamento que era viva la 
impresión que había producido en el duque? Co- 
menzaron las sesiones en uno de los gabinetes 
del piso principal. D. Jaime (que así se llamaba 
el magnate) había pensado retratarla reclinada 
en un diván rojo con algunas plantas y flores á 
los lados. Los tres primeros días asistieron á la 
sesión Doña Paula, Gonzalo y Cecilia; pero se 
casaron pronto, y en los siguientes los dejaron 
solos, viniendo la madre de vez en cuando á 
echar una ojeada al retrato y á decir dos pala- 
britas de cortesía. En aquellos quince días que la 
pintura del retrato duró, la intimidad entre el 
duque y la hermosa joven creció extremadamen- 
te. El magnate había condescendido hasta con- 
tarle mucha parte de su historia privada: la públi- 
ca era bien conocida de todos. 

D. Jaime de la Nava y Sandoval se había casa- 



EL CUARTO PODER 



193 



do muy joven con una egregia dama ligada por 
vínculos estrechos de parentesco con la sobera- 
na. No había sido feliz en su matrimonio. El amor 
frenético de la dama (que la había hecho saltar 
la barrera social que la separaba de su esposo), 
entibióse presto: surgieron desavenencias: hu- 
bo algún escándalo, y concluyeron por separarse. 
D. Jaime, aunque disfrutaba de las preeminen- 
cias y honores que correspondían á su elevada 
posición, no hacía, sin embargo, un papel muy 
airoso: sobre su frente pesaba un estigma fatal, 
que le había hecho padecer mucho hasta que se 
fué acostumbrando. De esta herida, que dado el 
temperamento de su esposa, no tenía tiempo á 
cicatrizarse, vengábase lindamente despellejando 
á la aristocracia de Madrid, arrojando puñados 
de lodo que llegaban á salpicar á las más altas 
personas. Pasaba el duque de Tornos por una de 
las lenguas más aguzadas y temibles de la ca- 
pital. 

Venturita tuvo ocasión pronto de conocer su 
temple y su filo. En cuanto el magnate adquirió 
con ella alguna confianza y penetró con su larga 
experiencia, más que con su ingenio, el carácter 
que tenía, principió á dejarse resbalar un tan- 
to en las conversaciones , como si el desenfado 
para tratar los asuntos escabrosos fuese una prue- 
ba de «buen tono.» Habló con gran naturalidad 
y como cosa corriente, de las relaciones ilícitas 



194 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que sostenían la mayoría de las damas aristocrá- 
ticas de Madrid. «La duquesa de Tal, ahora está 
enredada con el hijo del banquero Fulano. La 
marquesa de Cual, se fugó á Bruselas con el se- 
cretario de la embajada de Rusia. A esta señora, 
le gustaban ios toreros; á aquélla, la habían sor- 
prendido con el lacayo. La condesa de Tal, se 
gloriaba de tener tres amantes á un tiempo: la 
baronesa Fulana, iba con el suyo en carruaje, 
mientras el marido guiaba afanoso los caballos.» 
No quedaba dama de la corte, á quien no le arran- 
cara una tirita de pellejo: no perdonaba siquiera 
á su esposa. Una vez concluyó por decir sonrien- 
do cínicamente: — «Y por último, si se quiere sa- 
ber lo que es la aristocracia de Madrid, ahí está la 
duquesa de Tornos, que es un buen resumen de 
todos sus vicios.» 

Ventura quedó aterrada. Sabía vagamente los 
motivos de rencor que el duque tenía contra su 
esposa; pero no creía posible que un marido pu- 
diese hablar de aquel modo de su mujer en ningu- 
na circunstancia. No obstante, se hallaba tan fas- 
cinada por la grandeza del personaje, que pronto 
vino á figurarse que aquellas formas, aquel cinis- 
mo, eran la expresión de la moda y el «buen 
tono.» Luego vinieron las anédoctas picantes. El 
duque contaba con su voz cascada y aquella son- 
risa de hastío y superioridad que no se le caía 
de los labios casi nunca, multitud de aventuras 



EL CUARTO PODER 



195 



galantes, devaneos y obscenidades que hacía pa- 
sar, diciendo previamente: — «Usted ya está ca- 
sada y se le pueden contar ciertas cosas.» En 
pocos días desplegó como en un gran telón ante 
los ojos pasmados de la joven, el mundo cor- 
tesano que tanto ansiaba ella conocer, la vida 
íntima, secreta, de aquellos jóvenes pálidos, de 
bigotes retorcidos, que veía pasar en la Castella- 
na guiando lujosos trenes, de aquellas lindas y 
orgullosas damas, que ostentaban en su carruaje 
timbre ducal y apenas se dignaban dejar caer so- 
bre ella una mirada indiferente y desdeñosa. Fin- 
giendo nada más que complaciente atención, 
Ventura recogía ávidamente aquellos pormeno- 
res mundanos, y luego los repasaba con febril ac- 
tividad en su imaginación inquieta, donde siem- 
pre habían germinado vagos deseos de brillo, ca- 
prichos fantásticos, aspiraciones imposibles. El 
duque de Tornos, sin propósito de ello, sólo por 
el placer de dar rienda suelta á su lengua de hom- 
bre gastado y herido, corrompió más en pocos 
días el alma de la joven esposa que todas cuan- 
tas novelas había leído. Al fin y al cabo lo que 
las novelas decían, era mentira, mientras las anéc- 
dotas del duque acababan de efectuarse, los per- 
sonajes que en ellas habían intervenido vivían y 
eran conocidos de todo el mundo; en fin, todo 
aquello estaba sangrando, como se dice vulgar- 
mente. 



ig6 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



El magnate, de alma corrompida y cuerpo 
gastado, y la bella provinciana, ansiosa de volar 
á esferas más altas, habían nacido sin duda para 
comprenderse; se atrajeron por afinidad electiva 
como muchos cuerpos de la naturaleza. Ventu- 
rita agotaba todos los recursos de su imagina- 
ción en el tocador, y se presentaba cada día más 
seductora: cuando el duque, levantando un instan- 
te los párpados para mirarla, hacía una ligera 
señal de aprobación, el gozo le subía en forma 
de carmín á las mejillas; en aquel momento des- 
preciaba de buena fe, con todas las veras de su 
alma, al mundo cursi en que la suerte la había 
hecho nacer y vivir. Aunque no abusaba, sabía 
usar perfectamente de la intimidad que el egre- 
gio huésped la concedía, autorizándose con él al- 
guna bromita de buen género, que hacía, no obs- 
tante, estremecerse de susto áD. Rosendo: cono- 
cía que era la preferida y comenzaba á coquetear. 
El duque por su parte, afectando indiferencia ab- 
soluta por todas las cosas terrenales y celestiales, 
se preocupaba muchísimo de los jaqitettes, levitas, 
camisolas, corbatas y, en general, por todo lo re- 
ferente á la indumentaria. La variedad de pren- 
das con que se presentaba, y lo original y aun 
estrambótico de algunas de ellas, llamaba pode- 
rosamente la atención del pueblo y deslumhraba 
á Venturita. En realidad, si ella se vestía para 
el duque, éste se vestía también para ella. 



EL CUARTO PODER 



197 



Vagamente primero, con más precisión des- 
pués, la hija menor de D. Rosendo pensaba que 
la amistad del magnate podía aprovecharse, no 
sólo para aumentar la influencia política de su 
padre en la población, sino también para dar 
lustre y brillo á la familia. Por ejemplo, una gran 
cruz... Los que la lograban tenían tratamiento 
de Excelencia: si su padre fuese un Excelentísi- 
mo Señor, perdería aquel carácter de comer- 
ciante en bacalao, que á ella le crispaba. ¿Y por 
qué no se la habían de dar? A un personaje de 
tal magnitud como el duque no le costaba mu- 
cho trabajo conseguirla. Hasta había oido decir 
que con dinero é influencia no era difícil llegar á 
poseer un título de conde ó marqués... ¡Un título! 
Venturita, sin considerar que tenía un hermano 
y una hermana de más edad, se estremecía de- 
liciosamente pensando que algún día pudiera ser 
«la señora marquesa» ó «la señora condesa.» 
Pero aquel marido que tenía era ¡tan oscuro! ¡tan 
enemigo de mezclarse en política, ni darse im- 
portancia! ¡Oh, si ella fuese la que llevara los 
pantalones, ya se vería hasta dónde llegaba! 

En poco tiempo su amistad y su influencia con 
el duque crecieron de tal modo, que pudieron ser 
notadas, no sólo de los habitantes de la casa, sino 
también de muchas personas de fuera. D. Jaime 
la iba á esperar al baño muchos días y la acompa- 
ñaba hasta casa atravesando la villa por el me- 



I98 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dio, excitando poderosamente la curiosidad pú- 
blica. La joven se moría de placer deslumhran- 
do de este modo, haciendo padecer á sus envi- 
diosas conocidas. Porque el duque no se ocultaba 
para prodigarle mil atenciones galantes, ni ella 
para ostentar un grado de confianza con él, su- 
perior al de los demás de la familia. Gonzalo ha- 
bía observado, con secreto disgusto, aquella inti- 
midad: el duque «le había caído antipático» y 
notaba perfectamente que había reciprocidad en 
este sentimiento, por más que el personaje, como 
hombre de mundo, guardase frente á él una ac- 
titud cortés y hasta benévola, donde sólo un es- 
píritu observador ó un hombre de corazón y de 
instinto como Gonzalo podían traslucir la hosti- 
lidad. Sin embargo, á medida que la amistad y 
confianza con su esposa crecían, la antipatía del 
duque parecía desvanecerse; sus atenciones con el 
esposo eran cada vez mayores, y en apariencia, 
más sinceras. Como supiese que Gonzalo era ex- 
cesivamente aficionado á la caza, le hizo el ob- 
sequio de una magnífica escopeta que á él le ha- 
bía regalado el Czar de Rusia. El joven quedó 
agradecidísimo, y álgo se borró con esta prueba 
de aprecio su antipatía. Después, el magnate le 
invitó varias veces á salir de caza, y en estas ex- 
cursiones también se operó un deshielo evidente 
de sus sentimientos hostiles. Pero desgraciada- 
mente, vino un suceso casual á recrudecerlos. Un 



EL CUARTO PODER 



199 



día, por hallarse Gonzalo en Lancia con una co- 
misión de su suegro, salió el duque á matar lie- 
bres acompañado solamente de D. Feliciano y de 
Sanjurjo, el notario: los perros que llevaba eran 
los de casa. Pues sucedió que el que más estima- 
ba Gonzalo se portó inicuamente en la caza, tal 
vez por no asistir á ella su amo: era un galgo 
finísimo que había encargado á Inglaterra y le 
había costado una cantidad exorbitante. La falta 
que cometió fué de las más graves que un indi- 
viduo puede cometer en el uso de sus funciones; 
nada menos hizo que después de cobrar una lie- 
bre, cuando el duque corría hacia él para quitár- 
sela de la boca, soltarla de pronto en el suelo. 
El inocente animal, que sólo estaba herido en una 
pierna, corrió á esconderse en 1a maleza. Tal 
fué la indignación del magnate que, montando la 
escopeta, hizo fuego sobre el perro; mas éste, 
viendo la actitud agresiva del cazador, se había 
alejado rápidamente y no le tocó un solo perdi- 
gón. El duque, encolerizado, furioso, le siguió 
para matarle, pero no logró darle alcance: el cul- 
pable se huyó del cazadero, y nadie le vio más 
aquella tarde. Cuando el magnate dió la vuelta 
á casa le dijeron que había llegado á ella el pe- 
rro. D. Jaime, en quien todavía persistíala cóle- 
ra, dijo al criado: 

—Coge ese perro, sácalo al campo, y pégale 
un tiro. 



200 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



El servidor se inmutó; permaneció unos ins- 
tantes suspenso; pero ante la mirada fija, impe- 
riosa del duque, bajó la cabeza y se dispuso á 
cumplimentar la orden. Llamó al perro, le ató 
con una cadena, y tomando la carabina, salió de 
casa. ¡Qué ajeno iba el pobre animal de que le 
llevaban al suplicio! Brincaba con alegría, se re- 
torcía, ladraba acariciando con la mirada al fiel 
servidor, el cual sentía que las lágrimas asoma- 
ban á sus ojos, maldiciendo del huésped y de la 
hora en que había llegado, pues era mucho lo que 
amaba á aquel hermoso animal. — ¡Santo Cristo, 
qué va á decir el señorito Gonzalo cuando llegue, 
y sepa que le han matado el Polión! 

Justamente, al pensar esto, asomaba Gonzalo 
por la esquina de la misma calle. Acababa de 
llegar de Lancia en la diligencia, y se dirigía á 
casa. Al tropezar con el criado, le preguntó sor- 
prendido: 

— ¿A dónde vas, Ramón? 

El servidor acortado, temeroso, después de va- 
cilar unos instantes, le contestó: 

— A matar el perro. 

La estupefacción del joven fué tan grande, que 
pareció quedar petrificado. 
— ¡A matar el perro! 

— Sí señor: el señor duque me dió esa orden, 
porque soltó una liebre después de cobrarla. 
Gonzalo se puso lívido. 



EL CUARTO PODER 



201 



— ¡Y qué tiene que mandar ese sinvergüen- 
za!... — rugió sin poder proferir más palabras, 
arrebatando al mismo tiempo la cadena de ma- 
nos de Ramón, con tal fuerza, que le hizo tam- 
balearse. Y se dirigió á paso largo hacia casa, 
arrastrando al perro, dispuesto á interpelar al 
duque de un modo violento. Mas antes de llegar, 
tuvo tiempo á reflexionar que su posición era 
muy delicada: reñir con el huésped por cosa tan 
baladí, á los ojos de todo el mundo, por más que 
á los suyos no lo fuese, pasaría seguramente por 
el colmo de la grosería. Contentóse al fin con 
mandar al Polión á la perrera, y saludar al mag- 
nate con un poco de frialdad. 

La antipatía, sofocada un instante, volvió á 
despertar con más fuerza. La amistad, las aten- 
ciones del duque con su esposa, comenzaron, 
no ya á chocarle como antes , sino á herirle. 
Aunque no se le pasaba por la imaginación que 
tuviesen más carácter que el de finezas ó galan- 
terías usadas en la alta sociedad, pues la edad 
del procer y la de su esposa parecía alejar todo 
motivo de celos, no obstante, «aquellas mojigan- 
gas iban picando ya en historia.» Un día, hallán- 
dose á solas con Cecilia, le preguntó de pronto 
bruscamente: 

— Vamos á ver, Cecilia, ¿á tí qué te parece de 
la intimidad que va adquiriendo mi mujer con el 
duque? 



202 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

La joven quedó sorprendida. 

— ¿Qué me ha de parecer? — le contestó mirán- 
dole con sus grandes ojos serenos. — Que por lo 
visto Ventura le ha sido más simpática que los 
demás de casa. 

— Pero esa preferencia, ¿no te parece que va 
siendo ridicula para mí? 

— ¿Por qué? 

— Porque sí... porque lo es — replicó con ener- 
gía. 

Después de unos instantes de silencio, añadió 
con gravedad: 

— Tú, Cecilia, no sabes aún lo fácilmente que 
queda un marido en ridículo cuando tiene una 
mujer tan frivola, tan imprudente como Ventura. 

— ¡Gonzalo! 

— Tan imprudente, ¡sí!... ¿Pero tú no observas 
qué afán tiene de hablar aparte con él, el placer 
que experimenta cuando todo el mundo la ve col- 
gada de su brazo?... No me digas nada... ya sé, 
ya sé que es pura vanidad. Toda su vida ha tenido 
el mismo carácter orgulloso y fantástico. Aunque 
no quieras convenir en ello, bien lo sabes. Pero 
aquí su vanidad puede traer consecuencias muy 
desagradables para mí... y para todos. Bueno 
que cada día se ponga un traje distinto, pensan- 
do que el duque se va á fijar en ellos; pase que 
se recorte las uñas en triángulo, y se dé colore- 
te, y se descote, y hable de los cuadróle Meis- 



EL CUARTO PODER 



203 



sonier, sin haberlos visto, y haga otra porción 
de cursilerías por el estilo. Pero, querida mía, 
esas sonrisitas delante de gente, esos apartes, 
no son tolerables, y si esto dura algunos días 
más, me parece que voy á restablecer el orden 
de un modo que ella no puede sospechar siquiera. 

Cecilia procuró calmarle. Si él mismo conve- 
nía en que todo ello dependía del carácter nove- 
lero de Venturita, ¿á qué exaltarse de aquel mo- 
do? Los celos eran ridículos: nadie en el mun- 
do podría, suponer que Venturita fuese á conside- 
rar al duque sino como lo que era, un hombre 
casado, un viejo que podía muy bien ser su 
abuelo. 

— No, si no tengo celos — decía avergonzado 
el joven. 

— Sí los tienes, Gonzalo. Aunque no te des 
cuenta de ellos, los tienes... Ese furor, esa exal- 
tación, ¿qué son en el fondo más que celos?,.. Y 
mira, chico, perdóname que te diga que es ha- 
certe muy poco favor, y hacerle menos aún á 
tu mujer. Si se te ha pasado por la imaginación 
que Ventura puede preferir un trasto como ese 
á un marido como tú, la supones con bien poco 
gusto. 

Al decir esto se ruborizó. Gonzalo agradeció 
el piropo con una sonrisa, sin darse por ven- 
cido. El instinto, que- en él era poderoso, más 
que la inteligencia, le decía que sí, que era posi- 



204 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ble aquella aberración. Sin embargo, no quiso 
discutir, porque le humillaba defender tal supues- 
to, aunque fuese delante de su cuñada. 

Deseaba advertir á su esposa que le disgusta- 
ban las conferencias con el duque, sus apartes, 
sus muecas y sonrisas que iban ya tomando ca- 
rácter de verdaderas coqueterías; pero conocía 
por experiencia á Venturita, y se temía á sí mis- 
mo. Cualquier frase punzante de las que ella 
usaba á menudo, cualquier burla inoportuna en 
aquella circunstancia, podía dispararle, y él no 
sabía á dónde iba á parar cuando se disparaba. 

Así estaban las cosas, cuando al día siguiente 
de aquella conversación con Cecilia, fué á dar 
una vuelta por la mañana al Saloncillo, según 
costumbre. Hojeando los periódicos que había so- 
bre el velador del centro, cayó en sus manos el 
último número de El Joven Sarriense. Casi nunca 
lo leía: por más que estuviese apartado de la lu- 
cha feroz de los bandos, odiaba á los del Cama- 
rote; luego temía encontrarse con injurias á su 
suegro, que le excitaban la cólera. Pero esta vez 
paseó la vista con indiferencia por él, y la detuvo 
para leer unos versos de Periquito á un grano de 
cierta dama, que le hicieron reir á carcajadas. 
Debajo de estos versos había una gacetilla que 
llevaba por título: Un marido como hay pocos. Co- 
menzó á leerla sin gana. 

«Viajando un mandarín de la China, llega á 



EL CUARTO PODER 



205 



alojarse en la casa de cierto chino plebeyo que 
pone á su disposición las mejores habitaciones y 
compra los pescados más caros del mercado para 
obsequiarle. Este chino tenía una mujer muy her- 
mosa, que desde luego llamó la atención del viejo 
mandarín (porque era viejo). El mandarín no mi- 
ra para los muebles que el chino le presenta con 
orgullo, no repara en los lujosos tapices, ni en 
los pescados suculentos; mira tan sólo á la espo- 
sa del chino. Este le va llevando á casa todos sus 
amigos, que se deshacen en cortesías y genu- 
flexiones, le abruman á sonrisas y lisonjas. Pero 
el mandarín, apenas se digna dirigirles la pala- 
bra; toda su saliva la gasta con la esposa del 
chino. Le hace ver la población, los monumen- 
tos más notables, los contornos pintorescos: na- 
da; el mandarín no tiene ojos más que para la 
china. Invítale á grandes y magníficas cacerías, 
condúcele en rauda balandra por el mar azul y 
tranquilo para que pesque plateados y sabrosos 
peces. Mas el mandarín medita cuando echa los 
anzuelos al agua, que es mil veces preferible pes- 
car á la linda consorte de su huésped. Y mientras 
todos en la casa y fuera de ella, observan la me- 
lancolía del mandarín y adivinan sus deseos, sólo 
el marido permanece sosegado, ignorante, per- 
sistiendo siempre en alegrarle con opíparos ban- 
quetes y regocijadas fiestas. Hasta que un amigo 
le dice al oído: — «¿No ves, papanatas, que lo que 



206 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

: 

tu huésped quiere no son banquetes, ni pescas, 
ni cacerías, sino á tu hermosa mujer?» Entonces 
el chino, despertando de pronto de su ignorancia, 
toma á su mujer de la mano, se dirige con ella al 
mandarín, y le dice: — «Perdóname señor, yo no 
veía tu tristeza, yo no adivinaba tus deseos. Aquí 
tienes á mi esposa. Si antes supiera que la ape- 
tecías, antes te la hubiera ofrecido, ¡oh mandarín 
excelso!» 

Gonzalo terminó de leer la gacetilla con indi- 
ferencia. De pronto, cayó como un rayo sobre su 
mente la idea de que en aquel cuentecillo se alu- 
día á él. Una ola de sangre subió á su rostro, y 
se lo encendió como una brasa. Echó una rápida 
mirada de vergüenza en torno. Estaba solo. Con 
las manos convulsas, tomó de nuevo el periódico 
que había dejado caer, y leyó la gacetilla por 
segunda vez, por tercera, por cuarta... Cuanto 
más la leía, más penetraba en su cerebro, más se 
aferraba á su espíritu la funesta sospecha. Y sin- 
tió un frío extraño que le invadía todo el cuerpo 
menos la cabeza. La primera idea que le acome- 
tió después, fué esta: — «Voy ahora mismo á la re- 
dacción del Joven, y hago pedazos á cuantos en- 
cuentre dentro.» Se puso el sombrero que se ha- 
bía quitado, y salió de la estancia; pero al llegar 
á la escalera, se le ocurrió otro pensamiento; el 
del gran escándalo, la campanada que iba á dar 
en la villa: iba á confesarse burlado ante la pobla- 



EL CUARTO PODER 



207 



ción entera: sus enemigos, ó por mejor decir, 
los de su suegro, ¡con qué placer le hincarían los 
dientes! Subió de nuevo las escaleras y entró en 
el Saloncillo para reflexionar un momento. Des- 
pués de dar unas cuantas vueltas, con la mirada 
estática, sin saber él mismo si andaba ó perma- 
necía inmóvil, revocó su acuerdo. Tomó de la me- 
sa el periódico, lo dobló pausadamente, y lo guar- 
dó en el bolsillo: luego bajó la escalera de caracol 
y se dirigió á su casa, el rostro blanco, el paso 
lento, la mirada fija. El exceso de ira y la con- 
fianza en su fuerza, le habían devuelto la calma. 

— ¿Está la señorita en su cuarto? — preguntó al 
criado que salió á abrirle la puerta. 

— Me parece que sí señor: preguntaré á la don- 
cella. 

— No, no preguntes nada; voy allá yo. 

Y enderezó los pasos hacia el gabinete que le- 
servía de habitación, desde que el duque ocupa- 
ba el piso segundo. Al pasar por delante del co- 
rredor, no reparó en Doña Paula, que estaba cer- 
ca de la puerta, y se inmutó al ver la exprejón 
extraña de su fisonomía. 

Venturita estaba delante del espejo. Al ver á 
su marido, sin volver la cabeza le preguntó: 

— Hola: creí que habías salido ya. ¿Qué traes 
de nuevo? 

Gonzalo sacó del bolsillo el periódico, lo des- 
dobló lentamente, y se lo presentó diciendo: 



208 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Esto. 

— ¿Y qué es esto? — preguntó la joven con sor- 
presa. 

— Un periódico. 

— Ya lo veo... ¿Y qué? 

— Trae una gacetilla muy interesante. Léela. 
Aquí, en la tercera plana, debajo de estos versos. 

En el gabinete había aún tres ó cuatro tiestos 
con plantas de las que habían servido para el re- 
trato. Este, fijo ya en un gran marco dorado, es- 
taba arrimado á la pared, esperando la hora de 
ser colgado en el salón. Los ojos de Gonzalo, al 
tropezar con él, se habían oscurecido todavía 
más, y eso que la imagen de su esposa, más ru- 
bia que un canario y más colorada que una rosa 
de Alejandría, miraba al cielo con una expresión 
mística que jamás él la conociera. El duque ha- 
blaba de enviar el retrato al Salón de París. 

Mientras Ventura leyó la gacetilla, no le quitó 
ojo, escrutando con anhelo inconcebible los ras- 
gos de su fisonomía. Pero ésta permanecía inal- 
terable. Sólo al terminar y ofrecerle de nuevo el 
periódico, la encontró ligeramente pálida. 

— ¿Por qué me mandas leer esto?... No en- 
tiendo... 

— Voy á explicártelo— repuso Gonzalo con 
acento de ira concentrada, recalcando mucho las 
sílabas. — Te he mandado leer esto, porque el 
mandarín de que aquí se trata, es el duque de Tor- 



EL CUARTO PODER 



209 



nos, la china eres tú, y el chino yo... ¿Lo entien- 
des ahora? 

Al decir esto, la miraba con extraña y terrible 
fijeza, apretando con mano crispada una rama de 
la planta que tenía á su lado. 

Ventura recibió aquella mirada sin pestañear, 
con sorpresa más que con susto; vaciló un instan- 
te, moviendo un poco los labios para contestar; 
por último soltó una gran carcajada. 

—¡Ave María, qué barbaridad! 

— Seamos serios, Ventura — replicó el joven. — 
Esto que excita tu risa, es una cosa gravísima 
que puede decidir de tu felicidad y de la mía... 

Ventura dio por toda contestación otra carca- 
jada, y después otra. Parecía desternillarse de ri- 
sa: mas aquellas carcajadas no salían de adentro; 
Gonzalo notaba su afectación perfectamente. 

— ¡Cuidado, Ventura, cuidado! — exclamó con 
el rostro demudado. — ¡Mira que estoy hablando 
en serio! 

— ¡Pero hombre! ¡ja, ja!... ¿Quieres que no 
me ría, si me dices ¡ja, ja, ja! que tú eres un chi- 
no y yo una china? ¡ja, ja, ja! 

Sus carcajadas eran cada vez más sonoras y 
más fingidas. 

— Hace ya bastantes días — profirió el joven, 
después de una pausa, con acento sombrío — que 
debiera haber puesto las cosas en orden... Esa 
intimidad infundada, inconveniente, estúpida, 



210 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



que haces alarde, delante de gente, de tener con 
el duque, me cargaba ya hasta los pelos... Pero 
no quería dar mi brazo á torcer. Siempre pare- 
cen ridículos los hombres celosos... Ahora bien, 
¡mira, mira lo que me pasa por ser demasiado 
prudente! 

Al decir esto, arrancó la rama que estaba apre- 
tando, y la hizo una pelota dentro de la mano. 

— ¿Pero estás celoso de veras? — le preguntó 
ella, con acento entre burlón y cariñoso. 

— Si lo estuviese, me callaría, Ventura... me 
callaría y observaría... y si los celos fuesen fun- 
dados, he aprendido lo que se debe hacer antes 
que el cura me leyese la epístola de San Pablo... 
Pero aquí no se trata de celos: ni la edad, ni la 
posición del duque permiten bien que los haya, 
ni yo te hago la ofensa de suponer que le prefie- 
ras á mí. Lo que hay, es el ridículo que ha caído 
sobre mí por tus imprudencias. ¿Tú no ves, des- 
dichada, que el público nos observa, que tenemos 
muchísimos enemigos, y que éstos se han de apro- 
vechar del más mínimo pretexto para zaherirnos? 

— Bien, confiesas que esto no es más que un 
pretexto para mortificarte — dijo la joven ponién- 
dose seria. 

— Sí, pero fundado en lo que tú has hecho 
arrastrada de esa vanidad necia, que en vano he 

qne-ido arrancarte del alma. 

— Entendámonos, Gonzalo. ¿Qué es lo que 



EL CUARTO PODER 



211 



yo he hecho? — profirió ella con voz irritada. 

El joven guardó silencio mirándola fijamente. 
Después de unos instantes dijo-con lentitud: 

— Demasiado lo sabes. El repetirlo, me hu- 
milla. 

Hubo otro rato de silencio. Ventura preguntó 
al fin con impaciencia: 

— En resumidas cuentas, ¿qué quieres? 

— Voy á decírtelo — contestó el joven, repri- 
miéndose con trabajo. — Quiero que cese esa in- 
timidad ofensiva para mí, comoacabasde ver. Quie- 
ro no pensar más en el duque de Tornos, ni ver 
su sonrisa protectora, ni sus modales de conquista- 
dor aburrido. Quiero^-volver á la calma que to- 
dos disfrutábamos antes de su llegada. Y como 
lo quiero á toda costa, estoy dispuesto á conse- 
guirlo á toda costa... 

Calló un instante y luego añadió con fuerza, 
con más fuerza de la necesaria: 

— Hoy mismo, saldrá el duque de esta casa. 

Ventura le miró con estupor; se puso repenti- 
namente lívida, y con los labios temblorosos por 
la ira, exclamó: 

— ¿Qué estás diciendo ahí? ¿Será necesario lle- 
varte áLeganés?... Vamos, vamos— añadió con 
acento despreciativo, — hazme el favor de dejar- 
me en paz. Vé á refrescarte, porque lo nece- 
sitas. 

La faz de Gonzalo, se contrajo violentamen- 



212 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



te, su boca se abrió con una expresión de feroz 
sarcasmo, llamearon sus ojos. 

— ¡Ah! — rugió más que dijo. — Conque la amis- 
tad de ese cornudo (porque es un cornudo ¿sabes? 
toda España está enterada.) ¡Conque la amistad 
de ese cornudo, te interesa más que la felicidad 
de tu marido! ¡Conque te figuras que yo por no 
ser duque y grande de España, no sé hacer res- 
petar mi honor! ¡Ahora verás! ¡ahora verás!... 
Mira por lo pronto lo que yo respeto á ese cor- 
nudo... 

Y al decir esto, dió un puntapié al retrato,, que 
cayó al suelo con estrépito. En seguida se puso á 
brincar sobre él, los dientes apretados, los ojos in- 
yectos en sangre, con una de esas cóleras frago- 
sas de los hombres fuertes y pacíficos. La tela 
quedó al instante hecha pedazos. Ventura, ente- 
ramente demudada, vomitó, más que dijo, con 
la osadía inconcebible de la mujer adorada: 

— ¡Bruto! ¡bruto! 

La entonación de esta injuria era tan feroz, tan 
rabiosa, que Gonzalo levantó la cabeza como si 
le hubiesen clavado un hierro candente, y saltan- 
do sobre ella, la agarró por un brazo. La joven 
lanzó un grito penetrante de angustia: la mano 
de su esposo, era una tenaza de acero que iba á 
triturarle el hueso. 

— ¡Perdónala, Gonzalo, perdónala! — entró gri- 
tando en aquel instante Doña Paula. 



EL CUARTO PODER 



213 



El indignado joven volvió la cabeza, sin soltar 
á su esposa. Al ver á su madre política, en cuyo 
rostro la enfermedad había hecho crueles estra- 
gos, contraído ahora por el terror, con los ojos 
suplicantes, las manos plegadas hacia él con 
mortal congoja, aflojó la suya y la dejó caer 
sobre el muslo. 

No tuvo tiempo á decir nada. Doña Paula, sin 
mirar á Ventura, le cogió de la ropa diciéndole: 

— Ven, hijo mío, ven: yo arreglaré este asun- 
to, y te volveré la calma. 

Y Gonzalo se dejó arrastrar como un autómata, 
lleno de confusión. 

Al llegar á su cuarto, la buena señora cerró la 
puerta. 

— Lo he oido todo — le dijo, clavando en él 
aquellos grandes ojos negros y tristes como los 
de una Dolorosa, único resto de su antigua belle- 
za. — Te vi cruzar por el pasillo con una cara tan 
extraña, que no pude menos de seguirte... No sé 
lo que dice ese periódico que has dado á Ventu- 
ra, pero debe de ser algo muy feo y repug- 
nante... 

— ¡La injuria mayor que se puede hacer á un 
hombre! — profirió Gonzalo con la garganta apre- 
tada. 

— ¡Qué infames! ¡Insultarte á tí que jamás les 
has hecho daño alguno! Tienes razón, la culpa es 
de Ventura: sus ligerezas, el gusanillo que tiene 



214 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



metido en la cabeza, ha dado lugar á este disgus- 
to, como á todos los otros más pequeños, que 
hasta ahora habéis tenido. Pero no vayas á figu- 
rarte que hace estas cosas por maldad... Ventu- 
ra es una loca, una taravilla; pero en el fondo no 
es mala. Con el tiempo se irá corrigiendo. Yo 
también he tenido mi cacho de orgullo y he go- 
zado con ciertas tonterías que hoy me avergüen- 
zan. ¡Oh, los años, las tristezas, las enfermeda- 
des, le van arrancando á una todas las ilusio- 
nes!... Loque importa ahora, es evitar á todo 
trance mayores disgustos. Hace tiempo que ven- 
go notando las atenciones del duque con Ventu- 
rita y la intimidad que ha nacido entre ellos. Sé 
amenté que esta intimidad no tiene impor- 
tancia alguna; estoy enteramente segura de mi 
hija, como tú debes estarlo; pero comprendo 
muy bien que la conducta de ese señor te moles- 
te... Sobre todo, desde que un periódico se ha 
aprovechado de ella para injuriarte, las cosas no 
pueden continuar así; es necesario tomar una re- 
solución... 

— Ya está tomada — dijo sordamente Gonzalo. 
— Hoy mismo despido al duque de esta casa. 

— No, tú no puedes ni debes hacerlo; tienes el 
genio violento; habría una escena escandalosa 
que es necesario evitar. 

— ¡Pues es lo que yo quiero precisamente! ¡esa 
escena! 



EL CUARTO PODER 



215 



— No seas niño, Gonzalo — repuso la señora. 
— El arreglo de este asunto me corresponde á 
mí, ya que Rosendo, fuera de su política, ni ve, 
ni entiende, ni oye. Un escándalo ahora, te pon- 
dría en ridículo... 

— ¡Pues aunque así sea! — exclamó el joven con 
rabia. — Quiero tener el gusto de arrojarle de casa. 

— Me obligas á decirte, Gonzalo — replicó Doña 
Paula con impaciencia y autoridad, — que no 
tienes ningún derecho á hacerlo. Ni tú le has in- 
vitado, ni eres el dueño de la casa... 

El joven se puso colorado. Observando su con- 
fusión, la señora añadió con acento cariñoso: 

— Tú eres un hijo nuestro, y los hijos no de- 
ben intervenir en estos asuntos, que correspon- 
den á los padres. Nosotros tenemos el deber de 
velar por vuestra felicidad, sacrificarnos por ella. 
Yo haré que el duque salga de esta casa, sin es- 
cándalo, sin que se entere nadie del motivo, sin 
exponerte á cometer una bajeza, de la cual te 
arrepentirías... No creas que lo hago por él, á 
quien detesto... Desde que llegó me ha sido pro- 
fundamente repulsivo ese hombre. ¡Ahora que 
veo lo que ha traído á nuestra casa, figúrate có- 
mo le querré! Lo hago únicamente por tí, á quien 
quiero, no diré más que á mi hija, porque los hi- 
jos... ¡Oh, los hijos!... Tú ya sabes lo que son... 
pero tanto, por lo menos... y á quien estimo mu- 
cho más... 



2l6 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Gonzalo, enternecido, se dejó caer en una silla 
y comenzó á sollozar como un niño, con el ros- 
tro entre las manos. La buena señora le puso la 
suya, pálida y descarnada, sobre la cabeza, di- 
ciendo con lágrimas también en los ojos: 

— ¡Pobre hijo mío! Aguárdame un instante: 
voy á decir á ese señor lo que hace al caso. 

Subió la señora de Belinchón la escalera de 
caracol que conducía al piso segundo. Arriba 
tropezó con el ayuda de cámara de su huésped. 

— ¿Qué hace el señor duque? — le preguntó. 

— Está pintando— respondió el criado mirando 
con sorpresa y curiosidad los ojos llorosos de 
Doña Paula. 

— Dile que deseo hablar con él. 

Mientras el doméstico fué á avisar á su señor, 
Doña Paula creyó que las fuerzas iban á faltarle; 
comenzó á sentir los síntomas primeros de una 
de aquellas sofocaciones que de vez en cuando le 
daban; pero la firme voluntad de devolver la 
calma á sus hijos venció á la enfermedad en tal 
instante. Encomendóse devotamente á la Virgen 
de las Mercedes, y penetró con resolución en el 
gabinete-estudio de D. Jaime. 

El cual, vestido medio á lo oriental con un 
traje estrambótico que usaba por las mañanas 
dentro de casa, salió á recibirla teniendo aún en 
las manos el pincel y la paleta. 

— Señora — dijo inclinándose respetuosamente, 



EL CUARTO PODER 



217 



quitando el gorro turco con borla de oro que le 
cubría la calva, — mucho siento que V. se haya 
molestado en subir. Bastaba un aviso para que 
yo me hubiera apresurado á ir á ponerme á sus 
órdenes. 

Doña Paula contestó con un gesto de gracias, 
llevándose la mano al corazón que le saltaba den- 
tro del pecho como un potro desbocado. 

El duque la examinó con sorpresa. 

— Siéntese V., señora — la dijo, depositando la 
paleta y el pincel sobre una silla. 

Sentóse, en efecto, en una butaca. D. Jaime 
permaneció en pie. 

— Hay que cerrar la puerta — dijo ella tratan- 
do de levantarse nuevamente. Pero el caballero 
se apresuró á hacerlo; después vino á colocarse 
frente á la dama, cuadrando los piés en actitud 
exageradamente respetuosa, esperando á que ella 
hablase. 

Tardó aún algunos momentos. Al fin, elevan- 
do hacia él sus ojos doloridos, dijo: 

— Señor duque, V. nos ha honrado mucho vi- 
niendo á esta casa. Nunca le agradeceremos bas- 
tante esta prueba de estimación que nos ha con- 
cedido... 

El duque se inclinó, levantando al mismo tiem- 
po los pesados párpados para dirigir á su inter- 
locutora una mirada, donde se traslucía la in- 
quietud y la curiosidad. 



2l8 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿Por qué no se sienta V? — preguntóle Doña 
Paula interrumpiendo su discurso. 

— Estoy bien, señora; siga V. 

Con aquella interrupción se turbó; no supo pro- 
seguir en algunos segundos. Al cabo murmuró: 

— ¡Es una desgracia!... No sabe V., señor du- 
que, lo que está pasando por mí en este momen- 
to. ¡Quisiera morirme! 

Y las lágrimas acudieron á sus ojos: sacó el 
pañuelo, y ocultó el rostro con él. 

El duque, cada vez más inquieto, la dijo: 

— Serénese V., señora. Soy un verdadero ami- 
go de V. y de Belinchón. Cualquiera que sea el 
disgusto que V. tenga, yo lo comparto como si 
fuese mío también, y estoy dispuesto á hacer to- 
do lo que esté de mi parte para calmarlo. 

— Muchas gracias... muchas gracias — murmu- 
ró la señora sin separar el pañuelo de los ojos. 
Al cabo de un rato de silencio, dijo con voz tem- 
blorosa: 

— Puede V. hacerme un favor muy grande... 
Un favor que le agradecería mientras tuviese un 
soplo de vida... Pero no me atrevo á pedírselo... 

— Le repito que estoy á sus órdenes, y que to- 
do lo que pueda hacer en su obsequio debe V. dar- 
lo por hecho... 

— ¡Oh, no, es una atrocidad!... Señor duque, 
usted está muy lejos de sospechar que su venida 
á esta casa ha producido graves disgustos. Su 



EL CUARTO PODER 



2ig 



carácter bondadoso y llano, la simpatía que el 
genio alegre y abierto de mi hija Ventura ha 
conseguido inspirarle, ha dado lugar á habladu- 
rías en el pueblo... 

— ¡Oh! — interrumpió el duque sonriendo, para 
ocultar cierta emoción de vergüenza. 

— Sí, habladurías muy ofensivas para todos 
nosotros, pero principalmente para mi hijo polí- 
tico, á quien queremos en casa como si fuese hijo 
verdadero... No le recrimino á V. ni á ella. Creo 
que en V. no ha habido más que exceso de ama- 
bilidad, que en un pueblo remoto como éste, don- 
de todo choca y se comenta, acaso no ha debido 
usted tener... En ella ha habido la impruden- 
cia y la ligereza que siempre han sido sus defec- 
tos: es una chiquilla que tiene la voluntad vir- 
gen, como suele decirse... Si este pueblo no es- 
tuviese dividido, no hubiera esa maldita guerra 
que á todos nos mata, acaso nadie se hubiera 
fijado... Por desgracia, nuestros enemigos bus- 
can el más pequeño pretexto para mortificarnos 
y sacarnos á la vergüenza... Se ha publicado ya 
una gacetilla que hiere de un modo escandaloso 
á mi yerno... y esto no lo puedo consentir. 

Doña Paula había ido perdiendo su cortedad 
á medida que hablaba. Las últimas palabras las 
pronunció con energía. A la faz terrosa del du- 
que había acudido un poco de color. Por la ca- 
beza debieron pasarle ideas graves y tristes; pero 



220 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



en realidad no le pasó más que la siguiente: «Es- 
ta mujer me está dando una lección.» 

— Siento mucho, señora — dijo con expresión 
soberbia, — haber ocasionado á VV. un disgusto... 
Pero estoy tan acostumbrado .á que el público se 
fije en mis actos y los comente á su gusto, que 
esas habladurías y esas gacetillas de que V. aca- 
ba de hablarme, no me causan la más mínima 
molestia. Los pequeños se vengan de la superio- 
ridad de los grandes, murmurando de ellos: es 
ley eterna que no se debe contrariar. 

— Todo eso está muy bien, señor duque: á un 
personaje tan alto como V., no pueden llegar las 
murmuraciones del pueblo... Pero á nosotros es 
muy distinto; no estamos colocados en esa altu- 
ra y las malas lenguas, crea V. que nos ha- 
cen muchísimo daño... — respondió Doña Paula 
con inocencia que resultaba profundamente iró- 
nica. 

El duque algo impaciente, jugando nerviosa- 
mente con la borla de su gorro que tenía en la 
mano, replicó: 

— Repito que lo siento mucho, señora: si hu- 
biera sabido que mis inocentes atenciones con su 
hija, pudieran interpretarse tan malignamente, 
me hubiera guardado muy bien de prodigárse- 
las... En adelante procuraré ser más cauto... 
Pero, ¡Dios mío! — añadió riendo. — ¿Cómo es po- 
sible figurarse que un hombre de mis años pueda 



EL CUARTO PODER 



221 



mirar á una niña como Ventura, sino con ojos 
paternales? 

Allá en el fondo, sentíase halagado de aquella 
suposición. 

— Oh, señor duque, los hombres de la posición 
de V., no son nunca viejos. El brillo atrae mucho 
á las mujeres... Por eso no basta que V. se re- 
prima en adelante y sea prudente; es necesario 
quitar al mundo todo pretexto para murmu- 
rarnos... 

El duque se puso repentinamente pálido, vaci- 
ló unos instantes, y dijo al cabo: 

— Saliendo yo de esta casa, ¿verdad? 

— Ese era el favor que venía á pedirle — dijo 
ella sin levantar los ojos, con entonación humilde. 
1 D. Jaime se puso aún más pálido, dio una 
vuelta por la estancia arrugando con mano cris- 
pada el gorro turco, dejó escapar una risita sar- 
cástica, y volviendo á plantarse delante de Doña 
Paula, dijo con burlona arrogancia: 

— ¿De modo, señora, que me echa V. de su 
casa? 

— ¿Yo, señor duque?... ¡Qué idea!... Ló que 
yo quiero únicamente es devolver la calma á mis 
hijos, y evitar un choque... 

— ¿Qué choque?— preguntó el duque, por cuyos 
amortiguados ojos pasó un relámpago siniestro. 

Doña Paula adivinó un peligro para su yerno, 
y se apresuró á enmendar la imprudencia. 



222 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— El choque de mi hijo político con los cana- 
llas que pretenden insultarle... Mire V., señor 
duque; si toma á mal la súplica que acabo de ha- 
cerle, se equivocará mucho... Nosotros estamos 
tan honrados eon su estancia en nuestra casa, 
que nada nos ha causado tanto orgullo como esa 
preferencia... Mi marido la ha solicitado con em- 
peño, y ha recibido gran alegría cuando supo que j 
V. había aceptado su invitación... ¿Cómo puede 
nadie figurarse que yo no esté satisfecha teniendo 
en mi casa á una persona tan elevada, yo que 
soy una pobre mujer del pueblo, hija de un mari- 
nero, nieta de un sereno, á quien toda la villa 
llama la Serena, como llamaron á mi madre y á ' 
mi abuela?... Verdad que si hubiera sido hace al- 
gunos años, estaría más orgullosa:... los desen- 
gaños, las tristezas, van labrando la soberbia... 
Pero de todos modos estoy muy contenta, y sólo 
el temor á los grandes disgustos que pueden ve- 
nir á mis hijos, me han obligado á dar este pa- 
so... que V. me perdonará... 

D. Jaime dio otro paseo por la sala, se detuvo 
en el medio á meditar unos instantes, y concluyó 
por hacer un gesto de desdén con los labios, le- 
vantando al mismo tiempo los hombros. Luego 
vino hacia Doña Paula, y le preguntó: 

— ¿Su marido tiene conocimiento del paso que 
usted acaba de dar? 

— No señor... y me alegraría de que pu- 



EL CUARTO PODER 



223 



diera arreglarse todo sin que él se enterase... 

— Perfectamente. Hoy mismo quedará V. com- 
placida. 

— ¡Oh, señor duque! Mil gracias... Usted sa- 
brá perdonar... — exclamó levantándose y exten- 
diendo hacia él las manos. 

El magnate se limitó á inclinarse profunda- 
mente sin contestar. 

— Le suplico que no me guarde rencor. . . 

— Lo que acabamos de hablar quedará secre- 
to entre nosotros. Buscaremos medio de que na- 
die sospeche el motivo de mi marcha. Procure 
usted desempeñar bien su papel. Yo respondo 
del mío. 

Doña Paula salió de la estancia escoltada por 
el duque, que la despidió á la puerta con una 
exagerada y silenciosa reverencia. 

Al llegar á la escalera la angustiada señora, 
respiró con libertad. Aunque fuese á costa de 
aquellas penosas emociones, se alegraba viva- 
mente de haber arreglado el asunto sin escánda- 
lo y sin peligro. Y con pie ligero, ella que ordi- 
nariamente se arrastraba ya para andar, á causa 
de su dolencia, fué á comunicar á Gonzalo el re- 
sultado de la visita. 

Á la hora de almorzar el duque manifestó que 
había recibido carta de uno de sus hijos en que 
le noticiaba que vendría á pasar el mes de Sep- 
tiembre con él á Sarrio. Probablemente vendría 



224 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



también su hermano el marqués del Riego. Con 
este motivo expresó su resolución de tomar ha- 
bitaciones en la fonda. Al instante fué contraria- 
da con gran calor por D. Rosendo, con el apoyo 
de su esposa. Venturita se había puesto pálida, y 
miraba al duque de un modo particular. Gonza- 
lo, con los ojos bajos, el rostro sombrío, comía 
en silencio mientras se disputaba. A pesar de to- 
das las razones que D. Rosendo alegó para rete- 
nerle, haciéndole presente que la casa era capaz 
para recibir á los nuevos huéspedes, el disgusto 
que á él y toda su familia iba á ocasionarles aque- 
lla tan inopinada marcha, etc., etc., el duque se 
mostró inflexible, aunque respondía con la mis- 
ma sonrisa protectora á cuanto se le manifesta- 
ba, y repetía sin cesar frases de agradecimiento 
y amistad. 

Convencido al fin de que era inútil insistir, el 
insigne cuanto atribulado D. Rosendo, fué con 
el mismo duque y su secretario á ver las habita- 
ciones de la fonda de la Estrella, la única decen- 
te que había en la villa. Alquilaron todo el piso 
principal, y al día siguiente se trasladó el mag- 
nate, á pesar de las vivas representaciones de 
su huésped para que se quedase al menos mien- 
tras no llegasen los otros. 

Sorprendió vivamente á la población aquel 
traslado: preguntóse la causa, y aunque D. Rosen- 
do informó cumplidamente á todo el mundo de 



EL CUARTO PODER 



225 



lo que había acaecido, no pudo evitarse que que- 
dase en el espíritu del público alguna duda ó 
sospecha de que las cosas no habían pasado en- 
teramente como Belinchón las relataba. Particu- 
larmente sus enemigos recibieron gran alegría, 
y se dedicaron con afán á descifrar aquel enig- 
ma, pensando, no sin razón, que los del Sa- 
loncillo ya no podrían utilizar la fuerza del du- 
que para combatirles. En los dos meses y pico 
que éste llevaba de permanencia en Sarrio, los 
amigos de D. Rosendo habían conseguido que 
prosperase en el juzgado una denuncia contra el 
alcalde, previa la venia del gobernador de la pro- 
vincia; habían logrado «tumbar» al administra- 
dor de correos que era del Camarote, y que se 
resolviese en. favor suyo «el problema del mata- 
dero.» Los amigos de Maza, que andaban cabiz- 
bajos y abatidos, recibieron la noticia, como una 
mosca, próxima á morir en el otoño, recibe un 
tardío rayo de sol. ¡Santo Dios qué calurosos co- 
mentarios aquella noche en el Camarote! ¡Cuán- 
ta conjetura! La alegría chispeaba en todos los 
ojos: abríanse las narices olfateando la caída de 
los del Saloncillo, y su próxima y definitiva vic- 
toria. El Joven Sarriense publicó en su primer nú- 
mero la siguiente lacónica, pero endemoniada 
gacetilla: « — El lunes se ha trasladado á las ha- 
bitaciones del piso principal de la fonda de la 
Estrella, el Excelentísimo señor duque de Tornos, 



Pl 1 

226 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

conde de Buenavista, que estaba hospedado en 
casa de D. Rosendo Belinchón. Damos al egre- 
gio duque la más cumplida enhorabuena.» Este 
indigno comentario tuvo dos días enfermo al no- 
bilísimo Belinchón, pasados los cuales mandó 
sus padrinos á Maza. Pero éste contestó que 
mientras estuviese constituido en autoridad no 
podía batirse: cuando dejase de estarlo ya vería 
si le convenía cruzar las armas con «semejante 
mamarracho.» Como los padrinos contestasen en 
mal tono, les amenazó con llevarles á la cárcel, 
y hubieron de retirarse. 

El duque de Tornos siguió visitando de vez en 
cuando la casa de D. Rosendo y dejándose acom- 
pañar por éste y sus amigos siempre que salía á 
la calle. En la apariencia, la amistad entre ellos 
seguía inalterable. La poca gente imparcial que 
había en Sarrio, iba creyendo que no había mis- 
terio alguno en su traslación y que todo era 
imaginaciones ridiculas de los del Camarote, á 
quienes cegaba el deseo de vencer á sus contra- 
rios. Sin embargo, pasaban los días, había entra- 
do ya Septiembre, y ni el hijo ni el hermano del 
magnate acababan de llegar. Este había mejorado 
muchísimo de salud en Sarrio, según decía á 
cuantos se le acercaban, tanto, que hizo traer de 
Madrid coche y caballos y compró una bonita ba- 
landra para pescar. Parecía disponerse á pasar 
todavía algunos meses en la villa. 



EL CUARTO PODER 



227 



En sus relaciones exteriores con la familia Be- 
linchón, esto es, cuando se encontraba con ella 
en público, observaba una conducta delicada y 
afectuosa, como personas á quienes debía mu- 
chas atenciones. Con Venturita no se autorizaba 
tantas familiaridades, pero no dejaba de hablarla 
en el teatro ó en el paseo de un modo cariñoso. 
Así hacía perder la pista á los que buscaban la 
causa de su salida de la casa. Doña Paula estaba 
muy satisfecha de esta conducta; el mismo Gon- 
zalo, comprendiendo que no se le podía exigir 
más, se mostraba con él atento y cortés. La tran- 
quilidad había vuelto á renacer entre los jóvenes 
esposos. Venturita, después de unos días en que 
no cambió con su marido palabra alguna y apa- 
recía pálida y ceñuda, herida, sin duda, por la 
violencia que éste había desplegado en la escena 
que hemos descrito, volvió á ser lo que antes, 
alegre y decidora unas veces, colérica y capri- 
chosa otras, siempre de palabra aguzada y sar- 
cástica. Notó, sin embargo Gonzalo, cierta ama- 
bilidad y deferencia inusitadas en ella, y lo acha- 
có al deseo de borrar el recuerdo de aquel pasa- 
jero, pero muy peligroso disgusto que habían te- 
nido. 

Y así continuaron deslizándose los días sere- 
nos en la casa de D. Rosendo, sólo turbados por 
los altibajos que la enfermedad de Doña Paula 
sufría; tan pronto estaba en pie como en la ca- 



228 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ma: salía en coche á dar largos paseos con Ce- 
cilia ó con Ventura, y solía llevar á su nieta Ce- 
cilita, en quien adoraba. D. Rufo hablaba de la 
necesidad de trasladarse á otro clima, á otro país 
más elevado sobre el nivel del mar, donde el aire 
tuviese menos presión. Y D. Rosendo, aunque 
con repugnancia, pues la idea de exterminar á 
sus contrarios y hacer de una vez la felicidad de 
su villa natal, le perseguía sin cesar, iba entran- 
do por la idea y trazando vagamente planes úti- 
les y grandiosos como todos los suyos. Flotaba 
en su imaginación la idea feliz de trasladar El 
Faro de Sarrio á Madrid y hacerlo diario con el 
título de El Faro de las provincias. Defender los 
intereses morales y materiales de las provincias, 
sostener su vida autonómica, independiente, fren- 
te á la acción y poderío absorbentes de la capital 
«foco de inmundicia que envenenaba la savia de 
la nación y secaba todos sus veneros de riqueza.» 
¡Qué grande y noble pensamiento! 

A fines de Octubre, Gonzalo fué á Lancia con 
una comisión de su suegro. Se trataba de persua- 
dir á un banquero de aquella población, para que 
no enajenase las acciones que tenía, en un em- 
barcadero de Sarrio, á cierto individuo del Ca- 
marote como se decía; en todo caso, que se las 
cediese por el mismo precio á D. Rosendo. Ha- 
cía ya dos días que estaba allá. Al tercero por la 
tarde, cerca de la hora del oscurecer, se le ocu- 



EL CUARTO PODER 



229 



rrió á Doña Paula subir á hacer una visita á su 
hija Ventura, que desde el traslado del duque, 
había vuelto á ocupar el piso segundo. Muy rara 
vez subía ya la buena señora la escalerilla de ca- 
racol. Pero aquel día, se sentía más ágil, más 
desahogada del pecho, y quiso probar sus fuer- 
zas y darse á sí misma una prueba de que estaba 
mejor. 

El móvil inmediato fué llevar á su nieta Ce- 
cilita una muñeca, cuyo vestido desgarrado le 
acababa de coser la doncella. Los peldaños se le 
hicieron muy altos: al llegar á la mitad tuvo que 
detenerse á tomar aliento: cuando llegó al piso, 
dijo en la voz más alta que pudo: 

— Cecilita, hija mía, ¿dónde estás? 

— Aquí, abuelitina, aquí — respondióla niña sa- 
liendo de la estancia de su madre. 

Era una criatura que aún no había cumplido 
los tres años, rubia como el oro, tan habladora y 
espontánea, que ejercía sobre la abuela verdade- 
ra fascinación. 

— ¿Qué me taes, abuelitina, qué me taes? — 
preguntó, mirando con avidez á Doña Paula, 
después de haberla abrazado por las piernas con 
tal ímpetu, que por poco da con ella en tierra. 

— La muñeca, hermosa, que te ha arreglado 
la chacha. 

— Muñeca no... muñeca pa Lalina... yo soy 
gande... yo quero un chocho. 



23O ARMANDO PALACIO VALDÉS 

— No tengo chochos aquí, vida mía — respon- 
dió la abuela mirándola embelesada. 

— Teñe mamá chocho... Ven... dame uno. 

Y la llevó por el vestido al gabinete de su 
madre. 

Al entrar en él la niña, pareció sorprendida y 
echó una mirada á todas partes. Ventura había 
salido á recibirlas con la sonrisa en los labios, 
besando á su madre cariñosamente: 

— ¡Jesús, qué pinitos! ¿Cómo te has decidi- 
do?... No sé si te convendrá subir escaleras, ma- 
má... ¿Te sientes bien? 

— No me he fatigado gran cosa. Yo creo que 
estoy mejor. Las pildoras de Dehaud, me parece 
que me prueban bien. 

— Vaya, me alegro que al fin hayamos dado 
con una medicina que produzca algún efecto... 
¿Quieres sentarte? 

— Abuelitina, dame un chocho — dijo la niña 
interrumpiéndoles. 

— No tengo, hija mía... ¿Tienes algún caramé- 
lo, Ventura? 

—No. 

— Teñe Jame que está aquí. 

Venturita se puso horriblemente pálida. 

— ¿Qué Jame, niña? — preguntó Doña Paula. 

— Nada, nada, cualquier tontería... ¿Conque 
te han probado bien las pildoras?... Si D. Rufo 
por más que digan, entiende... ¡Vaya si entien- 



EL CUARTO PODER 



231 



de! — se apresuró á decir Ventura con voz tem- 
blorosa, la faz tan descompuesta, que su madre 
la miró sorprendida. 

— Jame está aquí... teñe chocho... ven, abueli- 
tina. 

La niña tiró del vestido á la señora. Ésta, pá- 
lida ya también, adivinando vagamente algo te- 
rrible, se dejó arrastrar sin saber lo que hacía. 

— ¡Cecilia! — gritó Ventura con una voz extra- 
ña que jamás le había oído su madre. 

Pero la niña no hizo caso: siguió arrastrando 
á su abuela hacia la alcoba. Antes de llegar á la 
puerta, se presentó en ella el duque de Tornos. 

Doña Paula, ante aquella repentina aparición, 
se quedó un instante clavada al suelo, el rostro 
blanco y aterrado, la mirada atónita. Después 
cayó pesadamente al suelo, arrastrando en la 
caída á su nieta. 

El duque se apresuró á levantarla. Luego, an- 
te un gesto imperioso de Ventura, la dejó sobre 
el sofá y huyó. 

A las voces de la joven, acudieron los criados 
y luego Cecilia. Se creyó que era un síncope pro- 
ducido por la fatiga: transportósela á su cama, 
donde luego, merced á los cuidados de Cecilia, re- 
cobró el conocimiento. Pero no la facultad de 
hablar. La infeliz señora no pudo ya articular pa- 
labra. Así estuvo dos días, sin que los esfuerzos 
de D. Rufo, ni los de otro médico que llegó de 



232 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Lancia, lograsen poner en movimiento aquella 
lengua, que se había paralizado. Generalmente, 
estaba con los ojos cerrados, exhalando leves ge- 
midos: sólo cuando Ventura entraba en el cuarto 
"los abría para clavarlos en ella con una expresión 
fija de angustia y reconvención. El sacerdote á 
quien se llamó, se vió obligado á confesarla por 
señas. Dos días después, casi á la misma hora 
en que había acaecido la fatal escena, falleció la 
infeliz señora, que ni aún en la hora de la muer- 
te, apartó sus ojos empañados del rostro de Ven- 
tura. 




CAP. XVII 




Que Gonzalo toma una grave resolución 
y Cecilia otra 



A familia Belinchón se refugió en Te- 
jada para vivir á solas con su dolor, 
durante algún tiempo. Doña Paula 
fué llorada como lo merecía, por su 
magnánimo esposo, quien, dando tregua al espí- 
ritu progresivo y reformista que le animaba, su- 
po mostrarse tierno y sensible, lo cual, á nuestro 
juicio, en nada menoscaba su gloria de publicis- 
ta. Cecilia no se cansó en mucho tiempo de llo- 
rar á su buena madre, con quien la ligaba tanto 
el parentesco de la carne como el del alma. De 
todos sus hijos, era ésta la que más semejanza 
guardaba con ella, aunque no era la preferida. 



234 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



El favorito, Pablo, la sintió todo lo profundamen- 
te que él podía sentir algo en el mundo; es fama 
que, algunos días después del suceso, vio al últi- 
mo potro que había comprado alcanzarse en el tro- 
te, y no le afectó gran cosa. Pero en quien hizo, 
sobre todo, aquella repentina muerte un efecto 
extraño y terrible, fué en Venturita. Tanto la 
impresionó, que estuvo algunos días en la cama 
con fuerte calentura. Después que sanó, veía- 
sela pálida y triste; contestaba distraída á lo 
que la decían, y no salía casi nunca del cuarto, 
á pesar de las instancias de su esposo. Este sen- 
timiento tan vivo como inesperado, fué para él 
una prueba de lo que Cecilia y Doña Paula sos- 
tenían siempre; esto es, que Venturita era loca, 
caprichosa y altiva, pero buena en el fondo. Algo 
se mitigó con tal consideración el sincero dolor 
que experimentó por la muerte de su madre po- 
lítica: el último y maternal servicio que la buena 
señora le prestara, había puesto el sello al cariño 
que, con su conducta prudente y afectuosa, había 
sabido inspirarle. 

El duque de Tornos se volvió á Madrid, poco 
después de la desgracia sobrevenida á sus ami- 
gos. Desde allá se escribía con D. Rosendo, á 
quien obligó con más de un servicio en la lucha 
sin tregua que mantenía contra sus enemigos los 
del Camarote. Estos servicios fueron coronados, 
después de algún tiempo, por una gran cruz de 



EL CUARTO PODER 



235 



Isabel la Católica. Al mismo tiempo que el diplo- 
ma, le remitía el magnate una placa de brillan- 
tes, cuyo valor no bajaba de veinte mil reales. 
Puede cualquiera imaginarse la emoción y la 
gratitud de D. Rosendo, al recibir aquella hon- 
rosísima distinción. Como en Sarrio nadie poseía 
una gran cruz, se vió precisado á ir á Lancia, 
para que un caballero de la orden llevase á cabo 
la ceremonia de ceñirle la banda. Y así que se 
vió caballero, él, que profesaba cierto desprecio 
metafísico á todas las religiones positivas, apro- 
vechó la procesión de la parroquia para llevar el 
farol, con la hermosa placa en el pecho, y la ban- 
da por encima del frac. Los amigos de Maza tra- 
garon mucha hiél, pero después la vomitaron, no 
sólo en su tertulia del Camarote, sino en el pe- 
riódico, donde, en serio y en burla, vejaron de 
un modo repugnante al glorioso fundador del 
Faro de Sarrio. En algunas causticas, feroces ga- 
cetillas, se estaba viendo al bilioso alcalde con la 
pluma en la mano. D. Rosendo, por vez primera 
en su vida, leyó aquellas diatribas sin conmover- 
se, con un desdén sincero. Yesque, cuando se 
ha llegado á la cima de las sociedades humanas 
deben parecer las amenazas de los pigmeos más 
curiosas que ofensivas. 

Venturita salió, con este motivo, de su letargo 
sombrío; habíase realizado uno de los sueños que 
más acariciaba: tomó parte en la alegría y triun- 



236 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



fo de su padre, y empezó á dejarse ver algunos 
días en la villa, siempre en carruaje, por supues- 
to. Creció su orgullo y aquella languidez seño- 
rial, imponente, que hacía morir de envidia y de 
rabia á las señoras y señoritas de la villa, quie- 
nes se vengaban de su desprecio llamándola, en 
sus horas de murmuración, «la princesa del Ba- 
calao.» La muerte de su madre, á quien todo el 
mundo había conocido en Sarrio artesana, «con 
pañuelo atado atrás,» como allí se decía, contri- 
buyó tanto como la gran cruz de su padre á ele- 
var el nivel social de la familia, á aristocratizar- 
la, por decirlo así. Ventura, con su desdeñoso 
porte, con sus riquísimos vestidos, con la frialdad 
despreciativa con que trataba á sus conocidas, 
vengaba lindamente á aquella pobre mujer, á 
quien las señoras de Sarrio tanto habían hecho 
sufrir en vida. 

Se pasó el invierno en Tejada, un invierno cru- 
do, como pocos lo habían sido. A temporadas 
llovió mucho, y esto hacía imposible el salir de 
casa; otras veces heló cruelmente: el cielo se 
mantenía sereno, pero los campos, por la maña- 
na, aparecían blancos, con una escarcha de medio 
dedo de grueso: en ocasiones también nevó abun- 
dantemente. Todos estos fenómenos meteoroló- 
gicos tienen sus encantos en la aldea para el que 
sabe hallarlos. Gonzalo había nacido para vivir 
feliz en medio de las fluctuaciones de la natura- 



EL CUARTO PODER 



237 



leza. Si helaba, levantábase de madrugada y de- 
jaba atónitos á los de casa saliendo al corredor 
en mangas de camisa, lavándose todo el cuerpo 
con el agua que se hacía sacar de las pilas de 
mármol, después de roto el hielo: luego, se ves- 
tía con un ligero traje de caza, tomaba la esco- 
peta, y emprendía famosas, descomunales corre- 
rías de seis y ocho leguas, sin que nadie le oyera 
jamás quejarse de cansancio. Si nevaba, se po- 
nía el impermeable, las botas altas y la gorra de 
pelo, y salía á matar palomas torcaces ó gachas 
por las cercanías de la posesión: más de una vez 
tiene caído en cisternas atacadas de nieve, lo- 
grando salir, gracias solamente á su vigor ex- 
traordinario. Cuando llovía no había más reme- 
dio que quedarse en casa. Pero aun entonces 
ofrecía la aldea placeres desconocidos en la villa: 
aquel lavado de los árboles y plantas era grato á 
los ojos: el verde oscuro de las coniferas, después 
de algunos días de lluvia, adquiría tonos claros 
merced á los retoños que apuntaban en la cima 
de las ramas; en cambio la escarcha los marchi- 
taba instantáneamente: las hojas de las magno- 
lias brillaban como cristales, y en aquella atmós- 
fera acuosa los colores, los matices de la natura- 
leza cambiaban sin cesar, los contornos de los ár- 
boles y las montañas se desvaían con suavidad 
exquisita. Y la misma monotonía del agua al 
caer constantemente sobre los árboles con triste 



238 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



rumor, engendra una soñolencia feliz, no exenta 
de voluptuosidad para los que nada tienen que 
hacer fuera de casa, y encuentran en ella las co- 
modidades y refinamientos que la civilización 
proporciona á los ricos. Era grato escuchar el 
pío, pío de los ateridos gorriones, guareciéndose 
por centenares en una washintonia que había cer- 
ca de casa, como en una gran pajarera: era grato 
ir á dar de comer á los animalitos exóticos que 
D. Rosendo tenía en su finca, salvando en alma- 
dreñas la distancia que separaba sus cobertizos 
de la casa: era grato también quedarse adorme- 
cido en una butaca al pie de la chimenea con el 
cigarro en la boca y la botellita de ron delante, 
mientras Cecilia leía un cuento interesante ó al- 
gunos versos sonoros y armoniosos. 

D. Rosendo y Pablo se iban todos los días in- 
variablemente á Sarrio después de almorzar y ve- 
nían á la hora de comer. El uno se ocupaba en en- 
cauzar la opinión pública por los derroteros del 
progreso moral y material, con mengua de los 
«reptiles que se arrastraban por el cieno, impoten- 
tes para elevarse un instante á las regiones de las 
ideas, escupiendo su veneno á todo el que sobre- 
sale por la inteligencia ó por la virtud.» Excusa- 
do es decir quiénes eran estos reptiles á los que 
D. Rosendo aludía con frecuencia en sus artícu- 
los. El otro, tratando de inclinar siempre los 
ojos y el corazón de cuantas forasteras hermosas 



EL CUARTO PODER 



239 



llegaban á la villa, hacia su adorable persona. 
Alguna mañana salía con su cuñado de caza; 
pero observando que la intemperie atezaba su 
rostro, dejó casi por completo este ejercicio. Por 
otra parte, Piscis era enemigo nato de él: para 
este inteligente centáuro holgaba todo en la tie- 
rra menos los caballos. 

En las horas de la tarde, cuando llovía, si 
Ventura estaba de buen humor, jugaba con Ce- 
cilia y Gonzalo al tresillo; si no, jugaban los dos 
últimos al tute mano á mano con las niñas sen- 
tadas en sus regazos respectivos, las cuales les 
molestaban á cada momento llevando sus mane- 
citas á los naipes: ambos eran de buena pasta y 
se contentaban con apartárselas suavemente. 

— Quieta, Cecilita, quieta, que si le enseñas 
mis cartas á tu tía, me va á ganar. 

— No hagas caso, monina, tira por ellas — de- 
cía la joven riendo. 

Hasta que concluían por entregárselas, que- 
ándose ambos arrobados mirándolas hacer cas- 
'lletes, ayudándolas ellos mismos con grave aten- 
ción, mientras la lluvia azotaba los cristales pin- 
ados de las ventanas chinescas y los maderos de 
aya chisporroteaban en la chimenea. 

Las niñas comían antes que la famiia. Era im- 
portante ocupación para Cecilia hacerles plato, 
anudarles la servilleta, servirles agua y vigilar 
«que no hiciesen cochinetas.» Gonzalo, cuando 



240 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



estaba en casa, presenciaba con deleite la refac- 
ción, manteniéndose en pie como un madgiar de- 
trás de las sillas de sus hijas. Después, era preci- 
so llevarlas á la cama. Cecilia cogía una en bra- 
zos, Gonzalo otra, y las llevaban al cuarto de 
aquélla, donde ambas dormían. La tarea de des- 
nudarlas era complicada y entretenida. Gonzalo, 
á pesar de su musculatura de toro, poseía tanta 
delicadeza como una mujer para desatar las cin- 
tas y mover sus cuerpecitos á un lado y á otro 
sin lastimarlas. A menudo las manos de los cu- 
ñados se tropezaban: Cecilia retiraba la suya 
prontamente y una leve nube sombría cruzaba 
rápidamente por su risueño semblante. Gonzalo 
no advertía nada. Cuando ya estaban acostadas, 
escuchaban sonriendo las inocentes oraciones que 
Hita hacía repetir á Cecilia. Paulina aún no sabía 
elevar su entendimiento al Sér Supremo, y hasta 
se rebelaba para hacer la señal de la cruz. Mien- 
tras se dormían, papá y Hita habían de estar bien 
pegaditos á las camas sin moverse: si mantenían 
conversación entre sí, las niñas se agitaban y tar- 
daban mucho más en conciliar el sueño. Así que 
procuraban guardar silencio, ó cambiar solamen- 
te palabras sueltas en voz baja. Cecilita no podía 
dormirse sin tener cogida una oreja de su tía; 
contra este capricho protestaba á menudo Gon- 
zalo, y todos los días hablaba de quitárselo; pero 
su cuñada no hacía caso, y ella misma se inclina- 



EL CUARTO PODER 



241 



ba sobre la almohada para que la niña lo satisfi- 
ciese. Gonzalo se quedaba algunas veces dormi- 
do sobre la de Paulina, sobre todo cuando había 
ido de caza; al despertar, veía frente á sí el ros- 
tro pálido y dulce de su cuñada, con los ojos muy 
abiertos, mirando con fijeza al vacío. 

— ¿En qué piensas, Huesitos? — le preguntaba 
restregando los suyos. 

La joven salía de su éxtasis estremeciéndose, 
y sonreía bondadosamente. 

— No lo sé yo misma... En nada. 

— ¿No tienes ningún quebradero de cabeza? — 
le dijo una noche levantándose y cogiéndola afec- 
tuosamente la barba. 

— Bah, ¿qué quebraderos de cabeza quieres 
que tenga en esta aldea? — respondió Cecilia po- 
niéndose colorada, y retirando el rostro. 

— Puedes tenerlo en Sarrio. 

— ¿Y había de ser tan ingrato que no viniera 
á verme en los meses que hace que aquí esta- 
mos?... Ya te he dicho que yo me quedo para 
vestir santos — añadió sonriendo. 

— No puede ser eso —replicó con calor el jo- 
ven, — ¡no puede ser! Sería un delito de lesa hu- 
manidad que te quedases soltera. Tú has nacido 
para casada... No tienes más aficiones que la de 
arreglar la casa, cuidar á los niños, coser, lim- 
piar... Serás una perfecta casada, como la descri- 
be Fr. Luis de ¡León. No puede tolerarse que 
* 16 



242 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pudiendo hacer la felicidad de cualquier hombre, 
te empeñes en ser una solterona... Mira que son 
muy antipáticas... 

No sabemos lo que Cecilia pensó en aquel mo- 
mento; pero bien pudo ser una cosa semejante á 
esta: «Sí; he podido hacer la felicidad de todos... 
menos la tuya.» 

Alargó, con un gesto de indiferencia, los labios, 
y respondió: 

— ¡Qué le vamos á hacer! Esas cualidades las 
tienen todas las mujeres que no son bonitas. Las 
que pueden brillar, se ocupan de sus trajes, y 
tienen razón. 

Había en estas palabras una ironía triste, des- 
garradora, que Gonzalo no pudo menos de sentir 
en el corazón. 

— ¡Oh, siempre estás con esa tonadilla!... Me 
parece que te haces la modesta para que te re- 
galen el oído... Demasiado sabemos todos que 
tú puedes brillar como la primera... Tienes unos 
ojos, como no hay otros... eres esbelta, elegan- 
te, distinguida; ¿quiere V. más, mademoiselle 
Huesitos?... Lo que hay, señorita, es que V. tie- 
ne más de aquí que de aquí... 

Y le puso primero el dedo en la frente y des- 
pués en el sitio del corazón. 

— Cuando venga alguno que sepa interesarte 
de verdad, ya se verá cómo desaparecen todas 
esas ideas de celibato. 



EL CUARTO PODER 



243 



Cecilia levantó los hombros, y volvió á que- 
darse con los ojos estáticos, rehuyendo la con- 
versación. 

Ya no salía tantas veces con su cuñado de ca- 
za, porque el cuidado de las niñas reclamaba su 
presencia; pero casi siempre iba á esperarle por 
las tardes, unas veces sola, otras con las niñas 
y sus doncellas. Al partir no se olvidaba Gonza- 
lo de decirle por cuál camino tomaba: « — Hoy 
voy hacia Naves á ver si suelto alguna liebre. — 
Hoy volveré por la carretera de Nieva. —Hoy 
voy por el camino de Rodillero.» 

Estas esperas, cuando iba sola, como quiera 
que se alejaba de la casa, no dejaban de ofrecer 
algunos peligros. Por más que Gonzalo se los 
representaba, nunca quiso hacer caso. Desde 
niña había mostrado siempre una extraña sere- 
nidad, nada femenina, para desafiarlos. Jamás 
había creído en apariciones ó en duendes, ni la 
sobresaltaban, hasta el punto de turbarle la ra- 
zón, los ruidos temerosos, ni siquiera los peligros 
ciertos. En más de una ocasión, ante una vaca 
desmandada ó una riña de borrachos, cuando 
sus compañeras huían gritando ó se desmayaban, 
ella sola se mantenía firme y sosegada, juzgando 
con precisión el riesgo, y evitándolo sin descom- 
ponerse. Tal cualidad había contribuido no poco 
á crearle aquella fama de fría y apática que te- 
nía dentro y fuera de casa. 



244 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Los temores de Gonzalo se realizaron al fin. 
Una tarde fría y apacible de Enero, salió nues- 
tra joven sola á esperarle por el camino de Rodi- 
llero, hacia donde su cuñado le había dicho que 
iba á caza de gachas. Los caminos eran estre- 
chos; unas veces en forma de callejas cerradas 
por paredillas rústicas, otras como trochas de 
un pie de ancho, al través de los prados; cada 
poco, había que atravesar alguna saltadera. Ce- 
cilia los conocía bastante bien, sobre todo, los de 
las cercanías de la quinta. Aquél día anduvo más 
de un cuarto de legua sin tropezar con Gonzalo. 
Creyendo que no tardaría en llegar, se sentó á es- 
perarle en una de las saltaderas; y como le suce- 
día á menudo, se quedó abstraída largo rato, mien- 
tras el sol bajaba rápidamente, y se hundía detrás 
de las próximas colinas. Al notar que oscurecía, 
se levantó y vaciló entre volverse ó seguir. «Gon- 
zalo no puede tardar» se dijo, y anduvo otro po- 
co más, sin ninguna clase de miedo. Cruzando un 
espacio abierto, una gran meseta próxima al 
mar, vió á lo lejos el bulto de un hombre, y dio 
por hecho al instante que era su cuñado: á los 
pocos pasos más, advirtió que se había equivoca- 
do; era un hombre del pueblo, un trabajador ó 
un marinero. No sintió recelo alguno: cuando le 
vió cerca, observó que era un hombrecillo delga- 
do, de unos cuarenta años de edad, la barba ru- 
bia de chivo, la boca y los ojos hundidos. Al pa- 



EL CUARTO PODER 



245 



sar á su lado, se llevó la mano á la boina dicien- 
do: — «Buenas tardes, señorita.» Pero cuando hu- 
bo andado seis ú ocho pasos más, se volvió lla- 
mándola: 
— Señorita. 

Cecilia se volvió también. Al chocar su mira- 
da con la del hombrecillo, sintió una extraña con- 
moción: los ojos de éste, lucían como dos ascuas. 

— ¿A dónde va tan sola á estas horas? 

El hombre dió, mientras pronunciaba estas pa- 
labras, algunos pasos hacia ella. La joven retro- 
cedió aterrada, y apenas supo balbucir: 

— Voy á esperar á mi cuñado. 

El hombre dejó caer un palo que traía al hom- 
bro con un morralito de lienzo, y de un salto se 
puso al lado de ella y la abrazó estrechísimamente 
sujetándola los brazos: luego acercó su rostro re- 
pulsivo de mico y cabrito á un mismo tiempo, y 
comenzó á besarla con frenesí, con la voracidad 
de una fiera hambrienta. 

— ¡Socorro! — gritó Cecilia. — Pero al instante, 
los labios inmundos del villano se apretaron con- 
tra los suyos, impidiéndola repetir el grito. Cuan- 
do se hartaba de besarla en la boca, pasaba con 
el ansia de un glotón á besarla, mejor dicho, á 
chuparla las mejillas, los ojos, el cuello, rodán- 
dola con su baba asquerosa. Cecilia aprovecha- 
ba aquellos instantes para repetir cada vez más 
desfallecida: 



246 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡Socorro! ¡socorro! 

Una mendiga, que venía por el mismo camino, 
corrió hacia ellos gritando: 

— ¡Déjala, bribón! ¡déjala, bribón! 

Y principió á tirarle por la blusa, á tratar de 
arrancarlo de la presa. Imposible: el sátiro esta- 
ba clavado á ella con fuerza inconcebible: los 
débiles golpes que la pobre mujer -le daba con el 
puño cerrado en la espalda, ni los sentía siquie- 
ra. Sabe Dios lo que hubiera pasado, si la mujer 
no hubiera tenido la idea de gritar: 

— ¡Ahí viene el señorito Gonzalo!... Señorito! 
¡señorito! 

El hombrecillo soltó repentinamente á la jo- 
ven, y se dio á correr por los campos como una 
exhalación, dejando el palo y el morral en el 
suelo. 

No era verdad, sin embargo: Gonzalo no lle- 
gaba aún. Cecilia, pálida, confusa, se abrazó á 
la pobre, y rompió á sollozar. 

— ¡Bribón! ¡picarón! — murmuraba ésta. — ¿La 
hizo á V. daño, señorita? 

La joven se repuso en seguida, y, limpiándose 
con el pañuelo, preguntó: 
¿Hay agua por aquí cerca? 

— Sí, señorita; aquí á mano derecha, bajando 
un poco, hay un arroyo. 

Fueron allá, y Cecilia se lavó cuidadosamente 
el rostro. Después, sacando unas pesetas que lie- 



EL CUARTO PODER 



247 



vaba en el bolsillo, se las entregó á la pobre: 
— Tome. No diga V. una palabra de lo que 

acaba de pasar... ni á mi familia ni á nadie... 

Tome V. esto también... 

Y le dió un pañuelo de seda que llevaba al 

cuello. 

— ¡Ay, señorita! Dios se lo pague... ¿Y ha de 
pasar ese bribón sin un castigo? 
— Sí; ¿V. le conoce? 

— Es el molinero de San Juan de los Prados. 

— Bien; pues no diga V. nada. Silencio, y no 
se acuerde V. más de ello. 

Justamente cuando salían á la senda de la 
meseta, apareció Gonzalo con los perros. 

— ¿Qué es eso? ¿De dónde venías por ahí? — 
preguntó á su cuñada viéndola pálida. 

— Me sentí un poco mal, y fui á beber agua á 
una fuente que me enseñó esta mujer. 

Gonzalo, muy disgustado, mostrando vivo in- 
terés, la obligó á apoyarse en su brazo, y así la 
llevó hasta casa, preguntándole á cada instante 
cómo se encontraba. 

Llegó el mes de Abril, y la familia se trasladó 
de nuevo á Sarrio. Efectuáronse elecciones mu- 
nicipales en Junio, y Gonzalo salió elegido con- 
cejal, contra su gusto. D. Rosendo le había im- 
puesto este sacrificio. Ventura, desde que entró 
el verano, parecía más animada. Salía con algu- 
na frecuencia de casa, y su aparición en coche 



248 ARMANDO PALACIO VALDÉS 




descubierto, causaba siempre cierta sensación. 
La verdad es que estaba preciosa con sus ricos 
trajes de luto, llegados de París: por coquetería 
debiera vestirse de negro, pues era incalculable 
lo que realzaba este color el brillo nacarado de 
su tez, los reflejos dorados de sus cabellos. Cuan- 
do iba los domingos á la iglesia para oir la misa 
de once, que era la más concurrida, nunca dejaba 
de levantar su presencia un murmullo reprimido 
de curiosidad en las mujeres, de admiración en 
los hombres. Aquel aire de princesa que ponía 
fuera de sí á las señoras, era lo que más placer 
causaba á los caballeros. Todos convenían en que 
por su belleza y elegancia, por sus modales dis- 
tinguidos, se apartaba mucho de las demás jóve- 
nes del pueblo, y haría lucido papel en los salo- 
nes más aristocráticos. También Venturita había 
convenido en ello hacía mucho tiempo, y la idea 
de irse á vivir á Madrid, trabajaba con ahinco en 
su mente. Insinuósela á su marido; pero éste 
mostró gran repugnancia á trasladarse: no era 
él hombre para la corte: los deberes sociales que 
allí impone la cortesía, le aburrían: había nacido 
para la libertad, para el goce que proporciona el 
aire libre del mar, el ejercicio corporal, los tra- 
jes cómodos, holgados. Además, presumía muy 
bien que la renta que en Sarrio les permitía vivir 
como los primeros, en Madrid no bastaría á sus- 
tentarlos en el mismo pie, sobre todo, dada la 



EL CUARTO PODER 



249 



inclinación de su mujer al boato. Venturita, sin 
embargo, estaba tan segura de vencer esta resis- 
tencia, que no hablaba siquiera del asunto, me- 
ditando la época y la forma en que habían de 
irse. 

Un suceso vino á turbar en cierto modo la vi- 
da de la familia Belinchón. Gonzalo fué nombra- 
do inopinadamente alcalde de Sarrio, por media- 
ción del duque de Tornos. Su primera idea fué 
rechazar aquel nombramiento, presentar alguna 
excusa; pero cayeron sobre él D. Rosendo y todos 
sus amigos, poniendo tanto empeño y calor en 
que aceptase, que no tuvo más remedio que ha- 
cerlo. A los del Saloncillo les iba muchísimo en 
ello: verdad que se vieron defraudados, pues el 
nuevo alcalde no quiso de ningún modo poner al 
aire los cimientos de las casas de sus enemigos, 
como había hecho Maza, ni cometer otra porción 
de tropelías que le exigían. En el mes de Sep- 
tiembre, cuando terminó la temporada de baños, 
que en la villa era animada, y comenzaba en el 
campo la de la caza, Gonzalo se trasladó con 
la familia á Tejada. Las niñas se ponían aquí 
muy buenas y él se divertía extremadamente. Por 
otra parte, no dejaban grandes recreos tampoco 
en Sarrio. Algo le estorbaba su cargo de alcalde 
para este traslado; pero convino con sus compa- 
ñeros de municipio en venir todos los días, ó por 
lo menos con mucha frecuencia. El trayecto se re- 



250 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



corría en carruaje en menos de media hora. No 
obstante, D. Rosendo dejó abierta la casa de Sa- 
rrio para que Gonzalo y él pudiesen comer y dor- 
mir allí siempre que quisieran. Venturita, pen- 
sando en marcharse á Madrid la próxima prima- 
vera, no puso obstáculo á los planes de su marido. 

Mucho se alegró éste de haber tomado aquella 
resolución cuando supo que el duque de Tornos 
pensaba venir el próximo mes de Octubre, ale- 
gando que con la vida de Madrid habían vuelto á 
exacerbarse sus padecimientos , casi extintos 
mientras permaneció en Sarrio. Porque allá, en 
el fondo del alma, y sin querer confesárselo, nues- 
tro joven sentía la mordedura de los celos, y 
cuantas reflexiones se hacía y argumentos pode- 
rosos á sí mismo se presentaba para tranquili- 
zarse, no bastaban á arrancárselos del pecho. 
Había pensado, mientras el duque estuvo por 
allá, que ya nunca más se acordaría de aquel 
rincón: la noticia de su venida fué, pues, para él, 
una contrariedad, si no un disgusto serio. Y, en 
efecto, hacia últimos de Octubre, no tuvo más re- 
medio que ir á esperarle á Lancia, en compañía 
de su suegro y de otra porción de señores, todos 
socios del Saloncillo. El nombramiento de al- 
calde á su favor, había constituido ya al magna- 
te en protector decidido de este partido. Alojóse 
con su secretario en la fonda de la Estrella, y co- 
menzó á hacer la vida de ejercicio que tan bien 



EL CUARTO PODER 



le sentaba, según decía (y así era la verdad). 
Muchos días buenos salía de pesca ó de pa- 
seo; otros iba de caza ó montaba á caballo. 
Esta vez no había traído más que dos, uno de 
tiro para un tilbury, y otro magnífico de silla. 
El secretario, cuando iba de paseo, montaba 
en uno que D. Rosendo había puesto á su dispo- 
sición. 

Con la familia de éste mantenía cordiales rela- 
ciones; pero sólo había ido á Tejada tres veces 
en quince días. Como Ventura y Cecilia solían 
venir á Sarrio á menudo, aquí las veía y habla- 
ba, por más que huía de acompañarlas pública- 
mente. Gonzalo, desde que llegara, leía asidua- 
mente El Joven Sarriense, que se publicaba ya 
tres veces á la semana, lo mismo que El Faro: 
lo leía para apaciguar un poco la inquietud que 
senjía: porque siempre estaba temiendo alguna 
gacetilla injuriosa como la que tanto le había he- 
cho padecer el verano anterior. En ios primeros 
números, después de la llegada del magnate, El 
Joven, francamente hostil ya á él, se contentaba 
con ridiculizarle bajo nombres transparentes, 
como pintor y pescador, y hasta como hombre 
político, insinuando la idea de que el duque era 
un personaje desprestigiado en Madrid, rechaza- 
do por la corte y sin influencia con el Gobierno; 
sacó á luz algunas anécdotas de su vida, en que 
no hacía muy honroso papel, y hasta la empren- 



252 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dió con sus trajes y corbatas, no perdonando me- 
dio para hacer reir á su costa. D. Jaime no leía 
tal papelucho; pero habiéndole indicado Peña al- 
go de lo que decía contra él, sonrió malévolamen- 
te y escribió al gobernador de la provincia pi- 
diéndole que aprovechase el primer pretexto para 
suprimirle. Los del Saloncillo sabían de esta car- 
ta y esperaban con ansia y fruición el golpe. 

Al fin la envenenada flecha que tanto temía 
Gonzalo, vino á clavársele en el corazón. No fué 
una gacetilla, sino un cuento que figuraba pasar 
en Escocia, donde bajo nombres ingleses, salían 
á relucir él, su esposa, el duque, D. Rosendo y 
otras personas conocidas, para vejarlas y poner- 
Jas atrozmente en ridículo. Entre otras cosas, se 
decía, que mientras el sheriff (él, sin duda alguna) 
cumplía con extremado celo los deberes de su 
cargo, lord Trollope (el duque) cumplía por él 
los deberes de esposo, cerca de su bella mitad. 
Gonzalo, sintió el mismo escalofrío de dolor y de 
ira que la vez pasada; pero ahora, aleccionado, 
se propuso dominarse, cercioraise de si aque- 
lla maligna insinuación tenía algún fundamen- 
to, y si por desgracia esto sucediese, tomar una 
venganza cumplida, y que fuese sonada. Gran 
trabajo le costó disimular la emoción que le 
embargaba, porque no estaba avezado á ocultar 
sus sentimientos; mas el vivo deseo de salir de 
dudas, le ayudó poderosamente. Lo único que se 



EL CUARTO PODER 



253 



notó en su casa fué, que andaba un poco más 
triste y distraído. Se dedicó durante algunos días á 
observar á su esposa, no perderla de vista un 
instante; pero nada encontró en ella que pudiera 
dar pábulo á sus sospechas. Al mismo tiempo, 
estudiaba si el duque podía avistarse con ella y 
de qué manera. El resultado de sus investigacio- 
nes, fué, que sólo cuando él venía á las sesiones 
del ayuntamiento, podía darse este caso. De día, 
sumamente difícil, porque no era el duque perso- 
na que pudiera pasar inadvertida. Fijóse por 
tanto, en las horas de la noche, cuando él se que- 
daba á dormir en la villa. 

Resolvió saber de una vez la verdad. Para 
ello, anunció con dos días de anticipación á la 
familia, que el viernes debía dormir en Sarrio, á 
causa de una sesión del ayuntamiento, que pre- 
sumía había de ser borrascosa, pues de nada me- 
nos se trataba, que del nombramiento de uno 
de los dos médicos del partido, que la corpo- 
ración municipal pagaba. Los de Maza tenían 
su candidato y los de D. Rosendo también; y la 
lucha estaba enpeñadísima, no por razón de los 
votos, que estaban perfectamente contados de an- 
temano, sino porque los del Camarote, que ha- 
bían de resultar vencidos, tenían preparada una 
zancadilla parlamentaria, para inutilizar al can- 
didato de sus enemigos, por faltarle algunos me- 
ses de práctica, para llenar el tiempo que el 



254 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

municipio había impuesto como condición á los 
pretendientes. 

El día de la gran prueba, Gonzalo estuvo muy 
agitado. Había tratado de inquirir con disimulo, 
si algún criado de la casa estaba comprometido, 
ó por lo menos sabía algo; pero nada encontró 
tampoco que lo hiciera presumir. Almorzó sin 
apetito y en cuanto tomó café mandó enganchar 
y se fué en compañía de su suegro. La sesión del 
ayuntamiento duró hasta las diez de la noche. A 
esa hora se retiró á casa y D. Rosendo también, 
el cual encontraba á su yerno harto distraído y 
preocupado. Gonzalo se disculpaba diciendo que 
le irritaba mucho la bilis la conducta de los ami- 
gos de Maza. Fuéronse á dormir y á eso de las 
once, cuando todo estaba en silencio, nuestro jo- 
ven salió sigilosamente de casa y emprendió á 
pie por el camino de Tejada. La noche estaba 
nublada, pero no muy oscura; la luz de la luna se 
cernía al través de la capa de nubes, dejando bien 
percibir los objetos á corta distancia. Caminaba 
con premura, apoyándose en un grueso bastón 
de estoque: además llevaba en el bolsillo revól- 
ver. Sentía una tristeza profunda: aquella prueba 
que iba á hacer le causaba temor y remordimien- 
tos á la vez. Si su mujer era culpable ¡qué horri- 
ble tragedia la que se preparaba! Y si no lo era, 
él cometía una bajeza sospechando de su honra- 
dez. Iba con el mismo recelo que un ladrón que 



EL CUARTO PODER 



255 



va á asaltar una casa, ocultándose detrás de las 
paredes de la carretera en cuanto sentía pasos, 
estremeciéndose si escuchaba una voz, por lejana 
que fuese. La idea de que un conocido le viese á 
aquellas horas caminando á pie, le causaba gran 
vergüenza, dando por seguro que había de adivi- 
nar su intención. El aire era fresco y le penetra- 
ba hasta los huesos, aunque rara vez había senti- 
do frío en su vida; los árboles, como negros fan- 
tasmas alineados á lo largo de la carretera, deja- 
ban salir de sus copas un blando rumor melancó- 
lico; debajo de uno de ellos creyó percibir un bul- 
to que se movía y saltó á los prados, temiendo 
tropezarse con alguien que le conociese; miró por 
encima de la paredilla y vió una vaca acostada 
rumiando tranquilamente. Más allá, al pasar por 
delante de la casa de un labrador, se abrió una 
ventana repentinamente y apareció el bulto de 
una mujer: echó á correr desaforadamente bus- 
cando la sombra de los árboles. A medida que 
avanzaba, el corazón se le oprimía y mil encon- 
tradas ideas batallaban en su mente. Tan pronto 
recordando los mil deliciosos detalles de sus pri- 
meros meses de matrimonio, las palabras dulces, 
las pruebas ostensibles de amor que su mujer le 
diera, su mujer, cuyos defectos eran los de todas 
las niñas demasiado mimadas, se ponía á imagi- 
nar que estaba bajo el poder de una maldita alu- 
cinación, una de las mil infamias que los enemi- 



256 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

gos de su suegro habían inventado para hacerles 
daño, y estaba á punto de volverse á Sarrio y 
meterse nuevamente en la cama; como aprecian- 
do y pesando los motivos que. tenía para sospe- 
char de ella, aquella grave escena que determinó 
la salida del duque de la casa de sus suegros, su 
frivolidad y coquetería, la denuncia aunque em- 
bozada persistente del periódico enemigo, se le 
encendía la sangre de golpe y apretaba vivamen- 
te el paso. ¡Oh, desgraciados de ellos si era ver- 
dad! ¡Más les valía no haber nacido! Y apretaba 
con mano crispada el bastón y tiraba del estoque 
para cerciorarse de que estaba allí pronto á obe- 
decerle. No se le ocurrió ni una vez acariciar el 
revólver. Necesitaba á toda costa ver la sangre de 
los traidores. 

Cuando llevaba la mitad del camino andado 
próximamente, sintió detrás de sí el galope de 
un caballo. Sin saber por qué, le dio un vuelco 
terrible el corazón; se apresuró á saltar á los 
prados y aguardó con ansiedad mirando sigilosa- 
mente por encima de la pared á que el jinete 
pasase. No transcurrieron dos minutos sin que 
en efecto cruzase por delante de él como un re- 
lámpago. Pudo reconocer perfectamente el mag- 
nífico caballo alazán del duque; á éste no pudo 
distinguirle porque iba envuelto en un capote, 
con un gran sombrero calado hasta las narices; 
pero si los ojos no, el corazón lo vio con toda 



EL CUARTO PODER 



257 



claridad. Quedó yerto, pegado al suelo; sintió un 
desfallecimiento singular en las piernas como si 
fuese á caerse. Mas prontamente la sangre hir- 
vió dentro de su brioso temperamento de atleta, 
tendiéronse sus músculos acerados y saltó sin 
tocar con las manos la paredilla de seis piés que 
cerraba la finca. Cayó en medio de la carretera, 
y sin detenerse un punto, emprendió una carrera 
vertiginosa, loca, detrás del caballo, como si tu- 
viese la absurda pretensión de alcanzarle. Aun- 
que su aliento era grande, sin embargo, se le 
concluyó mucho antes de llegar á la quinta: ne- 
cesitó pararse tres ó cuatro veces. Por fin llegó á 
la verja y entró por la puerta de hierro, que solo 
estaba llegada: echó una mirada en torno y vió 
el caballo del duque atado á un árbol: siguió pre- 
cipitadamente, pero cuidando de no hacer ruido, 
por una de las avenidas orladas de coniferas que 
conducían á la casa, y como conocía todas las 
entradas, no se dirigió á la puerta cuyo llavín 
llevaba consigo, por temor de que algún criado 
le sintiese, sino que escaló por una parra que 
adornaba el balcón del cuarto de su suegro, que 
solía quedar abierto cuando él no dormía en casa: 
por desgracia estaba cerrado. Entonces sacó el 
estoque, y metiéndolo por la rendija de la puer- 
ta logró levantar el pestillo y entró. 

Una persona le había visto: Cecilia. En una- 
de las noches anteriores, ésta, cuya habitación 

17 



258 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



estaba próxima á ia de sus hermanos, había creí- 
do sentir ruido por la noche y se había levanta- 
do. Miró al través de los cristales hacia la huer- 
ta, y vio á Pachín, el criado, en compañía de otro 
hombre á quien no pudo conocer. Sin embargo, 
concibió una viva sospecha que la aterró. El 
modo de andar de aquel hombre, de quien no per- 
cibía más que el bulto, no era de un campesino. 
Gonzalo dormía aquella noche en Sarrio: ade- 
más, su cuñado era mucho más alto. Fuerte- 
mente sobrexcitada por una idea espantosa, se 
acostó otra vez, pero no logró dormir. Todo el 
día siguiente estuvo triste y preocupada; mas al 
cabo logró dominarse y resolvió en su interior 
vigilar á su hermana y saber de cierto si eran 
quimeras ó realidades lo que pensaba. Al efecto, 
no perdió de vista á Pachín, y observó que el día 
mismo que Gonzalo había de dormir en Sarrio, 
fué á este punto con una comisión de Ventura, 
aunque él no era el encargado de hacer la com- 
pra. Cuando llegó quiso ver lo que traía: era una 
novela francesa que no pudo tener en las manos 
porque Ventura se apoderó de ella al instante y 
se fué á su cuarto. No le cupo duda de que el li- 
bro traía entre sus páginas alguna carta. Se pro- 
puso entonces no dormirse aquella noche y saber 
de una vez la verdad. Después de comer cosió 
un rato mientras Ventura leía á la luz del quin- 
qué, y en cuanto sonaron las diez ambas herma- 



EL CUARTO PODER 



259 



ñas se retiraron á sus respectivas habitaciones. 
Cecilia se echó una manta por encima de los 
hombros, apagó la luz y se sentó detrás de los 
cristales del balcón. Esperó una, dos horas. A las 
doce, próximamente, de la noche percibió entre 
los árboles dos sombras, y aunque con dicfiultad, 
reconoció á Pachín y al hombre de la noche pa- 
sada, que esta vez advirtió bien que era el du- 
que. Las dos sombras desaparecieron al instan- 
te entre los árboles cercanos á la casa. Que- 
dó petrificada: una ola de indignación, que se 
formó en su pecho, subió á los labios y excla- 
mó: — ¡Qué infame! ¡qué infame! — Siguió senta- 
da en la silla con la sién pegada al cristal, atur- 
dida, llena de confusión y vergüenza como si ella 
fuese la culpable. Al cabo de algunos minutos, 
estando con la mirada fija, atónita, en el parque 
vio correr otra sombra con extraña velocidad 
hacia la casa. No pudo reprimir un grito de es- 
panto y quedó en pie como si la hubieran alzado 
con un resorte: luego, trompicando en la oscu- 
ridad con los muebles y las paredes se dirigió al 
cuarto de su hermana; pero se hallaba en tinie- 
blas. Vaciló un instante en llamar: mas de re- 
pente se le ocurrió seguir adelante pensando que 
Ventura no podía delinquir tan cerca de ella y 
las niñas. A los pocos pasos, al revolver la es- 
quina de un pasillo vio claridad y corrió hacia 
ella: en el gabinete persa, que era una roton- 



2Ó0 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



da aislada en cierto modo de la casa, había luz. 
Dió dos golpecitos á la puerta diciendo por el 
agujero de la cerradura: 

— Soy yo, Ventura. ¡Abre! Gonzalo está ahí. 

La puerta se abrió, en efecto, y apareció Ven- 
tura más pálida que una muerta. El duque de 
Tornos estaba en el otro extremo, y se dirigía á 
una ventana para saltar por ella. Cecilia corrió 
hacia él y le sujetó por los brazos. 

— ¡No, eso no! No se consigue nada... Ventura, 
escapa... ¡Hacíala cocina!... Gonzalo sube por 
el cuarto de papá. 

La joven hablaba en falsete con tono imperio- 
so, la mirada fulgurante. 

Ventura no se lo hizo repetir. Salió con preci- 
pitación del gabinete. 

Cecilia entonces arrastró al duque con fuerza 
hacia uno de los divanes, y le dijo: 

—Siéntese V. 

El magnate la miró demudado, y preguntó: 
— ¿Para qué? 

— ¡Siéntese V., le digo! — pronunció con rabia 
la joven, y al mismo tiempo, poniéndole las ma- 
nos sobre los hombros, le empujó hacia abajo. 

El duque se sentó al fin. Acto continuo, Ceci- 
lia lo hizo sobre sus rodillas y le echó los bra- 
zos al cuello, reclinando su cabeza sobre la del 
noble, llegando á poner los labios sobre su rostro. 

En aquel momento se oyeron pasos precipi- 



EL CUARTO PODER 



26l 



tados en el corredor, se abrió la puerta violenta- 
mente, y apareció Gonzalo con el estoque des- 
envainado. Cecilia volvió la cabeza y dio un gri- 
to. El joven retrocedió asustado al reconocer á 
su cuñada, soltando el arma que empuñaba, em- 
pujó otra vez apresuradamente la puerta, y se 
fué tropezando, lleno de confusión, hacia su cuar- 
to matrimonial. 

Ventura estaba leyendo tranquilamente á la 
luz de un quinqué. Al ver ásu esposo delante, se 
levantó asustada. 

— ¿Qué es eso? ¿Cómo estás aquí? 

Cualquier actriz la compraría de buena gana 
aquella actitud y la inflexión de la voz. 

Gonzalo se detuvo cortado, sin saber qué decir. 
Salió del compromiso exclamando: 

— ¿No sabes el escándalo que está pasando en 
nuestra casa? 

— ¿Qué ocurre? — profirió la joven viniendo ha- 
cia él, con la faz tan desencajada, que si Gonza- 
lo tuviese un temperamento observador, com- 
prendería que no podía ser solamente por su pre- 
sencia. 

Cerró la puerta y le dijo al oído. 

— ¡Tu hermana está en el gabinete persa con 
el duque!.. ¿No sabes nada?.. ¿Di la verdad? — aña- 
dió cogiéndola por la muñeca. 

Ventura se confundió, vaciló, tembló, bajó los 
ojos admirablemente. Al fin dijo: 



■ 



26 2 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¿Cómo quieres que yo lo sepa, Gonzalo? 

— ¡No mientas, Ventura! — exclamó con ade- 
mán furioso: en el fondo, sentía una alegría in- 
mensa, infinita. 

— Te digo la verdad... No lo sabía... Pero sos- 
pechaba algo... Por eso me asusté... Cuando tu 
entraste, estaba pensando en ir al cuarto de Ceci- 
lia, áver si estaba en él... 

— ¡Qué atrocidad! ¡Qué escándalo!... ¡Pero ese 
infame!... Es menester tomar una determina- 
ción... Debe concluir esto, sin que nadie se en- 
tere... 

— Sí, sí... ¿Pero qué quieres que hagamos? 

— Yo no sé... Hablaré á tu padre... No, á tu 
padre, no... el pobre recibiría un golpe mortal... 
Hablaré al duque... ¡Ya veremos si se resiste! 

Justamente en aquel momento, oyeron ruido 
en el cuarto contiguo. 

— Cecilia entra en su habitación — dijo Ventu- 
ra. — Voy ahora mismo á hablar con ella. Todo 
terminará y quedará en secreto... Yo no quiero 
que tú te comprometas, Gonzalo mío— añadió 
echándole los brazos al cuello... 

Gonzalo hizo un gesto de desdén. 

— No, no; no quiero. Es mejor que yo hable 
con Cecilia... Aguárdame un instante... 

Su marido la detuvo al tiempo de salir, y la 
dijo en voz baja: 

— No la digas palabras feas. Procura estar pru- 



EL CUARTO PODER 



263 



dente... El infame es él, que se ha aprovechado 
de su estancia en nuestra casa... ¡Qué miserable! 

Ventura salió del cuarto y se dirigió al de su 
hermana temblando de susto. La heroica joven, 
cuando aquella abrió la puerta, estaba en pie en 
medio de la habitación, con los brazos caídos y la 
vista fija en el suelo. Ventura cerró la puerta 
cuidadosamente, y se dirigió á abrazarla, mur- 
murando con voz trémula: 

— ¡Oh hermana mía, gracias, gracias! 

Pero Cecilia la rechazó brutalmente con un 
gesto de orgulloso deprecio, exclamando: 

— ¡Lo he hecho por él; no por tí! 



CAP. XVIII 



Donde tira Doña Brígida de la manta. 



ecilia no volvería más: comprendía la 
vV/y fealdad de su conducta, arrepentíase 
de haber dado ocasión para que los 
w enemigos de Gonzalo le injuriasen, du- 
dando de la honradez de su esposa, y daba su 
palabra y hacía juramento solemne de que aque- 
llas escandalosas citas nocturnas no se repeti- 
rían. Tal fué el recado que aquella noche trajo 
Ventura á su marido. 

En los días que siguieron, éste no se mostró 
irritado, ni aun severo con la delincuente. Toda 
su cólera y malquerencia eran para el duque, á 
quien acusaba de haber abusado inicuamente de 
la confianza de su suegro para despertar en la 



266 ARMANDO PALACIO VALDÉS 
_ 

pobre Cecilia pasiones que siempre habían esta- 
do dormidas /Tratábala con afabilidad, hasta con 
mimo, lo mismo que á un niño enfermo, que- 
riendo persuadirla á que no había perdido nada 
de su afecto. Mas esta amabilidad era tan hu- 
millante para ella, veíase detrás un hombre tan 
satisfecho, tan contento de su culpabilidad, que 
la joven la rechazaba con aspereza, no logrando 
por muchos esfuerzos que hacía, aparecer sensi- 
ble á tal generosidad. Encerrábase en su cuarto 
sin atender como antes al cuidado de las niñas, 
y aparecía tan seria y reservada á las horas de 
comer, que llegó á despertar la atención de don 
Rosendo, con hallarse este gran patricio más que 
nunca absorto en la alta dirección de la batalla 
del pensamiento que se libraba en Sarrio. Y con 
la perspicacia que le caracterizaba, en seguida 
comprendió que se trataba de «un decaimiento 
físico y moral, procedente de la vida monótona 
de la aldea: la juventud pide lo suyo, y hay que 
dárselo.» 

— Tú estás mal, Cecilia. Te veo pálida y tris- 
te. Necesitas salir de aquí y vivir con más ex- 
pansión, en un medio más á propósito para los jó- 
venes. Iremos á pasar un par de meses de prima- 
vera á Madrid. En la aldea te asfixias, como un 
pájaro dentro de la campana de una máquina 
neumática. 

Este gran pensador, tenía á veces símiles feli- 



EL CUARTO PODER 



267 



ees, arrancados como el presente á las ciencias 
físico-naturales. En la viveza con que la joven 
aceptó el ofrecimiento, entendió que, como siem- 
pre, había dado en el clavo. 

Ventura aparecía como antes. La terrible es- 
cena que había pasado, el sacrificio de su herma- 
na y su justo desprecio después, no habían deja- 
do huella en su vida. Hacía lo mismo que antes, 
y se mostraba tan cuidadosa de su persona y des- 
cuidada de las otras como siempre lo había sido. 
Sin embargo, cuando se encontraba con la mira- 
da clara y penetrante de su hermana, bajaba la 
suya prontamente. Desde la noche del suceso, 
huía de encontrarse á solas con ella, lo cual le 
era bien fácil, porque Cecilia tampoco tenía de- 
seo alguno de cruzar la palabra con la infiel. 

Gonzalo, enteramente seguro ya de ella, gozaba 
de esta seguridad con deleite. Entre los esposos 
había habido con tal motivo una recrudescencia 
de cariño. Ventura le había exigido que nunca 
más volvería á dormir fuera de casa, y él lo pro- 
metió solemnemente. Pensando en la falta de su 
cuñada, se repetía con frecuencia: « — Del agua 
mansa me libre Dios, que de la corriente me li- 
braré yo.» Y desde entonces no sólo perdonaba 
á su mujer aquella ligereza y frivolidad, afición 
al lujo y carácter altanero que tanto le habían 
disgustado, sino que llegó á ver en estos defectos 
una garantía de su fidelidad. No hay nadie sin 



268 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

defectos, se decía, y es preferible que tenga estos 
al que yo había imaginado. 

Cinco ó seis días después del suceso relatado, 
El Joven Sarriense insertaba una gacetilla donde 
pérfidamente se insinuaba la misma idea que le 
había obligado á hacer aquella memorable ex- 
cursión nocturna á Tejada. La leyó sin emoción, 
con la sonrisa en los labios, burlándose en su 
interior del engaño que sus enemigos padecían. 
Sin embargo, como al fin y al cabo era una in- 
juria la que venía allí escrita, resolvió castigar á 
los insolentes, aunque no de un modo trágico. 
Por la noche se introdujo súbitamente de modo 
sigiloso en la redacción del Joven Sarriense: no 
estaban allí á la sazón más que tres redactores: 
uno de ellos era el traidor Sinforoso Suárez. 
Sin decirles una palabra, cayó sobre ellos á 
puñadas y puntapiés , con tal maña y coraje, 
que no pudieron hacer resistencia : cuando al- 
guno se levantaba del suelo, un tremendo re- 
vés á mano vuelta le tumbaba de nuevo; y no 
sólo los tumbaba á ellos, sino también las mesas 
y los armarios, haciendo mayor destrozo que un 
terremoto. Cuando se cansó de sacudirles la ba- 
dana, salió muy tranquilo á la calle riendo. Acu- 
día ya á las voces de socorro alguna gente; pero 
él les dijo: 

— Nada, señores, que se están pegando ahí 
arriba los redactores del Joven... A ver, guardia, 



EL CUARTO PODER 



2Óg 



suba V. y diga V. á esa gente que si continúan 
dando escándalo, me voy á ver precisado á man- 
darles á la cárcel. 

Cuando se supo la verdad del caso, se rió mu- 
cho esta salida. Los del Camarote se pusieron 
frenéticos; pero Gonzalo, no tanto por su cuali- 
dad de alcalde, como por sus puños terribles, ins- 
piraba tal respeto, que al fin se resignaron á que- 
darse con la justísima paliza que á tres de sus 
colegas les habían administrado. 

Pasó el Carnaval sin gran animación. Ya no 
se formaban en Sarrio aquellas celebradas com- 
parsas y cabalgatas, que llamaban la atención de 
toda la provincia, y hacían de esta villa una Ve- 
necia en miniatura. En otro tiempo, todos los 
vecinos tomaban parte en aquella inmensa, des- 
enfrenada alegría; los ricos no sólo proporciona- 
ban sus coches y caballos, sino también abrían 
suscripciones para encargar trajes lujosísimos á 
Madrid. Estas comparsas iban arrojando anises, 
almendras y caramelos á los balcones, sin darse 
punto de reposo. Los bailes del Liceo, si no tan 
brillantes, eran tan animados y divertidos como 
los que se celebran en los palacios más opulen- 
tos de la corte. ¡Oh, el Carnaval de Sarrio! ¡Quién 
en la provincia septentrional, donde estos sucesos 
se efectúan, dejará de tener recuerdos vivos y 
gratos de él! 

Pero con la lucha política entre güelfos y gi- 



270 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



belinos, entre los del Saloncillo y los del Cama- 
rote, todo se había huido; cada cual se encerraba 
en su casa, y sólo se veía por la calle tal cual 
empedernido máscara, haciendo las delicias de 
un ejambre de chiquillos que le seguían. Los es- 
fuerzos titánicos de D. Mateo no habían bas- 
tado tampoco á prestar animación á los bailes 
del Liceo. En vano iba conferenciando con todas 
las niñas casaderas de la población, para arran- 
carles la promesa de asistir, lo cual, en verdad, 
no le costaba gran trabajo; mas en cuanto el pa- 
pá se enteraba, fruncía las cejas y decía grave- 
mente: 

— Ya veremos, D. Mateo, ya veremos. 

Este veremos significaba, las más de las ve- 
ces, una prudente abstención. Podían estar allí 
Fulano ó Mengano, con los cuales, el buen papá, 
no quería compartir ni la atmósfera. 

El año anterior, D. Mateo había tratado de 
resucitar el antiguo baile de Piñata, de impere- 
cederos recuerdos para todo buen sarriense, que 
se celebraba en el primer domingo de cuaresma; 
más el alcalde, que era á la sazón Maza, bajo el 
pretexto religioso, y tratando de halagar á los 
beatos de la villa, negó el permiso para efectuar- 
lo. Este año, el incansable viejo volvió á la car- 
ga con más ardor. Gonzalo no tuvo inconvenien- 
te alguno en permitirlo. Luego se dió tan buena 
maña para alborotar á la población, anunciando 



EL CUARTO PODER 



271 



extraordinarias sorpresas, que habían de salir de 
un famoso globo encargado á Burdeos, que con- 
siguió inspirar vivos deseos en todos de acudir 
aquella noche al Liceo. Por primera vez en Sa- 
rrio, después de unos cuantos años, el salón de 
esta sociedad prometía estar muy concurrido. 
Los días que precedieron á aquel domingo, las 
muchachas y muchachos, ó como se decía en- 
tonces, las pollas y pollos, lograron sofocar con 
sus pláticas y preparativos el desagradable zum- 
bido de la política. Fué como un momento de 
respiro de la aburrida villa. Venturita, en cuanto 
tuvo noticia de que se preparaba un baile de ver- 
dad, se apresuró á encargar á la modista un lu- 
josísimo vestido, para disfrazarse de Isabel de 
Inglaterra, y otro para Cecilia, de dama de 
Luis XV. Esta se había resistido bastante á ir 
al baile; pero fué tanto el empeño que Gonzalo 
so en ello, sin duda para distraerla un poco 
la melancolía en que había caído, que, al fin, 
dio. Con ir á Sarrio á probarse los trajes y 
ar instrucciones á la modista, se distrajeron al- 
nas tardes. 

Llegó el esperado domingo. Gonzalo, que es- 
viera ocupado toda la mañana, almorzó en Sa- 
ió, y cerca ya del oscurecer se volvió á Tejada 
n el objeto de comer con la familia y traer á su 
ujer y cuñada al baile. Cuando llegó, éstas se 
taban vistiendo ya en sus respectivas habita- 



272 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ciones. Ambas se presentaron en el corredor un 
poco después de la hora acostumbrada, primoro- 
samente ataviadas. Cecilia, como suele aconte- 
cer á todos los temperamentos serios cuando se 
animan súbitamente, estaba encendida y locuaz; 
parecía haber sacudido las ideas negras que tanto 
oscurecían su rostro en los días anteriores. Gon- 
zalo, antes de ponerse á la mesa bromeó gra- 
ciosamente, tanto con ella como con su mujer, y 
mientras duró la comida no dejó tampoco de 
reírse á su costa con aquella ruidosa y cordial 
alegría que le caracterizaba. 

— ¿Vuestra majestad no quiere un poco de cho- 
rizo? — decía dirigiéndose á su esposa. Y luego 
regocijado por su frase, soltaba una larga y sono- 
ra carcajada como. las que debían lanzarlos reyes 
bárbaros en sus festines, sacudiendo su enorme 
tórax con temerosas convulsiones. Su alegría de 
hombre sano y bien equilibrado era comunicati- 
va; nadie dejaba de reírse cuando á él se le ocu- 
rría hacerlo. Aquella noche Ventura estaba muy 
amable y daba palmetazos en las espaldas á su 
marido pidiéndole que callase, que no podía co- 
mer en paz. Después que concluyeron, cuando es- 
taban tomando el café, sea por haberse reído de- 
masiado ó por cualquier otra causa, la joven es- 
posa se sintió mal del estómago; la comida le 
había hecho daño. Dijo que tenía ganas de devol- 
verla; y en efecto, se fué á su cuarto y al poco 



EL CUARTO PODER 



273 



rato volvió diciendo que había arrojado y le do- 
lía la cabeza. Se le hizo té: estuvo reposando so- 
bre un diván algún tiempo; mas el dolor y la 
incomodidad no desaparecían. 

— Mirad; idos vosotros al baile; yo me voy á 
meter en la cama — dijo levantando la cabeza. 

Cecilia, por cuya mente cruzó súbito una sos- 
pecha, respondió: 

— No; yo me quedo también. 
— ¡Qué tontería! — exclamó la enferma. — ¿Váis 
á privaros de la única diversión que hay en Sa- 
rrio hace tiempo, por una cosa tan ligera? 

— Sí — replicó Cecilia con la misma gravedad. 
— Yo me quedo. 

— Pero mujer, ¡si sabes que esta incomodidad 
la padezco yo á menudo! Es un poco de bilis; en 
cuanto duerma cuatro ó cinco horas estoy buena. 
— Pues yo me quedo. 

— Pues me obligarás á mí á ir enferma y todo 
— dijo con impaciencia, levantándose. 

— Tiene razón Ventura, Huesitos — dijo Gon- 
zalo cogiendo á su cuñada por los hombros y sa- 
udiéndola cariñosamente. — Esto no es nada; lo 
a tenido cien veces. ¿Por qué te has de privar 
ú de ir al baile?... Ea, ea, á tomar el abrigo; Ra- 
món ya ha enganchado; son más de las nueve y 
media — añadió empujándola hacia la puerta. 
Cecilia no pudo resistirse; pero antes de salir 
'rigió una penetrante mirada á su hermana, que 

18 



2/4 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ésta se apresuró á evitar sentándose de nuevo. 

Abajo les esperaba ya, en efecto, Ramón, con 
el familiar enganchado. Llevaban el carruaje 
mayor que tenían, porque D. Rosendo y Pablito, 
que se habían quedado á comer en Sarrio, volve- 
rían probablemente con ellos á la madrugada. 
Durante el trayecto, Gonzalo se mantuvo alegre 
y hablador, dando matraca á su cuñada, la cual 
estaba taciturna en demasía. El joven creía que 
el recuerdo de la fatal escena que narramos la 
atormentaba, y hacía vivos esfuerzos por dis- 
traerla. 

La sociedad del Liceo se hallaba establecida 
en la única ala sana de un viejo convento derruí- 
do. Primero había sido escuela; mas cuando el 
ayuntamiento edificó el nuevo local, hacía ya al- 
gunos años, la sociedad, que tenía uno malísimo, 
se trasladó á éste, previo un arreglo ó restaura- 
ción que dirigió D. Mateo y costó muy buenos 
cuaitos. Los trabajos, sin embargo, se limitaron 
casi exclusivamente al salón de baile y la escale- 
ra: la secretaría, el despacho del presidente, la 
sala de ensayos de la orquesta, eran amplias y 
desnudas cuadras, con el pavimento de madera 
podrido y roto, y las paredes blanqueadas. 

La escalera estaba bien iluminada y adornada 
con macetas de flores,, que testimoniaban el celo 
y el gusto de D. Ma$eo. Gonzalo y Cecilia la 
subieron de bracero, y al llegar arriba atra- 



EL CUARTO PODER 



275 



vesaron una vasta antesala donde un montón de 
pollos se apresuraron á abrirles paso y saludarles 
con la familiaridad que se usa en los pueblos pe- 
queños. En el salón había ya bastantes damas, 
todas disfrazadas, aunque la mayor parte de ellas, 
como Cecilia, sin máscara. Para los sarrienses 
era aquello una sorpresa. En los cinco últimos 
años, los bailes del Liceo parecían visitas de pé- 
same. Media docena de señoritas más ó menos 
jóvenes, con los hombros y el pecho al aire, el 
rostro muy empolvado, departiendo en voz baja 
allá en un ángulo del vasto salón, mientras á su 
lado las mamás sacaban tiras de pellejo á alguna 
amiga ausente; y otros tantos pollos dando vuel- 
tas en la antesala, el aire triste, la mirada opa- 
ca, abrochándose mutuamente los guantes con 
las horquillas de sus hermanas. Generalmente eran 
los mismos: cada pollo bailaba dos ó tres polkas, 
rigodones ó lanceros con las hermanas de sus 
amigos, y á las doce ó doce y media salían todos 
en pelotón, remangándose los pantalones y las 
sayas respectivamente, y guareciéndose debajo de 
los paraguas, charlando en voz alta al través de 
las calles solitarias y húmedas. Los vecinos, á 
quienes el sueño no tenía presos, decían: — «Aho- 
ra salen del Liceo.» Esto era todo. D. Mateo, fir- 
me, indomable, conservaba tenazmente, con 
amoroso esmero, este exiguo rescoldo del fuego 
del placer. 



276 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Y gracias á su perseverada, aquella noche, se 
convirtió en viva y animada hoguera. La juven- 
tud de la villa, tuvo fuerzas para arrollar las rui- 
nes pasiones que agitaban los pechos de sus pa- 
pás, y entró en aquel solitario salón como un to- 
rrente desbordado, haciéndolo resonar con sus 
risas y pláticas, con chillidos horrísonos: 

— Alvaro, ¿me conoces? ¿me conoces? ¿Por qué 
no te casas? Mira que ya vas caminando para Vi- 
llavieja. 

— Periquito, ¿te gusto?... ¿Que alce la care- 
ta?... ¿Para qué lo necesitas? Tú no te enamoras 
délas caras y haces bien. ¡Teniendo de aqui... 
y de aquí! ¿Eh? Adiós, adiós, Periquito. 

— Hola, Delaunay... Hola, tnonsieur. ¿Cómo va 
ese tranvía aéreo? ¡Qué cosas se te ocurren! ¡Qué 
gran cabeza tienes! ¡Lástima que seas tan des- 
graciado! Dicen, que no eres hombre práctico. 
Sin embargo, supiste arreglar á la hija del Ra- 
to... Adiós, adiós... 

— Qué tal Sinforoso: ¿Cuándo te dan la mano 
de Cipriana?... Bien te hacen penar, hombre. 
¿Por qué no los amenazas con pasarte otra vez 
al Saloncillo? 

Había una porción de señoras con dominó ne- 
gro, que eran las que daban estas bromas, dema- 
siado vivas á veces. La mayor parte de ellas eran 
viejas; porque á las jóvenes, les gustaba mostrar 
el palmito y la esbeltez de su talle, con algún 



EL CUARTO PODER 



277 



traje histórico. Había damas venecianas, roma- 
nas, del bajo imperio, hebreas, de la época de 
Luis XV, del Directorio, de Felipe II, y hasta 
pasiegas de los tiempos más recientes. Había 
también, algunas gitanas, nigrománticas y cauti- 
vas y veíanse trajes caprichosos y románticos, 
que no admitían clasificación; uno de noche estre- 
llada, otro de tulipán, otro de paloma viajera con 
una cartita al cuello. Los hombres en general no 
llevaban disfraz: vestían la larga y desairada levi- 
ta, que sólo salía á relucir en ocasiones como esta. 
Sin embargo, veíanse algunos con dominó, que 
les servía para acercarse y hablar á sus novias, 
sin peligro de ser interrumpidos por las mamás. 
Un grupo de pollos afiliados al Camarote, que 
venían de este modo, habían tenido la feliz ocu- 
rrencia de disfrazar á D. Jaime Marín de mara- 
gato. Cuando le tuvieron vestido de esta suerte, 
le dijeron que mejor que careta, convenía que se 
pintase; á lo cual él se prestó. Tomó un pollo el 
pincel y la caja de pinturas, y fingiendo que le 
embadurnaba con mil colores, le paseó el pincel 
largo rato por la cara, mojado en agua solamen- 
te. Pidió Marín un espejo para verse; pero los 
maleantes jóvenes tuvieron buen cuidado de no 
proporcionárselo. Todo se volvían gritar: — ¡Pero 
qué bien está V., D. Jaime! ¡qué horrorosamente 
intado! Ni la madre que le parió puede conocer- 
e. Bajo la fe de esta palabra, el buen Marín se 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dejó llevar al Liceo y sus amiguitos le aconseja- 
ron que no dejase de dar bromas á ciertas seño- 
ritas; á lo que él contestaba, que serían como 
sinapismos. Y en efecto, así que entró en el sa- 
lón, comenzó á dirigirse á las muchachas gri- 
tando con voz de falsete: 

— Hola, Rosarito, ¿dónde has dejado á An- 
selmo? Ya sabemos que todas las noches á las 
diez le tiras una cartita por el balcón. 

— ¡Pero, D. Jaime! — exclamaba la niña mi- 
rándole con sorpresa. — ¿Usted cómo viene así? 

— ¡Diablo! Ya me ha conocido — decía el buen 
Marín alejándose. 

Dirigíase inmediatamente á otra, y pasaba lo 
mismo. 

— Es particular — concluyó por decirse. — To- 
das me conocen al instante... Debe ser por la 
voz, porque lo que es pintado, ¡lo estoy de or- 
dago! 

Cuando estaba haciéndose esta reflexión, una 
mano huesuda le agarró por detrás. 

— Gran burro, bobalicón, zoquete, ¿quién te 
ha metido aquí de este modo? 

Era su amada compañera, la ingeniosa y seve- 
ra Doña Brígida. 

— ¡Anda, bestia, anda, que siempre has de 
servir de payaso en todas partes! 

Y á empujones lo fué sacando del salón. La 
buena señora, que venía disfrazada con dominó y 



EL CUARTO PODER 



279 



careta, luego que le dejó en la antesala con or- 
den expresa y terminante de irse inmediatamen- 
te á casa, se volvió á meter en el centro del bai- 
le, donde tenía un asunto de importancia que re- 
solver, como luego veremos. 

Rodeado por un grupo de máscaras estaba el 
simpático D. Feliciano Gómez: su gran pirámi- 
de de cabeza monda y reluciente, descollaba so- 
berbia por encima. Eran mujeres las que forma- 
ban círculo en torno suyo, armando algarabía 
insufrible. Las bromas que le prodigaban toca- 
ban á menudo en la injuria. 

— ¡Feliciano, milagro que te han dejado venir 
al baile tus hermanas! ¿A qué hora te han man- 
dado retirarte?. Dicen que Doña Petra te pega 
cuando llegas tarde, ¿es verdad? ¡Pobre Felicia- 
no! ¡Qué severas son tus hermanas! Ya que no 
te han permitido casarte, debieran darte un poco 
más de libertad. 

El bravo comerciante, sin ofenderse, contes- 
taba con sonrisa bondadosa á aquellas arpías. 
Al fin, cansadas de su paciencia, le dejaron en 
paz. 

El adorable Pablito, vestido correctamente de 
frac, con una flor blanca en el hojal, llevaba á 
cabo mientras tanto la conquista de una hermo ■ 
sa hebrea, hija de un comandante de artillería 
que acababa de llegar. La pobrecilla, al ver ren- 
dido á sus piés al joven más rico y más apuesto 



28o ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de la villa, dejaba escapar por todos los poros 
de su lindo rostro ruborizado, el gozo íntimo que 
la embargaba. ¡Qué sonrisas, qué gestos tan ex- 
presivos! Las muchachas de la población la mi- 
raban con expresión de burla. Aquellas miradas 
decían: « — Goza, goza un poco, infeliz, que pron- 
to vendrá el desengaño.» 

Pablito, inclinado, sumiso, la vertía al oído fra- 
ses ardientes é ingeniosas como estas: 

— Ayer cuando venía de Tejada, la he visto á 
usted con su papá, tan guapetona como siempre. 

— ¡Qué guasón! También yo le vi á V. Venía 
usted en coche abierto. Guía V. muy bien. 

— Es favor, Carmencita. Guiar ahora esos ca- 
ballos no tiene nada de particular, lo hace cual- 
quiera. ¡Si los viera V. cuando los compré! ¡Aque- 
llo sí que era canela! Para sentarles la cabeza ne- 
cesité cerca de un año, sacándolos todos los días 
á paseo. El cochero de D. Agapito los había 
echado á perder enteramente; sobre todo el Ga- 
llardo, el de la izquierda ¿sabe V.? un poco más 
oscuro que el otro... aquel era una cosa perdida. 
Si cae en otras manos, á estas horas no vale dos 
mil reales. Hoy es mejor que el otro todavía... 
Cuestión de paciencia ¿sabe V.? — añadió con fin- 
gida modestia. 

La linda hebrea protestó: 

— Vamos, no se haga V. el pequeño, que ya 
sabemos que lo hace V. muy bien. 



EL CUARTO PODER 



28l 



— Paciencia y un poco de costumbre — repitió 
Pablito bañándose en agua de rosas. 

Después le explicó con toda latitud lo que en 
su concepto constituía un buen cochero; la mano 
suave y firme al mismo tiempo, el ojo vivo, cas- 
tigar fuerte cuando hace falta, pero sin irritarse; 
luego un gran conocimiento de lo que son los ca- 
ballos; sin el estudio atento y reflexivo del tem- 
peramento de estos animales, imposible guiar re- 
gularmente. Carmencita le escuchaba embele- 
sada. 

A Cecilia se le había acercado poco después 
de entrar en el salón, Paco Flores, aquel ingenie- 
ro que pidió su mano por mediación de Gonzalo. 
Desde que la joven le diera calabazas, él, que co- 
mo hemos visto, sólo buscaba una mujer modesta, 
hacendosa y con algún dinero, se había enamora- 
do de ella y la perseguía á sol y á sombra. Hay 
en el amor siempre una buena parte de amor pro- 
pio, y muchas veces no es fácil, ni al mismo indi- 
viduo que lo siente, separar uno de otro. En Sa- 
rrio, al ver la persistencia del ingeniero en feste- 
jar á la primogénita de Belinchón, se creía que 
apetecía sólo con ansia la dote. Era un error. 
Flores se había llegado á enamorar de veras. Si 
Cecilia se que4ase pobre repentinamente, lo mis- 
mo la haría su mujer. La conducta de ésta, tam- 
bién era adecuada para encender su ilusión. A to- 
dos sus obsequios y galanterías contestaba siem- 



282 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



pre con amabilidad y gratitud; no había peligro 
de que la joven se retirase del balcón cuando él 
pasaba, ni esquivase su conversación cuando le 
encontraba en alguna casa conocida ó le diese al- 
guno de esos desaires que tanto hacen gozar á la 
mayoría de las muchachas. Le trataba como un 
buen amigo, guardándole todas las atenciones que 
se deben á la persona que se estima; pero en 
cuanto el ingeniero quería pasar adelante, pedía 
un poco de amor, un rayo de esperanza, siquiera 
para el día de mañana, encontraba la misma ne- 
gativa, suave, firme y constante. Y lo peor era 
que Cecilia, al negar, no lo hacía con placer, sino 
con repugnancia, como si le doliese causar disgus- 
to á un amigo. Este sentimiento hería aún más 
el amor propio del pretendiente. 

Después que bailaron un vals, sentáronse fa- 
tigados en un ángulo del salón. Flores la había 
cogido el abanico, y la abanicaba respetuosa- 
mente. 

— Así quisiera pasarme la vida —dijo con acen- 
to sincero. 

— ¡Oh! Se había V. de cansar pronto — respon- 
dió Cecilia sonriendo. 
— ¿Quiere V. probarlo? 
La joven no contestó. 

— No es V., Cecilia, de las mujeres que has- 
tían pronto. Posee V. en su corazón y en su in- 
teligencia recursos para tener siempre á sus piés 



EL CUARTO PODER 



283 



al hombre que la ame. Hace más de dos años 
que vivo enamorado de V., y, en vez de cansar- 
me, cada vez me siento más ligado á V., cada 
vez la adoro más perdidamente... hasta el punto 
de ser la burla de la población. 

— Eso no se puede decir de antemano — repuso 
ella, un poco conmovida por el fuego y la emo- 
ción que Flores había comunicado á sus pala- 
bras. — No es lo mismo ver á una mujer cortos 
instantes, y hablarla de Pascuas á Ramos, que 
tenerla á su lado eternamente. 

— ¡Qué más quisiera yo, Cecilia! Tenerla junto 
á mí siempre ¡siempre! — replicó en voz baja y 
temblorosa el ingeniero, jugando con el abanico 
y mirando fijamente al suelo. — Consagrar mi vi- 
da á servirla, á adorarla de rodillas... Yo sé que 
haría V. feliz á cualquier hombre, pero á nadie 
tanto como á mí que conozco las grandes cuali- 
dades de su alma, que adivino además en su co- 
razón sentimientos que acaso sean enteramente 
desconocidos para otros... ¡Es terrible! Eso de 
que V. no me haga concebir la más remota es- 
peranza de que algún día, por lejano que sea, 
mi cariño llegue á ablandarla, y me acepte si- 
quiera por esclavo... 

— Le acepto por amigo, por buen amigo— dijo 
la joven gravemente. 

— Amigo, ¡oh!... Esa amistad, Cecilia, es una 
muralla de hielo que se interpone entre V. y yo... 



284 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Comprendo que no tengo mérito alguno para me- 
recer el amor de V... que hay cien jóvenes en la 
villa que pudieran con más derecho solicitarlo;... 
pero lo extraño, lo que me anima y desanima á 
un mismo tiempo, es que V. no se ha fijado en 
ninguno hasta ahora:... su corazón permanece 
ocioso, indiferente... Digo, á no ser que tenga 
usted algún amor oculto. 

Cecilia se estremeció levemente, y levantó un 
poco los ojos hacia el sitio donde se escuchaba la 
voz de Gonzalo. Después respondióle con más 
severidad que de ordinario: 

— Deje V. de estudiar tanto mi interior, Flo- 
res; primero, porque lo más probable es que sea 
tan vulgar como el de la mayoría de las mujeres, 
y segundo, porque, si hubiera algo de particular 
en él, no sería fácil que V. lo descubriera. 

— No se ofenda V., Cecilia. Este estudio es 
una prueba nada más de lo mucho que V. me in- 
teresa. 

— No me ofendo — replicó la joven procurando 
sonreír. — Voy á saludar á Rosario. ¿Quiere usted 
llevarme? 

En la antesala, separada sólo por algunas co- 
lumnas del salón, charlaban los padres graves, 
echando ojeadas satisfechas á éste, donde veían 
á sus hijas divertirse. Alguna vez, se destacaba 
un máscara del baile, y venía á embromarles: 
era alguna vieja contemporánea que les hacía 



EL CUARTO PODER 



reir y toser hasta reventar con historias antiguas. 
D. Rosendo charlaba en un rincón con D. Mel- 
chor de las Cuevas. Explicábale un vasto proyec- 
to de puerto, grandioso como todos los suyos. 
Porque no es posible representarse bien lo que 
había crecido la ciencia, ya grande, de Belinchón 
en los últimos años. Era una ciencia más intuiti- 
va que adquirida á fuerza de estudio, como 
acontece á todos los grandes hombres. Al princi- 
pio, cuando iba á escribir en El Faro sobre un 
tema que no conocía, mostrábase receloso, vaci- 
lante, tímido; mas en cuanto aprendió bien los 
tópicos del periodismo, y tuvo á su disposición 
una buena cantidad de frases hechas, y sobre to- 
do, en cuanto recibió un diccionario enciclopédi- 
co en quince tomos, que le costó no menos de 
dos mil reales, ¡aquello sí que fué cortar y rajar! 
No hubo asunto ó problema científico, social, 
económico y político en que D. Rosendo dejase 
de meter la cucharada con gran lucimiento. Se 
trataba de la peste que hacía estragos en el ga- 
nado: D. Rosendo buscaba en su diccionario las 
palabras ganado, caballo, toro, carnero, forrajes, 
industria pecuaria, etc., y así que leía lo que de- 
cía sobre ellas, tomaba la pluma, y su genio pe- 
riodístico se encargaba de trazar uno ó varios 
artículos, rebosando de filosofía y erudición. Ve- 
nía, como ahora, la cuestión del puerto, y acudía 
al diccionario en busca de las palabras puerto, 



286 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dársena, mareas, dragas, vientos, etc. Siete artícu- 
los llevaba escritos y publicados á la sazón, para 
demostrar la necesidad de construir una gran 
dársena frente á Sarrio, en un punto denomina- 
do Fonil. Parecía un marino consumado, harto 
de surcar los mares, encanecido en el estudio de 
los problemas hidráulicos. Sin embargo, el señor 
de las Cuevas, aunque pasmado de aquel modo de 
barajar términos marítimos, alguno de los cuales 
ni él mismo conocía, torcía el gesto á las expli- 
caciones verbales que D. Rosendo le daba: con- 
cluyó por decirle, poniéndole la mano en el hom- 
bro: 

— Desengáñese V., Belinchón: en la dársena 
de V., con viento entablado del noroeste, no en- 
tran ni las sardinas. 

El- que más gozaba en esta fiesta, ¿quién lo di- 
ría? era un anciano, el buen D. Mateo, á quien 
se debía exclusivamente. Para él, aquel baile sig- 
nificaba uno de los grandes triunfos de su vida: 
más trabajo le había costado congregar allí á los 
enconados vecinos de la villa, que tomar un re- 
ducto á los carlistas en la acción de Guardamino. 
No cesaba en toda la noche de andar, mejor di- 
cho, de arrastrarse de un lado á otro, expidiendo 
órdenes á los criados, al conserje, á la orquesta. 

— Gervasio, ahora las bandejas de dulces... 
¡Coged uno de cada lado, mastuerzos! — ¿Qué 
quiere V., señor Anselmo? ¿Piden los pollos que 



EL CUARTO PODER 



287 



en vez de vals sea rigodón? Pues toque V. rigo- 
dón. — A ver, pollos, que hay una porción de se- 
ñoras en el tocador que no tienen pareja para 
salir. — ¡Marcelino! ¿dónde se ha metido Marce- 
lino? Baja al portal, que un pillo ha tirado una 
pedrada al farol, y lo ha roto. — ¡Pero D. Manuel, 
si no son más que las dos! ¿Se quiere V. llevar ya 
á las niñas, y aún no hemos roto la piñata? 

Aquella noche estaba rejuvenecido el buen se- 
ñor. Gozaba por todos los jóvenes, como los mís- 
ticos gozan en una comunión general. De vez en 
cuando sus ojos opacos se fijaban por encima de 
las gafas, en el globo de madera que colgaba en 
medio del salón, y lo acariciaba con una sonrisa 
de placer. Aquel primoroso artefacto, venido de 
Burdeos estaba pintado con rayas azules y blan- 
cas: por debajo de él pendía una multitud de cintas 
de varios colores, todas las cuales, menos una, 
quedarían en las manos de las señoritas, al tirar 
por ellas: á la que diera con la cinta que abría la 
piñata se le adjudicaba el globo, cargado, sin du- 
da, de confites, y, según se decía, de chucherías 
muy lindas. 

Gonzalo, en el medio del salón, mostrábase 
también alegre, departiendo cuándo con una, 
uándo con otra dama. Había bailado con su cu- 
ada un rigodón, y una polka y un vals con dos 
migas de su esposa: sudaba copiosamente; no 
saba de limpiarse la frente con el pañuelo. Su 



288 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



gran figura de coloso, descollaba como una torre 
por encima de todas las cabezas. 

— ¡Qué animado está el señor alcalde — le de- 
cía una dama del bajo imperio. 

— Hay que aprovecharse de la ausencia de 
Ventura — respondía el joven riendo. — ¿Dónde 
está su marido, Magdalena? 

— Por ahí anda. 

— Baile V. conmigo esta polka. Vamos á en- 
gañar á nuestros cónyuges respectivos. 

— No puedo. La tengo comprometida con 
Peña. 

Mientras así charlaba con todos los que se le 
acercaban, una mujer rebujada en dominó negro, 
con máscara del mismo color, no le perdía de 
vista un momento, situada ahora en un punto, 
ahora en otro; pero siempre á corta distancia de 
él. Por los agujeros de la careta se veían dos ojos 
lucientes y fieros. Era Doña Brígida, la ingenio- 
sa compañera del rebajado Marín, que acechaba 
el momento oportuno, como el barítono de Un 
bailo in maschera para dar la puñalada. La vícti- 
ma allí, era un príncipe; aquí, nada más que al- 
calde. Las razones que la eminente señora tenía 
para meditar tal crimen, no serán tan poderosas 
como las del barítono á los ojos de un hombre; 
mas de seguro lo parecen á cualquier mujer. El 
Faro de Sarrio, en su afán de morder á todos los 
socios del Camarote, á sus parientes y amigos, 



EL CUARTO PODER 



289 



la había emprendido desde hacía tres ó cuatro 
meses, con la esposa de Marín. Salieron á relucir 
todos los secretos domésticos; la vida del matri- 
monio, la dependencia y degradación de Marín 
fueron puestos en caricatura, contándose á este 
propósito, en letras de molde, todas las anécdo- 
tas más ó menos chistosas que corrían por la vi- 
lla, y algunas más descubiertas ó inventadas pol- 
los maleantes redactores. Y como si esto fuera 
poco, no había número del citado periódico en 
que de un modo ú otro no se hiciese mención de 
la peluca de Doña Brígida, que por tal circuns- 
tancia había llegado á ser popular en Sarrio. La 
irritación, la rabia, el odio y el deseo de vengan- 
za que se habían despertado en esta señora, na- 
die se los puede figurar. Baste decir que, cuando 
veía á cualquier redactor del Faro en la calle, 
empalidecía horriblemente, y costaba gran tra- 
bajo impedir que se le arrojase al cuello, como un 
gato rabioso. Hasta entonces no había podido sa- 
tisfacer aquella ansia de venganza que la devora- 
ba. Por eso ahora, contemplando á Gonzalo, se 
relamía de gozo, se estremecía de anhelo, como 
el tigre que divisa la presa. Aprovechando un 
instante en que nadie hablaba con él, se fué ha- 
cia él muy quedo y por detrás, y poniéndosele 
repentinamente delante, escupió más que dijo es- 
tas palabras: 

— ¿Gonzalo, cómo eres tan borrico? Estás sien- 
* 19 



29O ARMANDO PALACIO VALDÉS 



do la burla y la risa de todo el mundo. No hay 
una sola persona en el baile, que no sepa que tu 
mujer está durmiendo á estas horas con el duque 
de Tornos. 

El joven se quedó como si le hubieran dado 
con un mazo en la frente; se puso densamente pá- 
lido, y trató de agarrar á la infame máscara para 
arrancarle la careta; mas no le fué posible. Doña 
Brígida, se había escabullido como una anguila 
por entre la gente, y como había muchas seño- 
ras con el mismo disfraz, imposible saber quién 
era. Entonces se apresuró á salir del salón; las 
palabras aquellas le sonaban dentro de la cabeza 
como feroces martillazos. Temió caerse. En la 
antesala contestó con sonrisa estúpida, á las fra- 
ses amicales que le dirigían. Su tío D. Melchor, 
viéndole tan pálido, vino hacia él: 

— Qué tienes, Gonzalillo: ¿te sientes mal? 
— Sí... Voy á tomar una taza de té. 
— Te acompaño. 
— No, no; vuelvo en seguida. 
Y corrió, dejándole plantado cerca de la puerta. 
Bajó las escaleras, y se encontró en la calle 
sin darse cuenta de lo que hacía. El aire frío de 
la noche le refrescó la cabeza y le hizo volver en 
su acuerdo. Súbitamente tomó la resolución de 
partir á Tejada. Buscó con la vista el coche y no 
le vio: sin duda Ramón estaba en casa aún: miró 
el reloj; no eran más que las dos y media. Diri- 



EL CUARTO PODER 



291 



gióse á paso largo hacia la casa de su suegro en 
la Rúa Nueva, mas cuando hubo dado unos pasos, 
advirtió que iba sin sombrero y de frac. Volvió- 
se al Liceo, y al primer criado con quien tropezó 
en la escalera, le pidió que le bajase el sombrero 
y el abrigo. 

Cuando llegó á casa, Ramón estaba engan- 
chando ya. 

— Ramón, vas á llevarme ahora mismo á Te- 
jada á todo escape. 

El cochero le miró con sorpresa. 

— ¿Se ha puesto peor la señorita? 

— Me parece que sí — respondió metiéndose en 
el coche. — Para antes de llegar... en la revuelta 
del molino; ¿entiendes? 

— Tiene miedo asustar á la señorita, ¿verdad? 
[■ — preguntó el cochero con gran penetración. 

No contestó. 

Los caballos partieron á escape, haciendo bai- 
lar el coche ásperamente por encima del empe- 
drado desigual de la villa. Gonzalo no advirtió 
siquiera aquel movimiento que le sacudía ruda- 
mente las visceras, ni el tránsito á la carretera al 
dejar la población. Toda su atención estaba fija, 
concentrada en un punto. ¿Sería verdad, ó no? 
Desgraciadamente, sin saber él mismo por qué, 
la convicción de que su esposa le estaba enga- 
ñando, entraba en su alma y se enseñoreaba de 
ella. Cuando había venido á Tejada á pie, hacía 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dos meses escasos, esta convicción no quería en- 
trar; por mucho que hacía para convencerse de 
que la delación del periódico era verdad, su men- 
te y su corazón se negaban á darle asenso. Aho- 
ra sucedía todo lo contrario; se hacía infinitas 
reflexiones para persuadirse á que la acusación 
de la encapuchada no era más que vil expre- 
sión de la envidia y el despecho en algún ene- 
migo oculto, y á pesar de ellas no podía menos 
de darla fe. 

Cuando el coche paró, no se dió cuenta del 
tiempo que hacía que caminaba; lo mismo podía 
ser un día que un minuto: salió de su sueño y 
brincó del carruaje al suelo. 

— Ahora vuélvete por la familia — le dijo á 
Ramón, — y no digas que me has traído. No hay 
necesidad de asustarles. 

Se dirigió lentamente hacia la puerta del par- 
que, que estaba á unos doscientos pasos, mien- 
tras el coche se alejaba en sentido contrario. 
Cuando llegó, la tocó con mano trémula: estaba 
abierta como la otra vez. Sintió un frío especial 
en el corazón que le obligó á detenerse. Entró al 
fin con cautela, y quiso ver si estaba la llave por 
dentro para cerrarla; pero no la halló. La noche 
no estaba clara ni oscura; el cielo toldado; llovía 
un agua menudísima, muy frecuente en el país, que 
impregna al cabo la ropa como la gorda, y aun 
mejor. No hacía ruido alguno al caer sobre los 



EL CUARTO PODER 



293 



árboles y plantas del parque; pero aquéllos, em- 
papados ya, al ser heridos por una ráfaga del 
viento, dejaban escapar multitud de gotas, un 
verdadero chubasco, que sonaba sobre los ca- 
minos con suave y fugaz repiqueteo. 

Gonzalo se acordó de que no traía arma algu- 
na; mas en seguida levantó los hombros con des- 
dén, con una confianza absoluta de que si llega- 
ra el caso no iba á hacerle falta. Miró á todos la- 
dos á ver si descubría el caballo del duque y no le 
vió: lo que sí percibió fué la sombra de un hombre 
deslizándose al través de los árboles: corrió ha- 
cia ella, mas se desvaneció al instante. Figuróse- 
le que era Pachín, el criado, y le acometió la sos- 
pecha de que él era el traidor que abría la puer- 
ta al duque. Después de la noche aquella en que 
halló á su cuñada con éste, se había dedicado á 
averiguar quién era el que dentro de casa le pro- 
tegía, sin lograr nada. En quien menos podía 
sospechar era en un criado tan antiguo como Pa- 
chín. 

Pensó entonces en que podía ir á avisar á los 
traidores, y tomó de nuevo la dirección de la 
casa á la carrera para ganarle por la mano. 
Subió de nuevo por la parra al cuarto de su sue- 
gro; esta vez, el balcón estaba llegado nada más. 
De puntillas, pero velozmente, se dirigió al ga- 
binete persa por un movimiento automático, co- 
mo si, habiendo encontrado allí al duque una vez, 



2g4 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



fuese de necesidad que estuviese siempre. Grande 
fué su estupor al encontrarlo desierto y oscuro. 
Quedó un momento clavado al suelo; pero movi- 
do súbito por una idea, corrió al cuarto matri- 
monial, donde Ventura dormía. Hallólo cerrado 
por dentro. Llamó con la mano. 
— Ventura, Ventura. 

— ¿Quién está ahí? — gritó de adentro su esposa 
con voz extraña, indefinible. 
— Soy yo... abre, abre pronto. 
— Estoy en la cama. 
— No importa, abre pronto. 
— Déjame vestirme. 

— No; abre en seguida ó rompo la puerta. 
— Voy, voy allá. 

El joven aguardó un instante; pero en vez de 
la puerta, creyó percibir que se abría el balcón 
del cuarto. 

— ¡Abre, Ventura! — gritó con furor. 

Y no recibiendo contestación, dio un golpe 
á la puerta con su poderosa pierna de cíclope, é 
hizo saltar el pestillo con estrépito. El cuarto es- 
taba en tinieblas. 

— ¡Ventura, Ventura! — gritó. 

Nadie contestó. Sacó con mano trémula una 
cerilla, y paseó una mirada de loco por la habi- 
tación. Su esposa estaba en camisa acurrucada en 
un rincón, pálida, desencajada. Gonzalo no detu- 
vo los ojos en ella; miró á todas partes en busca 



EL CUARTO PODER 



295 



de algo, y, percibiendo el balcón entreabierto, se 
lanzó hacia él. Abriólo, y asomándose vió correr 
entre los árboles una cosa blanca, el bulto de un 
hombre en mangas de camisa. No se descolgó; 
saltó de un brinco al jardín, y corrió hacia él 
como una saeta. Mas el hombre ya llegaba á la 
puerta de hierro, la abría, desaparecía. Gonza- 
lo le siguió poco después, pero al echar una mi- 
rada en torno, le vió entre las sombras, montado 
á caballo, lanzándose á la carrera en dirección 
á Nieva. Comprendió en seguida que era inútil 
perseguirle. Animado, no obstante, de una espe- 
ranza loca, volvió corriendo á las cuadras, sacó 
su hermoso caballo de silla, y, poniéndole un 
freno, saltó sobre él en pelo, y se lanzó igual- 
mente á escape por la carretera de Nieva. No 
llevaba espuelas ni látigo, mas el bravo animal 
obedeció á su voz, mejor dicho, á sus rugidos, y 
tomó un escape violentísimo. Los ojos del caba- 
llo veían el camino; él no percibía delante de 
sí más que un gran agujero negro, donde iba á 
sumirse. Los altos álamos que orlaban la carre- 
tera, pasaban raudos á un lado como negros fan- 
tasmas. 

— ¡Up, up, up! 

El noble bruto volaba como si le clavase el 
acicate. Así corrió por espacio de media hora. 
— Es imposible, se dijo — su caballo es aún mejor 
que el mío, y me llevaba una delantera de dos ti- 



296 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



ros de fusil lo menos.» Mas cuando se iba hacien- 
do esta reflexión, y vacilaba en tirar del freno al 
caballo, pasó por delante de otro, que estaba á 
un lado de la carretera, ensillado y sin jinete. 
Paró en firme al suyo con trabajo, y dió la vuel- 
ta para ver lo que era aquello. Reconoció en se- 
guida ia jaca inglesa del duque. 

— ¡Oh, rugió — ya eres mío! 

Porque se imaginó en seguida que había caido. 
Apeóse y reconoció el terreno, pero no dió con 
el jinete. Encendió cerillas, y nada, no encontró 
rastro del duque. — «Puede ser, que oyendo el ga- 
lope de mi caballo, y temiendo que le alcanzase, 
se haya escondido por aquí cerca» — se dijo. — 
Saltó á los prados, reconoció todo lo escrupulosa- 
mente que pudo á la luz de las cerillas los alrede- 
dores, miró detrás de los setos, escudriñó la male- 
za, siguió un buen trecho la orilla de un arroyo que 
había á la izquierda; pero se agotó la caja de fós- 
foros, antes que pudiese topar con su enemigo. 
Dió la vuelta desesperado, bramando de rabia. 

Si efectivamente el duque de Tornos andaba 
por allí escondido, ¡qué buen rato debió de haber 
pasado! 



CAP. XIX 



En que da fin la presente historia con algu- 
nos notables, cuanto tristes sucesos 




entura , así que vió desaparecer á su 
esposo por el balcón, se vistió apresu- 
radamente, y salió del cuarto en busca 
de algún criado. Justamente llegaba 
Pachín, con una luz en la mano, con la faz des- 
compuesta. 

— El señorito va corriendo detrás del señor 
duque por la huerta — dijo, con voz apenas per- 
ceptible. 

— ¿Lo alcanzará? — preguntó la infiel, espo- 
sa, muy pálida, aunque repuesta ya bastante del 
susto. 

— No lo creo. El señor duque tiene el caballo 



20,8 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



amarrado al lagar de Antón. Lleva delantera 
para poder montar, y entonces imposible seguirle. 

— ¿Dónde me escondo yo? Si vuelve, me mata. 

— Lo mejor será salir de casa, señorita... Ven- 
ga conmigo. 

La joven le siguió al través de los pasillos; 
bajaron la escalera de servicio, y salieron por la 
puerta de la cocina. Pachín quería llevarla á casa 
del párroco, que la tenía no muy lejos de la po- 
sesión. Cuando salieron al jardín, vieron venir 
corriendo á Gonzalo hacia la casa. Sólo tuvieron 
el tiempo preciso para esconderse detrás de la 
washintonia próxima al comedor. Desde allí le 
vieron entrar en la cuadra, sacar el caballo, y 
partir á escape. Ventura creyó morir de miedo. 

— No, no, yo no quiero ir á casa del cura: 
puede volver pronto, y el cura no puede defen- 
derme de él... Es un pobre viejo... Quiero ir á 
Sarrio. 

— ¿Pero, señorita, á Sarrio á estas horas y 
lloviendo? 

— ¿No hay ningún carruaje? 

— Hay la berlina; pero faltan los caballos... 
Aguarde V. un poco, voy á ponerle las varas, y 
engancharemos la jaca del señorito Pablo... No 
respondo de que tire. 

— ¡De prisa, de prisa! 

Todo lo más que pudo, Pachín hizo lo que de- 
cía. Ventura se metió en el coche, y partieron. 



EL CUARTO PODER 



299 



Aunque al principio la jaca se rebeló un poco, 
puesta ya en la carretera, con la querencia de 
la cuadra de Sarrio, donde estaba generalmente, 
anduvo bastante bien. La joven ordenó al criado 
que la llevara á casa de D. Rudesindo, con cuya 
señora mantenía bastante relación. Allí se refu- 
gió, y estuvo hasta que su padre, dos ó tres días 
después del suceso, la llevó á Madrid y de allí á 
Ocaña, en uno de cuyos conventos la encerró, 
por acuerdo de él y Gonzalo. El gran patricio no 
tenía gran apego, como sabemos, á las religiones 
positivas; pero «mientras la sociedad no dispu- 
siera de otros medios coercitivos para ciertas 
transgresiones de la moral, forzoso era acudir en 
demanda de ellos á las antiguas instituciones so- 
ciales, siquiera fuesen tan viciadas y deficientes 
como éstas.» 

Volvamos ahora á Gonzalo. Pasó todo el día 
cerrado en Tejada, en un estado de agitación 
próximo á la demencia. La única persona que se 
atrevió á entrar en su cuarto fué D. Rosendo: 
aunque adornado con perífrasis y redundancias 
periodísticas que acreditaban su temperamento 
de escritor, supo hablarle un lenguaje digno y 
generoso: se ponía incondicionalmente de parte 
de él, y maldecía á su hija «cuya conducta inca- 
lificable, barrenando {últimamente le había cogido 
mucha afición D. Rosendo al verbo barrenar), al mis- 
mo tiempo, la moral, el derecho y las prácticas 



300 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



sociales, la ponía fuera de toda protección legal 
y familiar.» El fué quien propuso encerrarla pro- 
visionalmente en un convento. El pobre Gonza- 
lo, abatido, convulso/ no le contestó una palabra; 
escuchábale paseando por la habitación en sen- 
tido diagonal, las manos en los bolsillos, la mi- 
rada húmeda y siniestra. Tan sólo levantó la ca- 
beza para decir con firmeza: 

— Llévesela V. donde quiera... ¡Pero que no 
vea á mis hijas! No quiero que sus labios las 
toquen. 

Al oscurecer entró un criado á avisarle que 
dos señores que habían llegado en una carretela, 
deseaban hablarle con urgencia. En seguida le 
cruzó por el pensamiento lo que aquello signifi- 
caba, y se apresuró á contestar: 

— Que entren. 

Entraron dos caballeros de Nieva: el uno era 
el marqués de Soldevilla, hombre de media edad, 
enteramente rasurado, color erisipeloso y dientes 
amarillos, que hablaba muy, alto para aparecer 
campechano; el otro, un coronel retirado, llama- 
do Galarza, viejo, canoso, y hombre de pocas 
palabras y amigos. Venían de parte del duque á 
arreglar un asunto grave, que había acaecido la 
noche pasada, en el terreno del honor. El duque 
de Tornos no quería dejar al señor de las Cue- 
vas sin la reparación que le debía. Huir en aque- 
lla ocasión, no entraba en sus costumbres y ca- 



EL CUARTO PODER 



301 



rácter, ni era digno de su jerarquía social. Pero 
al mismo tiempo, en interés de Gonzalo y de él 
mismo, exigía que todo se llevase á cabo con el 
mayor secreto posible. 

Gonzalo dejó hablar al marqués, que fué pro- 
lijo hasta la impertinencia, sin pestañear, afec- 
tando una tranquilidad que no sentía. 

— Está bien — dijo cuando terminó. — Acepto, 
desde luego, el desafío, y estoy pronto á reali- 
zarlo cómo y cuándo VV. gusten... Un poco ori- 
ginal es — añadió, al cabo, con una risita nervio- 
sa, que disfrazaba mal la cólera que le domina- 
ba. — Un poco original es que sea el señor duque 
el que desafía, siendo yo el ofendido. Ese acto, 
á la verdad, más que en la caballerosidad parece 
inspirado en el miedo. 

— Señor de Cuevas — interrumpió agriamente 
el ex-coronel, — nosotros no podemos consentir 
que en nuestra presencia se permita V. esas 
apreciaciones. 

Gonzalo le miró con ojos distraídos, como si 
no hubiese oído, y siguió diciendo: 

— En realidad, yo podía y hasta debía recha- 
zar este desafío, porque no es costumbre que los 
hombres decentes se batan con los granujas, aun- 
que éstos lleven un título del reino. 

-^-Señor de Cuevas— profirió Galarza montan- 
do en cólera — esto es insufrible; yo no tolero que 
usted hable de ese modo. 



302 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— El duque de Tornos es un granuja, ¿sabe us- 
ted? — respondió mirándole fija y provocativa- 
mente á los ojos. 

La verdad es que hubiera sido gran temeridad 
meterse con Gonzalo en aquel instante. Galarza 
se puso pálido, y dijo levantándose: 

— Está V. en su casa. Yo me retiro. 

— ¿Quiere V. que vaya á decírselo fuera? — 
exclamó impetuosamente, levantándose igual- 
mente. 

— Señores — gritó con su voz cascada el mar- 
qués — un poco de sosiego. Galarza, no tiene us- 
ted derecho á irritarse. El género de ofensa que 
nuestro apadrinado ha hecho al señor (y siento 
tener que referirme á ella), le disculpa para ex- 
tralimitarse en la apreciación de su carácter. 
Creo que en el momento que acepta el duelo, 
hace bastante y atenúa por completo el sentido de 
sus palabras, hijas de la irritación natural en que 
se encuentra... 

Gonzalo estuvo por dejar caer la mesa, que te- 
nía delante, sobre el necio conciliador. Permane- 
ció inmóvil y silencioso, no obstante, porque de- 
seaba ya ardientemente verse frente á frente con 
el duque. El ex-coronel volvió á sentarse á ruegos 
dé su compañero, y por temor á su temperamento 
irritable ó por vengarse, no volvió á pronunciar 
palabra. 

Gonzalo manifestó que nombraría á dos ami- 



EL CUARTO PODER 



303 



gos para que se entendieran con ellos, los cuales 
irían al día siguiente por la mañana á Nieva. Por 
lo tanto podían volverse desde luego á este pue- 
blo, á no ser que le hiciesen el honor de ser sus 
huéspedes aquella noche... 

Los amigos del duque dieron las gracias y se 
dispusieron á marcharse. Cuando ya estaban en 
pie les dijo Gonzalo dirigiéndose, por supuesto, 
solamente al marqués: 

— Deseo que tanto las conferencias que cele- 
bren VV. con motivo de este lance, como el lan- 
ce mismo, se realicen en Nieva... Porque — aña- 
dió con acento, mitad sarcástico, mitad enterne- 
cido — por más que á VV. les parezca raro, toda- 
vía hay en esta casa personas que me aman. 

Los padrinos prometieron complacerle, y se 
retiraron dando la vuelta á Nieva. 

Cecilia los vió partir y se puso á rondar el 
cuarto de su cuñado sin atreverse á entrar. Éste 
al salir en busca de Pablito, se la tropezó en el 
pasillo, que estaba medio á oscuras. La joven le 
cogió repentinamente la mano, se la apretó con 
fuerza, y clavándole una mirada anhelante, le 
dijo: 

— No te batas, Gonzalo. 

El, tuvo fuerzas para disimular, exclamando 
con desprecio: 

— ¡Me había de batir yo con ese canalla! ¡Nun- 
ca!... Le mataré donde le encuentre... 



3O4 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



Creyó en sus palabras; pero volvió á decirle con 
voz conmovida: 

— Hazlo por tus inocentes hijas. 

— Por mis hijas... y por tí — respondió acari- 
ciándole afectuosamente el rostro con la mano. 
Y se apresuró á alejarse, porque la emoción le 
embargaba. 

Cuando halló á Pablo, le dijo reservadamente: 

— Contigo puedo hablar con franqueza, porque 
eres un hombre y sabes muy bien que hay en la 
vida cosas inevitables. Acaban de irse los padri- 
nos del duque, y acabo de engañar á Cecilia pro- 
metiéndola no batirme. Como tú comprendes, 
eso es imposible... 

— ¿Por qué?... No: tú no debes batirte... ¡Yo 
soy, yo, el que ha de matar á ese miserable! — 
exclamó fogosamente el hermoso mancebo. 

— Gracias, Pablo, gracias— contestó Gonzalo 
gravemente con la voz temblorosa, apretándole 
la mano con efusión. — Eso no puede ser. Me- 
dita un poco sobre el asunto, y verás que te 
engañan tus buenos deseos y el cariño que me 
tienes. 

Costó mucho trabajo convencerle, sin embar- 
go: á todo trance había de ser él quien desafiara 
al duque primero, y ponía en prensa su no muy 
repleto cerebro, para buscar argumentos que lo 
hiciesen natural y lógico. Sólo después de larga 
discusión y quedando en que, si Gonzalo sucumbía 



EL CUARTO PODER 



305 



ó salía herido, él retaría al duque, se dejó persua- 
dir de malísima gana. 

Había en aquella adhesión y cariño que toda 
la familia le testimoniaba, en lo franca y resuel- 
tamente que se ponían de su parte y rechazaban 
con horror á la extraviada hija y hermana, algo 
que á Gonzalo le conmovía y le sofocaba á un 
mismo tiempo. Este proceder tan digno, le obli- 
gaba á él á usar de generosidad, no mentando en 
la conversación el nombre de la infiel, que en sus 
labios solo podía ir acompañado de un epíteto 
injurioso. Pablito no se los escatimaba; pero él 
comprendía muy bien que no debía seguirle. 

— Mira, mañana á primera hora, te vas á Sa- 
rrio y llevas unas cartas que yo te daré, á Alvaro 
y D. Rudesindo. Que se pongan inmediatamente 
en camino para Nieva... procurando no asomar- 
se á las ventanillas cuando pasen por aquí. Que 
arreglen el asunto lo más pronto posible y man- 
den el aviso del día y la hora á Sarrio. Tú lo 
recibes allí y me lo traes inmediatamente... Des- 
pués ya me arreglaré para salir de aquí sinque tu 
padre y Cecilia lo adviertan. 

Cumplió su cometido Pablo, saliendo al ama- 
necer para Sarrio á caballo, y cumplieron el su- 
yo también, Peña y D. Rudesindo, trasladándose á 
Nieva acto continuo. Gonzalo vio pasar el coche 
que los trasportaba, desde el balcón de su cuarto. 

El escándalo en Sarrio había sido terrible como 



20 



306 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



debe suponerse. No se hablaba de otra cosa. Los 
amigos de Belinchón andaban mustios: no falta- 
ban entre ellos, sin embargo, quienes creían que 
le estaba bien empleado á D. Rosendo, por ha- 
ber criado con tal mimo á su hija menor, y ha- 
berla consentido tomar aquellas ínfulas y aires de 
princesa. Los enemigos se bañaban en agua de 
rosas, y procuraban aumentar con mil trazas el 
escándalo. Las pocas personas imparciales que 
había en la villa, se limitaban á compadecer al 
pobre Gonzalo, y á censurar el proceder repug- 
nante de la ingeniosa señora de Marín (pues ya 
se sabía que era ella, la que prendiera fuego á la 
mecha). Muchos curiosos, pasaban por delante 
de la casa de D. Rudesindo mirando con atención 
á los balcones, preguntando á los criados que sa- 
lían, husmeando, en fin, lo que dentro pasaba. Se 
decía que Ventura estaba muy tranquila, y poco 
arrepentida de su conducta, que había comido 
como si tal cosa, y que había charlado y reído 
toda la tarde, con la esposa del fabricante de 
sidra. 

A la atención ávida de los curiosos, tampoco 
pudo ocultarse la marcha de éste para Nieva en 
compañía de Peña. En seguida se sospechó el 
objeto, y corrió por la villa como una chispa, la 
noticia de que Gonzalo se estaba batiendo con el 
duque, no se sabía dónde. 

D. Melchor de las Cuevas, vivía sólo con un 



EL CUARTO PODER 



307 



criado y una criada. La noche del baile se había 
retirado á su casa, pasando antes por la de Be- 
linchón. Allí le dijeron que el señorito Gonzalo, 
se había ido á Tejada, y el anciano sospechó que 
no sintiéndose bien, se iría á meter en la cama. 
Al día siguiente, él mismo se sintió un poco in- 
dispuesto, porque no estaba acostumbrado á tras- 
nochar, y se quedó en casa. Mandó, sin embargo, 
al criado á la de Belinchón, á preguntar qué sa- 
bían de su sobrino. Enteróse el criado inmedia- 
tamente de lo acaecido, pero no se atrevió á de- 
círselo á su señor; le trajo el recado de que Gon- 
zalo se hallaba en Tejada bueno. Pasó aquel día 
así; pero al siguiente, martes, oyó el criado la es- 
pecie de que el señorito se estaba batiendo con el 
duque, y entonces, por temor de incurrir en res- 
ponsabilidad ó porque creyese que su señor podía 
evitar una desgracia, le dio cuenta de todo, aun- 
que con algunas precauciones. D. Melchor, he- 
rido en lo más hondo de su corazón, se levantó 
convulso de la butaca y pidió que inmediatamen- 
te fuesen á buscar un coche que le trasladase á 
Tejada, y en cuanto estuvo á la puerta, se metió 
en él, ordenando al cochero que fuese á todo es- 
cape á la quinta de Belinchón. 

Con quien primero tropezó fué con éste, quien 
le recibió con alguna confusión y vergüenza, co- 
mo si el pobre tuviese alguna parte en la desgra- 
cia que pesaba sobre Gonzalo. D. Melchor estu- 



308 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



vo un poco frío con él, no intencionalmente, sino 
por el anhelo que tenía de ver á su sobrino. Don 
Rosendo le condujo hasta la puerta de su cuarto, 
y allí le dejó. El señor de las Cuevas llamó con 
los nudillos. 

— ¿Quién va? — preguntaron de adentro áspe- 
ramente. 

Levantó el pestillo sin contestar, y entró. 
Gonzalo, que estaba parado en medio de la es- 
tancia, se puso rojo como una brasa al ver á su 
tío, quien le oprimió fuertemente contra su pe- 
cho. Las lágrimas corrieron abundantes por las 
mejillas del joven. Nadie le había visto llorar en 
aquellas críticas circunstancias; pero aquel ancia- 
no era el padre de su infancia, y á él podía mos- 
trarle sin vergüenza las llagas más recónditas de 
su corazón. Estuvieron largo rato así abrazados. 
D. Melchor se separó al cabo, y dijo empujándo- 
le hacia una butaca: 

— Siéntate. 

Se dejó caer en ella, y ocultó los ojos con la 
mano. 

— El golpe es rudo — dijo el marino con voz 
ronca después de silencio prolongado. — Una ra- 
cha traidora que te ha metido la borda debajo del 
agua... Pero eres barco de mucha manga — aña- 
dió poniéndole las manos sobre los hercúleos 
hombros. — Tienes las cuadernas sólidas... Ya 
achicaremos el agua. 



EL CUARTO PODER 



309 



v Gonzalo no contestó. 

— ¿Por qué no te has venido inmediatamente 
á casa? 

— Porque hubiera sido un desaire cruel para 
esta pobre familia, que está profundamente afligi- 
da. ¡Se han portado conmigo tan cariñosamente! 

— Si es así, has hecho bien;., pero debiste dar- 
me aviso... Eso note lo perdono. 

— ¿Para qué? Cuanto más tarde recibiese V. el 
disgusto, mejor. 

— ¡No; eso no! Yo soy tu padre, Gonzalo, y 
debo padecer contigo... Además, mi presencia 
hacía falta... Me han dicho que vasa batirte con 
ese... ¡con ese pirata! ¿Es verdad? 

— No... por ahora no hay nada — respondió el 
joven con alguna vacilación. 

— ¡No me engañes, Gonzalo! Ese desafío no 
puede realizarse. Vengo resuelto á impedirlo. 

— No hay nada, tío. Sosiégúese V. 

— Es inútil que me engañes. Yo no me sepa- 
raré de tí un momento. Aquí me quedo. Dormi- 
ré á tu lado para que no te me escapes, y te da- 
ré guardia de prima, de media y de alba. 

Gonzalo quedó estupefacto; comprendió que 
era necesario confesarlo todo, y abordar la cues- 
tión de frente. 

— ¿Y si fuese verdad, qué, tío? ¿Se atrevería V. 
á impedir que su sobrino fuese á cumplir con lo 
que el honor exige? 



310 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Sí señor... ¡Pues no me había de atrever!... 

Sí señor que me atrevo — replicó el viejo ya enfu- 
recido. — ¿Quieres que yo consienta que expongas 
tu vida por un pillo, por un ladrón, que se ha in- 
troducido en tu casa para robarte villanamente 
la honra? A los ladrones se les mata de un tiro, 
ó se les ahorca; no se mide las armas con ellos... 
Tú estás obcecado, Gonzalo... Párate un mo- 
mento, hombre; da fondo al escandallo, y verás 
que no hay agua para marear... 

— ¿Qué quiere V. que haga entonces? ¿Quiere 
usted que le deje marchar -tranquilamente para 
Madrid? ¿Quiere V. que le vaya á despedir, y á 
desearle feliz viaje, dándole las gracias además 
por el favor que me ha hecho? 

— ¡No, mala centella que lo parta, no!... Má- 
talo, si quieres, pero no expongas tu vida. 

— Eso es muy fácil de decir, tío — replicó Gon- 
zalo con amargura. — Figúrese V. que voy á Nie- 
va, le busco y le pego un tiro ó una puñalada y 
le dejo muerto... Pues desde allí voy á la cárcel, 
y, por bien que me vaya, no me escapo sin unos 
años de presidio... Aparte de que la mayoría de 
los hombres, aunque disculpasen la acción, no la 
hallarían muy valerosa... 

D. Melchor se quedó unos momentos confun- 
dido, sin saber qué replicar: aquello no tenía 
vuelta de hoja. Al cabo, levantó la cabeza con 
viveza, los ojos brillantes de alegría: 



EL CUARTO PODER 



— ¡Ya encontré la solución! 
—¿Cuál? 

— Tú te estás quieto en casa. Yo me voy aho- 
ra mismo á Nieva, le desafío y le mato. 

— ¡Oh, tío, muchas gracias! Eso no puede ser 
—replicó Gonzalo, sin poder reprimir una son- 
risa. 

— ¿De qué te ríes, ciruelo? — exclamó el buen 
anciano, echando fuego por los ojos. — ¿Te figu- 
ras, por ventura, que tu tío es un trasto arrinco- 
nado que no puede empuñar un sable ó una pis- 
tola?... ¡Oh, demonio! ¡Oh, diablo!— añadió cada 
vez más irritado, gesticulando como un loco por 
la habitación. — Yo estoy lo mismo que si tuvie- 
ra veinte años... Yo subo de cuatro en cuatro las 
escaleras, y no me fatigo... Yo bebo cinco bote- 
llas de pale-ale, y no me tambaleo... Yo derribo 
un toro de un puñetazo, y trinco al marinero más 
forzudo y le echo al agua... ¿A que no rompes tú 
cinco nueces con los cinco dedos de la mano, y 
eso que te las echas de tan bruto?... 

— Si no me reía por eso, tío... ya sé, ya 
sé... 

— Vamos á ver; trae esa mano... á ver si sé 
apretar ó no sé apretar... 

Gonzalo se la alargó, y el viejo marino se la 
apretó con todas sus fuerzas, el semblante rojo 
y contraído. Aunque no le lastimó gran cosa, 
fingió sentir un dolor agudísimo: 



312 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— ¡Uy, uy! 

— ¿Eh, qué tal? — exclamó su tío con aire triun- 
fal. — ¿Puedo ó no puedo todavía librar al mundo 
de un pillo? 

— ¡Ya lo creo que puede V! Tiene V. más 
fuerza que yo... Pero no se trata de eso. Lo que 
hay que ver es si debe V. hacerlo; si eso sería 
decoroso para mí... ¿No comprende V., tío, que 
el ridículo que ya por el hecho mismo de ser ma- 
rido engañado, pesa sobre mí, se aumentaría de 
un modo inconcebible si fuese V. el que se batie- 
se y no yo?... Este ridículo ya sé que se borra con 
sangre; pero ha de ser sangre vertida por mi 
mano. 

D. Melchor no quiso convenir en ello: discu- 
tió, gritó, se enfureció. Se conocía, no obstante, 
que deseaba aturdirse: las razones de Gonzalo le • 
trabajaban en el alma y se la llenaban de amar- 
gura. Últimamente, ya se batía en retirada; pe- 
día tan sólo que se aplazase el lance; que se fue- 
se á viajar una temporada, y si á la vuelta per- 
sistía en batirse, lo hiciese. Duraba aún la dispu- 
ta, cuando D. Rosendo llamó á la puerta para 
preguntarles si deseaban que se les sirviese el al- 
muerzo allí ó querían venir al comedor. Gonzalo 
optó por esto último, porque de ningún modo 
quería mostrarse frío con su suegro y cuñada. 

El almuerzo fué triste. Por más esfuerzos que 
todos, hasta el mismo Gonzalo, hacían por mos- 



EL CUARTO PODER 



313 



trarse despreocupados, cerníase sobre la mesa 
una nube negra que oscurecía los semblantes. 
Después que tomaron el café y descansaron un 
rato, Gonzalo dijo: 

— Tío, V. á salido de la cama para venir aquí. 
No debe V. sentirse bien... ¿Quiere que se le arre- 
gle un cuarto? Creo que le convendría acostarse. 

D. Melchor comprendió que su sobrino desea- 
ba quedarse solo; 

— No; me vuelvo á Sarrio. Avisa que engan- 
chen. 

Despidióse de Belinchón y Cecilia en casa. 
Gonzalo le fué acompañando á pie hasta la sali- 
da del parque. Ambos iban silenciosos y som- 
bríos: el anciano, además, sumamente pálido. 
Antes de meterse en el coche abrazó estrechí- 
sima y largamente á su sobrino, y le dijo al oído 
con voz conmovida: 

— ¡Dale un buen barreno en los fondos, hijo 
mío! 

Cuando se separaron, tenía el rostro bañado de 
lágrimas. Metióse rápidamente en la carretela, y 
se ocultó en un rincón sin decir adiós. Gonzalo, 
miró alejarse el coche, y permaneció largo rato 
inmóvil, agarrando con la mano una reja de hie- 
rro de la puerta. 

Poco después de anochecer, llegó Pabiito de la 
villa. Después de comer, aprovechó un momento 
para decir á su cuñado rápidamente: 



314 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Mañana á las ocho en la quinta de Soldevi- 
11a;... á pistola. A las seis pasarán por aquí Peña 
y D. Rudesindo. Estate preparado. 

Gonzalo durmió aquella noche mejor que la 
anterior. La satisfacción feroz que le daba la se- 
guridad de encontrarse al día siguiente con el 
duque, tranquilizaba sus nervios. A las cinco de 
la mañana se despertó ágil y fresco sin acordar- 
se de haber soñado. Se vistió y aliñó con el me- 
nor ruido posible, y salió de puntillas cuando aún 
estaba amaneciendo. 

— ¿Va de caza, señorito? — le preguntó una 
criada con quien tropezó. 

—No; voy á avisar al molinero para que deje 
en seco la acequia; quiero pescar esta tarde. 

Salió á la carretera y siguió la dirección de 
Nieva esperando que el coche de sus padrinos 
le alcanzaría, como así sucedió á la media hora 
poco más ó menos. Peña y D. Rudesindo esta- 
ban fuertemente alterados; cuando subió al carrua- 
je le apretaron la mano con gran afecto y le en- 
teraron de las condiciones del duelo; á veinticin- 
co pasos avanzando y disparando cuando quisie- 
ran. Aquel negocio era bastante más grave que 
todos los demás en que habían intervenido. Gon- 
zalo los escuchó tranquilamente; sólo indicó que 
hubiera deseado que fuese á sable: tendría gusto 
en hallarse más cerca de su adversario. No pare- 
cía sufrir; yes que, comparada con el tormento 



EL CUARTO PODER 3I5 

de los dos días anteriores, cuando la imagen de su 
esposa en camisa, acurrucada en un rincón, no 
se apartaba un instante de sus ojos, la emoción 
de ir á verse frente á su enemigo, era una felici- 
dad relativa. Por otra parte, Gonzalo, como to- 
dos los temperamentos excesivamente vigorosos, 
había nacido para los peligros; gozaba con ellos 
como si tuviera la seguridad de que la vida que 
corría exuberante por sus venas no podía se- 
carse. 

No llegaron á la quinta de Soldevilla hasta 
las ocho y media. El duque y sus padrinos los 
esperaban hacía rato. El primero no se presentó; 
estaba dentro de la casa. El marqués y Galarza 
llevaron á Peña y D. Rudesindo adentro tam- 
bién mientras Gonzalo daba una vuelta por la 
huerta. La posesión de Soldevilla se componía 
de un caserón medio arruinado con pocos y anti- 
quísimos muebles cubiertos de polvo, una huerta 
bastante grande, más cuidada que la casa, y de- 
trás de la huerta una vasta pomarada ya vieja. 
Esta posesión estaba rodeada de prados y tierras 
que también pertenecían al marqués. 

Los padrinos, dentro de casa, echaron á suer- 
te sobre cuáles pistolas habían de usarse, las que 
había traído Peña, ó las del duque: fueron éstas 
las elegidas. Después redactaron el acta de con- 
diciones, que por cierto tuvieron que escribir con 
una pluma perversa del mayordomo, porque el 



3i6 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



marqués escribía una carta cada año; cargaron 
las pistolas y se salieron á buscar sitio. 

— Manuel — dijo el marqués viendo á un criado 
que estaba plantando cebollín en uno de los cua- 
dros de la huerta. — Retírate. 

El criado le miró sorprendido. 

— Qué te retires, hombre — repitió con más se- 
veridad. — Vete á otra parte. 

El criado se salió de la huerta, lanzándole mi- 
radas de asombro y curiosidad. 

Eligióse el sitio en uno de los caminos más an- 
chos del medio, y Soldevilla fué á buscar al 
duque. 

El día había amanecido despejado; pero muy 
pronto, después de salir el sol, negros y espesos 
nubarrones que surgieron del horizonte de tierra, 
se habían acumulado sobre aquel paraje de la cos- 
ta, amenazando descargar muy pronto su pesado 
fardo de agua. La luz se había mermado extraor- 
dinariamente; parecía que estaba amaneciendo 
entonces. 

El duque se presentó con levita negra y sombre- 
ro de copa, un tanto más pálido que de ordinario, 
pero afectando una calma desdeñosa, sin faltar á 
la cortesía. Traía en la boca un cigarro puro, y 
se envolvía en ligeras nubes de humo, mientras 
caminaba á la par de Soldevilla. Cuando llegó al 
sitio designado, dirigió un frío saludo ceremonio- 
so al grupo de Gonzalo y sus padrinos, y no vol- 



EL CUARTO PODER 



317 



vió á mirarles. Después de conferenciar unos ins 
tantes, Peña colocó en su sitio á Gonzalo y le 
entregó una pistola cargada. Soldevilla hizo lo 
mismo con el duque. Ambos se habían quitado el 
sombrero. El procer conservaba el cigarro puro 
en la mano izquierda, al cual seguía dando con 
impasibilidad un poco teatral, largos chupetones. 
Empezaban á caer del cielo gruesas gotas, anun- 
ciando un fuerte chaparrón. Peña gritó al fin: 

— Señores; preparados... Una, dos, tres... 

El duque inclinó la pistola y apuntó. Gonzalo, 
apuntando también, avanzó pálido, con los ojos 
inyectados. Su enemigo, le esperó serenamente 
hasta una distancia de quince pasos, y ya con la 
seguridad de volcarle, porque era un tirador con- 
sumado, disparó. La bala, rozó la mejilla del jo- 
ven, levantándole la piel y haciéndole sangre: de- 
túvose un instante, y siguió avanzando. Los pa- 
drinos empalidecieron terriblemente. El duque 
dejó caer la pistola y se cruzó de brazos, espe- 
rando la muerte, con una bravura llena de afec- 
tación y soberbia. Gonzalo avanzó precipitada- 
mente, hasta ponerse á dos pasos de su adversa- 
rio. En aquel momento, una ola de sangre le ce- 
gó; su temperamento de atleta venció repentina- 
mente á las sugestiones de la razón, brillaron 
sus ojos con los reflejos siniestros de una bestia 
salvaje, temblaron sus labios, contrájose espanto- 
samente su rostro, y arrojando lejos de sí lapis- 



318 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tola, saltó como un tigre sobre el traidor. El du- 
que no resistió el choque de aquél coloso y cayó 
rodando. Gonzalo se puso á brumarle las costi- 
llas con los piés, lanzando rugidos. Los padrinos, 
acudieron corriendo á sujetarle; mas al bilioso 
Galarza, se le ocurrió para realizarlo, darle un 
bastonazo en la cabeza: Gonzalo no dió señales 
de sentirlo. Peña, indignado, alza su bastón y 
[zas! le arrima otro garrotazo á Galarza. El 
marqués de Soldevilla, ¡zas! le da otro á Peña. 
Y arrebatados de furor unos y otros, comenza- 
ron una lucha tan brava como indigna á bastona- 
zos, mientras Gonzalo, satisfaciendo ferozmente 
su cólera acumulada, pateaba con saña el cuerpo, 
inerte ya, del duque. 

El cielo dejaba caer en aquel instante una can- 
tidad fabulosa de agua; tan grande llegó á ser, que 
el marqués de Soldevilla, abandonando el campo, 
emprendió la carrera hacia casa para guarecerse; 
siguióle inmediatamente D. Rudesindo, luego Pe- 
ña y Galarza; la batalla se deshizo como por en- 
salmo. Mas antes de atediarse, á todos se les ocu- 
rrió volver la cabeza para ver que había sido de 
sus apadrinados. Y por un simultáneo impulso de 
compasión, volviéronse presurosos y sujetaron á 
Gonzalo, cuya rabia cruel aún no se había apa- 
gado. El contacto de las manos de aquellos seño- 
res le volvió á la razón. Les echó una larga mi- 
rada siniestra y extraviada, y sin decir palabra, 



EL CUARTO PODER 



319 



recogió el sombrero y se dirigió á la puerta de la 
quinta, mientras los padrinos conducían al duque 
moribundo á casa. El médico que Soldevilla ha- 
bía traído, encerrado durante el lance en una sa- 
la por no presenciarlo, reconoció minuciosamen- 
te las fracturas y contusiones del herido, y decla- 
ró desde luego, su estado muy grave. 

Peña y D. Rudesindo, encontraron á Gonzalo 
dentro del coche llorando desesperado. 

— ¡Soy un bruto! — les dijo. — ¡Un bárbaro! ¡Qué 
pensarán VV. de mí! He cometido una acción bo- 
chornosa. Perdónenme VV. 

Hicieron lo posible por calmarlo. En el fondo, 
ni á uno ni á otro les parecía tan mal aquello. 
Después de todo, la acción del duque había sido 
tan villana, que bien estaba que se castigase vi- 
llanamente. Peña, durante el camino, llegó á de- 
cir cuchufletas acerca de la soberana paliza que 
el magnate acababa de recibir. 

— Chico, no cabe duda que los grandes de la 
naturaleza pueden más que los grandes de Es- 
paña — decía con su voz campanuda que no deja- 
ba perderse una sola letra. Gonzalo, pronto como 
un gran niño que era, á pasar del llanto á la risa, 
sonrió primero y dejó escapar al fin sonoras y 
formidables carcajadas con los chistes de su 
amigo. 

Pero la vista de la casa de su suegro le sumió 
nuevamente en la tristeza. Había satisfecho su 



320 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



justa venganza; pero quedaba una herida honda, 
cuyo agudo dolor aún no había podido sentir 
bien, porque la exaltación colérica en que había 
vivido aquellos dos días, lo sofocaba. ¡Oh! aque- 
llas grotescas torrecillas y almenares, testigos de 
su luna de miel, le produjeron tan extraña impre- 
sión de melancolía, que parecía que una mano 
cruel le estrujaba el corazón dentro del pecho. 
Sus amigos, comprendiendo que deseaba quedar- 
se solo, siguieron á Sarrio. Pablito le esperaba á 
la puerta de la quinta, y le abrazó con efusión y 
entusiasmo. 

—¿Le has matado? — preguntóle por lo bajo. 

— No sé... Creo que sí — respondió el joven más 
bajo aún. — ¿Y tu padre? 

— Mi padre... Estaba aquí hace un instante... 
En cuanto te vió bajar sano del coche, ha mon- 
tado en la berlina que estaba enganchada ahí 
abajo, y se ha ido á Sarrio. 

Gonzalo adivinó lo que iba hacer D. Rosendo, 
y se puso más sombrío. Los dos cuñados se diri- 
gieron silenciosos á la casa, y fueron derechos al 
cuarto de Gonzalo. Al cabo de unos momentos, 
éste, que se había dejado caer en un sofá y per- 
manecía inmóvil, con la cabeza abatida sobre el 
pecho, dijo á su cuñado: 

— Perdóname, Pablo... Deseo quedarme solo... 
No estoy en este momento para hablar. 

Pablito se apresuró á retirarse. 



EL CUARTO PODER 



321 



Al cabo de un largo rato, la puerta se abrió de 
nuevo sin que el joven lo sintiese, y una sombra 
se deslizó hasta él y puso sobre la silla más 
cercana una bandeja con una taza y algunos 
platos. 

— ¡Oh! ¿Eres tú, Cecilia? 

— Quieras ó no, vas á tomar algo... Ya son 
las dos de la tarde, y estoy segura de que no te 
has desayunado — dijo la joven, arrimando una 
mesilla y poniendo sobre ella el caldo humeante. 

— ¡Qué buena eres, Cecilia! — exclamó él apo- 
derándose de una de sus manos. Aquella excla- 
mación era un grito de afecto, de entusiasmo, y 
á la vez de un vago remordimiento que jamás 
había podido desechar de sí. — ¡Qué buena eres! 
¡qué buena eres! — repitió con lágrimas en los 
ojos. — Lo que has hecho aquella noche... ¡Oh! 
eso no lo hace nadie... ¡nadie!... Una santa que 
bajase del cielo no lo haría... Ninguno de los que 
vivimos á tu lado merecemos besar el polvo que 
pisas... 

Y el joven, conmovido con sus propias pala- 
bras, sollozando perdidamente, cubrió de besos y 
lágrimas la mano que tenía cogida. 

Cecilia se puso fuertemente encarnada prime- 
ro; después pálida; y dijo en tono que resultó 
un poco seco y desabrido: 

— Deja, deja. 

Retirando al mismo tiempo la mano con pres- 



322 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



teza. Al ver que su cuñado quedaba acortado, se 
apresuró á decir: 

— Mira, cuanto menos hablemos de esas cosas, 
y, si posible fuera, cuanto menos pensásemos, 
sería mejor... Ahora lo que importa es que tomes 
este caldo. Después te traeré unas croquetas y un 
lenguado... ¿quieres? 

— No tengo apetito, Cecilia — respondió ha- 
ciendo esfuerzos por reprimir su emoción. 

— Todo es empezar... Verás... 

— No, no; de veras, no puedo pasar nada en 
este momento. 

— ¿Y si te lo mando yo? — dijo la joven; y des- 
pués que lo dijo se puso colorada. 

— Entonces, desde luego lo tomo... Á tí no 
puedo negarte nada — replicó él acercando el 
plato. 

Aquella tan galante réplica, produjo una pe- 
nosa impresión de frío en Cecilia. Para no dejar- 
la ver, salió precipitadamente de la estancia. 

Tres ó cuatro días estuvo el duque de Tornos 
entre la vida y la muerte. Al cabo cedió la calen- 
tura, y desapareció la gravedad, si bien la cura- 
ción debía ser larguísima, porque había dos cos- 
tillas fracturadas, la mandíbula inferior también, 
y sobre esto, terribles magullamientos en otros 
varios parajes del cuerpo. Al cabo de un mes 
pudo trasladarse á Madrid. 

Gonzalo no dejó la casa de su suegro, quien 



EL CUARTO PODER 



323 



al cabo de cinco ó seis días del desafío, tornó de 
llevar á Ventura al convento de Ocaña. Pero su 
vida fué triste, sombría por demás. Negábase, á 
pesar de las instancias de Pablo, á salir de caza 
ó paseo. En vano éste y D. Rosendo y los ami- 
gos que solían venir á Tejada, inventaban mil 
pretextos para hacerle salir de excursión. Aun- 
que no se negaba de frente á acompañarles, tam- 
bién él acudió á los engaños para quedarse siem- 
pre en casa, donde descaecía á ojos vistas. Su 
tío D. Melchor venía á menudo á verle, y le 
aconsejaba que se fuese á viajar durante una tem- 
porada; él no se negaba á ello; pero lo aplazaba 
siempre, pretextando no encontrarse bien de sa- 
lud. D. Rosendo, asesorándose del señor de las 
Cuevas y de otros varios amigos, decidió trasla- 
darse á Sarrio, por ver si con la sociedad de sus 
amigos el joven se animaba un poco. Salieron 
fallidos todos los cálculos. Gonzalo se dejó llevar 
á la villa sin hacer observaciones; pero puso aún 
más empeño en aislarse, en vivir retirado del 
trato social. Salía tan sólo al amanecer, y daba 
algunos paseos por la punta del Peón, contem- 
plando el mar con ojos estáticos, que alguna vez 
tomaban una expresión de angustia que apenaría 
seguramente á quien los mirase. En cuanto el 
muelle comenzaba á animarse, y la villa desper- 
taba de su sueño, retirábase á toda prisa á casa. 
¿Por qué no dejaba á Sarrio, teatro de su des- 



324 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



dicha, y se iba á pasar al menos una temporada 
en Madrid, en París ó en Londres? Esta era la 
pregunta que se hacían todos los vecinos de la 
villa, sin que nadie acertase á contestarla satis- 
factoriamente. Ni era fácil que eso sucediera. 
Son muy pocos los que saben explicarse el ori- 
gen secreto, la última raíz de las acciones huma- 
nas: unos porque no se paran en psicologías, que 
juzgan inútiles, otros dotados de entendimiento 
sutil y perspicaz, porque lo aprovechan para es- 
cudriñar solamente el móvil interesado, casi na- 
die destapa esa mágica caja de sentimientos, y 
deseos, y esperanzas, y contradicciones, que se 
llama corazón humano. ¡Qué vergüenza sentiría 
Gonzalo si le dijesen que no se iba de Sarrio por 
no alejarse de la atmósfera que envolvía á su es- 
posa, á quien cubría de dicterios en secreto, y 
afectaba despreciar ante el mundo! Y, sin em- 
bargo, nada más cierto. Quedándose en aque- 
lla casa, le parecía que aún no se habían roto 
del todo los lazos que le ligaban á ella. Los se- 
res que le rodeaban eran su carne y su sangre: la 
amaban todavía, aunque culpable; no se podía 
injuriarla en su presencia: Ventura había dejado 
en las habitaciones, en los muebles, una parte de 
su sér: en el tocador yacían los frascos de poma- 
da y esencias que ella usaba, á medio consumir; 
en las perchas colgaban algunos de sus abrigos y 
sombreros: su imagen graciosa, su blonda cabe- 



EL CUARTO PODER 



3^5 



za deslumbradora, parecía que iba á parecer de- 
trás de las cortinas: el ambiente estaba embalsa- 
mado aún con su perfume habitual. Aquel marido, 
tan vilmente ultrajado, sin querer darse cuenta 
de ello, respiraba con delicia el aliento de su es- 
posa, y vivía de la sombra de su vida. Todavía 
más; vivía de la esperanza de perdonarla. 

Esto no lo sabía nadie... ni él mismo quizá de 
un modo cabal;., nadie más que Cecilia, cuyos 
ojos de zahori enamorada, leían claramente los 
pensamientos más vagos que cruzaban por la 
mente de su cuñado. Este, manifestaba por ella 
una predilección tan afectuosa, tal entusiasmo y 
veneración, que era muy fácil confundir con el 
amor. Todas las compañías, hasta la de su tío, 
le molestaban menos la de ella. Aunque estuvie- 
se entregado á una meditación dolorosa, y las lá- 
grimas corriesen por sus mejillas escaldándolas, 
la aparición de Cecilia en su cuarto, obraba como 
un calmante, suavizando su dolor. Cedía á sus 
consejos con respeto, y se dejaba guiar y mimar 
por ella como un niño enfermo. Cuando tardaba 
en ir por su cuarto, se impacientaba y le daba 
quejas cariñosas lo mismo que un amante rendi- 
do y llagado de amor. Cuando entraba, sus ojos 
no la abandonaban ni un instante, cual si estu- 
viesen bajo la influencia de un encanto ó fascina- 
ción: aquellos ojos expresaban cariño profundo, 
gratitud, admiración, respeto, entusiasmo, lo ex- 



326 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



presaban todo... menos amor. Cecilia bien lo 
lela, y no podía mirarlos sin sentir el mismo do- 
loroso pinchazo en el corazón, la misma gota 
amarga de hiél en los labios. Su espíritu, sereno 
siempre, turbábase por un instante, y aparecía 
fría unas veces, otras irritable y enigmática, con 
gran sorpresa y dolor de Gonzalo que se esforza- 
ba en alegrarla. Pronto lo conseguía: el pensa- 
miento aquel, caía en su cerebro como la piedra 
en un lago, revolviendo las aguas: pocos momen- 
tos después, la calma volvía á su espíritu; queda- 
ba puro y tranquilo como el lago. 

Un día, al entrar repentinamente en la habita- 
ción de su cuñado, le encontró examinando un 
revólver. 

Al verla trató de ocultarlo en el cajón de la 
mesa que tenía abierto y sepuso colorado. 



— ¿Qué hacías? * 

— Nada, al buscar en este cajón unos papeles, 
me hallé con un revólver que ya no me acordaba 
que tenía, y lo estaba mirando. 

Cecilia no creyó palabra, y experimentó desde 
entonces cierta inquietud que la obligaba á vigi- 
larlo más que antes. 

Transcurrieron dos meses. El desdichado jo- 
ven, aunque persistía en la misma vida apartada 
y sombría, mostraba algunas vagas señales de re- 
verdecimiento. Una que otra vez salía á caballo, 
y había hablado á su suegro de hacer un viaje 



EL CUARTO PODER 



327 



por Italia, país que aún no conocía. La fuerza qué 
hacía subir la savia de nuevo á su sér marchito, 
era un pensamiento dulce, tan dulce como ver- 
gonzoso, que ocultaba con cuidado á todo el mun- 
do. Sin embargo, una tarde en que departía cariño- 
samente con su cuñada, después de muchos ro- 
deos, y poniéndose colorado hasta las orejas, le 
preguntó por Ventura. ¿Qué noticias tenía de ella? 
Cecilia le contestó fríamente con las menos pala- 
bras posibles. ¡Pobre Gonzalo! ¡Si supiese que 
aquella mujer traidora por quien preguntaba, le- 
jos de estar arrepentida, se revolvía con furia con- 
tra su familia, cubriéndolos á todos de dicterios, 
amenazándoles con entregarse al primer hombre 
en cuanto saliese de la prisión, escandalizando 
con su soberbia y lenguaje procaz á la superiora 
del convento! 

Desde aquel día, perdida ya la cortedad, pre- 
guntaba á menudo por ella, y gustaba de mentar- 
la en la conversación, sin que le hiciese desistir 
de ello el tono seco con que Cecilia le respondía, 
y la prisa con que cambiaba de tema. 

Lo que D. Rosendo temía, por las cartas que 
de Ocaña le mandaban, llegó al fin. Un día, la su- 
periora del convento, le comunicó que Ventura se 
había huido de aquel asilo, en compañía, según 
todos los informes, del duque de Tornos. «El gran 
humanitario,» como le llamó el Faro en cierta 
ocasión, recibió la nueva con valor estoico. Efec- 



328 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



tivamente, ¿qué significaba aquella pena pura- 
mente individual que le afligía, en comparación 
con el dolor universal, con la marcha lenta y se- 
gura de la humanidad hacia sus destinos? Por 
aquellos días acababa de leer un célebre folleto 
de autor francés, titulado El mundo marcha, y te- 
nía los sesos revueltos y deslumhrados con sus 
grandes síntesis históricas, lo cual le ayudó no 
poco á soportar aquel golpe. Procuró, sin embar- 
go, que su yerno no se enterase de la noticia, 
porque no tenía la misma confianza en la eleva- 
ción de su espíritu y en la amplitud de sus miras. 
Algunos días estuvo oculta; más al cabo corrió 
por la población sin saber quién la trajera. Gon- 
zalo, que todas las mañanas á primera hora iba 
por el Saloncillo, la leyó en una gacetilla tan in- 
fame como hipócrita del Joven Sarriense. «Circu- 
la por la población la especie— decía, — de que una 
señora, protagonista de cierto drama amoroso no 
ha mucho tiempo acaecido, se ha fugado en com- 
pañía de su amante del asilo donde su familia la 
había recluido. Sentiríamos que este rumor se 
confirmase por afectar directamente á personas 
muy conocidas y estimadas en la sociedad sa- 
rriense.» 

Gonzalo sintió que algo que aún estaba por 
desgarrar se le desgarraba dentro del pecho. De- 
jó caer el papel, y sonriendo nerviosamente y 
con voz aguda y extraña, se dirigió á D. Feli- 



EL CUARTO PODER 



329 



ciano Gómez, que era la única persona que allí 
había: 

— Ya sabrá V. que laz... de mi mujer se ha 
escapado con su chulo, ¿eh? 

D. Feliciano le miró sorprendido, y aunque 
era hombre que entendía poco de sonrisas, al 
verle sonreír de aquel modo se sintió sobrecogi- 
do, y le contestó con tristeza: 

— Sí, Gonzalín, sí; ya sabía que todavía no 
habías pasado lo último... A la verdad, después 
de lo sucedido, este golpe final no debe cogerte 
de sorpresa... Roto ya el freno, debías suponer 
dónde había de parar. 

— ¿Y á mí, qué? — exclamó el infeliz joven con 
la misma sonrisa, mostrando en todo su cuerpo 
una inquietud exagerada. — Que se escapa... ¡bue- 
no!... Vaya bendita de Dios... Nada tengo ya 
que ver con ella... ¡Ah! ¡si la ley me permitiera 
casarme!... No se pasaría un mes sin hacerlo... 
¿Y por qué no, vamos á ver, y por qué no he de 
poder hacerlo?... En fin, si no me caso á perpe- 
tuidad, me casaré temporalmente... Tomaré por 
ahí una buena moza, ¿eh, D. Feliciano? ¡y anda 
con Dios!... Será al fin y al cabo una p... de pro- 
fesión, mientras mi mujer lo es de afición... 

Mientras pronunciaba estas feas palabras, da- 
ba vueltas por la estancia, se quitaba el sombre- 
ro, se encogía de hombros y hacía otros gestos 
extravagantes. Por último soltó una carcajada. 



330 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



— Mira, Gonzalín — le dijo D. Feliciano. — 
Acabas de pasar una pelona... pero ya vendrán 
tiempos mejores. Tras de lo malo siempre viene 
lo bueno. Las cosas del mundo hay que tomarlas 
con cachaza, mi queridín. Con disgustarse y 
criarse hielen el estómago, ¿qué se consigue?... 
Aquí me tienes á mí. El mes pasado perdí un 
barco... Todo el mundo venía á consolarme cre- 
yendo que estaba desesperado; yo les contesta- 
ba: Es verdad que perdí el jfuanito; pero, y si 
hubiera perdido la Carmen, ¿no sería mucho 
peor? Pues lo mismo pude perder uno que otro, 
porque los dos estaban en la mar. Tú has sufrido 
un disgusto: bueno... pero tienes salud. ¿No se- 
ría mucho peor que además te pusieras enfermo? 
Hay que pensarlo todo, mi queridín. La salud es 
lo primero... Tú come bien, echa buenos tragos, 
y ¡anda adelante! que lo demás ya se olvidará... 

Gonzalo salió del Saloncillo sin despedirse, de- 
jando al bueno de D. Feliciano con la palabra 
en la boca. 

En casa se dió por enterado con D. Rosendo 
de la fuga de Ventura, y contra lo que todos pre- 
sumían, no le causó una impresión muy honda. 
Al contrario; desde aquel día señalóse en él una 
tendencia á animarse, y á participar del comer- 
cio social, que no dejó de sorprender en la po- 
blación. Comenzó á visitar las casas de los ami- 
gos, á presentarse en el café, á pasear por las 



EL CUARTO PODER 33 I 

calles, á charlar, á discutir. No volvió á hablar 
de marcharse. Hasta con gran pasmo de la villa, 
en uno de los bailes que se dieron en el Liceo, 
bailó toda la noche como un pollastre que por 
primera vez pisase aquel salón. 

No obstante, Cecilia estaba muy inquieta. 
Aquella animación de su cuñado era tan extem- 
poránea, que más parecía un ataque de nervios. 
Sobre todo, la extraña sonrisa, parecida á una 
mueca, que no se le caía de los labios desde que 
leyera la gacetilla del Joven Sarriense y la hacía 
estremecerse en algunos momentos. 

Y llegó lo que era natural. Tras de aquella in- 
sana excitación, vino, al cabo de algunos días, 
un profundo y sombrío abatimiento. Estuvo tres 
sin salir de su cuarto, sin probar apenas manjar 
alguno de los que Cecilia le llevaba, y, lo que es 
aún peor, sin lograr conciliar el sueño. Con los 
ojos abiertos y estáticos, se pasaba horas y ho- 
ras tendido en su lecho, mirando á las tinieblas. 
En la noche tercera, á eso de las tres, encendió 
luz, se vistió y se puso á escribir una larga carta 
á su tío; después escribió otra con sobre á Ceci- 
lia. Cerradas y colocadas sobre la mesa en pri- 
mer término, para que se vieran pronto, sacó un 
pitillo, lo encendió á la luz de la bujía, y comen- 
zó á pasear por la habitación. Antes de concluir 
el cigarro lo arrojó; abrió el cajón de la mesa, 
y sacó el revólver que allí guardaba. Al acercar- 



332 



ARMANDO PALACIO VALDÉS 



lo á la luz vió que estaba descargado, lo que no 
dejó de sorprenderle, porque tenía casi la certe- 
za de haberlo cargado hacía un mes, poco más 
ó menos. Buscó la cajita de las cápsulas y no la 
halló. ¡Qué cosa tan extraña! No tardó en recor- 
dar que Cecilia le había visto con él en la mano, 
y una sonrisa dulce y triste se dibujó en sus la- 
bios. Fué á echar mano á las escopetas, y las 
encontró igualmente descargadas; los cartuchos 
habían desaparecido de su sitio. Permaneció in- 
móvil y pensativo largo rato. Luego, como si 
despertara de un sueño, sacudió la cabeza, y dejó 
escapar un suspiro. Se puso el sombrero, abrió 
la puerta y bajó con gran sigilo las escaleras. Al 
pasar por delante de la puerta del piso principal, 
pegó el oído á ella, y estuvo un momento escu- 
chando, la faz demudada, los cabellos erizados. 
Había oído claramente la voz de su esposa que 
le llamaba desde adentro. Pasada la alucinación, 
siguió bajando, abrió la puerta exterior con la 
llave que colgaba del pasador, y salió á la calle. 

Aún no había amanecido; pero en el Oriente, 
parecía una tenue claridad precursora del día. 
La mañana estaba fresca; caía del cielo un 
agua menudísima de niebla marina. Sin vacilar 
se dirigió al muelle, subió al segundo paredón 
y miró al mar, cuyo horizonte en aquel momen- 
to no era muy extenso, á causa de la niebla. Los 
días anteriores había soplado el noroeste, y la 



EL CUARTO PODER 



333 



había encrespado y revuelto hasta el fondo. Gran- 
des olas hinchadas, venían de lejos extendiendo 
sus lomos gigantescos y se estrellaban con fra- 
gor contra la punta del Peón, escupiendo sus es- 
pumas á lo alto. Los ojos del joven, tropeza- 
ron con un patache que trataba de entrar en el 
puerto, y bailaba como un casco de nuez sobre 
las olas. Aquella entrada le interesó desde luego, 
y siguió todas las peripecias con viva atención, 
como si en ello le fuese algo. Al cabo de un cuar- 
to de hora, cuando ya estuvo atracado al muelle, 
sintió de nuevo la espuela de su pensamiento: dió 
un suspiro y murmuró: «Vamos». Y siguió ade- 
lante, rozando con su cintura el pretil del pare- 
dón. Al llegar á cierto paraje, una ola más fuer- 
te que las demás, le bañó enteramente con su es- 
puma. Aquél inopinado baño, le produjo grata 
impresión, le refrescó la piel. Estuvo esperando 
en el mismo sitio un rato, por ver si llegaba otra, 
con igual fuerza; pero no vino. Y emprendió de 
nuevo la marcha. Cuando estuvo en el extremo 
del malecón, se echó de bruces sobre el pretil y 
contempló con sombría fijeza las olas que llega- 
ban. Estaba en el mismo sitio donde, hacía algu- 
nos años, había tenido plática con su tío, para 
darle cuenta de que abandonaba á Cecilia, y con- 
traía matrimonio con Ventura. Las palabras del 
viejo, severas, irritadas, sonaron de nuevo en sus 
oídos. «Al hombre que falta á su palabra no pue- 



334 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



de ayudarle Dios... El viaje es largo; la mar ancha 
y brava; lo que ahora es bonanza, en un instan- 
te se convierte en marejada de leva.» «¡Qué ra- 
zón tenía mi tío!» — pensó, sin apartar la vista del 
mar. 

— ¡Bah! — murmuró al cabo de algunos mo- 
mentos — si cien veces me viera en ese caso, cien 
veces haría lo mismo. Hay cosas fatales. Llevo 
á esa mujer en la sangre como un veneno, y sólo 
puede salir con la última gota.» Estuvo otro rato 
pensativo. El agua del mar que le había bañado, 
y la del cielo que sin cesar caía, le enfriaron has- 
ta los huesos. La mañana se presentaba sucia, ce- 
nicienta. No era, no, aquella hermosa noche, en 
que se había quedado también de bruces después 
de hablar con su tío. Entonces, la belleza esplen- 
dorosa del cielo, tachonado de estrellas, el limpio 
cristal de las aguas, donde cabrilleaba la luz de 
la luna, la blanda brisa juguetona, le hablaron 
un lenguaje de muerte, sí, pero dulce, recogido, 
íntimo; era una voz amiga que le invitaba á re- 
posar. Mas ahora lo que oía, era un grito de de- 
solación, una amenaza. «Vente, vente; lajmuerte 
es muy triste; pero la vida es más triste todavía. » 

— «Concluyamos» — dijo levantando la cabeza. 
— Avanzó el cuerpo, extendió los brazos. En aquel 
momento pensó que el instinto de conservación 
le haría nadar seguramente, y se detuvo. Miró á 



EL CUARTO PODER 



335 



todas partes buscando algún peso, y sus ojos tro- 
pezaron con el áncora de un quechemarín que 
yacía allá abajo, en el primer muelle. Bajó por 
ella, cortó con la navaja un pedazo de maroma 
de una lancha, se la amarró, la alzó con sus 
brazos de atleta, y subió la escalera como un 
gimnasta que quisiera dar muestra ante el públi- 
co del enorme poder de sus músculos. Una vez 
arriba, se ató la cuerda al cuello, se puso en 
pie sobre el pretil, y abrazado al ancla se arro- 
jó al agua. Su cuerpo de coloso abrió en ella 
una grande brecha, que se cerró al instante. La 
mar profunda extinguió aquella chispa de vi- 
da, como tantas otras, con implacable indife- 
rencia. 

Un marinero que le vió de lejos, corrió hacia 
el sitio gritando: 
— ¡Hombre al agua! 

Otros tres ó cuatro de las próximas embarca- 
ciones le siguieron, y en pocos minutos se formó 
un grupo de veinte ó treinta en la punta del pa- 
redón. 

— ¿Quién era? ¿Le conocías? — preguntaban al 
que le había visto. 

— Me parece que era D. Gonzalo. 

—¿El alcalde? 

—Sí. 

— Sería muy bien, sería muy bien... ¡Rete- 
rroias mujeres! 



336 ARMANDO PALACIO VALDÉS 



La nueva se esparció instantáneamente por la 
villa: acudió al muelle una muchedumbre de gen- 
te. Dos hombres en una lancha recorrieron con 
un largo remo el fondo, sin dar con el cuerpo 
del desgraciado joven. Al cabo tropezaron con 
él; se trajo un gancho, y tirando lo sacaron á flo- 
te en el mismo momento en que D. Melchor, 
demudado, convulso, sin sombrero, llegaba al 
muelle, noticioso del terrible lance. 

— ¡Hijo de mi alma! — gritó el pobre anciano 
al ver sobre el agua el cadáver de su sobrino. 
Sus corvas se doblaron, y cayó desvanecido en 
brazos de las personas que le acompañaban. 

Extendieron el cuerpo del suicida sobre el 
muelle mientras llegaba el juzgado. Aquél espec- 
táculo tenía profundamente impresionados á to- 
dos los circunstantes, entre los que se hallaban 
personas de los dos bandos rivales. 

Después que llegó el juez y se instruyeron las 
debidas diligencias, colocaron en una camilla el 
cadáver, y lo transportaron á su casa, porque don 
Rosendo, que sabía la noticia, lo reclamaba. 
Fué una procesión tristísima al través de las ca- 
lles de la villa: los vecinos se asomaban á los 
balcones, pálidos, inquietos, con la tristeza en 
el semblante. Gonzalo gozaba de generales sim- 
patías. 

D. Rosendo, poseído de vivo dolor, no quiso 
ver el cadáver de su hijo político; se encerró en 



EL CUARTO PODER 337 
; 4 

su cuarto; pero dispuso que se le colocase en el 
mejor salón de la casa sobre una mesa cubierta 
de terciopelo, que se trajesen de todas partes flo- 
res y coronas, y se preparase un entierro sun- 
tuoso. 

Cecilia, por uno de esos esfuerzos heroicos que 
estaba avezada á hacer sobre su alma y su cuer- 
po, supo encerrar su pena en el fondo del cora- 
zón. Vélasela lívida sí, pero tranquila, disponien- 
do por la casa lo necesario para recibir el cuerpo 
de su cuñado. Cuando llegó, ella misma ayudó á 
colocarle en el sitio, después que se le hubo amor- 
tajado; lo cubrió de flores, encendió los cirios, 
adornó la habitación con negros crespones. Des- 
pués dispuso que velase el cadáver una hermana 
de la caridad en compañía de ella. 

Dejáronlas al fin solas. Rezaron largo rato de 
rodillas. Cuando terminaron su rezo, Cecilia ro- 
gó á la monja fuese á la cocina á dar orden que 
se le hiciese té, porque estaba desfallecida. 

En cuanto la monja salió, alzóse vivamente 
y sacando unas tijeras, cortó un mechón de 
cabellos de la cabeza de su cuñado, que ocul- 
tó en el seno; cortó después de los suyos otro, y 
temblorosa y agitada, lo metió entre las manos 
cruzadas del cadáver. Luego le contempló un ins- 
.ante; y bajando la cabeza, cubrió de besos aquel 
rostro inanimado. Los primeros y los últimos que 
le daba. 



22 



338 ARMANDO PALACIO VALDÉS 

La esposa, la única y verdadera esposa de 
aquel hombre, no pudo al fin resistir tanto dolor 
y rodó por el suelo sin conocimiento. 



FIN 



ÍNDICE 



Páginas 



Capítulo XI. — Que Gonzalo se casó. Graves revuel- 
tas entre los socios del Saloncillo i 

Cap. XII. — Cómo se divertía Pablito 37 

Cap. XIII. — En que se descubren algunos secretos de la 
vida de Gonzalo 61 

Cap. XIV. — De los galicismos que cometía El Faro 
de Sarrio y otros asuntos no menos interesantes. — 
Primeras bajas de la batalla del pensamiento 97 

Cap. XV. — De la entrada famosa que hizo en Sarrió 
el duque de Tornos, conde de Buenavista 129 

Cap. XVI. — De lo mucho y bueno que hizo el duque 
de Tornos en Sarrió 185 

Cap. XVII. — Que Gonzalo toma una grave resolución 
y Cecilia otra 233 

Cap. XVIII. — Donde tira Doña Brígida de la manta.. 265 

Cap. XIX. — En que da fin la presente historia con al- 
gunos notables, cuanto tristes sucesos 297 



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